Eliza y Miguel
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Relatos de Miguel

14.09.2012 20:11

Si fuera cierto que nací un 14 de setiembre (lo que no puedo asegurar porque fue una respuesta que me dio al barrer la señora que me trajo al mundo cuando se lo pregunté), hoy estoy cumpliendo años. De lo que no tengo duda (por la edad de mis hermanos), es que son 81.

Son las 9 y 15 de la mañana. En la radio, la orquesta de Ángel D'Agostino va desgranando melodías hermosas para mí, con la voz inconfundible de Ángel Vargas, bautizado por los argentinos como "el ruiseñor de las calles porteñas".

Miro a través de la ventana la generosidad de la naturaleza, que cada día nos regala imágenes maravillosas. Si bien el ser humano ha tratado de reproducirlas por medio de la pintura primero y con imágenes fotográficas después, nunca podrá igualar la magnitud de su belleza.

Aunque en muchos pasajes del vivir nos marcamos una ruta, poniendo todo de nosotros, en el momento menos esperado, alguna eventualidad nos sale al cruce y cambia nuestro rumbo sin preguntarnos nada. A pesar de reconocer que somos juguetes del destino, sigo amando a la vida, y en esta etapa, que sin duda es la última, trato de saborear todo lo que puedo de lo hermoso que tiene.

Sin embargo a veces, cuando me entusiasmo mucho, hay pequeñas cosas que me traen a una realidad tangible. Pongamos un simple ejemplo: Te subís a un ómnibus en el que van personas paradas y una mujer de mediana edad se levanta de su asiento y te ofrece su lugar. Entonces vos, que hasta ese momento venías mirando a esa bonita mujer con los ojos de cuando tenías 40, de golpe volvés a la realidad, como de un sueño. Le agradecés a la gentil señora y te sentás, mientras te desprendés de la capa, el sombrero y la espada que tu alocada imaginación te puso, haciéndote pensar por un instante que eras un romántico soñador de la época renacentista.

A pesar de todo, hasta los últimos instantes, seguiré apostando a las cosas hermosas que tiene la vida, imposibles de adquirir con dinero, y por igual motivo, al alcance de todos. Y entre esas maravillas, al sentimiento más hermoso que conozco: el amor.

Miguel




02.09.2012 18:52

Hoy mi memoria recoge una imagen clara, nítida, de hace 75 años atrás. Tengo frente a mí aquel suburbio de la capital riverense de mi niñez como si todo estuviera ocurriendo ahora.

Yo tenía 5 ó 6 años. Era una mañana muy clara, sin duda, verano. Desde unos huecos de las paredes del rancho de paja y terrón donde había nacido, veía a un hombre muy alto, desgarbado, a la sombra de un árbol. Muchos años después lo comparé con alguno de los personajes del notable escritor Panait Istrati. Hoy se me ocurre que debería de medir posiblemente 1m90.

Me le acerqué. Su edad me resulta difícil de imaginar. Tenía el rostro surcado por arrugas, sin duda más obra del trabajo y las necesidades que de la edad. Su saludo fue una sonrisa y su mano acarició mi cabeza en señal de cariño.

Frente a él, una carretilla ancha y larga (enorme para mí), toda de madera salvo las ruedas que eran de hierro. En la parte de arriba tenía varios compartimientos donde cuidadosamente iba colocando la mercadería que iba a salir a vender: lechugas, tomates, repollos, zanahorias, papas y demás, que sacaba de un enorme latón que tenía a su costado.

Mientras trabajaba silbaba y me miraba esbozando una sonrisa. Después, con una regadera con agua, regó toda su mercadería y colocó sobre ella una arpillera humedecida. Su trabajo había terminado y Beto, que así se llamaba, estaba pronto para salir.

Se sentó en un banco largo a mi lado y en ese momento, desde la puerta del rancho apareció su compañera, mi querida tía Élida, que tantas veces me salvó de los golpes de mi amargada abuela. Traía un mate en las manos. Se lo entregó a Beto, que lo tomó en silencio, y después se calzó sus gastadas alpargatas y se despidió con un "hasta luego".

Yo lo acompañé hasta la salida a la calle toda de tierra. Me acarició la cabeza una vez más y se marchó calle abajo en dirección a Livramento, Brasil, que estaba a cuatro cuadras. Después lo vi ascender un repecho y al superarlo, su silueta comenzó a desaparecer lentamente. Me llevé mis dos manos a la cabeza como señal de agradecimiento por esas caricias de Beto que me hacían muy feliz.

En aquel mismo escenario, surge ahora la imagen de mi querida tía Élida (no sé llamarla de otra manera) lavando la ropa en un piletón con su infaltable pucho de tabaco negro adherido a su labio inferior. Tenía la rara habilidad de conversar y cantar canciones de Gardel, su ídolo, sin que ese pedazo de cigarro se cayera de su boca.

Yo sabía cuando Beto iba a llegar. No tenía reloj ni tampoco los conocía, pero sabía cuando se acercaba el momento de su llegada. Después, con los años, califiqué ese presentimiento como instinto animal. Me acercaba a la calle y miraba el camino hasta que de pronto aparecía en la pendiente y yo salía a su encuentro. Detenía la carretilla, me acariciaba la cabeza, me regalaba una sonrisa y un palito con un caramelo en la punta que sacaba de la carretilla, que volvía tan cargada como había salido, pero no de verdura sino de lo que había comprado para la casa con su venta: pan, harina, porotos, yerba y otras cosas. Yo caminaba feliz a su lado, me sentía contento sin saber por qué. Mientras saboreaba ese rico chupetín muy despacio para que me durara más.

