http://blogs.montevideo.com.uy/andrestorron |  Agregar a favoritos  | 
Mis artículos

26.12.2012 20:20

 

Un año atrás en esta columna hablaba de la seducción irresistible por las listas de lo “mejor del año” y el absurdo, de hacer un ranking con obras artísticas.

Sin embargo, la obsesión por catalogar, compilar y dar juicios totalizadores es más fuerte y debo seguir reconociendo que me encanta leer lo que opinan otros acerca de que fue lo más destacado del año.

Porque, como siempre sucede, las listas hablan más de quien las hace que de los artistas elegidos. Por ejemplo, es gracioso ver como los medios que se autoproclaman alternativos ignoran a ciertos artistas, solo porque los ven como parte del mainstream, sin importar lo buenos que hayan sido sus discos, o como las publicaciones más conservadores apuestan siempre por los grandes nombres, aunque sus discos sean mediocres. Y, como todos estos medios solo tienen oídos para lo que viene de Estados Unidos o Inglaterra (o Suecia en el mejor de los casos)  

Por otro lado también puede apreciarse cada vez más como la democratización del acceso a la música ayuda a la apertura de la critica. Es muy probable que veinte años atrás los discos que recibía para escuchar el critico de cualquier publicación importante que no fuera demasiado curioso, se redujeran a los lanzamientos de los sellos multinacionales. Los cambios en la forma en como consumimos la música y la consiguiente crisis de la industria discográfica han ayudado a que la influencia de los sellos discográficos no sea determinante en los formadores de opinión.

 

Solo por hacer una “lista de listas” y para ver diferencias y similitudes, está bueno hacer un rápido repaso de que eligieron los medios más representativos del mundo anglosajón en sus listas de los mejor del año.

La más que clásica Rolling Stone  eligió a Wrecking Ball de Bruce Springteen en el primer lugar, seguido de Channel Orange de Frank Ocean, Blunderbuss de Jack White , Tempest de Bob Dylan y The Idler Wheel Is Wiser Than the Driver of the Screw and Whipping Cords Will Serve You More Than Ropes Will Ever Do de Fiona Apple


La no menos legendaria revista británica New Musical Express (NME)  puso a Tame Impala y su álbum Lonerism en el tope de la lista, y a Visions de Grimes, Channel Orange de Frank Ocean, III de Crystal Castles y An Awesome Wave de Alt-J siguiendo el Top 5.

 

Pitchfork, el sitio web del rock indie eligió Good Kid, m.A.A.d. City de Kendrick Lamar  como disco del año, seguido de Channel Orange de Frank Ocean, The Idler Wheel… de Fiona Apple, Lonerism de Tame Impala – y The Seer de Swan.


 

Además, Spin eligió a Channel Orange de Frank Ocean como álbum del año, la revista Mojo a  Blunderbuss de Jack White, Stereogum a The Idler Wheel de Fiona Apple y la siempre recomendable y más que alternativa The Wire a Quarantine de Laurel Halo.  

Como verán hay una falta de coincidencia total en la elección del disco de año, pero pese a todo, hay bastante acuerdo sobre cuales son los álbumes más recomendables de este 2012.


 

Para no quedar al margen, de lo que escuché este año, me quedo con el álbum debut de Jack White Blunderbuss, con Coexist, el segundo disco de The xx y con Until The Quiet Comes de Flying Lotus, sin olvidar que este año pudimos escuchar el excelente y demorado disco Trigo y Plata de Jorge Galemire.


En la nota del año pasado confesaba que el dar juicios apurados sin esperar a la prueba del paso del tiempo, era riesgoso y más de una vez había elegido cosas como las mejores que luego descartaba y no volvía a escuchar.

Prometía sincerarme acerca de si mantenía la misma opinión de mis elecciones 2011: el primer LP de James Blake, el disco Bad as Me de Tom Waits y House of Ballons de The Weeknd.

Bueno, ese año parece que acerté. Sigo considerando que los tres son discazos. Y, la visita de james Blake a Montevideo y su excelente recital en la Trastienda me confirmaron que estamos ante uno delos artistas más interesantes de nuestro tiempo.

Veremos que pasa a fines de 2013.




