The Dark Knight Chronicles
El Caballero Oscuro escribe sobre cine, letras y otras inutilidades varias

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05.09.2008 10:06 / INUTILIDADES VARIAS

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HEIL D'ARTAGNAN... E VIVERE PERICOLOSAMENTE

Con todo respeto, estoy empezando a dudar de la cordura de algunos críticos de espectáculos que aparentemente siguen descubriendo fantasmas abajo de la cama, cadáveres en los roperos o presuntos contenidos ideológicos en obras que aparentan ser del todo inocentes. "Brecha" y "La República" han dado a conocer algunas paranoias de ciertos columnistas que además de señalar - con todo derecho -  su opinión acerca de los espectáculos que les toca presenciar, se despachan con reflexiones a mi juicio un tanto apresuradas, y en mi opinión - también ejercida con todo derecho - absolutamente equivocadas. Veamos este ejemplo reciente a cargo de Jorge Arias (nuevamente presente en este espacio) publicado en la edición de "La República" del día 4 de setiembre de 2008.

La crítica corresponde a una obra teatral titulada "La Gran Pepino", inspirada al parecer en los espectáculos criollo-circenses de los célebres Hermanos Podestá. Personalmente, conozco poco de la vida y obra de estos emprendedores pioneros de la escena rioplatense - sobre todo, cuándo no, gracias a las referencias del Maestro JLB. "Pepino el 88" fue uno de los personajes creados por los Podestá y es de suponer que su nombre da el título a la obra que Arias comenta.

Dado mi escaso conocimiento del tema, puedo dar por buenas las siguientes afirmaciones del comentarista, por lo menos en lo que se refieren a su apreciación personal del asunto:

"...las intenciones de "La gran Pepino" son tan pobres como el trato de la concordancia en el título (N.B. yo por mi parte entiendo que la discordancia del título es intencional). Quien redactó el programa de mano dice que "La gran Pepino" es un espectáculo "basado en el circo criollo". El circo, criollo o no, es triste y cruel; a Dios gracias, en "La gran Pepino" lo de circo es casi inexistente y lo de "criollo" es absolutamente inexistente."

Arias rechaza la noción, propuesta por los realizadores del espectáculo, de que el "circo criollo" haya sido el iniciador del teatro en el Río de la Plata. "Simplemente", dice, "el "circo criollo" no dio comienzo al "verdadero teatro rioplatense", y si algún teatro produjo fue de la peor calidad." Hasta aquí, Arias se mueve en el terreno del conocimiento académico y del siempre discutible gusto personal, lo cual es completamente válido.

Y ahora, la sorpresa: "El teatro circense nació del encuentro fortuito del novelón racista y protofascista de Eduardo Gutiérrez "Juan Moreira", con las desventuras económicas del circo de los Podestá. La novela, hoy ilegible, debió su éxito de librería a su imitación de los folletines franceses de moda en el siglo XIX... de novelas como "Los misterios de París" de Eugenio Sue y, sobre todo, de "El conde de Montecristo" de Alexandre Dumas, donde aparece el culto de los héroes al que se debe, en parte, el nazismo, con el asesinato de enfermos psiquiátricos primero y judíos después."

Además de la insólita genealogía del fascismo que nos propone Arias, cabe preguntarse si no sería correcto aclararle al lector que esta es una apreciación personal del periodista, simplemente agregando una frase como "a nuestro entender". Me pregunto también si el comentarista no estará utilizando con demasiada ligereza términos como fascismo y nazismo. Atribuir aunque sea "en parte" el origen de estos movimientos políticos al "culto de los héroes" (que no surgió en los folletines franceses del siglo XIX, y ahí está la poesía homérica para demostrarlo) es una simplificación demasiado grosera, que pone el acento en un único aspecto del tema y deja de lado otros elementos que ciertamente tuvieron mayor peso a la hora de engendrar estas ideologías tan atroces como ampliamente consensuadas en su momento, mal que nos pese a todos. De igual manera, qué papel cumple en una crítica teatral de una obra cómica de corte criollo esa innecesaria alusión al "asesinato de enfermos psiquiátricos primero y judíos después", es algo que escapa a mi comprensión.

Tildar de "fascista" o de "nazi" una obra teatral o una película que no es de su agrado parece una muletilla recurrente en algunos críticos en los últimos tiempos. Parecen olvidar que su cometido debería ser ante todo (y "a mi entender") proporcionar al lector, posible futuro espectador de la obra comentada, algunos elementos para que pueda realizar luego su propio juicio acerca de dicha obra. Señalar aspectos que no puedan parecer tan evidentes al espectador desprevenido - el uso de la iluminación y la fotografía o el manejo de la cámara en el caso del cine - o realizando las aclaraciones pertinentes si, por ejemplo, se tratara de una puesta en escena de una obra escrita en un idioma extranjero: si la traducción es fiel al original, si los intérpretes transmiten la convicción necesaria en sus papeles, etc.