En esos años de mi recuerdo, mi querida tía Élida tenía 45 años y yo era un niño chico. Pude, sin embargo, a medida que crecí, recomponer su historia gracias a las largas charlas con su hijo Emiliano, bastante mayor que yo, quien me fue contando muchas cosas de la vida de ella y de otras personas de la familia, cosas ocurridas mucho antes de mi nacimiento.

Mi tía había sido muy bonita en su juventud y a pesar de haber tenido una vida muy dura, aun conservaba mucho de aquellos atractivos que seducían a los hombres y que hacía que las mujeres la envidiaran. Bastante morocha, enormes ojos verdes, pelo renegrido y crespo y un bonito cuerpo.

Era la mayor de sus seis hermanas, nacidas en una estancia que había heredado su madre en Minas de Corrales. A la muerte de su padre, su madre se volvió a casar con un jugador y delincuente y a los pocos años la estancia había desaparecido. Élida y sus hermanas fueron a trabajar de sirvientas. La mayoría de ellas vinieron a Montevideo, pero ella se quedó en Rivera, trabajando en la casa de Alfredo Lepro, un político batllista dueño del único diario del Departamento, "La Palabra".

Élida tenía en ese entonces 20 años y en sus días libres, frecuentaba aquellos bailes o piringundines que habían en la frontera con el Brasil a principios del siglo XX. Tiempos en que los guapos varones se enfrentaban para disputarse una mujer a punta de cuchillo.

Esta es una de las historias que escuché algunos años después: Uno de esos varones se le acercó una noche y le dijo: "Tenés que venir conmigo, yo soy tu hombre". Ella, que estaba bailando, se detuvo y le gritó fuerte, para que todos escucharan: "Yo no soy de nadie, soy mía, y cuando quiera salir con un hombre, lo voy a elegir yo". Ya nadie bailaba, los músicos hicieron silencio. Era la primera vez que una mujer se rebelaba de esa forma. "¿Y desde cuándo una mujer va a elegir con quién salir?"  –le contestó el hombre tomándola de un brazo–.

Según decían, mi tía sacó un cuchillo común, de esos que se usan para comer pero de punta fina, y se lo enterró en la barriga, a la vez que le gritaba: "¡Desde ahora!". Hubo corridas y gritos de mujeres, la policía se la llevó y al día siguiente Alfredo Lepro la liberó aduciendo que el herido era un conocido delincuente. Según se dijo después, el hombre se recuperó pero nunca más se lo vio por esos lugares. Ese incidente corrió de boca en boca en un lugar chico, como algo que nadie podía creer. ¡Ésa era mi tía, carajo!

A partir de ahí las mujeres la admiraban y los hombres la respetaban. Pocos meses después, en el casamiento de una amiga, conoció a Emiliano Mora  –alto, fornido, bien morocho, de  buena pinta– y se enamoró locamente. Había elegido a su hombre. Emiliano Mora era conocido en ese ambiente como jugador y contrabandista, y respetado como guapo y hombre de ley, término usado en esos tiempos como "buena persona, derecho". Según comentaban, fue el único hombre que le había movido el piso a mi tía. Ella lo adoraba.

Él también se había enamorado, Emiliano decía que con mi tía era lindo vivir, porque era una mujer guapa que no había necesidad de cuidar. Construyeron su casa en terrenos fiscales y él le dio todo lo que se podía dar en esos tiempos; de las cosas necesarias para vivir, nada le faltaba. De esa unión nacieron dos hijos: Genoveva y Emiliano. Cuando Genoveva tenía 16 años se enamoró y cuando su novio la dejó, tomó cianuro. Muchos años después vi una foto de Genoveva, era hermosa, tal vez más que su madre.

Poco tiempo después de la muerte de Genoveva, un día cualquiera, el amado compañero de mi tía Élida montó a caballo y se fue como todos los días. Pasaron días, pasaron meses, pasaron años, pero Emiliano nunca más volvió. Mi querida tía se quedó sin lágrimas de tanto llorar la ausencia de su hija y de su querido compañero. La gente del lugar aseguraba que Emiliano tenía que haber muerto en una pelea del otro lado de la frontera.

Pasaron algunos años y un día mi querida tía conoció a Beto, el verdulero, y lentamente volvió a la vida. Beto era un hombre totalmente distinto a Emiliano Mora, tranquilo, manso, trabajador como buey, y quería mucho a mi tía, a la que colmaba de atenciones. Siempre estaba pronto para complacerla en las más mínimas cosas. Mi tía lo llamaba "mi peor es nada".

Con el recuerdo de Beto con que inicié este relato me quedé, porque mi abuela me trajo a Montevideo y no supe más de aquella querida pareja por mucho tiempo. Yo ya tenía 20 años cuando trajeron a mi tía Élida a la capital, con un cáncer que se la llevó en 30 días. Hace de esto 60 años y aun está nítido el momento en que me dijeron que ella me quería ver. Yo no la veía todos los días porque no podía contener las lágrimas al verla sufrir. Me acerqué a su cama, me nombró, me tomó las manos y pocos minutos después, mi querida tía Élida se moría. Esa fue la primera vez que sentí la muerte tan cerca.