20.12.2012 00:19

 

Es difícil decir que una obra que sigue sonando tan actual es un clásico. Pero, 21 años es muchísimo tiempo en la música pop. Y ese es el lapso transcurrido desde la edición de Blue Lines, el primer disco de la banda británica Massive Attack, que, marcó a sus creadores y a mucha de la música que escuchamos hoy en día.

Los británicos tienen una larga tradición en cuanto a apropiarse de la música estadounidense y reinventarla, sin los prejuicios que pueden dar la tradición o el origen de esas músicas. Pasó con el pop y el rock –claro- y era obvio que iba a suceder con el hip hop.  A comienzos de los años noventa comenzó a darse una movida importante de hip hop en Inglaterra. En la ciudad de Bristol, desde siempre un lugar influyente en la cultura inglesa, esa movida tuvo sus características especiales. Allí nació el trip hop, discutido termino que intenta englobar una cantidad de música bastante diferente, pero derivada del hip hop.

Muchas veces se ha dicho que el estilo que primero se conoció como Bristol Sound y luego se llamo Trip Hop era una reinterpretación blanca del hip hop, sacándole su parte agresiva y combativa y dándole un toque más cool y amable, al hacer los ritmos más lentos y buscar más el clima, que el beat bailable. Sin embargo Brístol es una de las ciudades con más población negra de Inglaterra y con más inmigración jamaiquina. Y no hacen falta muchos estudios de musicología para darse cuenta que el dub jamaiquino es el antecedente más directo del trip hop. En el dub se basaron originalmente artistas como Massive Attack formado por Robert "3D" Del Naja, Grant "Daddy G" Marshall y Andy "Mushroom Vowles, nacidas de un sound system (o sea un colectivo de dj’s con una visión musical común) llamado The Wild  Bunch.


Blue Lines editado en 1991, sería considerado más tarde el primer álbum de trip hop, aunque sus integrantes renieguen de la existencia de ese género.

Massive Attack juntó en él influencias de música electrónica, hip hop, dub, soul y reggae de una manera única. Haciendo aparecer como novedosas cosas que eran comunes en géneros musicales totalmente subterráneos, desconocidos para el gran publico, y para gran parte de la crítica musical establecida. El uso de distintos cantantes invitados no era ninguna novedad para un sound system pero si lo era para un grupo pop. También era novedoso que un grupo de hip hop usara instrumentos junto a los samples y programaciones. Massive Attack no era ni una banda de rock ni un grupo de hip hop, ni un trío de productores de música dance, era todo eso mezclado de una manera única.

Generalmente tendemos a ver a los géneros musicales como compartimientos estancos, como si los músicos de un determinado estilo no escucharan o ni siquiera supieran de la existencia de otras música. Es obvio que Del Naya y los suyos estaban directamente influenciados por el hip hop estadounidense de los años ochenta y por sus revolucionarias técnicas en la manera de hacer música. Son también claras sus deudas con el soul y la música de Jamaica. Pero también hay rastros del pop británico en su música, del jazz y hasta de Pink Floyd y la música psicodélica de la década de 1960 y 1970.


Buenos ejemplos de esta mezcla tan vasta y tan personal son los tres temas emblemáticos del disco, “Safe From Harm”, “Unfinished Sympathy” y “Daydreaming”. El primero con su línea de bajo amenazante, que bien podría haber sido ideada por Roger Waters y mezclando la voz de la cantante soul Shara Nelson con el rapeo monótono y dark de Del Naya  muestra bien el excelente balance entre lo clásico y lo nuevo, así como entre lo etéreo y sugestivo y lo agresivo y carnal en la música de Massive Attack. “Unfinished Sympathy” es un clásico instantáneo, un tema soul, que si no fuera por el uso de samples y discretos scratches bien podría estar incluido en algún disco de la Motown de los años sesenta. “Daydreaming” aparte de mostrar el talento de Tricky, quien años más tarde lanzaría su carrera solista y haría al menos dos discos fundamentales, es el tema más hip hop del disco, con distintos MC’s haciendo casi un torneo de rapeo. Pero es un rap tan minimalista y nocturno, que no se parece a nada de lo que en principio dice inspirarse.


Es interesante notar que aunque en su tiempo la música de Massive Attack fue recibida por un público ligado al rock alternativo (1991 es el año también de Nevermind y Blood Sugar Sex Magik), su sonido influenciaría mucho al hip hop de las décadas venideras, cerrando un circulo perfecto. Hoy podemos escuchar los pioneros sonidos de Blue Lines en la música de Kanye West o Drake por ejemplo.

