¿ Libertad de expresión ?
Anna Donner Rybak. Compañeros; hasta la victoria.

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Una historia en capítulos.

29.12.2008 12:03

Gabriela caminaba por las inmediaciones de la Avda. Millán. Una sensación inexplicable se iba apoderando de ella y la tomaba desprevenida. Tenía un oscuro presentimiento. No obstante, nada extraño había acontecido como para reforzar esa premonición. Sólo deseaba llegar, tomar una ducha y acostarse temprano.

Se pisó el jean, y se dio cuenta de que un fleco rebelde le había hecho perder el equilibrio. Las alpargatas le quedaron llenas de barro.

Torció a la derecha por la calle Petain, y buscó las llaves en su bolsillo. Una brisa se asomaba, y los plátanos sonaban más fuertes. La hojarasca anaranjada se iba sacudiendo al compás del viento.

Atravesó la puerta de calle, y siguió el corredor hasta el fondo, donde alquilaba desde hace más de un año una habitación de dimensiones, diríamos, habitables. Eran siete departamentos. A pesar de las condiciones inhóspitas, del excesivo frío del invierno y calor del verano, era su lugar. Corrió la cortina de nylon y se detuvo seca.

La cama estaba deshecha, sus libros rotos y desparramados, su cómoda de noche hecha astillas. Trémula, buscó el cuaderno. Nada. Ropa desgarrada, le llamó la atención una cadena de trapos anudados. Tamaño trabajo se habían tomado los invasores. Tiró, y atado al extremo apareció el cuaderno. Estaba intacto, pero cuando llegó a la última página escrita, unas letras en birome roja la dejaron petrificada: "Volveremos, ya sabemos donde encontrarte". Aterrada, se dio cuenta de que ellos tenían todos los nombres. Ese había sido el último día de su vida normal, acababa de entrar en la clandestinidad.

No había tiempo, ellos podían estar esperando. Con lo puesto, el cuaderno y unos pesos, se despidió de su vecina:

- Si llama mi vieja, decile que yo la llamo- en décimas de nanosegundos tejió una trama creíble - Necesitan una persona tiempo completo en Tacuarembó y la suma no es para despreciar - Doña Coca quedó convencida y le dio unas galletas malteadas para el viaje.

Gabriela asomó la cabeza a la acera; no había nadie. No podía permanecer un segundo más allí, caminó tan rápido como pudo hasta Millán e hizo una seña luego de divisar un taxi con bandera libre.

Tenía que hablar con Deborah. Los compañeros tenían que saber que podrían caer en cualquier momento; ellos lo sabían todo. Irían a buscarlos y no debían estar desprevenidos.

Golpeó tres veces a la puerta, ya era medianoche. Casualmente Deborah estaba levantada, sus padres habían salido y entretenía a la pequeña Elena.

Se abrazaron muy fuerte, Deborah sabía que no volvería a verla. Elena le preguntó porqué lloraba.




29.12.2008 12:00

La parroquia Stella Maris rebosaba concurrencia ese domingo al mediodía.

-Tiempos difíciles- había comenzado su sermón Monseñor Francisco Cárdenas.

- Hijos míos: El Señor nos pone a prueba una vez más. Nuestras Instituciones están en peligro ante esta absurda modernidad, que parece obviar los valores más sagrados. Todo ahora es tan efímero. Si esto es ser moderno,¡yo prefiero ser Antiguo!-

Había quedado exaltado tras el fervor de su última oración. Una gruesa gota de sudor dibujaba un sendero en su regordeta mejilla.

-Padre Francisco, ¿se encuentra Ud. bien?- se había levantado Ignacio, ubicado en primera fila junto a su esposa María Mercedes.

La misa dominical seguía siendo por lejos uno de los acontecimientos con mayor poder de convocatoria. Las Señoras se encontraban y reflexionaban asustadas.

-¡Ya no les importa corromper a personas decentes! ¡Dentro de poco saquearán nuestros hogares! -había retomado la palabra Monseñor Cárdenas.