Beto la había acompañado en todo momento, había alquilado una pieza cerca del Estadio para estar cerca de la casa de mi abuela, donde Élida pasó sus últimos momentos. Pocos días después vino a verme, quería conversar conmigo. Fuimos al viejo boliche "Granada" de Ramón Anador y Julio César y pedimos dos grapas con Jerezano. Tomé un sorbo y por unos segundos o tal vez más, no sé, me quedé en silencio, pensando.

Ese hombre que tenía frente a mí y mi querida tía que ya no estaba, era el único recuerdo familiar lindo que me había dejado la niñez: Beto siempre con una sonrisa y su mano acariciándome la cabeza. Mi querida tía Élida corriendo a rescatarme de los golpes de mi abuela y llevarme a su casa. Si bien a los 5 años era poco lo que comprendía, creo que a partir de ahí comencé a darme cuenta lo que Beto y mi tía, sin decirlo, me demostraban con muy poco: todo era mejor sin la presencia de mi abuela.

Mis pensamientos se cortaron cuando Beto me habló:

–¿Qué te pasa, Hugo?, te quedaste pensativo.

–Lo miraba y pensaba en cuando tenía 5 años y lo esperaba en la puerta que regresara de vender la verdura y me regalaba un chupetín. Usted y mi tía fueron muy buenos conmigo y me sentía muy feliz cuando estaba con ustedes.

–¿Sabés una cosa, Hugo? Yo te veía como al hijo que nunca tuve. Vos eras un buen gurí, un poco maltratado por tu abuela, que peleaba con todos. Tu tía te quería mucho y muchas veces tuve que tranquilizarla para que no golpeara a tu abuela. Vos eras muy chico, no sé si te acordás, tu tía cuando se enojaba era brava, pero tenía un corazón que no le cabía en el pecho.

–A usted y a mi tía, los voy a recordar como lo mejor que tuve en mi niñez. Beto, ¿se toma otra grapita?

Aceptó, metió la mano en el bolsillo de la campera y sacó una foto.

–Te voy a dar una foto que tengo de tu padre, para que la tengas vos. Tu padre era un hombre de ley y muy buen amigo. Cuando se daba cuenta que mis cosas no andaban bien, él me ayudaba sin que yo le pidiera. Él estaba en otras cosas y casi nunca le faltaba plata. Ojo, nada feo, contrabando, y esas cosas. Fuimos muy amigos.

Miré la foto de mi padre, que estaba muy joven, tendría 20 años, la edad mía en ese momento.

–¿Y usted que va a hacer ahora, Beto?

–Ya hice todo, no me queda nada más por hacer. Tengo 60 años, hace un año murió mi madre y ahora se me fue lo que más quería en este mundo, ¿para qué me sirve la vida? Con tu tía a mi lado siempre tuve fuerzas para todo, una gran compañera, en las buenas y en las malas, nunca se achicaba. Vos tenés toda una vida por delante, ojalá te encuentres en algún momento a una mujer parecida a tu tía.

Yo lo escuchaba atento y en silencio... Beto quiso decir algo más y sus ojos se humedecieron. Se quedó mirándome y después dijo:

Hacía muchos años que no te veía, pero sabía que eras un buen gurí. Tu padre estaría orgulloso de vos, de cara sos igual a él y como persona, también. Ahora me voy, Hugo, gracias por escucharme.

Salimos, nos dimos un fuerte abrazo y me quedé mirándolo caminar por Ramón Anador hacia el Estadio. Esa fue la última vez que lo vi. Una semana después me enteré que había muerto.

Yo los tengo vivos en mi mente, Beto y mi querida tía Élida, morirán recién cuando yo no esté. Son imágenes que me acompañan desde mi niñez y seguirán conmigo hasta el fin de mis días.

Miguel




28.01.2011 00:09

Al nacer traía en su pelaje todo blanco dos particularidades: Una, que su cola era negra, con la puntita blanca; por lo tanto, daba la impresión al mirarla de ver un lápiz. La otra, más llamativa, era un parche negro sobre su ojo izquierdo que a mi memoria trajo de inmediato la figura de muchos de aquellos piratas que veíamos de chicos en revistas de aventuras o en las películas. Distinguiéndola entre el resto de la camada, le dije a Eliza: "a ese gatito le pondremos "Pirata".

Cuál sería nuestra sorpresa cuando al poco tiempo nos enteramos que era hembra. Por suerte, el nombre que le habíamos elegido no identificaba sexo. Cariñosamente, la llamábamos "Pira-Pira" y ella respondía indistintamente tanto al nombre como al apodo.

Se parecía mucho a Susanita, personaje de Quino, por su forma de comportarse. Era celosa, quería todo lo que no era de ella, andaba a los manotazos con cualquiera de sus hermanos y le encantaba hacer lo que no debía. Tenía una forma de disimular tan efectiva, que generalmente se las arreglaba para que sus culpas recayeran en alguno de los otros. Pero lejos de ser negativas, todas esas actitudes eran benignas y la mostraban como una traviesa graciosa.

