Eliza y Miguel
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Lecturas amenas

07.05.2014 04:25

Por Marciano Durán

Cuando yo era chico los más viejos de mi barrio se llamaban Nepomuceno, Cipriano y Bonifacio.  Los colchoneros, los hojalateros y los afiladores tenían nombres como Casimiro, Nicasio y Epifanio.

En cambio nosotros, los niños de mi cuadra, nos llamábamos Mario, Jorge, Eduardo, Gustavo, Daniel y Juan.

Las abuelas también se llamaban distinto: Clotilde, Josefa y Adela.

Las que curaban el empacho o vendían leche cruda eran Aurora, Ofelia y Amalia.

Las que barrían todo el día la vereda también tenían nombres de vieja: Odilia, Justa y Brígida.  Y a nosotros nos parecía bien.

Nuestras hermanas en cambio se llamaban Mariana, Teresa, Susana y Raquel.

Las primas eran Anas, Sonias , Silvanas y Cristinas.

Eran tiempos en que nuestros mayores leían a Pérez Galdós y le ponían a la hija Marianella (mis suegros leyeron una lata de aceite y le pusieron a mi mujer Mary Carmen.  Te lo juro...  te lo juro por mi mujer.)

Por los 70 empezó a mandar la televisión y con ella comenzaron a cambiar algunas costumbres del paisito.

Con la tele nos enteramos de que las mujeres podían hacer algo más que un buen guiso, por ejemplo que podían ser profesionales.  Las madres -que todo lo saben- descubrieron que sus hijas no llegarían nunca a tener un título con los nombres que les habían puesto. 

Así que apareció la generación de las Beatriz, Ana María, Alicia y Graciela.  Y...  ¡¡zás!!  De una sola maniobra consiguieron hijas escribanas, abogadas y maestras.  Era tan fácil que nadie se había dado cuenta.

Otras mamás se dieron maña para que sus hijas deslumbraran por otros méritos...  así que las llamaron Sandras, Claudias y Patricias.

Yo las conocí a todas...  y todas estaban buenas.

Las Sandras, las Patricias y las Claudias se caracterizaron siempre por estar buenas.

¿Por qué?  ¡Pah!  Patricia fue la Hearts -que era brava- y Patricia apareció en la década del treinta como la cerveza más uruguaya, pero no creo que sea por eso que ha dado gusto ver a una Patricia cuando viene, y más aún cuando se aleja, mérito principal de las Patricias. 

Con las Claudias pasó algo parecido, seguro que fue la mujer de Poncio Pilatos la primera Claudia que nos instó a lavarnos las manos luego de verla. Después la Cardinale, la Lapacó y la Shiffer terminaron de mostrarnos atributos de Claudias que al contrario de las Patricias se acercan mejor de lo que se alejan (si no preguntale a Claudia Fernández). 

De las Sandras más vale no hablar.  Yo calculo que todas las que se llaman Sandras son hijas de las eternas amantes de Sandro.  Y calculo que crecieron viendo a su madre babeándose por el jetón de "Dame Fuego".  Y por eso han de haber salido todas enamoradas.

Algo parecido pasó con los Favios, muchachos complicaditos si los hay... solo porque sus mamás tenían problemas de contención urinaria cuando escuchaban "Queotravez seráááá, queotravez seráááá, tierno amaneceeer, sequenunnnnnca más".

Sí, señor...  los nombres nos han ido marcando a fuego a los uruguayos.  Y en algunos casos determinaron buena parte de nuestra vida.

Si no fijate en los gordos.  Sólo a una madre descuidada se le puede ocurrir ponerle al hijo Ramón, Horacio o Ricardo.  Alguien debió advertirles que con esos nombres iban a engordar antes de cumplir los 50.  Y a las Hildas, las

Delias y las Leonor les pasó lo mismo.  No les pusieron un nombre...  les agregaron 10 talles.

Y nosotros no nos quedamos atrás.

O sea...  no fueron sólo nuestros padres.

Entre el 60 y el 70 -con Cuba primero y con Vietnam después- nos fuimos alejando de los estadounidenses y resolvimos eliminar de nuestras casas a todos los Washington, Walter y Wellington con los que nuestros padres nos habían internacionalizado... y a nuestros hijos les pusimos Maicol, Yonattan y Braian.