En cuanto a la denuncia de los contenidos "ideológicos", reales o supuestos, entiendo que es cosa que debería quedar a cargo del propio espectador. No crean, señores críticos, la gente no es tan estúpida como parece. Ciertamente, existen películas cuyo contenido ensalza las ideologías más reaccionarias, desde algunos filmes deleznables de John Millius hasta ése monumento  que es "El Triunfo de la Voluntad" - una obra maestra del documental y esta sí, cien por ciento nazi.

Hablar a la ligera del "fascismo" de Indiana Jones, de Batman, de D'Artagnan o de Juan Moreira parece en el mejor de los casos, un error que puede ser mirado con benevolencia y en el peor, una mala utilización (adrede) de conceptos. Porque el periodista es también formador de opinión y de ideologías, porque para denostar una obra en la prensa alcanza con decir que no es buena, o por lo menos, que no nos ha gustado (por tales y cuales razones) y porque para marcar (innecesariamente en estos casos, "a mi entender") una posición ideológica determinada, parece un recurso bastante pobre achacar a esa obra una intencionalidad ideológica opuesta. Es algo que los críticos de espectáculos de los medios "de izquierda" deberían reflexionar. "A mi entender", por supuesto.

P.S. También podemos citar algunos ejemplos desde el campo contrario. Cuando se estrenó la película "La Sociedad de los Poetas Muertos", cierta señora - si mal no recuerdo, titular de un cargo alto entre las autoridades de la enseñanza de la época - se quejó de la "intolerancia" para con el pensamiento disidente demostrada por el profesor interpretado por Robin Williams, refiriéndose a la secuencia en que este profesor alienta a sus alumnos a arrancar las páginas de un manual de literatura. Otra película, "Corazón de Fuego", en la que un grupo de veteranos se lanzaba en una misión de comandos al rescate de "la última locomotora" de nuestro país, fue calificada de "oportunista" y "frenteamplista" (!) Recuerdo asimismo cierta crónica que refería que un indignado asistente a una función realizada en el Teatro Circular prorrumpió en mitad de la representación con gritos de: "¡No pagué para ver propaganda comunista!" (para qué se metió entonces en el Circular, me pregunto). La crónica refería, con mal disimulada fruición, que este espectador llegó incluso a exhibir un arma de fuego antes de retirarse de la sala. Para que no digan que acá no se consuela el que no quiere...



01.09.2008 12:10 / LA CIENCIA Y LA FICCIÓN

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LOS HÉROES

En las primeras décadas del siglo XX la nueva epopeya de la ciencia y la ficción aún esperaba a sus Aquiles y Héctores. La narrativa era heroica, pero no había héroes. Había monstruos y peligros que vencer, pero para enfrentarlos le estaba vedado al género recurrir a las problemáticas divinidades paganas de antaño. Se apreciaba el tipo del "científico" como protagonista y casi siempre el enunciado de los "principios" de la desintegración atómica o de la propulsión interestelar ocupaban tanto o más espacio que la peripecia narrada. Ni siquiera los audaces navegantes del cosmos, pese a su evidente coraje y dedicación, aparecían como arquetipos heroicos. Y como en todas las épocas, los hombres anhelaban héroes. La imagen querible de Don Quijote, despatarrado por el aspa de un molino, no logró hacer que este anhelo desapareciera y ahí estuvieron para colmarlo figuras como D'Artagnan o Montecristo . El regreso de la figura heroica a principios del siglo XX se produjo a nivel masivo a través del cine: se redescubrió la épica del colono norteamericano y se idealizó la figura del "cowboy" a través de personajes como Tom Mix o William S. Hart, primigenias estrellas del "western". Douglas Fairbanks daría vida en la pantalla al Zorro, a Robin Hood y a D'Artagnan, inaugurando el prototipo de "héroe de acción". Pero eran héroes que siempre miraban al pasado, como si el presente o el futuro no pudieran ofrecer sus propias alternativas. Edgard Rice Burroughs, creador de Tarzán, fue asimismo quien realizó el primer intento de "aventura heroica interplanetaria" con su personaje "John Carter, el Guerreo de Marte". Con todo, Carter se vio eclipsado por la enorme figura de Tarzán, y para ser justos, sus aventuras en Marte podrían igualmente haber estado ambientadas en cualquier lugar exótico de la Tierra aún no explorada por completo, algo parecido a lo que mostraría la película "King Kong" en 1933. Era como si todavía faltara algo. En 1928, un escritor estadounidense, Philip Francis Nowlan, publica una novela breve titulada "Armageddon 2419 A.D.", que aparecería en la "Amazing Stories" de Gernsback. El protagonista del relato de Nowlan, un ex combatiente de la Primera Guerra Mundial llamado Anthony "Tony" Rogers se convertiría inesperadamente en el primer héroe de la ciencia-ficción.

