Eliza y Miguel
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Notas de Miguel

15.07.2013 01:52

Padre, llegué tarde para conocerte, para abrazarte y compartir contigo las alegrías y las tristezas.

Te fuiste antes de que tuviera conciencia de que me quedaba en un mundo egoísta, mezquino, duro e insensible.

Cada cosa que me contaron de vos me gustó.  Por eso apostaría mi alma a que mi vida hubiera sido distinta de haberte tenido en esos años de niño y adolescente en que tanto te necesité.

Me gustó tu apodo "el Nene", poco importó que no supieran decirme por qué te lo pusieron, siempre me cayó bien.

Sin haberte visto nunca, tengo tu imagen en el patio del rancho en que nací, sobre un caballo indócil y nervioso caracoleando con una alforja de dos bocas cargada de comestibles atravesada sobre las ancas.

Mucho te extrañé.  Mucho, viejo. En mi juventud buscaba tu rostro entre la gente... pero nunca lo encontré.

¿Qué mundo habrá en el más allá? ¿Adónde van las almas?... si es que van a alguna parte.

Tal vez te encuentre, viejo, y nos conozcamos algún día, allá en la eternidad.

Miguel




19.05.2013 17:49

Este 18 de mayo recordamos un nuevo aniversario de la Batalla de Las Piedras. En los meses de 1811 corría por todo el territorio de nuestro país un viento lleno de esperanzas de libertad. Ese viento lleno de rebeldía tenía como líder a José Artigas, un hombre de fuerte personalidad y empeñado en lograr para ésta, su tierra tan querida, una libertad e independencia de todo poder foráneo.

Artigas llevaba dentro de su ser la fe y el total convencimiento de los elegidos para grandes hechos, y en el triunfo de Las Piedras se escuchó la primera clarinada victoriosa de la revolución platense.

Supo de la misma forma que en la derrota, dejar bien marcada la esencia de un ser humano muy especial. Su frase humana y profunda "clemencia para los vencidos" al caer la tarde de aquel 18 de mayo de 1811, se convirtió en un paradigma de nobleza y sentimiento que marca en toda sus forma la estatura moral de un hombre a quien los sonidos de victoria no le enmudecieron el corazón ni le hicieron olvidar el respeto por el enemigo vencido.

Todos los orientales fueron creciendo con él y desde él. Estampó sus pensamientos democráticos y republicanos en las Instrucciones del año XIII y se extendió sin ofensas ni temores hermanando provincias con los brazos fraternos con una sola consigna: la libertad. Adquirió temple poco después en las horas amargas del éxodo.

Artigas formó un sentimiento de patria y pudo más que aquéllos que pusieron precio a su cabeza y quisieron apagar su llama revolucionaria de prócer. El legado que nos dejó sigue vigente en los uruguayos y se manifiesta en lo orejanos que muchos aun somos.

Miguel

La imagen pertenece al cuado de Juan Manuel Blanes.




24.12.2012 11:18

Ésta es una historia que con el transcurrir del tiempo se ha ido convertiendo en leyenda poco creíble. Sucedió allá, en el fondo de los siglos, cuando un hombre y una mujer recorrieron el camino que va de Nazaret a Belén. Cansados de tanto andar, buscaron refugio en un establo donde habían dos asnos y un manso buey. El hombre salió de la cueva en busca de algo para comer y al regresar a ella, un niño recién nacido descansaba en los brazos de la mujer. Ella se llamaba María, y él José.

Pero aquel niño nacido en el humilde establo estaba predestinado a cambiar la historia del mundo. Tanto así que a partir de ese instante, se dividió en dos: antes de y después de Cristo. Porque a partir de su llegada... comienza el mito.

Más lejos del lugar  –se dice–  un ángel apareció donde estaban reunidos unos pastores, los envolvió con un halo de luz y les comunicó la llegada del Mesías. ¿Realidad o fantasía? ¿Encanto o desencanto? ¿Verdad o una burda mentira?

Todas estas conjeturas se entrelazan, ya que no hay forma de comprobar el límite exacto en el cual acaba una y empieza la otra. Depende de lo que cada uno quiera creer. Lo auténtico, es que hombres y mujeres de todos los rincones del mundo se abrazan al recordar el milagro que provocó aquel nacimiento, invocando en esa fecha una fe y una esperanza olvidada durante el resto del año.

Si hacemos un simple análisis del mundo en que vivimos  –entre atentados, amenazas, enfrentamientos, incertidumbre, angustias, hambre, muertes–  nos damos cuenta que el lugar que le queda a la esperanza y a la fe... es mínimo. Y que todo el esfuerzo que realizó Jesús de Nazaret por enseñarnos que la paz, el amor y la bondad de espíritu eran los caminos para ser  felices... fue totalmente inútil.

Sin embargo, el hombre ha logrado  –por unas pocas horas–  olvidar sus ambiciones, sus mezquindades, y la soberbia de sentirse todopoderoso. Ha logrado convertirse en un ser humano junto al pesebre y el árbol de Navidad, deseando a su familia y amigos un mundo lleno de amor y esperanzas... un augurio para este mismo mundo que se cae a pedazos.

