acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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CARTAS, PONENCIAS Y OTRAS INTERVENCIONES

26.05.2012 20:49

 "Hace muchos años yo vivía en México, estudiaba en la UNAM y trabajaba en una oficina de planificación; ahí conocí a un compañero mexicano que cuando se enteró de que era uruguayo mencionó que había tenido un maestro uruguayo en un curso de posgrado en Holanda y sus alabanzas hacia él no paraban. Ese maestro era Edgardo Martínez". Quien así se expresó fue doctor Álvaro Portillo, uno de los comentaristas invitados a la presentación de este libro del arquitecto Edgardo Martínez, el pasado viernes 27 de abril en la sala del Consejo de la Facultad de Arquitectura. Tal presentación volvió innecesario un mayor abundamiento sobre el perfil del autor

 

Esa maestría se forjó a lo largo de un periplo inusual, en institutos y academias de varios puntos del planeta, y en investigaciones y reflexiones sobre experiencias concretas centradas en los modos en que las políticas públicas, sobre todo con referencia a las ciudades latinoamericanas, han abordado -y mal resuelto- la construcción del escenario de vida de sus pobladores (y en particular, de los sectores de menores ingresos).

 

Desde 1945 a la fecha el mundo triplicó su población. Particularmente en nuestra América, ese tsunami poblacional se vio acrecido por múltiples factores (entre otros, un estancamiento productivo en paralelo con masivas migraciones de lo rural a lo urbano), en tanto las políticas ensayadas desde el ámbito público para atender o regular esa demanda no lograban impedir que la "construcción de la ciudad" se fuera consolidando en un marco de creciente informalidad. e inequidad. Edgardo Martínez hizo un seguimiento de esos procesos con una mochila bien cargada de referencias académicas, pero sobre todo con un rigor de investigación y una pulsión por "ver y tocar", más propia de una antropólogo que de un arquitecto. Era previsible que el conocimiento adquirido decantara en una reflexión inteligente sobre los esquemas y modelos que a lo largo de los últimos 60 años se han venido aplicando en las ciudades latinoamericanas; sobre tres paradigmas en los que Martínez, en propuesta fundada y convincente, resume las grandes líneas de gestión aplicadas en un escenario a la vez complejo y heterogéneo, con el común denominador de situaciones de pobreza para las que no existen soluciones habitacionales que el mercado haga accesibles.

 

Desarrolla esos paradigmas en la primera mitad de su libro. Expone el fundamento teórico de esas prácticas, ejemplifica sus instancias relevantes (cuando proyectos concretos con respaldo internacional renovaban ilusiones y, a la larga, frustraciones), analiza sus precarios resultados, y pone en evidencia el protagonismo de actores que intervienen al margen de la formalidad, de la normativa y de las políticas públicas, Y cierra su análisis con una pregunta: ¿qué factores frenan el impulso de esos "constructores de ciudad" e impiden canalizar sus potencialidades, no al margen sino en coordinación con políticas públicas, por sí solas incapaces de aportar soluciones con futuro? En apretada síntesis Martínez concentra su visión de un largo proceso de resultados nada alentadores, buscando desentrañar las razones de sucesivos fracasos e iluminar los caminos que permitan revertir esa situación, afirmando la posibilidad de un real y equitativo "derecho a la ciudad". La clave -dirá el autor- es encontrar lo que puede hacer el Estado para canalizar recursos y a su vez, regular lo que hace la misma gente en la autogestión del hábitat. O sea, apoyar los esfuerzos organizados y los de carácter familiar, de los que "hacen ciudad".

 

Bastaría con ese abordaje bien resuelto para justificar la presencia del libro y alentar su lectura, pero Martínez agrega un desarrollo complementario, igualmente valioso, centrado en "la producción social del hábitat urbano en Uruguay". Y allí el interés del planteo se multiplica, no tanto por aplicar a nuestras circunstancias el análisis general precedente,  sino por sustentar ese análisis en una investigación rigurosa de larga data (*), alejada de simplificaciones de uso abusivo y muy atenta a cambios que van configurando "varias ciudades en la ciudad". Cambios muy notables, pero con apreciaciones imperfectas -tanto en el ámbito estatal como en el académico-, que bloquean la posibilidad de instrumentar adecuadas soluciones de interacción entre lo público, lo social y lo privado. Un bloqueo que el trabajo de Edgardo Martínez busca destrabar.

 

El texto pone en evidencia que la precariedad habitacional no queda reducida al "cantegril" y el "asentamiento" -dos de los nueve "tipos" diferenciados que la investigación torna reconocibles-.y no deja dudas respecto a las consecuencias perversas del desencuentro entre políticas focalizadas y discontinuas y la respuesta espontánea de quienes no pueden postergar sus demandas insatisfechas. Así crece de modo irracional la tierra urbanizada, con densidades ínfimas y costos absurdamente altos de servicios incorporados ex-post, y crece la brecha entre una demanda insatisfecha y una oferta que en gran medida le es ajena, generando una situación de "emergencia habitacional" apenas concebible en un país de población estancada, sin presión migratoria, con índice bajo y estabilizado de composición familiar y con una herencia calificada de suelo urbanizado y construcciones rehabilitables (y cosa no menos importante, con una rica experiencia de autoconstrucción y  autogestión).

 

Paradigmas de intervención pública latinoamericana en hábitat urbano apunta al corazón de estas cuestiones y,  al hacer Martínez su presentación en la sala del Consejo de la Facultad, tal vez sin quererlo, evocaba voces que décadas atrás, resonaron en el mismo escenario. Valga el recuerdo de Juan Pablo Terra, exponiendo sobre la imprescindible necesidad de ligar políticas de vivienda y políticas de desarrollo urbano y de evitar que aquellas se parecieran a "pianos de una sola tecla". También a la hora de hacer un resumen de las deudas pendientes, Álvaro Portillo habló en sintonía con esa línea de tiempo, enfatizando sobre la necesidad de generar una apertura programática que atienda la heterogeneidad de los requerimientos, y también de generar una estrecha vinculación entre las políticas habitacionales y el ordenamiento del territorio. Podemos suponer que a esas reflexiones seguirán otras igualmente sensatas y pertinentes, y sumando unas a otras -incluyendo los enfoques críticos que el propio texto alienta-, podremos recuperar el tiempo perdido, corregir el rumbo, superar errores y alentar la esperanza de volver a entretejer los hilos de esa "ciudad modelo" que en las primeras décadas del siglo pasado funcionó como utopía convocante de mejores tiempos. En esa perspectiva alentadora, el trabajo de Edgardo Martínez tendrá su justo reconocimiento.