Como ocurriera no mucho antes con otro héroe de folletín, el Zorro de Johnston McCulley, la conversión del personaje en una figura mítica no se debió al talento narrativo de sus creadores. Tanto el "Armageddon..." de Nowlan como "The Curse of Capistrano" de McCulley son piezas narrativas notablemente mediocres. La obra de Nowlan, leída hoy, respira además un racismo asfixiante, muy propio y muy naturalmente asumido en la época en que fue escrita. El relato se inicia con el "despertar" del ex-soldado Rogers en el siglo XXV, luego de haber quedado atrapado en un accidente minero y sometido a la acción de "gases radiactivos" que conservaron su cuerpo durante quinientos años. Naturalmente, muchas cosas han cambiado en ese tiempo, y uno de los terrores recurrentes de los estadounidenses se ha vuelto realidad: el país ha sido invadido y dominado por invasores asiáticos, los temibles y despiadados Han. Pero aún quedan esperanzas, ya que los sobrevivientes americanos se han organizado en guerrillas para comabatir a los invasores. Estos guerrilleros del futuro, al mejor estilo de Robin Hood y sus Alegres Camaradas se refugian en los bosques y desde allí efectúan osados ataques contra las tropas de ocupación. "Tony" Rogers conoce a la guerrillera Wilma Deering - de quien fatalmente se enamorará y con quien más fatalmente aún se casará - y se integra al grupo subversivo, donde sus "primitivos" conocimientos del arte de la guerra le procurarán la admiración de sus compañeros y un rápido ascenso en el escalfón jerárquico de las tropas americanas.

Toda esta fantasía militarista se ve condimentada por las invenciones futuristas de Nowlan, como los célebres "cinturones antigravitatorios" que permiten el vuelo individual. Por cierto, en las últimas páginas, algún escrúpulo de conciencia movió a Nowlan a mitigar su visión maniqueísta en la que los Han - asiáticos, presumiblemente chinos o mongoles - eran la suma de todos los males. Rogers señala que la sanguinaria Wilma, su esposa, no tenía reparos en extender sus manos caritativas hacia indefensos pobladores del este de Asia, pero no podía evitar la repulsión y el odio que le provocaban los Han. Era necesario explicar esto y así, brevemente, Rogers/Nowlan relata el descubrimiento de lo que aparentemente fue un asteroide que se estrelló en nuestro planeta y que reveló en su interior restos calcinados de humanoides alienígenas, los primigenios Han venidos del espacio exterior. Podríamos observar cínicamente que con este "arreglo" Nowlan simplemente extendió su xenofobia fuera de los confines del planeta...

Así como el Zorro encontró a Douglas Fairbanks, que le dio forma casi definitiva en el cine, "Tony" Rogers y Philip Nowlan encontraron a Dick Calkins, un ilustrador que trabajaba para una empresa periodística dirigida por un tal John F. Dille, quien olfateó las posibilidades de trasladar la historia a su propia publicación en formato de "comic strip" (lo que algún iluminado tradujo literal y catastróficamente al español como "tiras cómicas"). Fue Dille quien rebautizó al personaje, cambiando el familiar y blando "Tony" por el más breve y explosivo "Buck". Y así, en 1929, se dio a conocer al mundo la primera historieta de ciencia ficción, con el primer verdadero "héroe" del género: "Buck Rogers en el Siglo XXV D.C."

"Buck Rogers" encendió el entusiasmo, quizá inesperado, de miles de lectores y su fama se fue extendiendo por el mundo como una horda de conquistadores Han (en el Río de la Plata se conoció a través de la revista "Patoruzito" en los años 40', precisamente bajo el título "Rogelio el Conquistador"). No me consta, pero es posible que algún escritor de ciencia-ficción de aquellos años refunfuñara contra lo que podía parecer una bastardización del género, un subproducto barato para consumo masivo. Evidentemente, fuera de la ambientación futurista, con sus naves-cohete y sus "pistolas de rayos", "Buck Rogers" tenía poco que ver con cualquier especulación científica "seria" al nivel de un H.G. Wells. Pero no pocos escritores de algunas décadas posteriores, entre ellos el propio Ray Bradbury, reconocieron la deuda que mantenían con aquella historieta descabellada. Y si la imitación es, además de muchas cosas, una medida del éxito, no se puede negar que "Buck Rogers" lo tuvo. Valga como prueba la obra del principal testigo de cargo: Alex Raymond.

Todo éxito empresarial genera la movilización de la competencia, y así, ante el éxito de "Buck Rogers" una cadena periodística rival se propuso lanzar al ruedo a un nuevo héroe que le hiciera sombra. Aquí no se buscó ninguna base literaria previa, y la nueva criatura por encargo resultó un producto cien por ciento del mundo de la historieta. En 1934, "Flash Gordon" se lanza al espacio.