Es triste  –y diría que hasta doloroso–  esperar la Navidad para que afloren las palabras afectuosas y tiernas y los abrazos emotivos; para que las almas de roca terminen ablandándose ante un beso cariñoso. Cuánto más hermanados estaríamos todos  –sin discriminación de raza, ideología política o religión  si nos contactáramos con mayor frecuencia durante el año sin esperar estas fechas.

Pero el mundo de los hombres y las mujeres se ha comportado de esta manera por el correr de los siglos. Y no vamos a caer hoy en el "pecado" de evidenciar nuestro total fracaso con referencia a nuestro relacionamiento con los demás. Por el contrario, hagamos lo posible por no crear confrontaciones o desalientos.

Toda la humanidad necesita imperiosamente un fuerte sacudón para comprender al fin, que ella misma puede encontrar los caminos de su propia salvación o inexorable derrumbe. Tratemos de unirnos para hacer un mundo mejor y que las esperanzas y los sueños se vuelvan realidades.

Miremos a ese arbolito de Navidad como un símbolo de esperanza, y que la estrella de luz marque el rumbo que queramos darle a nuestros días.

Felicidades para todos.

Miguel




04.09.2012 22:58

En el transcurso de la vida, en distintas etapas de su existencia, el hombre sueña con que el destino le otorgue lo más deseado. Sus sueños son muy variados, de acuerdo a su sentir y pensar, a su personalidad. Puede desear una propiedad, un auto, viajar por el mundo, triunfar en su deporte favorito, ser un brillante profesional...

Así podría enumerar infinidad de sueños, muy diversos entre sí. La mayoría de ellos dependen únicamente de su fuerza de voluntad y mucho trabajo y sacrificio para lograrlos. Sabemos que todo lo que depende únicamente de cada uno es posible y hasta lo que parece imposible sólo cuesta un poco más, siempre que no se claudique antes de llegar a la meta.

Pero en algunas ocasiones, el sueño de lograr lo que más se quiere, involucra implícitamente a otra persona, totalmente ajena. Aun así la mente humana no se detiene y fija un punto para lograr su objetivo. Sus días y sus noches se hacen cortos o largos, de acuerdo a cómo camina su pensamiento. Por supuesto que ese estado lo va empujando a una situación de obsesión casi enfermiza.

Me refiero concretamente a aquél que se enamora de otra persona sin que ésta sepa absolutamente nada ni tenga la más leve sospecha de lo que pasa. El silencioso enamorado empuja sus días y sus noches en un afán de lograr su sueño, esperando un milagro que no llega, y casi sin darse cuenta, su personalidad comienza a tener cambios. Va perdiendo parte de su autoestima por sublimar a ese otro ser... que sólo es uno más de este planeta, con sus defectos y virtudes, muy lejos de ser ese dios que no existe más que en la fantasía de su cerebro. Un dios creado por la mente ya enferma del enamorado.

¿Qué puede suceder el día que ya no pueda soportar más tanto plomo y ponga de manifiesto sus sentimientos, hasta ese momento ocultos, y decida confiarlos a la persona involucrada? Si es honesta, pueden suceder dos cosas: o lo acepta complacida, o simplemente lo rechaza con delicadeza con el fin de no herir al enamorado.

Si sucede esto último, sufrirá una terrible desilusión que sólo con el tiempo podrá superar. Pero si sucede lo contrario, tocará el cielo con las manos y casi inconscientemente agradecerá a su destino.

Después del desenlace positivo en el que alcanzó su meta, la persona enamorada va recobrando, lentamente, su verdadera y auténtica personalidad, tal como la tenía antes de enamorarse. Entonces, pasado el deslumbramiento, comienza a ver en ese dios artificial que creó su mente, actitudes y formas de ser que no le agradan, y aunque siempre estuvieron en él, fueron cubiertas por la ceguera de su amor. Logrado el objetivo todo vuelve a la normalidad y aquel ser que se endiosó vuelve, también, a ser un simple mortal con más defectos que virtudes.

No muere el amor, si es auténtico, pero sí comienza a decaer, lentamente, la figura agigantada por el deseo ansiado por largo tiempo. Pasan los años y todo parece tomar forma y estabilizarse. Aunque inevitablemente, surgen pequeñas y grandes discrepancias que comienzan a deteriorar la relación.

La persona endiosada por el enamorado vivió siempre ajena a aquellos sentimientos que fueron más allá de lo lógico... y se rebela. Por lo tanto, es imprevisible el desenlace que pueda tener una historia como ésta, en que la realidad demuestra que los sueños, cuando involucran a terceros... sólo sueños son.

Miguel




04.09.2012 01:59

El racismo es uno de los defectos más crueles e incomprensibles del ser humano. Aquellos que lo aplican, son personas de autoestima exagerada que presumen ser superiores a los demás, sobre todo a los que no son de su misma raza. Jamás habrá una explicación coherente ante esa actitud tan irracional.