- Cristo, Nuestro Señor, nos pide sólo una cosa: Uníos los unos con los otros, sed emisarios del Bien, y nada os ocurrirá. ¡Sea, pues, la familia católica debe ser puesta en resguardo! ¡Y no es pecado, hijos míos, denunciar a quien se aparte de tan noble fin! Recordad a nuestros héroes de las Cruzadas; ¿qué los ha mantenido vivos? -

Un silencio sepulcral invadió la nave de la iglesia. Hasta las vaquitas de San Antonio habían detenido su vuelo.

-¡Su fe en la Cruz! Así, hijos míos, es que hoy esta cruz sigue viva en cada uno de los hogares católicos y todos debemos honrarla - Hizo una pausa y prosiguió - Debemos comenzar con pequeñas Acciones para lograr un Gran Fin: restablecer a las Instituciones su preciado valor. Nos lo pide Él, Nuestro Señor Jesucristo. El Amor, hijos míos, triunfará finalmente sobre el Mal. Por eso, debemos delatar a las ovejas que se desvíen del rebaño, así como lo han hecho los nobles cruzados. No teman, hijos míos; si ustedes descubren un signo comunista en su vecino, en su cocinera, en su jardinero, procedan como ciudadanos decentes. Es vuestro deber anotar sus nombres. Si alguna duda os desvía de tamaña acción, tened claro que estos herejes que osáis proteger solo desean apropiarse de vuestros bienes, que por Derecho Divino os pertenecen a ustedes, aristócratas. Es Ley que vosotros, los designados por El, sigan marcando el camino de lo correcto. Vuestro lugar no puede ser usurpado por la lacra comunista!-




29.12.2008 11:57

María de las Mercedes estaba rozagante. Una sonrisa se le había instalado en el rostro, mientras engordaba feliz. Sus rasgos poco agraciados quedaban opacados por tanta lozanía. Mientras aguardaba a su modista, supervisaba que hubiese flores frescas en todos los ambientes de la casa.

Sus íntimas Blanca Otamendi y María Martha Arocena estaban pendientes de Mechi, es que previamente ella había tenido dos abortos espontáneos. No se movían de su lado.

-Le voy a pedir a Leti el modelo que vistió Farah Diba en la Gala de la Cruz Roja. Blanquita, ¿ya encargaste los géneros?-

-Pía del Huerto se ofreció a traérmelos de Europa, está pasando la temporada estival en Mónaco, fue con Karl para el VII Rally. Mechita.- frunció el ceño con cara de visible trastorno- No creo que debas salir a la calle, ¡mirá las cosas horribles que están pasando!. El otro día Nora iba caminando por el Centro, ella que detesta ir al Centro, dice que ya no se puede andar sin toparse con la chusma. Yo nunca la había tomado en serio porque siempre exagera. Pero esta vez estaba muy pálida, no sabés, Mechi, ¡le gritaron cosas horribles y obscenas! La pobre de Norita apresuró la marcha y se le mancharon los pantalones blancos.

-¿Qué le dijeron? ¿La agredieron?-

-No, porque empezó a correr. ¡Se le salió un taco y al fin iba saltando en un pie!-

-¿Cómo eran?-

-¡Ah! ¡Tenían un olor a patchouli!

-¡Blanca! ¡Un poco de respeto!-

-Mechi, ¡es que esos peludos me dan náuseas! Y por si no fuera poco, humillaron a Norita.

-¿Por qué?-

-Le gritaron ¡frígida! ¡Son todos unos degenerados y comunistas!-




26.05.2008 14:09

Había sido una tarde larga. Tras Carolina haber cerrado la puerta, Ignacio se dispuso  a trabajar. Tomó las fichas de los aspirantes, y las fue agrupando en pilas. No podía darse el lujo de perder un solo instante.