Por supuesto que los gatos están muy lejos de parecerse a los perros, que todo lo dan sin pedir nada a cambio. Yo, que llevo compartiendo más de 13 años con gatos, puedo asegurar que son muy cariñosos, de una forma distinta, no tan demostrativa como los perros. Por las mañanas, cuando desayunábamos, la Pira-Pira buscaba con imperiosa necesidad para empezar el día, una mano tendida que le brindara caricias y mimos, mientras agradecía con un murmullo muy particular y una voz muy femenina esas muestras de cariño que recibía.

Se destacaba de todos sus hermanos por su notable intuición. Por ejemplo, percibía con total claridad, aunque estuviera dormida, cuando yo por las noches salía a caminar por el fondo de la casa, a diferencia de cuando salía a hacer cualquier otra cosa. Sus sentidos eran mágicos. Si iba al garaje a buscar algo, ella ni se movía. Pero si mi salida era la caminata, saltaba inmediatamente para seguirme, o pidiéndole a Eliza que le abriera si yo había cerrado la puerta.

Permanecía conmigo todo el tiempo que estuviera caminando, buscando un sitio cómodo desde donde verme pasar. Nunca le importó el estado del tiempo; entraba conmigo al terminar la caminata (que podía ser de 45 minutos o de 1 hora), y nunca antes. Era una muestra más de lo mucho que me quería. Yo disfrutaba de su compañía tanto o más que si fuera un humano.

Por las noches dormía bajo mi cama, y se levantaba cuando yo también lo hacía. Por lo tanto, sentía por ella un profundo cariño, era más que una buena compañera: fue una verdadera amiga. El día 8 de enero a las 22.45 se subió a una estrella, de ésas que compartíamos en nuestras caminatas.

Cuando por las noches salga a caminar, sé que me estarás acompañando desde esa estrella que elegiste para vivir. Mientras Eliza y yo estemos en este mundo, tú estarás con nosotros. Hasta siempre, mi muy querida Pira-Pira.

Miguel - laquincena@montevideo.com.uy




13.12.2010 15:01

En el año 85 -cuando Eliza y yo habíamos regresado del exilio- mientras esperábamos la Ley para el reingreso se nos terminaba la plata. Entre las diversas cosas que hicimos para hacer un mango, una fue ofrecernos como pintores de brocha gorda. Así conocimos a los Martínez -un matrimonio argentino del barrio- cuando fuimos a pintarles el garaje.

Tres meses después, vino Martínez a contarnos un desastre. Les estafaron todo lo que tenían depositado a plazo fijo (en el Banco de Crédito, que años después repitió el fraude) y se quedaron prácticamente en la calle. Mandarían parte de sus cosas a unos parientes en la Argentina, y regresarían a Miami, donde habían trabajado muchos años, a empezar de nuevo como cuando eran jóvenes.

Conociendo nuestra precaria situación económica, decidieron regalarnos el mobiliario y enseres que no pudieran transportar.

Agradecidos, fuimos a su casa de inmediato. Los ayudamos a embalar la mudanza y fuimos trayendo lo que nos dieron, tratando de levantarles el ánimo conversando de cualquier cosa que pudiera al menos, hacerlos sonreír. De esas charlas surgió el otro gran drama de los Martínez: sólo Cleo -una de sus bonitas y mimosas perras- había sido aceptada por sus parientes. A Toti había que dejarla. Martínez fue categórico: la daría sólo estando segurísimo que el nuevo amo la tratara como ellos. Ante la posibilidad de que fuera maltratada, con todo el dolor del alma. la llevaría a sacrificar.

Le buscamos un buen hogar casa por casa infructuosamente. Entendiendo que evitar "la otra solución" estaba en nuestras manos -a pesar de lo difícil que nos resultaba parar la olla cada día- nos quedamos con ella. Por un tiempo habría poco alimento para repartir entre tres, pero cada vez faltaba menos para que llegara el día de nuestra restitución. Ya teníamos amor y fuerza para luchar, y ahora se potenciaban con la presencia de esa hija que nos dieron los Martínez.

Era una perra grande, fuerte y hermosa, con algo de Samoyana y de Esquimal, de un precioso pelaje rubio y con el pecho blanco como el algodón. Dócil, inteligente, cariñosa, obediente. y con esos ojos bien delineados que la hacían tan femenina. Derrochando cariño por todos sus poros, nos ayudó a resistir la indigencia temporal y fuimos millonarios con su afecto.

A partir del mes de mayo, la Toti empezó a compartir nuestras vidas. Dormía en el porche de atrás sobre unas mantas, pero pronto llegaría el invierno... y empecé a pensar seriamente en construirle una casa. Sacrifiqué una antigua mesa de estilo -útil aún- para que ella estuviera cómoda como se merecía. Puse la mesa patas para arriba y con pedazos de tablas y tornillos que me habían dejado los Martínez, comencé mi trabajo. Ella se echaba a mi lado mientras yo trabajaba. Me miraba, con su barbilla apoyada en el piso.

-Qué bueno, Miguel... me estás haciendo mi casa.

-Sí. No sé cómo me va a quedar. espero que te guste.

-Claro que me va a gustar... con el cariño que la estás haciendo, no importa cómo quede.

-Vos te lo merecés, sos muy buena perra.

-Yo sé que me porto bien, pero ¡qué lindo que te des cuenta...! ¡Estoy deseando que la termines!

La casa de la Toti se convirtió en una casa rodante. Estaba apoyada sobre cuatro ruedas con rulemanes que la aislaban del piso para que no se mojara con la lluvia, y eso la hacía muy diferente a cualquier otra casilla. Al tercer día, cuando ya estaba próximo a terminarla, la encontré durmiendo sobre el piso de mi obra maestra.