En aquel momento, en el mundo de la historieta, quizás no era tan importante que el héroe tuviera un pasado, ni siquiera un pasado heroico: a diferencia de su predecesor, Flash Gordon no es un veterano de la guerra, sino un joven universitario y deportista (jugador de polo) que sólo después de su viaje interplanetario se nos revelará como un apasionado combatiente por la libertad. La historia arranca de modo vertiginoso, con los titulares de un diario anunciando el inminente fin del mundo debido al choque de un "planeta errante" con nuestra Tierra. Una lluvia de meteoritos, heraldo del desastre, provoca un accidente en el aeroplano a bordo del cual se encuentran Flash y la joven Dale Arden. Saltando en paracaídas, la pareja aterriza cerca del laboratorio del maniático científico Hans Zarkov, quien secretamente se prepara a lanzarse en un cohete hacia el planeta, buscando desviarlo de su trayectoria de colisión. Por qué Zarkov no se limita a enviar un misil no-tripulado en vez de planear su propio "funeral vikingo" yendo a bordo del cohete es algo que no se explica muy bien. Por qué Zarkov - si se proponía desaparecer de la faz de la Tierra sin dejar rastros - no quiso asesinar sin más trámite a Flash y a Dale al tomarlos por espías y prefirió embarcarlos con él hacia la muerte, sólo se explica por el hecho de que había que hacer una historieta. Cómo se explica que el planeta Mongo - cuyo nombre siempre sonó jocoso a los oídos rioplatenses - pueda albergar un ámbito capaz de sustentar la vida, siendo como es un astro errante, es algo que ningún astrónomo será jamás capaz de dilucidar.

Poco importa. "Flash Gordon" no sólo consiguió hacer sombra a "Buck Rogers" sino que llegó a batirlo en su propio terreno (1). Tenía algunas razones para ello: la nueva historieta reconocía sus débitos para con la obra previa de Nowlan y Calkins, pero a nivel gráfico, mientras los dibujos de Calkins se acercan en cierta forma a los de Hergé, el lápiz de Raymond nos entrega figuras de un poderoso realismo. Las aventuras de Flash Gordon tenían frecuentemente cierta crudeza y oscuridad de la que carecían las alegres hazañas de Buck Rogers. Y por supuesto, Raymond dio vida al villano interplanetario más célebre y odiado del universo conocido: el Emperador Ming, llamado "el Despiadado", un personaje tan demoníaco que logró dejar a su fuente de inspiración (el igualmente célebre "Dr. Fu-Manchú" de Sax Rohmer) a la altura de un mero aprendiz de malvado.

Buck Rogers y Flash Gordon lograron configurar el arquetipo del "héroe" de ciencia-ficción, poniendo los cimientos de una nueva mitología que llega hasta el presente: sin ellos no habríamos tenido a los capitanes Kirk y Piccard, mientras que George Lucas nunca ha ocultado que en la base de "Star Wars" está "Flash Gordon". El cine no ha tratado demasiado bien a los Héroes Fundadores: los conocidos seriales de los años '30, en los que Flash y Buck fueron interpretados por el mismo actor, Larry "Buster" Crabbe (con el pelo teñido según la ocasión), pueden ser vistos hoy con simpatía y buen humor; pero las desastrosas películas realizadas en los '70 y '80 casi terminan por hundirlos definitivamente. A mi juicio, Flash y Buck merecen una reivindicación fílmica como la que finalmente lograra Batman bajo la dirección Christopher Nolan. Por algo son los héroes originales de la Edad de Oro de la Ciencia Ficción.

(1) "Flash Gordon" también llegó a Hispanoparlandia con el seudónimo "Roldán el Temerario".  Por esa maldita manía de castellanizar nombres asimismo se lo presentó en cierta oportunidad como "Jorge, el Hombre Relámpago" (!) en la colección "Pequeños Grandes Libros".

Fragmento del serial "Flash Gordon" de 1936 -  Larry "Buster" Crabbe como Flash y Charles Middleton como el Emperador Ming.

Un cortometraje de "Buck Rogers" de 1935, presentando al dibujante Dick Calkins



29.08.2008 10:38 / LIBROS

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FILOSOFÍA DEL CACHALOTE

Hace ya algunos años, un conocido suplemento cultural publicó un Top 10 de "los libros más aburridos del mundo", basado en una investigación realizada por no recuerdo qué prestigiosa universidad de EE.UU. o de Europa. Entre los títulos figuraba la obra más famosa de Herman Melville, que todos o casi todos hemos conocido en versiones condensadas y en formatos diversos (desde el cine y la televisión hasta las historietas). Curioso atractivo el de una obra aparentemente considerada como una de las más aburridas que se hayan escrito y publicado. Es que la mayoría de las adaptaciones de "Moby Dick" se han quedado en lo que era transmisible vía imágenes o resúmenes: el relato de la expedición pesquera realizada por un barco ballenero a mediados del siglo XIX, comandado por un capitán mutilado y enloquecido. Ahora, yo no sé si "Moby Dick" merece el título infame de "libro aburrido", dado que no hay nada más subjetivo que este tipo de apreciaciones. Entiendo que para un individuo del siglo XXI, frenético y agobiado, leer esta novela puede resultar una experiencia ardua. Leer "Moby Dick" en su versión íntegra nos exige dos de los bienes cada vez más escasos en esta Edad del Inmediatismo; esto es "tiempo" y "paciencia". Por mi parte, distribuyendo ambos elementos con un poco de habilidad, logré afrontar recientemente la prueba (hazaña que, ciertamente, no me hará merecedor de ninguna medalla olímpica). Quiero compartir algo de lo que me deparó esta experiencia, y ante todo, despejar una duda: "Moby Dick" no es un libro aburrido.