Generalmente, aunque hay excepciones, el núcleo mayoritario de seres racistas se encuentra entre la sociedad más poderosa económicamente, a la que se suele llamar "aristocracia", aunque en este país de descendientes de inmigrantes nunca existieron aristócratas verdaderos. Lo que ha pasado con ellos es que algunos amasaron enormes fortunas. No han heredado ningún título nobiliario pero los destaca, sí, el poder del dinero.

Los que no somos racistas no podemos justificar sus desplantes, pero como tenemos que convivir con ellos, hemos aprendido a aprovechar cualquier oportunidad que nos den para dejarlos mal parados. Tal es el caso de un hecho muy conocido, ocurrido por los años 70', que trascendió en su momento, traspasó las altas esferas y se sigue divulgando hasta el día de hoy para regocijo nuestro... y para el eterno pesar de la involucrada, sus parientes y sus selectas amistades.

Se trata de una "noble" señora uruguaya, que había abordado un avión de una compañía internacional con destino a Europa. Viajaba en clase turista, no por falta de dinero, sino por miserable. A poco de salir de Carrasco y cuando el avión había tomado altura, esta distinguida y elegante señora de aproximadamente 60 años, llamó a la azafata, que al llegar junto a ella preguntó:

Señora, ¿en qué puedo ayudarla?

–Por favor, necesito urgentemente que me ubique en otro asiento. Jamás podré hacer este largo viaje sentada al lado de un negro, esta gente huele distinto a nosotros.

La azafata, azorada ante lo escuchado, le respondió amablemente:

–Lo lamento, señora, eso va a ser imposible, la clase turista está completa.

La mujer insistió.

–Pero yo exijo a sus superiores que me solucionen de alguna forma este problema porque me puedo morir si sigo aquí.

–Señora, cálmese, por favor. Hablaré con el Comandante para que lo resuelva y estoy segura que encontrará una solución. Todo lo que le pido es que se mantenga en calma. Volveré en unos minutos con la respuesta.

El pasajero afrodescendiente había presenciado la desagradable exposición de su compañera de asiento sin decir una palabra ni esbozar un gesto. Pasados unos minutos volvió la simpática azafata y dirigiéndose a la intranquila mujer dijo:

–El comandante puntualiza que la aerolínea no permite que los pasajeros de clase turista pasen a primera, pero en este caso, hará una excepción: considera indecoroso obligar a alguien a viajar al lado de una persona desagradable.

La señora la escuchó muy sonriente y feliz y cuando se disponía a levantarse y tomar sus cosas para trasladarse a primera clase, la azafata muy amablemente, la detuvo:

–Perdón señora, el asiento en primera clase es para el señor, no para usted.

Dirigiendo la mirada hacia el hombre sentado al lado de la dama racista, con una franca sonrisa, lo invitó:

–¿Me acompaña, caballero? Hay un lugar muy agradable para que pueda usted disfrutar de un viaje placentero y con muchísimo gusto lo guiaré hasta allí. Ya traje para usted el aperitivo que servimos en primera clase, donde podrá degustarlo con comodidad.

En este caso, el comandante aplicó una filosofía salomónica y le demostró a la desubicada señora pudiente que los desagradables... son los racistas. Es el equilibrio para que este mundo tan cruel demore un poco más en derrumbarse.

Miguel




07.08.2012 04:57

Algunas veces he dicho que cada uno de nosotros tiene su historia, formada por todos los recuerdos que la memoria conserva, tanto buenos como malos.

Siempre que he mirado hacia atrás los momentos vividos en el pasado, éstos se agolpan casi desordenadamente. Se apresuran en estar en primer plano, como si fueran diapositivas que van pasando en fracciones de segundo. Debe existir alguna razón para que así sea. Tal vez sean los muchos años que tengo, que me obligan a detenerme en esos pensamientos.

Algunas imágenes surgen apacibles. O son esquivas y se presentan como luces difusas: el rostro de un amigo, un momento vivido con determinados compañeros que se quedó en el tiempo. A veces, hay que esforzarse para darles nitidez. Pero hay otras que viven con nosotros, y nadie puede escapar de ellas. Sin duda son las que nos han marcado, por buenas y por malas.

Aun viviendo un presente que mañana va a ser pasado, o proyectándonos hacia el futuro a corto o largo plazo, la dimensión de los recuerdos es la esencia misma de lo que representa nuestro mundo interior, tanto de lo que nos contenta como de lo que nos desagrada.

Los recuerdos más hermosos y los más oscuros son los que están implícitamente unidos al amor. Es el sentimiento más conmovedor que tiene el ser humano, nos produce dos emociones que nos hacen vibrar: la alegría y la tristeza.

Con amor la vida cobra sentido. Por esa razón cuando lo alcanzamos, viviendo el encanto de una felicidad que no se opaca, aun fluctuando entre la dicha y la desventura, nuestra historia personal estará completa.

Miguel



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