 

(*)Tipología del Hábitat Precario en el Conurbano Metropolitano - Arq. Edgardo J. Martínez, 2000

Publicado en el semanario BRECHA, en edición de fecha 18.05.2012




01.07.2011 15:22

EL PATRIMONIO COMO PROYECTO DE FUTURO (o sobre la conveniencia de barajar y dar de vuelta)

La acepción de patrimonio en el sentido de cosa heredada o de cosa que pertenece o caracteriza a una persona o a un grupo, siendo vieja como el mundo goza aún de buena salud, coexistiendo -y a veces confundiéndose-, con la acepción acuñada en los últimos 250 años, cuando el entrelazamiento de patrimonio, monumento y nación forjaba las bases de una nueva matriz, emparentada y a la vez diferenciada de la anterior. Para mayor complejidad de la cuestión -de nuestras actuales cuestiones- esa acepción moderna se ha ido expandiendo y cargando de nuevos contenidos, en un proceso acelerado de tal modo en las últimas décadas que bien puede hoy hablarse de una verdadera mutación.

En este contexto, el discurso sobre el patrimonio queda potencialmente afectado tanto por la superposición de significados generados en diferentes matrices históricas, como por la dificultad de dar precisión a la extensión y el contenido del concepto, vista la magnitud de los cambios en proceso y el peso de las tensiones que operan desde escenarios colaterales (caso del turismo de masas y la llamada “industria cultural”).

Esa dificultad nos lleva a revisar aquellos procesos fundantes, abriendo a su vez la posibilidad de verificar una hipótesis por muchas razones atendible: esto es, que tras la ruptura posmoderna las dos matrices han derivado hacia un espacio común y que a causa de esa convergencia lo patrimonial nos está imponiendo una redefinición radical (aunque probablemente en términos no muy alejados de los que marcaron su acepción histórica de más larga duración). Un desafío que empieza a su vez a procesarse en el marco de una visión de futuro con indisimulable carga utópica, según la cual las identidades de grupo o nación -habitualmente confrontativas y con vocación de dominio-, cederán el paso a un mundo de diversidades dialogantes; tal la idea fuerza de la reciente Convención de UNESCO sobre la diversidad cultural. Prevenciones e inercias aparte, es en esa perspectiva que estamos instalados. Vale la crisis, vale la oportunidad …

LO MATERIAL, LO INMATERIAL Y LO MONUMENTAL EN LA MATRIZ ORIGINAL

En las lenguas de occidente, en la raíz de Patrimonio (patrimonium) está el padre, pero también la patria, de donde se abren dos vertientes diferenciadas y complementarias. Una de ellas hace referencia a los bienes materiales que una persona o un grupo adquieren, primero por herencia (tema de escribanos y contadores que ha mantenido su vigencia y su contexto semántico hasta nuestros días), y más tarde a cualquier otro título, decantándose finalmente en una formulación grata a los economistas, aplicable desde la escala individual a la nacional: “patrimonio es igual a activos menos pasivos”.

Pero existe también una vertiente inmaterial, centrada en pautas y valores trasmitidos de generación en generación, que definen una identidad y afirman un sentido de pertenencia. Así, en todos los tiempos y en todas las culturas, la construcción de un “nosotros” diferente -y en general opuesto- a “los otros”, se afirma en la preservación de elementos inmateriales que dan cohesión al grupo y aseguran la continuidad de un orden protector (la lengua, los mitos fundacionales, la memoria de acontecimientos compartidos, el sentido del lugar como microcosmos y a su vez como escenario que se asume como propio…todo ello perpetuado en rituales, tradiciones y costumbres).

Entre los múltiples patrimonios asumidos por una comunidad a lo largo de su historia, uno en particular llegó a jugar un papel relevante, cuando a la materialidad del objeto -por distintos motivos excepcional-, se sumaba una dimensión simbólica que amplificaba su mensaje. Tal el monumento, un artefacto -privado o público, discreto o fastuoso- creado para marcar un mojón en el tiempo y fijar un acontecimiento en las memorias del futuro, compensando fragilidades y angustias propias de la condición humana o afirmando ya un status compartido, ya una relación de poder.

Desde su origen, lo monumental, moviéndose en un área de interacción entre lo material y lo inmaterial, será un objeto conmemorativo o celebratorio específico -construido con particular esmero para atravesar los tiempos con el impacto de su presencia y su carga simbólica-, tanto como una construcción más o menos compleja, que responde a un programa funcional concreto pero que aspira a igual destino de perennidad. En uno de esos campos Trajano jugó fuerte con su columna historiada y en el otro Adriano hizo lo propio con el Panteón… y ambos íconos paganos pasaron la prueba del tiempo, aunque necesitaron para ello algunas adaptaciones pragmáticas o sucesivos relatos de milagros y maravillas a manera de “salvoconductos” justificadores de tal sobrevivencia (1).

El monumento nace siempre con vocación histórica, pero como bien lo expuso Alois Riegl (2), sólo el tiempo y las circunstancias le otorgarían ese rango. Y no bastará para ello que su mantenimiento a lo largo de décadas o siglos resulte de privilegiar un valor de uso, un valor de cambio o una significación simbólica o estética de apreciación directa, sin referencia explícita a las circunstancias que lo generaron, porque será justamente esa distancia entre el objeto y quien le asigna valor la condición básica de su apreciación en términos de monumento histórico.

Ese enfoque que el mundo helenístico cultivó a su manera, sería retomado en nuevos contextos y tras un corte milenario por la cultura del Renacimiento, cuando humanistas, arqueólogos y arquitectos -o todos en uno, caso de Alberti- construyeron un discurso que afirmaba a la vez la distancia y la continuidad con la herencia clásica. El monumento histórico, mensajero del pasado, a la vez documento y referente modélico -y por ello objeto de cuidado, estudio y reverencia-, iniciaba un largo camino…aunque todavía casi en solitario. Su valoración como patrimonio de la nación recién tomaría forma tres siglos más tarde, cuando el camino tradicional se bifurcaba y empezaba a gestarse una nueva matriz del concepto de patrimonio.

Vale precisar que a lo largo de la historia la valoración patrimonial se expresó no pocas veces, más por oposición que por afinidad. Así el hecho de que un bien tuviera una especial significación para una determinada sociedad, indujo a su destrucción cuando las fuerzas que detentaban el poder perdían su condición hegemónica o cuando esa sociedad era sometida por una cultura diferente. Para ilustrar el primer caso, sobran los ejemplos (desde el impulso inicial de la Revolución Francesa a los Budas de Afganistán, pasando por la columna Vendôme o los bronces caídos de Lenin y Stalin).