¿Mujeres?... lo mismo.  Ellos se habían enamorado de la Hepburn, de la Taylor y de la Temple y castigaron a nuestras hermanas con Catherine, Elizabeth y Shirley.

Nosotros reivindicamos la esencia charrúa y a nuestras hijas las llamamos...    Yennifer, Daiana y Jessica.

¡Y mirá qué cosa increíble!  Hasta políticamente les pusimos la marca para siempre.  Los que se llamaban Fidel o León no tuvieron más remedio que hacerse izquierdistas.  Y como eran inevitablemente izquierdistas llamaron a sus hijos Ernesto, Germán, Líber, Tabaré y Camilo.  ¡Lo contás en Europa y no te creen!

Los que se llamaban Aparicio, Leandro, Bernardo, Juan Andrés, Álvaro, Carlos Julio, Juan Martín y Luis Alberto... sí,, adivinaste: se volvieron blancos. Los César, Julio María y Juan María...  colorados.  Los Jacinto, Patricio, Cirilo y Baltasar se volvieron negros y los Yamandú alcahuetes.  (Perdón, Cardozo, no es por usted).

Hubo sí en este país una década infame.  Algo taró las cabezas de las mujeres embarazadas y de sus esposos.  Allá por los 80, recién salidos de la dictadura, con problemas notorios de razonamiento todos, todos, todos les pusimos a nuestros hijos Federico, Nicolás, Rodrigo, Sebastián y Santiago.

En esos días las maestras decían: "Nicolás, de pié: lea la página 4" y se paraba media clase.  "¡A cabecear, suba a cabecear Federico!" gritaba el director técnico de baby-fútbol y arrancaba una excusión para el área.

Elegimos esos nombres porque eran largos, sonoros y con personalidad.

Hoy les decimos Fede, Nico, Ro, Seba y Santi.

Con las nenas pasó algo parecido, se llamaron todas Carolina, Agustina y Valentina, es decir Caro, Agu y Vale.

Eso sí, extrañamente tres nombres consiguieron atravesar las generaciones: José, Pedro y Carlos.

Todos tenemos un tío, un primo o un sobrino que se llama así.

¡Y fijate qué cosa rara!  En todas las generaciones los Carlos apodados Carlitos se convirtieron en buena gente.  Los que no consiguieron pasar esa barrera quedaron en deuda con la sociedad y seguramente con el carnicero.

Yo desconfío de los Carlos que nunca fueron Carlitos.  Fijate: Carlos Rohm fue, es y será Carlos.  Pero no por ladrón, es por otras razones misteriosas, las mismas que hacen que Juan Carlos Blanco, Carlos Daners, Carlos Reyles, Juan Carlos Paysee o Carlos Vaz Ferreira, (por nombrar a algunos) también se hayan quedado en el Carlos.  Sin embargo Carlitos Roldán, Carlitos De Lima, Carlitos Bueno o Carlitos Páez Vilaró a poco de crecer abandonaron el Carlos.

Yo no le prestaría plata a un Carlos que no sea Carlitos.

Y lo mismo me pasa con los Pedro y los Pedrito.  ¿Has visto algo más bueno que un Pedrito?  Nunca dejaría que mi hermana salga con un Pedro.  Sin embargo un Pedrito...  ¡Qué querés que te diga!  A ver si me explico, Pedro Bordaberry, Pedro Picapiedra y José Pedro Damiani no serán nunca Pedritos. El premio se lo lleva Bordaberry que prefiere ser Pedro antes que ser Bordaberry.

De los José ni te hablo.  ¿Viste algo peor que un José al que no le digan Pepe?  José Peirano, José Rohm, José Nino Gavazzo por ejemplo... ¿Y viste los Pepes?  Mujica en los 60 era José...  ahora es el Pepe.  Y andá anotando: El Pepe Sasía, el Pepe Guerra, el Pepe Urruzmendi, el Pepe Vázquez, el Pepe D'Elía.  ¿El premio? El premio se lo lleva el Pepe Schiaffino, que consiguió ser Pepe llamándose Juan Alberto.

¿Y los María?  ¡Pobres tipos!  La mayoría de los José María hizo un pozo en el fondo de la casa y como si hubiera sido un cadáver enterró el María para siempre.  Sin embargo otros lo lucen con orgullo.  Si a mí me hubieran puesto Culo María, me hacía llamar Culo.  Te lo juro.