Massive Attack haría lo que quizás es su obra cumbre años más tarde con el álbum Mezzanine (1998). pero Blue Lines es el disco que definió su propuesta.

Hace poco más de un mes se lanzó una edición aniversario del álbum, remezclada y remasterizada a partir de las cintas originales.


 




12.12.2012 17:55

 

Cualquiera que pueda tocar algún acorde en la guitarra y haya logrado sacar alguna canción lo sabe: los temas vuelven a descubrirse cuando uno los interpreta. Me ha pasado de revalorar canciones que detestaba al “descubrir” como estaban hechas, al ver en la practica como la melodía se relacionaba con la armonía, algo que es difícil reparar cuando escuchamos temas que no nos llegan por como están arreglados, porque el sonido de sus versiones originales no nos atrapa, o por simple prejuicio.

Desde que existe el sonido grabado, la música popular existe a través de los discos. Está bien, podemos descubrir artistas en vivo, pero de todas maneras siempre recurrimos luego al registro grabado. Es un razonamiento extraño, pero totalmente asumido, las “versiones originales” son los discos, lo que vemos en vivo o interpretemos nosotros con un instrumento son “copias”.

 Toda esta disquisición viene a cuento porque, hace unas semanas Beck Hansen editó un "álbum" con canciones nuevas llamado Song Reader. Lo de las comillas es porque las canciones no están grabadas, lo que se edita son las partituras de los temas.

La idea es simpatiquísima y valoriza esa relación de la que hablábamos, la del interprete descubriendo una composición al, justamente, interpretarla. También busca, en un momento en el que la relación con la música está cambiando mucho, retomar una idea completamente olvidada, la de relacionarse con una canción a través de una partitura, sin que haya una versión oficial.


Así como no existe una versión oficial de una obra de Bach o una sinfonía de Beethoven, hay innumerables canciones que se popularizaron a través de las partituras a comienzos del siglo XX, antes de que los fonógrafos y las radios fueran comunes en los hogares. Mucha gente conoció a La Cumparsita” tocándola en el piano, por ejemplo, sin haberla escuchado nunca por otro interprete o saber nada de su autor original.

Claro, la idea de que hoy alguien se tome el trabajo de leer una partitura –un conocimiento que se ha ido perdiendo incluso entre los propios músicos- y conozca así una canción que no tiene una versión oficial grabada por su autor, es, por lo menos extraña, por no decir bastante anacrónica y snob.


Puede parecer curioso que sea Beck un músico que siempre se ha destacado por su carácter innovador y asociado a los cambios tecnológicos el responsable de esta idea.  Pero, a la vez, el artista californiano ha sido un de los músicos más dados a las colaboraciones ocasionales con colegas de todo tipo. El músico ha tocado con infinidad de artistas, tanto en vivo como en discos y muchas veces en proyectos personales que no vieron la luz del día. Uno de sus proyectos el llamado Records Club (club del disco) juntaba a un grupo de músicos en un estudio de grabación, para versionar en un solo día y sin casi ensayo previo, un álbum entero de un músico elegido, y, su resultado se difundía solo a través de su página web.

Aquí el afán colaborativo abarca al supuesto público. Si uno quiere “escuchar” sus nuevas canciones va a tener que aprender a tocarlas y, de paso, hacer su propia versión de la obra.

Este nuevo proyecto seguramente no cambie la historia de la música, ni vuelva  atrás el tiempo. Pero la muy simpática idea, más allá de generar un objeto físico muy bonito (y caro) –el libro de partituras- ha reunido a gente muy distinta, profesionales y simples aficionados a tocar música. Los videos que ilustran esta nota, son un ejemplo, con varias versiones de una misma canción llamada “Old Shanghai”.

Y de paso nos hace pensar en las muchas maneras en como nos podemos relacionar con las canciones en particular y con el arte en general. Algo siempre bienvenido.




05.12.2012 21:16

 

Nadie va a olvidar que en este 2012, Montevideo fue visitada por Paul McCartney. Es obvia e innegable la relevancia histórica del ex beatle y todos los que vivieron el excelente recital el estadio Centenario lo atesorarán por siempre.