Dos horas después, llamó por el intercomunicador a Carolina. – Quiero que mañana cites a esta persona – Le dio en una hoja de papel  el nombre garabateado. Cuando ella se acercó para llevarlo, él la agarró del brazo. - ¿Sabés qué me gustaría ahora?- ¿Un café?- ¡Cerrá la puerta! –

Ignacio caminó hacia el perchero donde tenía colgado el abrigo. Palpó la tela, y le dijo: - No soporto la ropa con hilos desencajados – ¿Qué hilos? – Tocá.- Carolina subió el brazo para alcanzar la prenda, y sintió los dedos en la espalda. Se quedó tiesa, contra el perchero. 

La bestia dormida en Ignacio emergió desde lo más profundo. Arrancó uno por uno los botones de su blusa, mientras que con la otra mano la inmovilizó contra la pared, bajándole las bragas. El pantalón le apretaba, y se desprendió la bragueta.

No podía esperar ni un segundo más. Arrojó a Carolina sobre el escritorio, le separó las piernas, y se la montó. Luego de jadear nerviosamente, sintió el alivio de su eyaculación. – Ya podés irte, y haceme el favor de abrocharte, no seas tan atorranta – Luego de haber satisfecho sus libidinosos propósitos, Ignacio se concentró.

 Juan Ángel Luzardo, vivía con sus padres y cuatro hermanos en una destartalada pensión en la calle Carlos Gardel. Su padre tenía un puesto de flores en la feria de la calle Yaguarón. A las cuatro de la mañana, Angelito se levantaba junto a  su progenitor. Desayunaban y se iban a los invernaderos de Canelones. Cargaban el carro de rosas, claveles y crisantemos. A las nueve comenzaba la venta.

No había nada que hiciera más feliz a Angelito que esos instantes sagrados con el padre. Los viajes diarios eran las delicias del niño, a pesar de la escarcha helada del alba. Papá siempre entonaba una arrabalera cadencia. - Sur, paredón y después…. – 

 Una mañana un hombre de sobretodo negro pidió una docena de rosas amarillas. Angelito nunca había visto un señor con una barba tan larga y rizos en las orejas. Su padre estaba entregando el pedido, cuando de la nada apareció un tipo engominado por atrás del barbudo, y empuñó una navaja. El viejo se apartó, con tan mala fortuna que la puñalada dio directo en el pecho de su padre. Seis horas después, había muerto.

Cuando lo estaban velando, se presentó un hombre de aspecto cándido  y mejillas coloradas. Con voz suave les dijo que haría lo imposible por mejorar el destino de la amputada familia. Los acompañó al cementerio, y le dijo a la viuda que encontraría consuelo en el convento de las hermanas Ursulinas. Le explicó que el comprador de las flores era un hereje y que la vida de su marido había sido consagrada en nombre del Señor.

- ¡Dios  Santo! – gimió la mujer mientras  su tembloroso cuerpo se sacudía de rodillas ante el hombre bueno.

El pequeño Angelito creció huraño en los  rincones del convento.  Rezaba a diario sus oraciones, y esperaba el mandato de la gracia divina para combatir la herejía que le había arrebatado  a su padre.

Ignacio fue convocado a una reunión en el despacho de Ibarburen. Tan ensimismado estaba, que  no había reparado en el paso del tiempo. Se desperezó, dirigiéndose al tocador. Con beneplácito, contempló la imagen que le devolvía el espejo. Se acomodó la corbata vanagloriándose de la proeza realizada con su asistente, se sentía como nuevo.

 – Te presento al Doctor Elías Blumenthal – le dijo Ibarburen cuando ingresó en la oficina. – la Congregación Israelita va hacer una donación- La constructora Ibarburen y Asociados tenía a su cargo la obra de un edificio de apartamentos en la calle Río Branco. Ignacio observó a Blumenthal. Le llamó la atención un rizo que pendía de su oreja derecha.       

El resto de la tarde transcurrió sin contratiempos  hasta que Carolina le avisó que tenía una llamada. Era María Mercedes. En una hora tendrían cita con Monseñor Francisco Cárdenas. Ella lo adoraba.