En cuanto al segundo, los choques de culturas enfrentaron siempre patrimonios globales -desde la lengua hasta el modo de afincarse en el territorio-, y de allí derivaron distintos niveles de arrasamiento, genocidio, asimilación o integración. Los dramas de la historia no dejaron aparte al patrimonio…y sea como botín de guerra o como legado impuesto o asumido, su traza material e inmaterial marcó -marca y seguirá marcando- continuidades, alteraciones o rupturas en el entramado histórico-cultural de las sociedades humanas.

EL CORTE CULTURAL DE LA ILUSTRACIÓN Y LA NUEVA MATRIZ PATRIMONIAL QUE DESDE ALLÍ SE GENERÓ

Asumiendo como bueno que los antecedentes de la renovada noción del patrimonio que habría de desarrollarse en paralelo con "el proyecto moderno", pueden rastrearse en la cultura del Renacimiento y en las civilizaciones de la Antigüedad, su gestación es indisociable del influjo transformador de la Ilustración y las revoluciones burguesas, influjo renovado en el primer tercio del siglo XIX por el empuje de la Revolución Industrial y la consolidación de los estados nacionales. desde entonces -y principalmente en Francia-, lo patrimonial tendría una nueva connotación ...que no dejaría en el olvido la ya existente.

Allí la Revolución que hizo tabla rasa con muchas cosas -empezando con el calendario- y que alentó una destrucción "depuradora", pudo compensar esa tendencia y reubicó el significado de los monumentos expropiados (incluyendo archivos y bibliotecas), poniéndolos -o intentando ponerlos- al servicio "de todo el pueblo" bajo las banderas de "libertad, igualdad y fraternidad". Una transferencia compulsiva de bienes típica de todas las operaciones de conquista o cambio violento del poder político, terminaba por asumirse en términos de "herencia" que pasa de los antiguos poseedores (el clero, los emigrados, la nobleza) "a la nación", asignando a esos bienes -por primera vez clasificados en "muebles" e "inmuebles"- un valor de identidad nacional y una especial significación pedagógica (punto este último que alentará la "reinvención" de los museos, concretada en el Louvre en 1796, pero ya adelantada en Inglaterra en 1759, cuando las 80.000 piezas de la colección del médico y científico Sir Hans Sloane, dieron la base de formación del Museo Británico).

Pasados los tiempos de fervor y furos y aquietadas las aguas, a partir de 1830 se retoma en Francia el discurso patrimonial en un nuevo contexto político que reaviva transitoriamente viejas ilusiones, centrándolo en el monumento histórico y poniéndolo al servicio de una causa nacional, que hará a su vez reverencia -en sintonía con el espíritu romántico- de "la naturaleza, la historia y el genio creador" (3)

Pero no fue sólo a través de la Revolución que el influjo cultural de la Ilustración impuso una visión renovada sobre el modo tradicional de vincularse con el pasado. A lo largo del siglo XVIII el naciente espíritu científico alentó un conocimiento directo y sistemático de la herencia monumental, pasible ahora de ser relevada con rigor creciente y ordenada en una secuencia cronológica de contenidos históricos y artísticos.

El "Gran Tour", antecedente elitista de nuestro turismo masivo, se desarrolla entonces al amparo del nuevo protagonismo del monumento, redimensionada su significación y alentada una vivencia directa que encontraba en el exitoso trabajo de los arqueólogos una motivación adicional (Herculano, Pompeya y Paestum salían a luz en esos tiempos). Una situación en sintonía con los criterios que tuvo a la Enciclopedia como principal propagandista y que incidió positivamente en el desarrollo de las técnicas de mantenimiento y preservación (los trabajos en el Coliseo y el Arco de Tito, en las dos primeras décadas del siglo XIX, se convirtieron en ejemplos paradigmáticos, aún hoy vigentes). Y también los monarcas ilustrados fueron sensibles a ese nuevo clima, dando Carlos III buen ejemplo de ello, promoviendo un formal cuidado de la herencia del pasado y haciendo explícito su vínculo con "las glorias de la nación" (4).

En todos los casos subyace y sobrevuela una conciencia que el tiempo irá consolidando a medida que crece el impacto de la Revolución Industrial: Un modo milenario de hacer las cosas empezaba a transformarse y el consecuente sentimiento de "pérdida irreparable", de haber heredado cosas que ya nadie hará igual, abrirá un segundo distanciamiento entre el objeto asumido como patrimonio y quienes le asignan ese valor (5). La matriz moderna de lo patrimonial tomará buena cuenta de ello.

NOTAS:

(1) En ambos casos con la mediación del Papa Gregorio el Grande (hacia el 600 d.C.), aleccionando a sus Obispos sobre la conveniencia de no destruir los templos paganos -pero sí sus ídolos- bastando con rociar el lugar con agua bendita para colocar luego los altares y reliquias cristianas (y así pasó con el Panteón), o rogando a Dios que salvara el alma de Trajano; ruego que tuvo una milagrosa confirmación, haciendo de su columna un lugar santo, finalmente coronada por la efigie de San Pedro…

(2) Alois Riegl: "El culto moderno a los monumentos" (Viena -1903)/ Edit. Visor / Madrid

(3) Lorrenc Prats: "Antropología y patrimonio" / Editorial Ariel S.A. / Barcelona / 1997

(4) hacia 1779, en las reales Ordenes de Carlos III dirigidas a las autoridades de los Ayuntamientos españoles, se decía: "Los Alcaldes no deben permitir que se maltraten los monumentos descubiertos o que se descubriesen, ni los edificios antiguos que hoy existen en muchos pueblos y despoblados, ni que se derriben ni menocaben; y en el caso de amenazar ruina, deben ponerlo en noticia de la Academia (de San Fernando) por medio de su Secretario. Este es un deber de patrriotismo y de amor a las glorias de la Nación, y, además, una obligación a la que no pueden faltar, sin incurrir en una responsabilidad efectiva" Manuel Ortiz de Zúñiga en "El libro de los Alcaldes y Ayuntamientos", citado por Aquiles Oribe en exposición de motivos del proyecto de ley sobre protección del patrimonio, presentado en la Cámara de Diputados (Montevideo / 1932)

(5) Francoise Choay: " L´Allegorie du Patrimoine" / Edición du Seuil / París / 1992-96-99

SIGUE EN PARTE II http://blogs.montevideo.com.uy/hnnoticiaj1.aspx?6379

 