Pero cuando se disparan conjeturas periodísticas o simples charlas de café acerca de cómo Montevideo se convierte en una plaza “importante” a nivel cultural y musical, habría que tener en cuenta que el encanto de nuestra ciudad como un lugar con una movida cultural cosmopolita relativamente atractiva no debería medirse por algo tan excepcional como la llegada de un beatle.

En se sentido, quizás, la presencia –lógicamente mucho menos comentada- este mismo año del músico británico James Blake, haya sido más importante en términos de movida cultural removedora, lo mismo que la anunciada presencia en abril del año próximo de Black Keys y Franz Ferdinand.

En un nivel similar, más allá de gustos, se podría señalar el próxima presentación del músico estadounidense Ariel Pink en nuestra ciudad. Candidato omnipresente en casi todos los resúmenes de lo mejor de año que comienzan a aparecer en los medios anglosajones, con su nuevo álbum Mature Themes, como lo fue en 2010 con el disco Before Today; Pink es uno de esos músicos, que cada tanto aparecen en el panorama estadounidense, en el que la excentricidad de su personalidad artística no es un escollo para el éxito, sino lo contrario.

Las comparaciones con Daniel Johnston, Johnatan Richman y hasta con Frank Zappa pueden dar cuenta de cómo viene la mano. Aunque haya una distancia enorme entre Pink y Zappa es entendible la referencia. Como Zappa, Ariel PInk maneja en su música un enorme bagaje de referencias a la historia de la música pop para crear algo personal. Y al igual que Zappa, Pink no le tiene miedo al ridículo, y a la mezcla de baja y alta cultura.

Las similitudes terminan ahí, ya que Pink está lejísimos de la erudición de Zappa, siendo más bien un artista intuitivo.

La popularidad de Ariel Pink se fue dando muy lentamente. Al principio por una catarata de discos caseros (se cuentan unos sesenta álbumes) repartidos en CD's copiados por el propio artista, que llegaron a las manos correctas. Entre ellas las de los músicos de Animal Collective, que fueron los primeros en difundir la música de Pink a través de su sello Paw Tracks.

Pero, para llegar al encanto de sus canciones  y su fascinación con el pop de los años setenta y ochenta, había que sortear la crudeza de unas grabaciones muy primitivas.

Todo cambio cuando el sello 4AD se fijó en su música y Pink dejó de grabar solo en su porta estudio para comenzar a colaborar con otros músicos, armando la banda que sería conocida como Ariel Pink’s Haunted Graffiti. Con ellos editó en 2010 su disco Before Today.

Allí pudieron escucharse en mejores condiciones, pero con el mismo encanto, los juegos de Pink con el pop, su extraño manejo de las estructuras del género, su especial sentido del humor bastante críptico y una actitud, que nunca queda claro el todo si es inocente o de burla al oyente, que es a la vez su principal encanto y su mayor contra.

Mature Themes sigue en ese camino, radicalizando un poco la apuesta. Hay más canciones con giros inesperados letrísticos y musicales, más “rareza” en los tópicos tratados y -a la vez- más pop con melodías pegadizas y arreglos gancheros.

Como pasa a menudo, lo de Ariel Pink genera reacciones radicales, hay quien lo ama (especialmente los críticos musicales “alternativos”) y lo considera un genio musical y quien lo odia y lo considera un fraude con mucho más de pose que de sustancia.

Quizás haya que tomar un camino intermedio para ver sus verdaderos méritos, que existen. Por suerte, vamos a poder verlos de cerca en unos pocos días.




28.11.2012 19:44

 

En octubre se cumplieron 30 años del lanzamiento del primer reproductor de discos compactos o CDs, creado por la empresa Sony. A veces me pregunto que pensarán los ingenieros de Phillips y Sony, que estuvieron cerca de diez años trabajando en conjunto para crear ese medio, cuando ven su invento vuelto un objeto descartable al que no da mucha pena tirar a la basura. Probablemente se sientan orgullosos de que esos discos de 12 centímetros se hayan vuelto algo tan corriente en nuestra vidas. O quizás sientan que su obra ha sido pervertida por la mala influencia de las computadoras con grabadoras de CD.

Por más que su tiempo en la cima haya sido casi el mismo que ocuparon los discos de vinilo, la idea del CD como algo cool duró muy poco tiempo, si es que alguna vez existió.