Una mañana, Mecha comprobó que la punta de la sábana estaba manchada.  Su amiga Rosario le había dicho que el Diablo se metía dentro de quienes le ocultaban cosas a Dios, y como castigo, un chorro de sangre caliente brotaba de sus cuerpos. Presa del horror, Mercedes comprendió que ese día había llegado.

Escondió la sábana en el fondo del ropero, y fue en busca de la palabra del padre Francisco, para sentir el alivio de la culpa. El le dijo  que la salvación de su  cuerpo estaba en la gracia de su espíritu, pero que no todos eran merecedores de la absolución.

A partir de ahora, explicó, su piel le trasmitiría señales de demonios  que querían emerger y ella tendría que combatirlos. Esos fantasmas debían de permanecer ocultos, por lo cual explicó a Mercedes que era conveniente usar faldas largas, y ropa holgada para no incitar  una libidinosa conjura. Así, las fuerzas malignas se debilitarían hasta desaparecer por completo. También le explicó que profesando el amor al Señor, no correría peligro alguno.

 La sangre le circulaba por el cuerpo mientras  Ignacio se arrastraba por Dieciocho y Convención. El neón fluorescente de los escaparates había cobrado vida, y la silueta de Carolina lo encandilaba desde el inconsciente pese a sus esfuerzos por velarla con un manto negro.




17.03.2008 21:37

 

Ignacio penetró en el hall del Palacio Lapido, teniendo cuidado con la filosa reja del ascensor. Hubiera querido subir por la escalera, pero se decía que ya era hora de dejar sus fobias de lado. Los instantes le parecieron eternos dentro del minúsculo cubículo, mientras aterrado, pensaba si se desenganchaba alguna de de las poleas, y caía en la noche negra del infierno. 

Vestía traje y corbata oscuros. - ¿En qué lo puedo ayudar? – lo interceptó la recepcionista cerrándole el paso. – Busco al señor Ibarburen. - ¿Tiene cita? – Ignacio se vio preso de una furia inexplicable, enrojeció  y de pronto tuvo  ganas de abofetear a la mujer rubia de tailleur azul. – Vengo de parte de Alcides Herrera – Ah, sí, el señor Ibarburen lo está esperando. ¿Usted es Ignacio? – le preguntó con amabilidad. Visiblemente molesto, él asintió con la cabeza, sin emitir vocablo alguno. – Mi nombre es Carolina. –

Sin hablar, Ignacio tomó asiento en un sofá de cuero, mientras contemplaba a Carolina alejarse por el largo pasillo, baboseándose con  sus interminables piernas y su cintura de avispa. – Al cabo de unos minutos, le indicó que la siguiera, y le mostró la segunda puerta a la derecha.

Elbio Ibarburen estaba sentado tras un gran escritorio, y tenía una pipa en la mano. – ¿Un café? – Sí, por favor.- Carolina trajo una bandeja con dos pocillos. - Que nadie nos interrumpa – le dijo Ibarburen, y la secretaria cerró la puerta. - ¿Cómo está Mechita? Supe que estuvo indispuesta – Tuvo una baja de presión – El hombre que conversaba con Ignacio, tenía un mostacho gris, y una lustrada calva. Era un tipo gordo, que vestía un impecable corte inglés. En el dedo anular de su mano derecha tenía una gruesa sortija de oro, con un engarce de rubí.