(*) PUBLICADO EN LA REVISTA "RELACIONES" (junio de 2007)

 

 

 

 

 




01.07.2011 15:21

MANTENER, CONSERVAR, REHABILITAR, RESTAURAR

A lo largo del siglo XIX, la acción de los defensores del patrimonio se canalizó a través de dos procesos complementarios e indisociables: una legislación de protección que incluía una estructura formal de relevamiento y control, y una disciplina específica de conservación y restauración (6). El marco legal encontró en Francia su primera formalización hacia 1887, influyendo desde entonces en sucesivas legislaciones (también en la nuestra, aunque a nivel de proyectos frustrados, ya desde 1913…). Las diferencias nacionales se hicieron sentir a la hora de definir los modos de actuar sobre el monumento histórico, y en particular sobre el patrimonio construido, siendo conocidas -digamos que poco entre nosotros…- las radicales divergencias entre Ruskin y Viollet le Duc, la síntesis superadora de Boito, el concepto de patrimonio urbano que desarrolla Giovannoni, etcétera, llegándose progresivamente a un nivel de consenso que habría de expresarse en la Carta de Atenas de 1931, actualizada más tarde en la Carta de Venecia de 1964 (“Carta Internacional sobre la conservación y restauración de monumentos y sitios”).

Con el paso del tiempo, la matriz moderna del patrimonio ganaba en precisión operativa en el acotado campo de las disciplinas específicas de conservación y restauración, a la vez que se iban debilitando los vínculos de los tiempos de forja con “el interés general”. Al salir de la última gran guerra, dos hechos preanuncian un cambio de escena: el protocolo de protección de bienes culturales en caso de conflicto armado (La Haya /1954) y el traslado de los monumentos de Nubia, amenazados de desaparición por la construcción de la represa de Assuan. Ambas experiencias amplían el horizonte de los países involucrados y afirman el protagonismo institucional de UNESCO, de lo cual da testimonio la “Convención de 1972 sobre la protección del patrimonio mundial, cultural y natural”, un referente principal de este proceso.

Desde entonces, el patrimonio asumido como una colección de monumentos históricos encuadrados en leyes, regulaciones y procedimientos acuñados en un largo proceso que tuvo a Europa como escenario casi exclusivo, pasa a formar parte del status corriente de la mayor parte de las naciones del mundo. Y en ese proceso, se acercan los tiempos de inclusión de nuevos “objetos de culto”, a la vez que se diversifica su tipología, antes limitada casi exclusivamente a las obras mayores del acervo arquitectónico. La “internacional del patrimonio” parecía gozar de sólido prestigio y larga vida…pero en el mismo momento que se despliega ese escenario en expansión, empieza a desarrollarse un proceso de cambio sustancial de enfoques y contenidos, acelerado a partir del Coloquio de Nara, Japón, en 1994.

Un “diluvio” amenazaba anegar los terrenos recién conquistados. Pierre Nora expone así su visión de esos cambios: " (…) El fantasma de la ruptura y del desorden que (las turbulencias de esta época) parecen provocar, ha conducido a nuestras sociedades, enfrentadas a cambios excesivamente rápidos, a buscar en el patrimonio un refugio compensatorio (…) Hemos pasado de un patrimonio de tipo nacional a un patrimonio de carácter simbólico y de identificación. De un patrimonio heredado a un patrimonio reivindicado. De un patrimonio visible a un patrimonio invisible. De un patrimonio material a un patrimonio inmaterial. De un patrimonio estatal a un patrimonio social, étnico y comunitario (…) Como consecuencia, el patrimonio cambia de naturaleza y de estatuto. Se suma en una misma constelación a las nociones de memoria, de identidad, de cultura, y se convierte en lo sagrado-laico de las sociedades democratizadas " (7).

NUEVOS CONTEXTOS, NUEVOS DESAFÍOS

Y así fueron ls cosas. En poco más de tres décadas hemos pasado de un padrón dominante (el monumento histórico dentro de los parámetros definidos por la cultura del 800, con el protagonismo de los estados nacionales) a un universo ampliado y transformado en el marco de una globalización ya instalada sin vuelta. En este proceso de reciente data, una cosa resulta evidente: el vínculo patrimonio-monumento-nación ya no ocupa el centro de la escena. Allí se ha instalado -y parece que para quedarse-, una visión dominantemente antropológica del patrimonio, donde lo inmaterial gana terreno y asume un neto protagonismo. Curiosamente, el giro del concepto en el seno de la matriz moderna, centrado ahora más en relatos sobre cosas que en las cosas mismas, lo acerca a la vertiente inmaterial del concepto histórico tradicional del patrimonio, viejo como el tiempo y de aplicación extensa, en lo cronológico y lo geográfico. Las dos matrices de lo patrimonial se acercan y abren un escenario nuevo ,,,

Pero esa transformación es expresiva de un cambio más profundo, tras el “momento” de ruptura entre modernidad y posmodernidad del que dieran cuenta en su momento no pocos filósofos (8), y alienta en ese contexto la posibilidad -también con carga utópica- de una mediación capaz de reconstruir el vínculo entre esferas desagregadas, reformulando un relato integrador en tiempos en que “los grandes relatos” no gozan de buena salud…

Ya se trate de criticar y reorientar el proyecto moderno sin condenarlo a un destino de museo; ya de asumir como definitivo el corte de la posmodernidad y abrir el camino a nuevas construcciones histórico-culturales, una renovada visión del patrimonio se hace funcional a los problemas de estos tiempos y puede asumirse como herramienta útil para atender y tratar de resolver las cuestiones que hoy nos afectan.

EN BUSQUEDA DE NUEVOS PARADIGMAS

Así como ocurre con el patrimonio en la visión de los economistas, donde la posesión de bienes de cualquier especie se aprecia en su conjunto y se valora con una medida común para estimar activos y pasivos, hoy el universo de bienes “patrimoniables” tiende a confundirse con el universo de bienes culturales, de todo lugar y de todo tiempo. En esa perspectiva, lo patrimonial se convertirá en un escenario inabarcable, en el que se diluye todo contenido concreto y operable, o se afianzará como una construcción socialmente condicionada por un contexto político-cultural concreto, donde importará más que la colección de elementos a los que se asigna un papel explícito de bien cultural protegido, el relato que une y da sentido a las partes. Un relato que puede operar como plataforma desde donde gerenciaren un contexto democrático y con vista a la consolidación de un proyecto compartido, aquello que la comunidad asume como un capital social acumulado por generaciones.