-¿No te das cuenta que todavía le falta el techo?

-Sí. Trabajá tranquilo que no te voy a molestar... te voy a acompañar como siempre pero como es mía, ya la empiezo a disfrutar. Tengo seis años... y... ¡nunca tuve una casa para mí sola!

-Cuando estabas con los Martínez tenías una casilla...

-Era para compartir con la Cleo, que a veces andaba bien revirada... Pero, ella era la preferida. Y mirá que me querían mucho y me trataban muy bien, no tengo nada que decir, pero con la Cleo era distinto... cuando tuvieron que elegir con cuál se quedaban... vos viste lo que pasó...

-Fue una situación que comprendo aunque no justifico, pero... ¿me estás diciendo que te hubiera gustado más estar en el lugar de la Cleo?

-Por favor, Miguel, no me interpretes mal... yo simplemente te estaba explicando cuál era mi situación de vida con los Martínez. De haber estado en el lugar de ella habría sido muy infeliz sabiendo que mi amiga y compañera casi pierde la vida...

-¿Y qué creés que pueda estar pensando Cleo?

-¡Ah, no sé...! Es muy difícil de imaginar... no era muy sensible, que digamos. Mirá, las pocas veces que corrí un gato lo hice para divertirme... y eso que los gatos son unos hijos de puta, que se suben a los muros, te sacan la lengua y se mueren de risa mientras una hace tirabuzones en el aire tratando de subir y ladrando como loca. Cuando Cleo los corría ¡no era para divertirse, no...!. ¡Menos mal que nunca alcanzó a ninguno...!

-Bueno, Toti, dos tornillos más y queda terminada... cuando las cosas mejoren te la pinto.

-Así está bien. ¡me siento una reina! Gracias, Miguel, nunca te vas a arrepentir por este regalo que me hacés... yo sé que no te gustan mucho los perros, pero también sé que te caí muy bien. Me llama Eliza. perdoname, pero voy corriendo porque ella es muy especial, ¿sabés?, a veces me parece que es de mi especie y no de la tuya...

Nuestra situación económica era cada día más difícil, apenas hacíamos unos pesos para comer y ya habíamos vendido unas cuantas cosas de las que nos dejaron los Martínez. En noviembre se me ocurrió hacer un llamado a Buenos Aires, al lugar donde había trabajado hasta el 84, y, como por milagro, ¡me contestaron que podía retomar al día siguiente! Viajé de inmediato, con la profunda tristeza de separarme de mi mujer y de la Toti. El trabajo era el mismo que ya había hecho, pero la cosa no estaba tan favorable como antes, habían habido muchos cambios y se ganaba menos.

Venía cada quince días a traer plata y me podía quedar sólo unas horas. estaba sufriendo mucho la separación, y al cabo de un mes y medio decidí volver y luchar junto a mis dos amores en mi querido país... y así lo hice. Festejamos la Navidad y el Fin de Año del 85 tomando sopa de "pastines", y nuestra querida Toti tuvo además su porción de carne aunque no muy abundante. Lo cierto es que comimos todos muy felices porque estábamos más unidos que nunca y había un excedente de amor que realmente llenaba la panza.

La gran esperanza era volver a nuestro trabajo en la Cancillería, que habíamos perdido en el 83. Al empezar el 86 el panorama se aclaró, dando paso a la seguridad de recuperar nuestra función. La restitución se concretó en febrero, con lo que se nos terminó el apremio económico. La Toti. tuvo que acostumbrarse a nuestra ausencia durante nueve horas diarias. Se quedaba dentro de la casa.

Dos meses después sucedió algo muy desagradable: al volver a casa al final de la tarde nos encontramos con que habían entrado ladrones y se habían llevado absolutamente todo... únicamente dejaron los pocos muebles, la vieja heladera y la vetusta cocina. Pero nuestra mayor alegría -a pesar de todo- fue que ¡la Toti estaba bien!... porque sabemos lo que sucede generalmente cuando entran ladrones a las casas donde hay perro. Felizmente, sólo estaba asustada y se alegró mucho cuando nos vio. Me acerqué a ella y la acaricié... temblaba.

-¿Estás bien? -le pregunté-.

-Sí, estoy bien... perdoname, Miguel, no pude hacer nada, eran muchos y tuve miedo...

-No te preocupes, lo importante es que sólo tenés un gran susto. Por lo demás, ya vamos a salir adelante. Ahora calmate, los tres tenemos que olvidar todo esto tan feo que pasó.

De ahí en más, usó su casilla durante el día, pero de noche venía al cuarto, a echarse al lado de la cama. Nos rehabilitamos otra vez, pusimos rejas y nuestras vidas continuaron de manera tranquila y feliz. Vivimos a tres cuadras de la costa, y muchas veces le hacía una invitación que generalmente aceptaba.

-¡Toti!, ¿querés venir conmigo a correr a la playa?

-Bueno, te acompaño... me gusta la arena. pero el agua no.

Bajábamos a la playa Carrasco y corríamos desde el Puente hasta el Hotel. Como era más rápida que yo, cuando se adelantaba mucho me esperaba, moviendo la cola.

-¿Qué pasa, Miguel?, estás lento...

-Yo corro para hacer ejercicio, no compito.