– Para que vayas entrando en tema – dijo a continuación, con una carcajada que dejaba al descubierto un premolar de oro, y señalando un gran fajo de expedientes- Hay para todos los gustos. Quiero que a partir de la semana próxima los entrevistes, y que estén listos para comenzar en un mes. ¡Pero hay un plato que ya está incluido! – Otra vez asomó el premolar, ahora en medio de un jolgorio que lo dejó atónito. La expresión dubitativa de Ignacio hizo que Elbio se conmoviese – Nachito, Carolina va ser tu asistente. – El mastodonte se paró con dificultad y arrastró su anatomía hasta un mueble con una botella de whisky. Sirvió dos vasos, le acercó uno a Ignacio y dijo- ¡Salud! - 

Dando por finalizada la reunión, Ibarburen chasqueó los dedos. Ignacio lo dejó solo. – Por aquí – le dijo Carolina, abriendo una puerta contigua a la anterior. Una habitación luminosa con vista a la calle, con un escritorio central. Una línea de teléfono, un perchero. - Instalate – esta vez. Carolina lo miró a los ojos sonriendo. Ignacio contenía furiosamente una erección.

El talón de Aquiles de  Alcides Herrera, era su primogénita Mecha. Incapaces de obligarla a desistir de su empeño luego de haberles presentado a Ignacio, los Herrera Coitito priorizaron la felicidad de Mecha por sobre todas las cosas. Un fructífero y prolongado noviazgo, le había proporcionado a Ignacio el status jamás soñado. Mercedes emanaba alegría por todos los poros mientras preparaba su casamiento portando un halo que hasta la hacía bella.

La familia de la novia era piadosamente católica, por lo cual María Mercedes se preservaba virgen, inmaculada, y se enorgullecía de ello. El desarrollo de los acontecimientos había sido más que predecible. A los dos meses de haber ido por vez primera a la casa de la calle Costa Rica,  ella le había acercado su mejilla, e Ignacio le rozó los labios con los suyos.

 Fue suficiente para comenzar el noviazgo. El único contacto físico era un toque de labios una sola vez cuando se encontraban. Para Mercedes esas eran las cosas normales que hacían los que se amaban, y así estaba satisfecha. Tenía todas sus energías puestas en la organización de la magnífica fiesta en el Hotel Bristol, armaba la lista de invitados consultando a su madre, iban juntas a degustar delicias para elegir el  menú nupcial, e iban a las pruebas semanales de su vestido de novia. Cada noche antes de ir a la cama, Mecha daba las gracias a Dios por toda su dicha, Ignacio le había caído del cielo.




23.09.2007 19:15

Ignacio estaba sentado a la mesa junto a su padre. – Pendejo, tenemos que hablar de hombre a hombre. Aunque vos de hombre no tenés nada, ja, ja, ¡erp! –  eructó Francis. Lo habitual en él era estar beodo, ni se acordaba cuándo había sido la última vez que había estado sobrio.  

- ¿Hasta cuándo cree el Señorito que va vivir en esta casa sin traer un puto vintén? ¿O cree que papito lo va mantener para siempre?  – Francis estaba montando en cólera.

 Agarró a Ignacio por los hombros, y lo zamarreó salvajemente. Si no hubiera sido por Mabel, que acudió en su defensa, lo hubiese matado a golpes.

- Deje viejo, le prometo que este año, él va empezar en la facultad, vaya, acuéstese que yo me encargo- Mabel pudo apaciguar a la fiera, que se fue de la mesa, estrellando la silla contra el piso.

Madre e hijo quedaron solos, y Mabel, por primera vez en mucho tiempo, se dirigió a su hijo en tono amable:

- Mijo, yo quiero que usted sea universitario. – Mamá, no sé si eso es para mí – Si se queda echado todo el día, seguro eso que no. Mire, la Daniela se anotó en Ingeniería. - ¿Mamá, estás loca?  Sabés lo que me cuestan las matemáticas. – Vaya con La Daniela, ella le va explicar lo que usted no entienda, créame, mijo, soy su madre y sé lo que le conviene. -  

Ignacio había demorado cuatro años en terminar el Bachillerato;  le costaba, no era  precisamente inteligente. Y bueno, si querían que vaya a la facultad, iría, todo con tal de que no le rompieran los quinotos.