Pero esa plataforma habrá que construirla. Superados los riesgos -que no son pocos-, ya no estaríamos hablando del patrimonio como una herencia sacralizada en un determinado contexto ideológico, que sólo exige de nosotros cierta atención y cuidado ... y periódicas reverencias, según el modelo de una matriz moderna que ya agotó su contenido, sino de una construcción de nuevo tipo, con fuerte potencialidad de afirmar la cohesión y el sentido de identidad de una comunidad (9). Capaz a su vez de involucrar al común de los ciudadanos en un proceso de desarrollo integral, sustentable y equitativo -que así querríamos salir del estancamiento que nos ha agobiado por medio siglo-, porque aunque parezca paradójico, el patrimonio, asumiendo la continuidad con la herencia del pasado, sólo toma sentido en tanto proyecto de futuro.

EPILOGO

¿Qué contenido tiene hoy para nosotros aquella mención de Artigas -en admonición dirigida a Durán y Giró en diciembre de 1816- sobre “el rico patrimonio de los orientales”?. A su tiempo, Arredondo y Pivel Devoto -gestores principales de nuestra cultura patrimonial- buscaron dar respuesta. Arredondo con su visión aluvional, tan fecunda y en tantos aspectos vigente, en el marco de una pretendida “Civilización del Uruguay” de notoria desmesura; Pivel, intentando anclar la memoria histórica en obras y lugares capaces de evocar y dar testimonio de las gestas fundacionales de la patria. Para avanzar, a ellos habrá que volver…

En paralelo con esas experiencias, varias veces se intentó generar un marco institucional y legal en correspondencia con la experiencia europea, y tantas otras veces la propuesta no tendría observaciones ni reparos, pero tampoco votos para su aprobación…Eso pasó en 1913, 1932, 1942 y 1951, aunque de ello quede hoy poca memoria. En el último intento frustrado, la comisión responsable elevó a consideración del Ejecutivo un listado de bienes a proteger que no superaba los 100 ejemplos. Pasarían 20 años antes de que pudiera sancionarse la ley actualmente vigente -vigente en la forma, que no en los contenidos, ya envejecidos cuando fue aprobada- y cuando en 1975 se concreta el primer listado de protección, la cantidad aumenta moderadamente. Veinte años después, nuestra lista supera la de UNESCO, no admite diferencias de tipos ni grados y a toda cosa aplica sin alternativa posible el molde de monumento histórico. Y así vamos…

Pero podemos superar ese estado de cosas, ahora que vientos de cambio alientan la posibilidad de no seguir atado a modelos sin futuro. Repensemos todo; construyamos un marco institucional y legal adecuado a los tiempos que vendrán; dejemos de celebrar un patrimonio sin sentir culpa por todo lo que destruimos, marginamos u olvidamos (Narbona, Calera, Farruco, las tierras de Sarandí, el 3 de febrero de 1807, la herencia guaraní y una larga lista de etcéteras) y afrontemos la tarea de situar lo patrimonial en el buen sentido que tuvo y ya no tiene, no como ancla -que ata al pasado-, sino como memoria proyectada hacia un mejor futuro.

NOTAS:

(6) Francoise Choay: "L´Allegorie du Patrimoine"

(7) Pierre Nora: "Una noción de devenir" / en Correo de la UNESCO: "El patrimonio mundial: balance y perspectivas" / setiembre 1997

(8) Los filósofos tomaron muy en serio las curiosa experiencias de los arquitectos en los años 80; no Lyotard ("La condición posmoderna" / 1979), pero sí Habermas ("La modernidad: un proyecto inacabado" / 1980; "La arquitectura moderna y posmoderna" / 1981), y Jameson ("El giro cultural" y "Posmodernismo: la lógica cultural del capitalismo tardío" / 1982). Abrieron con ello una reflexión, aún instalada pero apenas explorada por estos lares, sobre un corte cultural probablemente tan significativo como lo fue en su tiempo el que provocara la primera fase de la Revolución Industrial.

(9) "La identidad como factor de cohesión, espacio referencial que aporta los medios para el propio reconocimiento, para perpatuarse, para proyectarse en el futuro, para negociar la historia" Jean-Noel Pelen, citado por Prats.

(*) PUBLICADO EN LA REVISTA RELACIONES / junio de 2007




12.03.2009 21:52

CLAEH / relanzamiento de la colección ARGUMENTOS

Alianza Francesa / 10 de diciembre de 2008

PRESENTACION DEL LIBRO DE BRUNO PODESTÁ “LAS DOS CARAS DE JANO: la cultura y los países en la era de la globalización” (*)

Empiezo por dejar constancia de mi reconocimiento hacia quienes hicieron posible la existencia de estos libros, y en cuanto me toca, de este libro. Va entonces un reconocimiento para Rilla, y para el resto de los compañeros del CLAEH que, me consta, se involucraron en este emprendimiento con el mayor empeño.

 

 

Más allá de lo personal, y seguramente en sintonía con el sentimiento de los aquí presentes, va también un reconocimiento fuerte para el CLAEH como institución, que apuesta a promover una reflexión con argumentos, en estos tiempos de incertidumbre donde es tan fuerte la tentación de ver al mundo en blanco y negro, de mantenernos aferrados a prejuicios en lugar de situarnos en condiciones de pensar escuchando a los otros.

 

Bienvenidos entonces los argumentos, para no correr el riesgo de reconstruir los relatos totalizadores con más virulencia que aquellos que conocimos y aún perviven, y para poder afrontar en cambio, con las mejores herramientas, la muy notable posibilidad de aprender del pasado y ayudar a generar un escenario de equidad y convivencia en paz. Cosa difícil a escala del mundo en que vivimos, pero tal vez utopía realizable –si es posible salvar la contradicción de esos dos términos- en estas tierras nuestras.En esa perspectiva, no podía ser más acertada la elección del autor y del libro que da inicio a la colección, ni más adecuada a esa circunstancia la referencia, ya desde su título, al dios Jano. Un dios que los romanos heredaron, no de los griegos sino de los etruscos, y a quien se asignaba el don de escrutar a la vez el pasado y el futuro; y con esa envidiable información, promover una toma de decisiones alineada con el equilibrio de las cosas del mundo.

 

Pudiendo disponer del preciado diario del lunes –y de todos los lunes siguientes-, bajo la tutela de Jano, los hombres podían tomar decisiones sabias acerca de sus situaciones problemáticas, y en tiempos de crisis, decisiones reconstructoras de equilibrios amenazados. De allí que se abrieran las puertas de su templo en Roma para potenciar su influjo cada vez que el caos amenazaba la ciudad, y que más cotidianamente, fuera invocado en los inicios de todo emprendimiento.