En algunos casos les pusimos profesión a los nombres...  así, todos los Conos se convirtieron de deportistas de Florida, los Manuel en bolicheros de Montevideo, los Samuel en tenderos del Chuy.  Los que quisieron tener hijos basquetbolistas les pusieron Ramiro y Oscar, los que querían buena gente los crucificaron con Jesús, Ángel y Belén, los que quisieron relatores de fútbol los llamaron Víctor Hugo, Walter Hugo, Carlos María; Luis Víctor y Julio César.  Los que odiaron a sus crías los llamaron Mamerto, Simeón, Cornelio y Gilberto.  Un aborto hubiera sido más humanitario.

Hasta en el campo cambiamos la pisada y los Zenón, Floro, Aniceto y Aquilino, gauchos machos si los hubo, los cambiamos por ambiguos Gonzalos, Hernán y Franciscos.

A propósito de Francisco, por los 90 en un momento de felicidad, fantasía y fraternidad a los uruguayos les atacó fuertemente la letra efe.  Y nos llenaron de Facundos, Fabricios, Felipes, Florencias y Fabianas.

Pero donde nos exprimimos la cabeza fue en el fútbol.

La selección del 24 (la olímpica) en 18 jugadores tenía seis Pedros, de verdad: Arispe, Casella, Cea, Etchegoyen, Petrone, y Zignone.  La del 28 tuvo otro tanto.  De allí seguramente vinieron los Pedros de los 60 y 70: Rocha, Grafiña, Pedrucci y otros tantos futbolistas.

Siempre fue así, alcanza que le pongan un nombre de futbolista a uno para que haga un buen cambio de frente, le pegue de empeine o se desmarque con facilidad.

Acá las madres volvieron a pegar en el clavo: ¿Tenés la más mínima idea de cómo se llaman hoy los jugadores de fútbol de este país?  ¡Se llaman Diego!

Yo sé que no vas a hacer la prueba de repasar todos los nombres de los jugadores que juegan en la A, la B y el exterior, pero yo que no tengo nada que hacer lo hice. ¡¡La mayoría se llama Diego!!  Claro, tienen entre 18 y 23 años, es decir nacieron en pleno esplendor de Maradona...  y allá fuimos nosotros, que primero quisimos a "m'hijo el doctor" y después a "m'hijo el futbolista" es decir: a "m'hijo el futbolista millonario" porque a ninguno le pusimos Obdulio o Ladislao.  ¡Todos se llaman Diego!  Los marcamos al nacer.

¿ Los demás futbolistas?  Fernando y Pablo.

Fernando...  de más está decir que ha sido el Nando el que marcó el camino.

¿Pablo?... por Bengoechea no me dan los años.  Por Millor...  no me dan las encuestas.  Tal vez sean una mezcla de Forlán y Pablo VI (boniato más papa da justamente este tipo de jugadores más parecidos a un tubérculo que a un volante).

¡Andá a saber!

Lo cierto es que los uruguayos a la hora de ponerle nombres a nuestros hijos hemos sido distintos al resto del mundo.

Te lo digo yo.

Mi nombre no me deja mentir.

Marciano Durán - Humor 2005 - Abril




08.03.2014 20:06

ELOGIO A LA MUJER BRAVA

Escrito por Héctor Abad Reflexiones Diarias, WordPress

A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc.

En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.

La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros.

Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran "no más usted me avisa y yo le abro las piernas", siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).

A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana.

Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.

Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí –y en la fuerza bruta– ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios.

Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.

Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.

Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas.

Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza.

Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.

¡Vamos hombres, por esas mujeres bravas!

Escrito por Héctor Abad Reflexiones Diarias, WordPress




05.01.2014 14:18

Pienso que la forma en que la vida fluye está mal. Debería ser al revés:

Uno debería morir primero, para salir de eso de una vez.

Luego, vivir en un asilo de ancianos hasta que te saquen cuando ya no eres tan viejo para estar ahí.

Entonces empiezas a trabajar, trabajar por 40 años hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación.

Luego fiestas, parrandas, drogas, alcohol. Diversión, amantes, novios, novias, todo, hasta que estés listo para entrar a la secundaria...

Después pasas a la primaria y eres un niño/a que se la pasa jugando sin responsabilidades de ningún tipo...