-Está bien, no te enojes, fue un chiste...

A veces, cuando se alejaba mucho, su color se confundía con la arena y de no ser por su "pico" negro hubiera sido difícil verla. Se divertía mucho correteando por la arena y al llegar se tomaba toda el agua de su balde, y hasta pedía más. Después almorzaba y se iba a su casa a dormir, que a esa altura ya estaba pintada, forrada por adentro con arpillera y por afuera con nylon y tenía un colchón de espuma con funda.

Otras veces jugábamos a la pelota en el fondo. Yo tiraba una pelota de tenis contra la pared y al rebote cada uno trataba de tomarla primero. Las veces que ella la recogía, se paseaba orgullosa por el patio, y le gustaba que la persiguiera para sacársela de la boca y reiniciar el juego.

A las seis de la tarde yo me iba a bañar, y la Toti se quedaba sentada en el patio, esperando a un gato que todos los días a esa hora pasaba por el muro lindero. Ella saltaba y le ladraba pretendiendo asustarlo, pero él se sentía muy seguro allá arriba, y le ponía cara burlona, caminando lo más despacio posible. A veces se detenía a mirarla como diciéndole "¿no te das cuenta que no me podés alcanzar?". Eso se convirtió en un juego cotidiano para los dos. Después de semejante ejercicio, se iba a su casilla a descansar.

Otras veces salíamos de compras. Yo caminaba orgulloso a su lado, no iba con una perra cualquiera, era nada menos que la Toti, la más hermosa del barrio... los vecinos se paraban a mirarla. Uno de esos días en que yo andaba complicado -dándome manija vaya a saber por qué-, la llevé al supermercado y la dejé en la puerta -como siempre- sujeta con la cadena al pilar del toldo. Hice la compra y salí -apurado y distraído- cuando a las dos cuadras me di cuenta que me faltaba algo... ¡la Toti!, ¡la dejé! Volví corriendo y allí estaba, nerviosa pero moviendo la cola.

-¡Soy un boludo!... ¿por qué no me llamaste, Toti?

-Ya te ibas a dar cuenta... volviste rápido... Ni se te ocurra contarle a mamá, porque no me va a dejar venir más contigo...

Era una perra muy sociable, se llevaba bien con hombres, mujeres, jóvenes, viejos, chicos y grandes. En todo el tiempo que estuvo con nosotros hubo solamente uno al que detestaba: el heladero, que pasaba en verano, al mediodía. Cuando le escuchaba el grito, corría hasta el portón de la casa y le ladraba con toda la fuerza de su voz, muy enojada... el hombre la miraba receloso y seguía de largo. Cuando se perdía en la distancia, la Toti entraba rezongando. Un día le pregunté:

-¿Qué te hizo el heladero que le tenés tanta bronca?

-Nada, pero aunque no lo vea ni lo oiga sé que viene... ¡tiene un olor horrible!, y eso me pone muy nerviosa. Es más fuerte que yo, Miguel, no puedo soportar los olores feos, a sucio o a borracho...

-¿Qué?, ¿te vienen ganas de morderlo?

-¡Nooo.! Si no le aguanto el olor, ¿te parece que lo voy a morder? Lo que quiero es asustarlo para que no pase más por aquí... ¿de qué te reís?

-De tus cosas...

-Si vos tuvieras mi olfato. ¡quisiera saber qué harías!

-Tenés razón. debe ser un asco.

Cuando salía con mi mujer en la Meharí, se sentaba en el asiento del acompañante, bien erguida, mirando para afuera. Cuando Eliza se bajaba, la Toti la seguía con la mirada, sin moverse, y mantenía la vista fija en el lugar por donde había entrado. Con ella en la camioneta no se acercaba nadie... su figura y su tamaño imponían respeto.

La Toti me mostró hermosas virtudes que pocos humanos tienen: nobleza, lealtad, fidelidad y un profundo amor por nosotros, su familia. Entregaba todo sin pedir nada a cambio. Cuando hacía alguna diablura, aceptaba los rezongos sin guardar rencor, bajando las orejas, y al minuto estaba moviendo tímidamente la cola, buscando caricias.

En la cuadra de casa había muchos perros, que la asediaban por ser tan bonita. Su festejante oficial era el Rubio: un "pintún", casi diría, el galán del barrio, ante quien las demás perras se inclinaban reverentes. Cada vez que podía, el Rubio se acercaba a la Toti y la "conversaba"... pero ella, ¡nada! No le importaba ninguno de los que habitualmente pasaban frente a casa mirándola embobados. Tenía su personalidad y no le gustaba ser elegida. sino elegir. De eso me di cuenta un día que estaba con ella en la entrada. Pasó un Galgo, de los tantos callejeros del barrio que andaban vagabundeando. Tenía pinta de atorrante y pelandrún, a pesar de su fina raza. Se miraron, él se entreparó, ella lo olfateó, él revisó con su nariz sus partes íntimas y siguió su camino. La Toti entró conmigo.

-Decime, Toti, ¿te gusta ese Galgo roñoso?

-Y... sí, ¿para qué te lo voy a negar?, ¡si ya te diste cuenta!

-Pero mirá que hay perros en el barrio con pinta de galanes, y te viene a gustar ese "caripela".

-A mí me gusta...