 

 

Sabiendo esto, bien haría el CLAEH en pedir prestada a Bruno Podestá la imagen icónica del dios bifronte y exponerla como protectora de la colección. Y tomarla tal como ha sido conocida hasta ahora, antes de que en estos tiempos de individualismo narcisista, se genere una variante previsible, con las dos caras mirándose a los ojos...

 

 

La imagen -la tradicional, queda claro-, es perfectamente funcional a la idea en torno a la cual Bruno organiza su texto (“al igual que el dios Janonos dice-, también la cultura mira al pasado y al futuro, y constituye un punto de encuentro de cambios y transiciones). Y es justamente ese cruce de caminos el que busca iluminar, guiándonos en un territorio donde se dan a veces intercambios amigables de manifestaciones culturales diferentes, y otras veces -que no son pocas-, ese territorio se convierte en escenario de formas más o menos encubiertas de competencia y dominación. Y ya vamos anotando en el haber del libro, el claro enunciado de que la cultura es simultáneamente un territorio de diálogo e interrelación amistosa y uno de disputa por espacios simbólicos, políticos, económicos y comerciales”. Un territorio complicado según vemos, donde ya de poco sirven las hojas de ruta que antes nos daban seguridad para recorrerlo. Vista la historia reciente, una seguridad por cierto engañosa...

 

Valga a título de referencia puntual de este debilitamiento de las certezas y de la problematización de códigos que parecían bien amarrados, la movida de Camnitzer acerca “del último libro” o la gran sala vacía de la reciente Bienal de San Pablo. Pero también, más allá de las tribulaciones en el mundo intelectual (en el mundo del libro y de las artes), tomada en su acepción más amplia como el modo de ser y hacer de una comunidad, “la cultura -dice Bruno- navega hoy en aguas turbulentas”. Y genera con ello un malestar general que nos lleva a interrogarnos, y a mirarnos incluso en espejos lejanos, buscando respuestas que permitan enfilar la nave hacia algún puerto seguro... que no sabemos bien cuál es, ni donde está.

 

Y a este panorama nada consolador, se agrega una dificultad adicional, cuando por primera vez en la historia, estamos tocando límites muy sensibles. Esos límites a los que hacen referencia las apocalípticas -y parece que muy reales- previsiones sobre los efectos del calentamiento global, o la proyección a 30 años del consumo actual, con la consecuente necesidad de disponer de un segundo planeta para atender esa necesidad. O el dato inquietante de que el crecimiento explosivo de la población a partir de la última guerra mundial ha hecho que los que hoy estamos vivos, sumemos más que todos los muertos habidos desde que las pequeñas bandas del homo sapiens comenzaron su periplo colonizador –y luego depredador- del planeta. O el hecho de que la autonomía e irracionalidad del capital financiero haga hoy temblar al mundo. O a escala de la comarca, el debilitamiento de las “ficciones orientadoras” que hasta mediados de los años 50 dieron vigencia a un país, diría Real de Azúa, hiperintegrado y autocomplaciente... del que hoy se aleja un estadio entero cada 4 años.

¡Si será no ya importante sino vital, abrir una reflexión crítica sobre el papel de la cultura en estos tiempos difíciles!

 

Bruno Podestá es “agregado cultural” de la embajada de Perú en Uruguay. Lo de “agregado” tiene a mi juicio una connotación inadecuada, sin correspondencia con un trabajo de años, que tuvo como objeto -y como resultado reconocido- el poner lo cultural en el centro de la gestión diplomática del Perú en el Uruguay; aquí entre nosotros, que por largo tiempo también fuimos peruanos, hasta que 1776 a Carlos III se le dio por inventar el Virreinato del Río de la Plata (que no llegó a vivir 40 años). El texto de Bruno Podestá tiene todas las virtudes formales que uno prevería encontrar en la obra de un académico de su talla: que lleva a cuestas -bien llevados- un doctorado en letras en la Universidad de Florencia, un Master en artes en la Universidad de Texas, años de docencia en Italia, Alemania, Estados Unidos, Perú y Uruguay, y varias incursiones en un plano de estricta creación literaria. Pero esa calidad formal del texto es un valor agregado -de uso no muy corriente, vale precisar-, a la cuestión central, referida a la significación de “lo cultural” en tiempos de globalización.

 

Empieza Bruno por precisar los cambios en extensión y contenido del propio concepto de cultura, referido a una práctica intelectual en el campo de la literatura, las artes plásticas y la música, “que incluye no sólo a los productores, sino en diversas escalas, todos los que están familiarizados, conocen y gozan -o dicen que gozan- de esa producción, sintiéndose unos y otros, oficiantes de una misma religión”. Pasa luego a revisar la expansión de ese significado, una expansión de avance irresistible apenas etnólogos y antropólogos dejaron de enfocar su análisis en etnias casi perdidas, para concentrarse en el transcurrir cotidiano de las sociedades de nuestros días. Y llegados a este estado de cosas que hoy goza de notorio prestigio –la cultura todo lo abarca; todos somos patrimonio, etc-, aborda luego el proceso de su esperable y bienvenida revisión crítica, habida cuenta de una esterilidad en correspondencia con su desmesura. Esas distintas maneras de definir “lo cultural” se han sucedido en el tiempo sin dejar por ello de coexistir pacíficamente: basta con abrir un diario para ver en el suplemento cultural, el espacio diferenciado y perfectamente acotado de lo que Bruno llama cultura culta, Pero sobran los ejemplos para marcar el carácter residual de esa visión de las cosas, aunque nuevos paradigmas -todavía imprecisos- intenten corregir desequilibrios de las visiones “macro” que aún damos por buenas.

 

 

¿Qué es entonces la cultura?.¿Qué relación tiene con la identidad?. ¿Qué con el desarrollo, la economía y el mercado?, temas estos que el auge del turismo y la industria cultural han puesto en el centro de la escena, pero no sin problemas, como se hace patente en la forma de encarar el patrimonio, a veces sacralizado, a veces banalizado, y asumido casi siempre como refugio compensatorio de perturbaciones varias. Pues esas son las cuestiones que Bruno desarrolla en el capítulo inicial, como paso previo a la dilucidación de una interrogante vertebral en su planteo: ¿Qué cosa vincula hoy día la cultura con la globalización?.