La facultad de Ingeniería, estaba situada en uno de los mejores emplazamientos de la ciudad de Montevideo, en el barrio de Parque Rodó. Desde  allí se divisaba la playa Ramirez, la bahía y el Cerro. El edificio era obra de uno de los mejores arquitectos de nuestro país: Julio Vilamajó. De carácter racionalista, con líneas puras, y fachada de hormigón visto.

Lo que más sorprendió a Ignacio ese primer día de clases, fue la escasez de mujeres y el aspecto de los “cerebritos”: parecía que estaban en otra galaxia, muchos se escondían tras lentes de armazón negra con cristales muy gruesos. Daniela siempre le había parecido osada, y más ahora, al meterse en un lugar donde casi todos eran hombres. Y él, que tenía esperanzas de recrear su vista a través de bellas ninfas con cintura de avispa…

Cuando quiso acordar, Daniela había desaparecido. Estaba muerto de vergüenza en medio de un centenar de desconocidos, acurrucado en un rincón.  De repente, escuchó una risa femenina. Con el ego alborozado, la buscó con la mirada. Su desilusión fue grande: nunca había visto una mujer tan fea. Tenía los ojos saltones, como dos huevos duros, y un estrabismo evidente. Sus cabellos estaban erizados, parecía que hubiese metidos los dedos en un enchufe. La nariz en punta, y la piel brillosa por el sebo de los barritos. En una relación inversamente proporcional entre belleza y simpatía, esta criatura, por el momento lo tranquilizó.

- Estás nervioso, ¿eh? – Un poco. - ¿Un poco? Se te nota desde diez cuadras. - ¿En serio se me nota tanto? - ¡Sí! – le dijo ella y estalló en carcajadas. Curiosamente, Ignacio no se sentía molesto, sino todo lo contrario, bastante aliviado. - ¿Cómo te llamás? – Ignacio, ¿y vos? -  María Mercedes, pero me dicen Mecha. -

A Ignacio, la jornada del curso se le pasó bastante rápido. Los profesores, tenían un aspecto exótico. El que más lo impactó, fue el flaco de Mecánica, de medias rayadas rojas y negras, los vaqueros tan mugrientos como agujereados, y los ojos salidos de las órbitas.

Contra sus pronósticos, el ir a la facultad no lo disgustaba tanto como había imaginado. Veía gente rara, y se entretenía analizando su aspecto. Además, se había hecho de una amiga, y todo.

Habían pasado ya tres meses desde que habían empezado las clases. Los días eran más cortos, y a las seis de la tarde ya era noche cerrada. Ignacio y Mecha intimaban cada vez más. Un día de junio, ella le preguntó si quería acompañarla a su casa. El asintió. Tomaron el 104, y bajaron en la Rambla y Arocena. La familia de María Mercedes Herrera, vivía en la calle Costa Rica. Los jóvenes de detuvieron ante una señorial residencia. – Tranquilizate, nadie te va comer, te lo aseguro – le dijo ella, tras pasar el umbral del jardín. – ¡Mecha, por Dios, qué susto nos diste! – dijo con tono de preocupación una señora vestida de negro. - ¡No exageres, Sonia! El es Ignacio, un compañero de la facultad. Ignacio, esta es Sonia, mi segunda madre – Encantado – Todos entraron. – Tus padres ya están en la sala – le dijo Sonia. Ignacio había enmudecido. –Vení, te voy a presentar a mis padres –

Los Herrera Coitiño, esperaban ansiosos. Alcides Herrera Lusich bebía su medida diaria de Johnie Walker etiqueta negra, y su esposa   María Mercedes Coitiño Larrañaga un Martini Bianco.          



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Sobre mí
Anna Donner Rybak nace en Montevideo el 21 de setiembre de 1966.Desde 1989 hasta 1996 es docente en UTU de Programación de Sistemas y de Lógica.En 1993 se recibe de Analista de Sistemas.Escribe desde 2000, diversos géneros: Cuentos históricos, cuentos de humor, Columnas de actualidad, Ensayos, Poesía y fantástico.

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