El nuevo formato prometía excelente sonido digital en un formato casi tan portátil y cómodo como el del casete, mayor capacidad de almacenar música que la de los discos de vinilo, la facilidad de la tecnología digital que permitía acceder automáticamente al tema del disco que se quisiera escuchar, o confeccionar una selección propia de la música y, lo más importante: fidelidad y duración eterna. Más allá de cierta nostalgia por  las grandes carátulas de los viejos discos o por perder la extraña sensación de ver girar el círculo negro en el tocadiscos, había una casi unanimidad en que el CD era el paso definitivo en la búsqueda del “medio perfecto”.

Pero no hizo falta que pasara mucho tiempo para que se viera que las promesas del CD no se cumplían del todo. Por un lado su duración eterna demostró ser falsa. Los discos compactos se rayaron igual que los de vinilo, muchas veces incluso más fácilmente y lo que es peor en forma definitiva; un rayón en un disco de pasta podía causar un molesto salto en la púa, en un CD la consecuencia es un disco inservible. Y en cuanto a la calidad de sonido muchos le encontraron desde el inicio varias contras al sonido digital con respecto al analógico, demasiado “brillo”, cierta pérdida en las frecuencias graves y una compresión “antinatural” fueron las primeras cosas que saltaban al oído. Especialmente en los primeros años, cuando se desató el furor de las reediciones en CD, y la comparación con un original en vinilo de buena calidad bien conservado eran notorias (a favor del vinilo, claro).

A lo largo de estos treinta años el audio digital ha avanzado muchísimo, entre otras cosas obteniendo calidades de muestreo muy superiores a las del CD. Pero aunque hoy es posible escuchar música en una calidad muy superior a la ofrecida en un disco compacto, hemos elegido en general la comodidad versus la calidad.


Siempre hubo una tensión entre la calidad del formato y su comodidad. Por algo los casetes le iban ganado a los discos de vinilo cuando irrumpió el CD. Y por algo hoy escuchamos música en teléfonos móviles, reproductores de mp3 o en streaming de internet.

En parte el CD ha sido responsable del desapego hacia la música como objeto. Los pequeños discos de 12 cm eran muy fáciles de almacenar en grandes cantidades, pero no así sus envases, que se fueron volviendo descartables, al no tener en general el encanto de las caratulas de los discos de vinilo. La posibilidad de replicado le terminó de sacar el poco glamour que tenía. Los discos grabables volvieron al Cd un medio descartable. El poder almacenar horas de música en computadoras y luego en aparatos portátiles, fue haciendo cada vez menos importante la existencia de un objeto físico, cambiando de paso radicalmente la manera en como nos relacionamos con la música y toda la concepción de su industria, trocando también muchas pautas de comportamiento y socialización.

Se ha ganado muchísimo, se ha perdido otro tanto. La música en si se ha beneficiado al independizarse de tener un medio que la contenga. Nunca fue más fácil descubrir y disfrutar  música como ahora.

Pero muchos recordarán la emoción que uno podía llegar a sentir cuando compraba un disco nuevo, llegaba a su casa y ponía el CD en el equipo de audio.




21.11.2012 23:03

 

La escena de la película El Mundo de Wayne es antológica. Cuando el protagonista intenta tocar la introducción de “Stairway to Heaven” al probar una guitarra eléctrica en una tienda de instrumentos musicales, el encargado le muestra un cartel donde dice que está prohibido hacerlo.

El chiste resume no solo la saturación que pueda sentir el empleado de una tienda (o un profesor de guitarra) al escuchar esa introducción mal tocada varias veces por día. La canción y Led Zeppelin -la banda que la creó- representan sin quererlo, el clisé  de lo pretencioso y rebuscado con que a veces se caricaturiza el rock de la década de 1970.

Como en todo clisé hay injusticia, y algo de verdad. No es muy difícil hacer un paralelismo entre el excelente film This is Spinal Tap -que satiriza sobre la carrera de un "supergrupo" de los 70's- y la carrera de Led Zeppelin.

Como todo fenómeno cultural fundamental Zeppelin fue la voz principal de una movida más grande y, más allá de sus indiscutibles méritos artísticos, se ganó laureles que no eran exclusivamente suyos. También su sobreexposición, lo mismo que su estética y la manera de desarrollar su música en vivo, dieron lugar a que la banda se volviera con el tiempo sinónimo del egocentrismo roquero, dando lugar además a toda una mitología vuelta caricatura.

Pero su obra sigue ahí.