 

Y a ese capítulo siguen otros -que pocos podrían abordar con el conocimiento de causa que el texto hace evidente- donde se pone énfasis en el papel de la cultura como parte implícita o explícita de la políticas de organismos nacionales o internacionales, se reflexiona sobre los alcances y límites de la diplomacia cultural y sobre su incidencia en la integración regional y en el campo multilateral. Cuestiones por cierto problemáticas, donde se superponen y entremezclan potenciales enriquecimientos mutuos, con no menos reales situaciones de dependencia y aculturación.

Termina Bruno su libro con dos referencias motivadoras: una relativa a la conocida expresión de Jean Monnet sobre su experiencia en la gestación de la unión europea (“si tuviera que empezar de nuevo, empezaría por la cultura”). Bueno, si todavía estamos en tiempo de empezar, aquí hay unas piedras fundacionales muy bien puestas.

 

 

La segunda referencia nos permite medir la magnitud del desafío que enfrentamos en estos tiempos de cambio hacia un futuro incierto. Dice Bruno:

 

“LA INCERTIDUMBRE PESA MUCHO EN LOS TIEMPOS QUE CORREN, TANTO ASÍ COMO LA AUSENCIA DE UTOPÍAS INSPIRADORAS. DE AHÍ QUE SUENEN TAN FUERTE A VECES AMARGAS PROFECÍAS COMO LA DE EMIL CIORAN CUANDO AFIRMA QUE LA HISTORIA TIENE UN CURSO PERO CARECE DE SENTIDO. EN REALIDAD SUCEDE MÁS BIEN –PODRÍAMOS TAMBIÉN AFIRMAR- QUE VUELVE A TENER VIGENCIA LA VISION DE ANTONIO GRAMSCI CUANDO SOSTENÍA QUE UN ORDEN MUNDIAL HA LLEGADO A SU FIN EN TANTO QUE OTRO NUEVO NO HA LOGRADO AÚN CONFIGURARSE”.

 

En términos simbólicos, la modernidad, que nació asociada a un derrumbe -la Bastilla-, vería en otro derrumbe -el muro de Berlín- bien su final histórico, bien el fin de una etapa, donde un proyecto inacabado debería revisarse y corregirse para dar sustento teórico a los tiempos por venir. Cuando Gramsci muere, no suponía seguramente que el modelo que él defendía -con visión crítica, bueno es decirlo-, también habría de colapsar. ¡Menuda tarea será la de construir un nuevo orden mundial donde reine la equidad, sin necesidad de rendir pleitesía a la utopía!.

En todo el libro, y en particular en sus capítulos finales, el tema recurrente es el modo en que se relacionan cultura y poder, y la forma en que “lo cultural” vale como herramienta de superación de los problemas e incertidumbres que nos acucian, en tanto se asuma como ámbito de concertación de diversidades dialogantes. Y allí el modo de enfocar el tema y las citas que apoyan su desarrollo, dan cuenta de un bagaje intelectual y una sensibilidad de muy amplio espectro que bien justifican las palabras de su calificado presentador en Lima, cuando en una ocasión similar a ésta, dejaba constancia de la calidad de este distinguido académico que prestigia a la intelectualidad peruana dentro y fuera de su país”. Es una suerte tenerlo entre nosotros, estar con él hoy aquí, poder leer y releer su libro...

 

(*) El texto precedente reconstruye la intervención realizada en ocasión de la presentación conjunta de los libros de Bruno Podestá ("Las dos caras de Jano") y Nery González ("Patrimonios varios").

 




23.08.2008 15:12

    “LAS REDES QUE HARÁN SUSTENTABLE EL PATRIMONIO” (*)

RESUMEN DE PONENCIA 

            Afirmada una visión del patrimonio en tiempos de pos-modernidad, se proponen dos enfoques complementarios: uno, sobre la relación patrimonio-desarrollo sustentable, y otra, acerca de la propia sustentabilidad de las políticas patrimoniales en función de su mayor o menor relación con paisajes culturales de proximidad (contiguos en el territorio o ligados por una misma matriz histórico-cultural), estén o no dentro de fronteras.

            En el primer caso, la experiencia confirma la potencialidad de lo patrimonial como factor de desarrollo de una comunidad. También sus riesgos y limitaciones. Colonia del Sacramento vale en ese sentido como ejemplo de avances imperfectos (y de asignaturas pendientes, que se trata de evaluar).

            En el segundo enfoque, se intenta demostrar que no hay futuro para una visión parcelada y autosuficiente de los sitios, siendo imprescindible ubicarlos y relacionarlos en el contexto histórico-territorial que les dio vida, en los escenarios y en las líneas de tiempo que hoy son también los referentes de nuestro desarrollo futuro (tierras e historias del MERCOSUR). Y también, sin duda, en función de la forma en que opera la demanda turística. Habrá entonces nuevos relatos, nuevas lecturas, nuevos itinerarios... tejiendo para el patrimonio una trama de mejor sustento.     

 

(*)  Colonia del Sacramento, 9 de agosto de 2008 

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“LAS REDES QUE HARÁN SUSTENTABLE EL PATRIMONIO”  

I) Sobre el patrimonio y sus matrices históricas, hoy convergentes  

            El diccionario suele adoptar una acepción restrictiva del término: patrimonio:  hace referencia -dice- a la “hacienda que una persona ha heredado de sus ascendientes”. Pero en rigor en patrimonium (en cuya raíz está el padre, pero también la patria), existieron desde el origen dos vertientes diferentes y complementarias: una que refiere a los bienes materiales que una persona o grupo adquieren a título de herencia; otra relativa también a una herencia, pero ya no de bienes materiales sino de un bagaje inmaterial, que a escala grupal o individual es expresión de un cuerpo de valores que da continuidad a una experiencia compartida.

            La primera acepción atravesó los siglos y llegó hasta nosotros como tema habitual de escribanos y contadores, ampliada su extensión hasta incluir el conjunto de bienes en posesión de una persona física o jurídica, cualquiera fuere el modo de adquisición, siguiendo a ello una definición de perfecta síntesis: “Patrimonio es igual a activos menos pasivos”. La segunda vertiente quedó siempre ligada a la construcción de un “nosotros”, a la preservación de elementos inmateriales que dan cohesión al grupo, legitiman sus modos de ser y hacer, y aseguran la continuidad de un orden protector. (la lengua, los mitos fundacionales, las creencias que dan un sentido al mundo, la memoria de acontecimientos compartidos, el arraigo a un lugar… todo ello perpetuado en rituales, tradiciones y costumbres). 