Luego pasas a ser un bebé, vas de nuevo al vientre materno y ahí pasas los últimos 9 meses de tu vida flotando en un líquido tibio... hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo.

¡Eso sí es vida!

Quino

(Joaquín Salvador Lavado Tejón. Mendoza, Argentina, 17 de julio de 1932)




14.10.2013 17:44

Cuando era niña, tenía el concepto de que amiga sólo había UNA. Una mejor amiga. Luego crecí, y descubrí que si abris tu corazón, encontrarás lo mejor en MUCHAS amigas.   

A una, la necesitás cuando tenés problemas con tu pareja.

A otra, la necesitás cuando tenés problemas con tu mamá.

Otra, te escuchará mientras te deshacés hablando de tus hijos y sus actividades.

Una más, cuando quieras ir de compras, compartir, curar, bromear o sólo estar allí.

Una amiga te dirá: “Lloraremos juntas”.

Otra: “Pelearemos juntas”.

Otra: “Váyamonos de joda juntas”. 

Una amiga sabrá tu necesidad espiritual,

Otra tu debilidad por los zapatos,

Otra tu afición por las películas,

Otra estará contigo cuando estás confundida,

Otra será quien te ayude a aclarar tus dudas.

Tal vez esté todo esto en una sola mujer, pero para muchas, está en diferentes:

Una de sexto grado,

Una del secundario,

Unas más de la universidad,

Algunas de trabajos anteriores,

Algunas veces tu mamá,

Algunas veces tu vecina,

Otras tus hermanas,

Y tal vez tus hijas.  

Así que no importa si han sido tus amigas por 20 minutos o por más de 20 años; todas esas mujeres tienen un lugar especial en tu corazón y han marcado una diferencia en tu vida.

Las amigas son como los corpiños: Están cerca del corazón ¡y siempre para sostenerte!

Y no importa si es el día de la amiga o no lo es... cada día merece que ellas sepan cuánto las valoro y las quiero. 

Autor/a anónimo/a




29.05.2013 03:15

Gracias por tu homenaje, CENTINELA8, que dejaste en mi cuento como comentario "en dos partes por lo extenso". Es hermoso. Gracias por la foto. Gracias por el reencuentro. Compartámoslo con todos. Miguel

EL OTRO LALO

Homenaje al cuento “Lluvia

Del escritor Miguel Abalos

(Escuchando “Aquellas pequeñas cosas” de J.M.Serrat) 

Al poco tiempo que leí aquel cuento de mi amigo Miguel, conocí a otro Lalo, nunca me animé a contarlo; hoy que volví a reencontrarme nuevamente con el cuento y con el escritor, siento la necesidad de contárselo a ustedes queridos lectores.

La pequeña historia comienza más o menos así:

Había pasado mucho tiempo que no lo veía; tanto que sólo puedo decir que fueron muchos, pero muchos años, de esos que cuestan contar, y de los mismos que se mezclan las vivencias y uno no sabe si la situación “E” fue antes o después que “M” o “H”.

Fue entonces que caminado por mi Buenos Aires querido, iba con el termo y el mate amargo, solo, como de costumbre, por la calle Corrientes. Me había bajado en la estación Callao de subte, y venía suavemente mateando con rumbo al obelisco; porque los sábados entre las 7:00 y 8:00 de la mañana es bellísimo caminar por esa zona. Bares sin cerrar, otros que abren, risas de barras de jóvenes, y por momentos un silencio profundo donde el viento trae uno que otro acorde de tango. Un borracho duerme en una esquina abrazando su compañera entrañable de confesiones, su Sra. botella.

La Paz, para mí, dejó de ser cuando la modernizaron; de todas maneras cuando la miro, la veo como a mí me gusta, a la antigua; el poder de imaginación a veces ayuda a disfrutar las pequeñas vivencias cotidianas.

La Giralda, como siempre, con alguna que otra pareja, tomando chocolate caliente, con churros.

Amago para cruzar Uruguay, me detengo bruscamente; la luz cambió a roja, y como un presagio; en el mismo instante que se enciende; una mano cálida, muy cálida, toca mi hombro izquierdo y me dice:

–¿Qué hacés? ¿Cómo andás, tanto tiempo, charrúa?