Concluída la lectura, me pregunto entre otras cosas si Melville logró hacerse dueño de su propio relato o si, a la inversa, el relato se adueñó de su autor. Cabe sospechar esto último: "Moby Dick" es, fundamentalmente, un libro digresivo. Nunca pierde coherencia - es decir, no llega al divague gratuito - pero las reflexiones del autor se interponen y se anteponen al relato pesquero. Desde luego, el lector tiene completa libertad de saltarse los abundantes capítulos que lo alejan del curso de navegación del "Pequod" y sus tripulantes; pero sería realmente una pena que lo hiciera. Porque son precisamente en esos capítulos donde reside el ámbar gris del libro, las ventanas que nos permiten asomarnos a la mente de su autor y establecer con él una comunicación directa. Cada uno puede emitir su juicio acerca de si esto es importante o no . Yo sólo puedo decir que Melville habla a su lector con una voz intensa, humorística e irónica unas veces, profunda y melancólica otras. Una voz que parece seguir los movimientos del mar que describe, una voz a la que resulta difícil no prestarle atención cuando logramos percibirla.

¿Y de qué nos habla Melville? En principio, y de forma inevitable como todo escritor, nos habla de sí mismo. "Llamadme Ismael" nos pide. Se advierte la formación calvinista del autor, se advierte en las frecuentes alusiones a la Biblia y a la presencia de la fatalidad como leit-motiv. Pero Melville, afortunadamente, no es un predicador, un hombre que cree estar en posesión de una verdad única. Melville, o su alter-ego, el marinero narrador Ismael, es ante todo un hombre perplejo ante el Caos y la Creación. Parece intuir que existe un Cosmos, un Orden, en el universo marino, portuario y pesquero en el que vive su experiencia; pero ese Orden es siempre elusivo e inaprehensible. Por ello, Ismael escapa hacia el mar, yendo impulsivamente al encuentro de la criatura más poderosa y enigmática de su tiempo. Una encarnación terrenal de todo lo que el Universo puede tener de silencioso y de brutal.

Luego de que el "Pequod" se hace a la mar, la figura del narrador-personaje se va diluyendo en la del narrador omnisciente, que también se refleja, como en una sucesión de espejos imperfectos, en las voces de los personajes principales: Starbuck y Stubb, los oficiales del barco (el tercer oficial, Flask, parece apenas un mero complemento, un personaje secundario que no alcanza mayor desarrollo). Starbuck, segundo de a bordo, hombre relativamente joven, profundamente religioso, aparece dividido entre su deber como oficial y su obediencia al capitán por un lado, y la oscura e insistente percepción de que su viaje es el viaje de los condenados, viaje al que sólo él podría ponerle fin si se atreviera. Pero aún dentro de su rectitud, Starbuck sucumbe ante el deber, porque en definitiva carece de la fuerza necesaria para dar vuelta el timón y hacerse cargo de su destino. Stubb, por su parte, todo lo resuelve, o casi, a través del desapego, de la ironía, del trato brusco, de la astucia y de su pipa. Si para Ismael el Universo es un enigma y para Starbuck una prueba, para Stubb no pasa de ser una broma pesada, constante y trágica en su fin.

¿Y Ahab? Sombría y poderosa creación de Melville, personificación sucesiva de la obsesión, de la locura, de la crueldad a veces, inesperada víctima ocasional de súbitos y fugaces impulsos de ternura humana. Ahab domina, absolutamente, su barco y su tripulación casi con poderes de brujo. Logra hacer de la tripulación un ente mancomunado e identificado con su demencial persecución de la ballena blanca. Nigromante absurdo que destruye sus instrumentos de navegación y elije guiarse por la corredera y la brújula, burdo comprador de unas almas cuyo precio es un doblón ecuatoriano de oro, clavado en el palo mayor del barco. Da la impresión de que Melville conocía las dimensiones de Ahab como personaje y por eso no dudó en llevarlo al límite, midiéndolo con las creaciones de Homero y de Shakespeare. ¿Qué son sino esos monólogos de Ahab, qué son sino esas "puestas en escena" de algunos capítulos, escritos con la técnica del dramaturgo? De alguna forma, Melville el autor sabía que su obra resistiría finalmente los embates de la tempestad crítica y no se sentía inferior a aquellas colosales figuras de las que tomaba su inspiración. El orgullo de Ahab en su persecución de la ballena es equiparable al secreto orgullo de Melville desarrollando su obra.

Melville también nos habla de nosotros, recurriendo a las imágenes de la épica ballenera del siglo XIX para convertirlas en metáfora de la existencia humana. Y si bien su lenguaje es, fatalmente, el de su época - sentencioso, plagado de exclamaciones e invocaciones propias del Romanticismo, fácilmente desechable hoy por cursi - sus pensamientos son intemporales. Veamos un episodio breve: el "Pequod" se cruza en su viaje con un barco de origen alemán, comandado por un tal Capitán Derick. Luego de la pugna entre ambos barcos por dar caza a un grupo de ballenas, Ismael observa cómo finalmente el barco germano se aleja persiguiendo a una especie particular de cetáceos, de los que, nos dice, poco o ningún beneficio podría obtenerse. Y no obstante, señala Ismael, "hay muchos Dericks en este mundo". Mutis de Derick.