Cada tanto el Galgo pasaba, se miraban y él seguía su trote. Dos meses después, la Toti estaba en celo, y al verlo pasar salió tras él. Yo estaba de traje, pronto para irme a la oficina, y corrí tras ella llamándola. Recién a las dos cuadras se detuvo. El Galgo maricón ya ni se veía, no sé si se asustó de mis gritos o de ella... Me la traje a rezongo limpio, mi boca era un "pororó":

-¡Sos una degenerada!, ¡no tenés vergüenza!, ¡una cosa es mirarlos y otra muy distinta salir detrás de los machos!... y todavía, ¡de un vagabundo que se rajó! -ella estaba avergonzada, agachó la cabeza y las orejas casi le tocaban el suelo- ¡Por una semana no salís ni a la puerta! ¡Mirá la facha que tengo, todo sudado por tu culpa!

-Está bien, Miguel, no te enojes, lo vi y no me pude contener, vos sabés cómo estoy, me tenés que comprender... te prometo que no lo voy a hacer más.

-Al fin y al cabo, tu madre también es de las que eligen. ¡Pero no salió corriendo atrás mío ni yo me tomé el raje.! Bueno. ¡no se habla más del asunto...!

-¡Ja.!

Al otro día, la vecina -que había presenciado la escena de atrás de la ventana- le comentó a Eliza que si no hubiera visto a la perra, habría pensado -por mis gritos y las palabras que usé- que la protagonista del incidente era ella... Menos mal que el comentario le resultó gracioso, porque cuando a mi mujer le revienta algo. no piensa mucho a quién agarra del cogote.

Cuando salían juntas, donde no pudiera entrar la perra, Eliza no entraba... o las dos o ninguna. La única excepción era el Ministerio. no le importaba dejar de ir a cualquier otro lugar en que no fueran aceptadas en yunta. Eran inseparables. En casa, se sentaba en el sofá del living a mirar televisión y la Toti con su enorme caninidad subía a su falda y se quedaba dormida. Al volver del trabajo, los primeros besos y abrazos eran para Eliza y después para mí. No era que me quisiera menos. era esa afinidad tan especial que tiene mi mujer con los animales, que le permite entenderse con ellos tan fácilmente como con la gente.

El 25 de febrero del 89, Eliza debió someterse a una intervención muy importante que la mantuvo internada más de diez días. La Toti cayó en una profunda tristeza, por más que yo le mostraba la ropa que traía del sanatorio y le explicaba que todo estaba bien, que mamá regresaría pronto... pero ella me decía que los días se le hacían cada vez más largos y se sentía muy mal sin la presencia de su mamá.

Cuando por fin, Eliza volvió del sanatorio, pareció que la Toti se recuperaba de tantos días de sufrimiento, pero no fue así. Llamamos a la Veterinaria, la revisó, recetó unos medicamentos y no dio mucha importancia a la afección. Pero nosotros la conocíamos mucho y sabíamos que algo andaba mal. Nuevamente vino la Doctora y esta vez sí, le detectó un problema infeccioso serio en los pulmones y mucha fiebre. La bombardeó con antibióticos... pero lamentablemente, todo fue inútil...

El 20 de marzo se marchó, dejándonos un vació que jamás se podrá llenar. Está en el jardín, junto al romero y cubierta de alegrías en flor. Muchas veces en las noches estrelladas, mientras camino por ese mismo patio en donde jugábamos, miro el cielo y creo verla saludándome desde una de las estrellas.

Miguel




08.11.2010 12:48

Tal vez porque busco hace tiempo en un ayer lejano al niño que fui, anoche se me presentó su figura. Yo era como su sombra y sólo él me veía. Miró con ojos de asombro su futuro ante él. Allí, en esa cuadra  –Julio César, entre Feliciano Rodríguez y 4 de Julio, la única empedrada que aun se mantiene–  mientras otros gurises jugaban al trompo, a la bolita, al hoyo de pelota... juegos que hoy han desaparecido.

Me senté junto a él en el cordón de la vereda, debajo de aquel paraíso que lo había visto crecer. Me gustó mucho ver que yo no le inspiraba desconfianza, como comúnmente le sucedía con todas las personas grandes que se le acercaban. Claro, no tenía por qué sentir temor, si de alguna forma, yo era el espejo de su mañana.

Hubiera querido que el sueño continuara, para tener una linda charla con ese chico de cara pálida y ojos tristes. Pero los sueños son inexorables, siempre se cortan cuando uno más los desea, dejándonos el sinsabor de lo hermoso que habría sido poderlos continuar.

Sentí en lo más profundo de mi ser que aquel niño quería verme, y se le ocurrió presentarse ante mí en un sueño. Así lo sentí. Pocos días después, tomé la decisión de visitar el barrio. Si bien lo había recorrido varias veces, siempre lo había hecho en auto. Hoy, después de más de 40 años, lo haría caminando.

Pensé que tal vez al verme, vendría a mi encuentro. Al cruzar General Prim  –hoy Líber Arce–  y subir la pequeña cuesta hasta Feliciano Rodríguez, al llegar a la esquina, lo vi. Justo en la mitad de la cuadra, sentado en su lugar favorito; en el mismo sitio en que se me apareció en el sueño. Lo envolvía el sol tibio de la mañana de junio. A su buen compañero, el paraíso, lo habían devorado los años.