Y su influencia en la música popular sigue estando muy presente hoy en día. Sin ellos es muy probable que no hubieran visto la luz una cantidad de ramificaciones que tuvo el rock en los últimos cuarenta años.

Como pasó con otros grandes grupos, el secreto de Led Zeppelin fue que la conjunción de sus cuatro integrantes dio un producto mayor que la simple suma de individualidades. Jimmy Page el principal artífice de Led Zeppelin, era un guitarrista especialmente dotado, muy influenciado por el blues eléctrico estadounidense y por la experimentación sonora de Jimi Hendrix, pero también un músico sesionista y productor que participó en un numero sorprendente de grabaciones  de pop, rock, música para películas, avisos comerciales y hasta música funcional, durante buena parte de la década del 60. Lo mismo que John Paul Jones, quien además era multinstrumentista y arreglador profesional. Robert Plant era un cantante dueño de una expresividad increíble, que combinaba su pasión por el blues con un amplio conocimiento del folklore británico y celta. John Bonhman definió el sonido de Led Zeppelin desde su instrumento. A partir de él la batería ocupó un espacio sonoro distinto en el rock.

Hay por lo menos cuatro discos que dan cuenta del enorme legado de la banda. Los álbumes que llevan el nombre del grupo, editados entre 1969 y 1971, son una muestra de cómo Page y compañía llevaron los experimentos de Hendrix derivados del blues de John Lee Hooker, Willie Dixon y Muddy Waters a nuevos territorios, usando inesperados cambios de tiempo y compás y llevando el uso de los riffs de guitarra al lugar central de la composición. “Whola Lotta Love” y “The Lemon Song”, incluidos en Led Zeppelin II (1969) y “Black Dog” de Led Zeppelin IV (1971), son el ejemplo perfecto de estas innovaciones.

Y la tan difundida “Stairway To Heaven”, es un buen resumen de varios de los aportes de la banda al universo roquero. Una canción de 8 minutos con varias secciones diferentes, una letra criptica y un solo larguísimo, que no solo se transformó en un éxito duradero, sino casi en un símbolo.

Aunque el rock eléctrico sea su aporte más importante, en esos discos hay una cantidad de canciones acústicas, derivadas de las influencias folk, tanto estadounidenses como británicas y celtas, que también marcaron otro de los pilares de la propuesta del grupo. Lo mismo que sus no demasiado destacadas influencias del soul y el funk. Zeppelin es una de las bandas de “rock pesado” con más swing, por lejos.

Estas innovaciones y aportes creativos no salieron de la nada. El uso muy libre y bastante abusivo de la tradición blusera de inspirarse en canciones tradicionales para crear nuevos temas, llevó a que la banda perpetrara verdaderos plagios, que hoy es muy fácil documentar. Alguna de esas “citas”, cercanas al robo llegaron a los tribunales, otras pasaron desapercibidas. Pero lo cierto es que hasta la intro de “Stairway to Heaven” está “inspirada” muy directamente en una canción ajena.

Eso no deja completamente de lado los aportes genuinos de la banda al rock y la vigencia de gran parte de su música.

Para demostrar esa vigencia, hace un par de días se editó, tras una gran campaña previa que generó mucha expectativa, el registro de la histórica reunión en 2007, de los tres miembros sobrevivientes del grupo, acompañados por el hijo del fallecido baterista John Bonham. Pero, tras bastante especulación se descartaron nuevas presentaciones en vivo del grupo.

Mejor así. Si se quiere volver a escuchar esa música (o descubrirla por primera vez) ahí están los discos originales. Eso si, no intenten tocar "Stairway to Heaven" en una tienda de instrumentos.

Led Zeppelin en su reunión de 2007 en el O2 Arena de Londres. El registro de ese recital se editó esta semana.

 



<< Anterior  [5]  6  7  8  9  10  Siguiente >>
Inicio

Buscar
Buscar en Diversión y arte

Sobre mí
Alguna gente lo conoce por su trabajo periodístico, otros por lo que hace como músico y productor artístico; pero la mayoría no lo conoce en lo más mínimo. Ha escrito (y escribe) para Brecha, la diaria, Bla, Dossier, El País Cultural, Global Rhythm, Relix Magazine y Unchin, entre otros medios. Fue editor del suplemento R de la diaria.

Categorías

Mis Links

Archivo


Contacto

¿Qué es RSS?