Sería erróneo creer que "Moby Dick" es una vasta moraleja de ciento treinta capítulos. La novela es alegórica y es moral, no hay duda, pero reducir su contenido a estos dos aspectos no es hacerle justicia. Sería tanto como reducirla a una aventura marítima (que también lo es) o a un drama sicológico (que también lo es). Lo interesante es que Melville haya logrado articular todos estos elementos de una forma tal que anticipa por lo menos en medio siglo la obra de escritores posteriores. Se ha señalado que "Bartelby" (y antes, Hawthorne y su "Wakefield") prefigura a Kafka. Por mi parte, al leer "Moby Dick" recordé otra novela oceánica de distinta índole, cuyo autor admitió expresamente que su punto de partida había sido la obra de Melville; me refiero a  Stanislaw Lem y a "Solaris" (algunas ironías y el tono humorísticamente serio y engolado de algunos pasajes también me remitieron a los "Diarios de las Estrellas" del escritor polaco).

Los biólogos marinos actuales se sobresaltarán ante algunas afirmaciones plenas de ignorancia hechas por Melville el pescador: "Declaro que la ballena es un pez", dictamina en forma inapelable ante la controversia planteada en su época sobre la naturaleza de dicho animal , y no deja de referirse a los cetáceos como "peces" a lo largo de la novela. Los eto-ecologistas se escandalizarán ante la minuciosidad con que Melville el pescador describe el "procesamiento" del animal muerto para extraerle el aceite y otros subproductos, además de protestar por la despreocupada afirmación de que la ballena es una especie "inextinguible" (cabe recordar nuevamente que la obra se escribió hacia 1850). Pescar ballenas es visto hoy poco menos que como un delito de lesa humanidad (aunque la práctica no ha sido abolida); en el siglo XIX era una de las profesiones más rentables (para algunos pocos) y admiradas por el supuesto coraje, real o ficticio, que la pesca misma requería - específicamente al hacer frente al cachalote. Ciertamente, hay algunos capítulos de "Moby Dick" que pueden leerse como una macabra celebración de una actividad de una época pasada, algo parecido a las memorias de un inquisidor medieval que describiera con lujo de detalles su honorable, justo e ingrato trabajo.

Fuera de la anécdota, "Moby Dick" no es un libro fácil. Melville no hace concesiones y escribe al dictado de su conciencia, de su experiencia y de su imaginación. La complejidad para nada artificial del libro es la de su autor, que nos brinda por un lado sus dudas, sus miedos, sus asombros, que son también los nuestros. Por otro lado nos deja también personajes e imágenes inolvidables, intensas, que se graban a fuego en la mente del lector. A no engañarse: "Moby Dick" no es un mero relato de pesca. No es un libro aburrido y no es un libro fácil. Merece ser (re)descubierto y (re)leído. Doy fe.



22.08.2008 12:25 / LA CIENCIA Y LA FICCIÓN

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 Hugo Gernsback y una portada autografiada del primer ejemplar de "Amazing Stories"

EL EDITOR

Más allá del puntual éxito de ventas de tal o cual título, raras veces la literatura ha sido un fenómeno cultural de difusión masiva. Quizás no sería exagerado decir que en los Estados Unidos de América la ciencia ficción llegó al público antes a través del cine que de la imprenta. En los primeros años del siglo XX ya se habían producido filmes basados en la obra de Mary Shelley ("Frankenstein", 1910) Robert L. Stevenson ("Dr. Jekyll and Mr. Hyde", 1916) y Julio Verne ("20.000 leagues under the sea", 1916). Recién en 1926 un inmigrante luxemburgués fundaría una publicación periódica exclusivamente dedicada al género. Más que por su propia obra literaria, más que por su condición de pionero de la radiocomunicación y la televisión, Hugo Gernsback será recordado como el "primer editor" que dio impulso a la narrativa de ciencia ficción, legando su nombre al premio que posteriormente se otorgaría a los principales autores del género. Y por cierto, fue Gernsback quien inventó la palabra "scientifiction".

¿Cómo habrá reaccionado el lector que en abril de 1926 abrió por primera vez el ejemplar inaugural de "Amazing Stories"? Si era un conocedor de la fantasía científica, habrá identificado los nombres de H.G. Wells y de Jules Verne - es probable que incluso llegara a asociar correctamente la ilustración de la portada con la novela "Hector Servadac". Habrá sonreído al comprobar el notorio error tipográfico que rebautizó a Poe como "Edgar Allen". Probablemente ya estaba familiarizado con las obras que aparecían en ese primer ejemplar, lo cual seguramente no le impidió releerlas y disfrutarlas. Menos probable habrá sido la conciencia de ser testigo de un momento histórico, ya que la Historia, como diría el Maestro JLB, es pudorosa y no se nos revela de inmediato.