Yo avancé directamente hacia él, por el cordón de la vereda. Esta vez, al verme, se levantó lentamente y se dirigió hacia mí. Vestía un pantalón con muchos remiendos mal cosidos y una camiseta desgastada por el uso. Tenía los pies descalzos, enrojecidos por el frío. Un mechón de pelo enrulado, bastante largo, le caía sobre los ojos.

Me agaché un poco para abrazarlo fuerte y sentí la emoción de sus ojos tristes, como agradeciendo mi cariñoso abrazo. Yo sonreía, mirando a aquel niño que sólo estaba en mi imaginación.

Recobré mis sentidos al escuchar voces. Eran vecinos de la cuadra que me miraban con asombro. No entendían qué hacía un viejo en cuclillas sobre el cordón de la vereda, con los brazos extendidos hacia la nada.

Ante tantas miradas, pensé decirles el por qué de mi presencia allí; pero opté por callar y les regalé una sonrisa. Me alejé en silencio, dejando atrás los posibles comentarios. Había hecho realidad mi sueño y el ansiado encuentro se había producido. Me sentí en paz.

Miguel




24.10.2010 15:44

En mi juventud, aquel hermoso y pintoresco Montevideo -donde los bares con billares estaban abiertos toda la noche y las casas de juegos y lugares nocturnos funcionaban a pleno-, era una tentación para mí, como para cualquier muchacho.

Los viernes y los sábados -antes de asistir a alguno de los innumerables bailes que había en los barrios-, casi ritualmente visitaba la ciudad vieja, como toda la generación de la época. El cabaret Capitol, regenteado por una hermosa francesa conocida como "La Yoli"; el Boston, el Rialto… tenían un encanto atrapador.

Cuando en la década del 50 me fui a trabajar al campo, no fue fácil el trasplante. Al encontrarme lejos de todo ese ruido empecé a extrañar, principalmente los fines de semana. Pero algunos domingos jugábamos al fútbol en una cancha que tenía el almacenero. Entre los peones del Haras y los vecinos de la zona, se juntaba tanta gente, que les propuse formar un equipo para enfrentar a otros cuadros de la zona. Todos estuvieron de acuerdo, pero el más entusiasmado fue Placeres. Como propietario del almacén, comprendió que los partidos en su cancha, le traerían aparejado -por lo menos- un camión de clientes cada vez.

Por ese entonces, el fútbol en la campaña ya estaba muy arraigado. Los domingos no había otra cosa que hacer, y todos los almacenes de ramos generales tenían una cancha, o un campito para pelotear.

Un domingo, se concertó el primer partido y allá fuimos. Quedaba a veinte kilómetros de la Ruta 1, hacia el Río de la Plata. La cancha estaba recostada a un monte. En los alrededores, un almacén con despacho de bebidas, la clásica cancha de bochas, caballos, carros… y mucha gente.

Mientras nos cambiábamos de ropa en el camión para entrar a la cancha, observé que algunos paisanos que habían llegado a caballo o en carro se internaban en el monte y salían con el equipo puesto. Todo muy folclórico y novedoso para mí. Mirando el pintoresco entorno, lamentaba que no estuviera allí Arthur García Núñez -el brillante humorista “Wimpi”-, para rescatar personajes divertidos de entre toda esa multitud.

Se había contratado un juez de la ciudad de Libertad, que llamó a los capitanes, realizó el sorteo e inició el partido.

Nosotros, de tan poco importantes, ni teníamos hinchada; en cambio a los locatarios los alentaba una multitud gritando desde el borde de la cancha, sacudiendo los brazos o chicoteando los rebenques contra la tierra. Por suerte -como decían los que conocían el lugar-, el ambiente estaba tranquilo.

El partido era parejo, pero antes de terminar el primer tiempo algunos rivales habían empezado a golpear con mala intención.

Comenzó el segundo tiempo -aún sin goles- y uno de mis compañeros quedó solo frente al arco. Cuando iba a convertir, un contrario lo tomó con las dos manos y lo tiró al suelo. El juez cobró penal, e inmediatamente fue rodeado por el equipo locatario, rechazándole la decisión en medio de acaloradas discusiones.

De pronto, entró a la cancha un gaucho alto, de botas negras, bombacha bataraza, camisa azul a rayitas, pañuelo blanco atado con dos nudos al costado del cuello, sombrero bien aludo con vincha y cinturón de rastra. Cuando lo vieron, se suspendió la discusión, se le hizo lugar porque venía acercándose al juez -que a esa altura ya no sabía qué hacer-, y hubo un silencio total.

-¿Qué está pasando aquí? -preguntó con voz autoritaria-.

-Mire… -respondió el juez-, uno de los jugadores de su cuadro agarró a un contrario dentro del área cuando iba a hacer el gol, y… yo cobré penal.

-Por lo que me han dicho -le increpó el gaucho-, usté cobró lo que tenía que cobrar pero, ¿sabe una cosa?, este campo ande está la cancha es mío, y en mi campo naide cobra penal, ¿me entendió?

-Bueno -dijo tímidamente el juez- entonces… ¿cómo hacemos?

-Entonces ¡nada! -le gritó el gaucho-, ya le dije que no se cobra y ¡no se habla más del asunto!

-Si es así -dijo el juez- yo creo… que… estoy de más.

Y ese fue el final del partido. Cero a cero y… cada cual para su casa. Parece increíble pero así fue. Se aplicó un reglamento... campero.

Miguel



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