Miré sorprendido, creí saber quién era pero no me animé a decir una palabra, por miedo a equivocarme, y después de todo, acá en Buenos Aires, hay muchos charrúas como yo que dos por tres lloran con su mate, escuchando a Jaime, a Zitarrosa o a la Falta. Fue duro, yo sentí con mis 8 años cuando pisé la Reina del Plata que mi vieja me arrancaba de mi pasito. ¡Sí, arrancaba! Y al partir desde el acorazado Ferry Boat desde Montevideo –porque a los 8 el barco parece gigante–, mis ojos, mis pequeños ojos de centinela no se despegaban del puerto, buscando a mi padre; aún llegando a Buenos Aires, seguía mirando al oriente. Más tarde supe por qué y lo comprendí.

Luego me fui haciendo como pude, con lo que pude, y gracias a Lalo salí adelante. Perdón lectores, no los quiero aburrir con mi historia, acá el protagonista es mi amigo Lalo. Continúo el relato.

Acomodo la yerba para ganar tiempo y recordar, como el nueve que amaga para cabecear y sacarse la marca. Cambiando la bombilla al lado opuesto en que estaba me cebo un mate, entro al área saltando en mi memoria y le digo:

–¡Lalo! ¡Sííííííííí! Sos Lalo, disculpame si en algún momento me encontraste ausente, pero es que me agarraste de sorpresa, ¿visssste? Tomá, tomate un amargo uruguayo calentito; saborearla bien, mirá que es yerba Sara. ¿Qué contás, amigo del alma?

–Qué bien, me reconociste… –dijo él– “amigo del alma”, veo que ya estás hecho un hombre; por un momento pensé que ya te habías olvidado de mí, “amigo del alma”, “amigo del alma”, “amigo del alma”, –siguió repitiendo bajito, casi como un susurro del viento–.

–Otro mate, así no te quedás rengo, ¿vissste?

–No gracias, ya me voy, supe que no podías viajar para el paisito por temas económicos y me crucé a verte, tenía muchas ganas de darte un gran abrazo de gol. Quiero que sepas que nunca te voy a dejar, no lo olvides jamás, ya sabés donde encontrarme ¿te acordás dónde?

–Sinceramente, no. –tomo un mate ya frío, está más para escupirlo que para tomarlo, pero la calidez de Lalo era tan grande que me entibió hasta este último mate–. No quiero ofenderte, pero no, no me acuerdo. ¡Pará! ¡Pará! Parque… Parque…

Interrumpiéndome me dice:

–Siempre estoy en el mismo lugar; estoy seguro que a partir de ahora no habrá más desencuentros. Estoy donde me dejaste, frente a la estatua de “Confucio”, en el Parque Rodó, Montevideo, tu paisito, donde disfrutabas las salidas con tu padre, y él paciente y amorosamente esperaba la vuelta de Pimpollo para que vos dieras una vuelta, sin importarle el tiempo de espera; ¿o cómo crees que te has aferrado tanto, pero tanto, por las artes chinas? ¿Casualidad? No, CAUSALIDAD.

Sorprendido, maravillado y feliz digo:

–¿Por qué te aparecés hoy y no antes...?

–Porque desafiaste tus propios miedos, y dejaste tu ego de lado, estas acciones provocaron que hoy te encuentras en paz contigo mismo, tal como has aprendido en las artes marciales; antes, por más que hubieras querido, no me hubieses visto.

Vamos, queridos lectores, busquen a ese Lalo interior, vamos, anímense, no tengan miedo, seguro que muchas heridas sanarán; eso sí, tendrán que ser muy valientes, es una muralla muy alta con un gran espesor, pero se puede, se los digo por experiencia. Recuerden que las mejores herramientas son el amor, la paciencia, saber escuchar y escucharse; muchas veces es el único amigo que nos comprenderá incondicionalmente y seguro tiene todas las respuestas.

Desde aquel día que me lo encontré no me separé jamás de él, y como sabe que todavía no puedo ir a verlo, cada tanto deja a “Confucio”, viene y juega un rato conmigo a la pelota y me enseña a cabecear; sí, sí, claro, yo arrodillado y él me tira la pelota mientras yo cabeceo; o simplemente candombeamos mientras se nos cae alguna que otra lágrima de emoción…

Afectuosamente,

                             El otro Lalo




31.01.2013 04:19

Por Angeles Caso - La vanguardia

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

Por Ángeles Caso (Gijón, España, 16 de julio de 1959). Escritora, periodista y traductora.



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