Superada la etapa de la reimpresión de textos clásicos, "Amazing Stories" pronto cosecharía nuevos frutos, dando a conocer a los autores pioneros que iniciarían la construcción de la ciencia ficción narrativa en los Estados Unidos, en base a los sólidos cimientos establecidos por sus ilustres predecesores de Europa. Edmond Hamilton, Stanley Weinbaum y Jack Williamson serían algunos de los nombres que pronto adquirirían notoriedad, al menos en el todavía reducido círculo de juveniles aficionados a aquellos descabellados relatos. Isaac Asimov ha dejado algunos divertidos y conmovedores testimonios de aquella época, además de recopilar posteriormente una magnífica serie de cuentos de autores primigenios en la antología "Antes de la Edad de Oro".

Se atribuye a Julio Verne la máxima: "Todo lo que un hombre es capaz de imaginar, otro hombre será capaz de realizar". La ciencia y la ficción se empujan mutuamente, en una perpetua carrera en la que una y otra se alternan en la delantera. Y así, por los años en que Robert H. Goddadrd realizaba sus primeras experiencias con cohetes de combustible líquido - el primer paso que conduciría al paso de Neil Armstrong - los escritores de "Amazing Stories", bajo la dirección de Hugo Gernsback, se lanzaban alegremente "al infinito y más allá".

Escenas del film "La mujer en la Luna" ("Frau im Mond", 1929) de Fritz Lang: el lanzamiento del cohete tripulado y la idea del "ensamblaje vertical" ("vertical assembly") de la nave, mostrados por el cine unos cuarenta años antes de que sucediera de manera similar en "nuestra" realidad. El asesor científico de esta película fue el pionero de la "cohetería espacial" alemana, Dr. Hermann Oberth.



14.08.2008 15:24 / INUTILIDADES VARIAS

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Cumplimos. En un artículo anterior en el que analizábamos la tortuosa relación entre la revista "Paparazzi" y la filosofía platónica, concluíamos con las siguientes palabras: "Quizás si contamos con los medios suficientes, hasta podamos convencer a las dos chicas 'griegas' para que aparezcan en la portada de una nueva edición de los 'Diálogos'. Por cierto,  en dicha portada debería figurar además alguna reivindicación, por ejemplo un subtítulo como 'La Venganza de Platón' o 'Platón Recargado'." Pues bien, he aquí que gracias a la maravilla de la informática, hemos logrado - sin ningún desembolso de nuestra parte - que las simpáticas hermanitas Xipolitakis (leánlo varias veces hasta aprender a decirlo) engalanaran con sus encantos la portada del libro propuesto. Desde luego, el curioso lector querrá además conocer algo del contenido de esta nueva publicación. Aquí ofrecemos un adelanto, en forma de primicia exclusiva, así que quienes deseen proseguir la lectura, son como siempre bienvenidos. Y los que simplemente deseen absorberse en la contemplación de la portada, también.

Hay que decirlo: en la literatura, el móvil principal para quien esto escribe suele ser la curiosidad. Curiosidad que muchas veces se ve recompensada por felices encuentros, tanto más felices cuanto inesperados. Yo había tenido un primer acercamiento a los "Diálogos" platónicos, y a pesar del interés que suscitaba el tema de la discusión, muchas veces se hacían difíciles de leer - el estilo declamatorio y pesado de la traducción no ayudaba. Recientemente, en una versión un poco más actual, tuve la oportunidad de reencontrarme con Platón y "descubrir" - para mí - una de sus obras, que aparentemente, ocupa un lugar poco destacado en el "corpus". Me refiero al diálogo titulado "Gorgias, o De la Retórica".

Si Aristocles/Platón hubiera vivido algunos siglos más tarde, digamos, en el siglo XIX, habría sido indudablemente un gran novelista, dada su capacidad de retratar personajes inolvidables recurriendo solamente a sus "voces". Sócrates, en cuanto personaje de los "Diálogos", es ciertamente una extraordinaria creación literaria, a la par del Quijote o de Macbeth. En el "Diálogo" al que hacemos referencia, el epónimo Gorgias es, a mi entender, otra creación magnífica: fácilmente nos lo representamos como un inflado pavo real, envanecido por el "éxito" que obtiene por sus dotes de orador. Hasta que llega Sócrates, el moscardón, y comienza a deshacer el andamiaje que lo sostiene, empezando por su simple, eterna pregunta: "¿Qué es esto?"

Al parecer, a Gorgias nunca se le había ocurrido plantearse la cuestión: "¿En qué consiste la actividad a la que me dedico y por la cual soy tan celebrado?" Era algo que daba por sentado, una especie de talento natural que poseía, y que además podía igualmente enseñar a otros a practicarlo. Con la habilidad propia del hombre acostumbrado a los debates y a las sutilezas, Gorgias responde a Sócrates - y es de destacar que ambos contendientes se tratan mutuamente con altísimo respeto: en ningún momento Sócrates denigra a Gorgias por su condición de "retórico", aunque finalmente concluye que la retórica, en cuanto disciplina, es detestable.

Gorgias dice que la misión del retórico es : "...persuadir con sus discursos a los jueces en los tribunales, a los senadores en el Senado, al pueblo en las asambleas; en una palabra, a todos los que componen toda clase de reuniones políticas." Si nos suena familiar, no debería sorprendernos: no otra cosa hacen nuestros políticos, nuestros sindicalistas, nuestros juristas y hasta los medios masivos de comunicación. Que logren "persuadir" o no, es otro asunto. Por otra parte, Gorgias admite que la retórica se reduce simplemente a "conseguir la persuasión" del auditorio y que no hay nada más que le competa. Para variar, Sócrates no queda conforme con esta respuesta: "Pero no por esto dejaré de preguntarme qué persuasión nace de la retórica y acerca de qué." Como quien dice, poniendo los dedos en el enchufe... Y hay que apreciar la fineza con que Sócrates termina envolviendo a Gorgias en la discusión, apelando justamente a la vanidad del retórico: "Me lisonjeo, Sócrates, de ser uno de esos a quienes has retratado" dice Gorgias, esto es, quienes gustan de una discusión sensata y admiten ser refutados cuando se les demuestra que no tienen razón.

El juego de preguntas y respuestas entre Sócrates y sus interlocutores - destacando a Polos, tan vanidoso como Gorgias pero mucho más tonto - termina nada menos que en una indagación acerca de lo que es justo y lo que no. Pero por el momento, nos limitaremos a ver la opinión de Sócrates / Aristocles/ Platón sobre la famosa "retórica". Dice Sócrates: "¿Me preguntas qué clase de arte es la retórica a mi modo de ver? Si te he de ser franco, Polos, te diré que no la tengo por un arte." "¿Por qué la tienes, entonces?" inquiere Polos. "Por una especie de rutina", responde simplemente el filósofo. Es fácil imaginar lo que habrá sentido Polos, quien había expresado que el arte de Gorgias era "la mas bella de las artes".

A pesar de su manifiesto desprecio por la "retórica" Sócrates (Platón) no deja de apreciar el poder y el peligro que encierra: "Y añadiste, en consecuencia, que en lo tocante a la salud del cuerpo hará el orador que le crean más que al médico", dice, citando un ejemplo del propio Gorgias. Este afirma que es así, siempre y cuando el orador se dirija a las multitudes. La respuesta de Sócrates es lapidaria: "Por multitudes entiendes indudablemente a los ignorantes, porque aparentemente el orador no tendrá ventajas sobre el médico ante personas instruidas." Y más adelante: "El ignorante será, pues, más apto que el sabio para persuadir a los ignorantes, si es cierto que el orador está más capacitado que el médico para persuadir." Si están Uds. evocando imágenes de ciertos personajes que desde una tribuna pronuncian arengas ante multitudes al borde del delirio, no están nada desencaminados. Pero hay más.

La publicidad comercial era una actividad desconocida en la época de Sócrates - y si pensaba que la retórica era una rutina, mejor no imaginar cómo habría calificado esta nueva plaga. Cuando vemos la proliferación de anuncios de fármacos varios, desde antigripales a dentífricos, avalados por presuntos "médicos" que alaban las virtudes del producto desde la pantalla ¿acaso no estamos viendo un ejemplo actual de "retórica"?

Más adelante, Sócrates dice: "Y refiriéndome a lo que llamo retórica, te diré que forma parte de una cosa que no tiene nada de bella. A mi modo de ver, la retórica no es más que el simulacro de una parte de la política. Me parece... que es cierta profesión en la que el arte en verdad no interviene nada, pero que supone en el alma el talento de la conjetura, valor y grandes disposiciones naturales para conversar con los hombres. Llamo 'adulación' a la especie en la que está comprendida."

En términos llanos y actuales, esa retórica es la "parla", la "labia", el "verso". Quien la practica dice a su oyente lo que éste espera oir - de ahí el talento para la conjetura - de una forma agradable - de ahí la disposición natural a la conversación - y sin importarle un bledo la sinceridad de lo que expresa - de ahí, supongo, lo que Sócrates llama "valor", quizás equivalente a nuestra expresión coloquial "tener rostro de piedra".

Que la "retórica" admite infinitas aplicaciones - desde el "levante" hasta la obtención de un puesto laboral ventajoso - es innegable. Que esta práctica sea estimulada en nuestra sociedad consumista y competitiva (¿qué otra cosa es sino el "marketing"?) está tambien casi fuera de dudas. Que un filósofo que vivió en el siglo IV A.C. haya descifrado su mecanismo y llamado a las cosas por su nombre resulta admirable. Que nosotros en el siglo XXI D.C. todavía seamos susceptibles de caer en las redes tendidas por "retóricos" de diversa índole habla de lo poco que hemos aprendido y de lo mucho que nos queda por aprender. Que además haya que bancarse a algún idiota que proclame regocijado "¡Platón ya fue!" habla del inevitable pesimismo con el que aparentemente debemos enfrentar ciertas perspectivas de futuro...

En fin, olvídense de todo esto. Lo anterior no era más que un mero ejercicio de retórica y un pretexto para volver a poner a las Hermanitas X en el blog. Platón ya fue.

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