            Ambas vertientes de lo patrimonial se imbricaron en la gestación de un “invento” exitoso: tal el monumento, un artefacto -privado o público, discreto o fastuoso- creado para marcar un mojón en el tiempo y fijar un acontecimiento en las memorias del futuro, compensando fragilidades y angustias propias de la condición humana o afirmando ya un status compartido, ya una relación de poder. El monumento -o la construcción monumental que atiende a una función concreta pero comparte igual vocación de permanencia-, nació siempre con vocación histórica, pero sólo el tiempo y las circunstancias le otorgarían ese rango.

           Un rango durante siglos opacado por el dominio de una apropiación en tiempo real, con escasa o nula preocupación por asumir distancias y asignar otro valor que aquel de uso que agotaba -o casi- todo interés por la herencia del pasado.

El corte cultural de la Ilustración y la nueva matriz patrimonial que desde allí se generó

           El patrimonio como referente de una herencia material, inmaterial o monumental, ha mantenido su vigencia hasta nuestros días. Pero a esa matriz histórica de larga duración, se sumaría otra, cuando hacia mediados del siglo XVIII comienza la forja de una nueva visión de lo patrimonial, en paralelo con el desarrollo del “proyecto moderno”. Una forja con múltiples antecedentes -notorios a partir del Renacimiento-, pero cuya configuración definitiva es indisociable del influjo transformador de la Ilustración y las revoluciones burguesas, influjo renovado y potenciado en el primer tercio del siglo XIX por el empuje de la Revolución Industrial y la consolidación de los estados nacionales.

            Pasados los tiempos de fervor y furor de la Revolución Francesa -ese cruce de caminos de la cultura occidental-, a partir de 1830 se retoma el recién acuñado discurso patrimonial en un nuevo contexto político, centrándolo en el monumento histórico y poniéndolo al servicio de una causa nacional, que hará a su vez reverencia -en sintonía con el espíritu romántico- de "la naturaleza, la historia y el genio creador" (y de allí saldrían los ejemplos principales de los nuevos repertorios patrimoniales).

            Una vez definido el nuevo marco de gestión, la acción de los defensores del patrimonio se canalizó a lo largo del siglo XIX a través de tres instrumentos principales: a) una estructura institucional y una legislación de protección, b) un criterio sistemático de identificación, relevamiento y control, y c) una disciplina específica de conservación y restauración. Principalmente Francia, pero también Inglaterra e Italia y luego otros países europeos avanzaron por ese camino imponiendo sus particulares visiones de esas cuestiones, pero no impidiendo por ello que hacia mediados del siglo XX llegara a consolidarse un cuerpo de doctrina y una práctica de protección y restauración donde lo patrimonial seguiría funcionando como articulador de un vínculo estrecho entre el monumento y la nación. 

            En poco tiempo esa visión acuñada en Europa se expande por el mundo, abarca un tramo cronológico más extenso -a la vez más lejano y  más próximo-, y toma en consideración una gama más amplia de bienes que la hasta entonces admitida. En 1972 la Convención de UNESCO sobre el patrimonio cultural y natural de la humanidad “sacraliza” ese criterio y le otorga un carácter ecuménico.

         El patrimonio como “guardián de la memoria” no perderá su referencia legitimadora de los valores de la nación -de cada nación-, pero adquirirá ahora un status de aplicación general, concretado en un listado de protección de “obras excepcionales de valor universal” (extendidas por el mundo … pero miradas desde la óptica europea). A partir de entonces ningún país querrá quedar fuera de la lista de protección de UNESCO, pronto convertida en factor de prestigio y rampa de lanzamiento para marcar presencia en dos universos de influencia creciente: la industria cultural y el turismo masivo. En ese entonces La “internacional” del patrimonio parecía tener asegurada larga vida. 

Nuevos contextos, nuevos desafíos... nuevos paradigmas

           Pero al mismo tiempo que se procesa esa irrefrenable expansión del concepto de patrimonio y se consolida su estructura institucional, se va desarrollando un nuevo enfoque donde la atención ya no está puesta en lo monumental, sino en una diversidad de bienes culturales -materiales e inmateriales- cuyos referentes principales serán múltiples comunidades de distinto tipo y escala, más acá y más allá de los límites del estado-nación.

           Los vientos de la pos-modernidad aceleran los cambios y desde la década de los 80 se asiste a una verdadera mutación del concepto acuñado en los últimos dos siglos, de modo tal, que en poco más de tres décadas pudimos pasar de un patrón que parecía inmutable (el monumento histórico dentro de los parámetros definidos por la cultura del 800, con el protagonismo de los estados nacionales), a una visión dominantemente antropológica del patrimonio, donde el universo de bienes “patrimoniables” tiende a confundirse con el universo de bienes culturales de todo lugar y de todo tiempo.

           Dando por buena esa perspectiva, ya no estaremos viendo el patrimonio como una herencia sacralizada que exige de nosotros sólo cierta atención, cuidado y periódicas reverencias (reducido en definitiva a un catálogo de efemérides y monumentos cuyo valor y significación están ya definidos de una vez y para siempre), sino como el resultado de una construcción social, asumiendo que los procesos de seleccionar, asignar valor, hilar relatos, promover y gestionar -esto es, de convertir lo patrimoniable en los renovados patrimonios de estos tiempos-, pueden derivar de una concreta práctica democrática, y que esos procesos ayudarán a consolidar esa misma práctica, y no en menor grado, a afirmar en la comunidad un sentido de identidad y pertenencia, a incidir en su desarrollo -que quisiéramos equitativo y sustentable- y a abrir espacios de interacción dialogante con todos “los otros” del mundo.

           Hablaremos entonces con más propiedad, de múltiples patrimonios con distintas escalas y contenidos, configurando redes que se entrelazan y en las que se reconocen centros de interés, líneas de vínculo y áreas de influencia. Avanzaríamos por ese camino hacia la construcción de una topología cultural donde el espacio-nación ya no es el único referente y donde los conceptos de “paisaje cultural” e “itinerario cultural” (estén dentro de las fronteras nacionales o atravesados por ellas) abren un nuevo escenario de gestión. Y en esa trama de redes múltiples e interactuantes, sin dar la espalda a los grandes ejemplos de la humanidad (los inventariados por UNESCO) y a los incluidos en nuestros listados de protección -que unos y otros seguirán siendo referentes principales-, correspondería prestar especial atención a la escala de los “patrimonios cercanos”, los más ligados al ciudadano común y a su escenario de vida.

El patrimonio como proyecto de futuro  

            Vimos como la noción histórica de patrimonio sumaba a partir del siglo XVIII un nuevo significado, y de qué forma ese nuevo significado ha sufrido primero una formidable expansión y luego una verdadera mutación, haciendo que ambas matrices se acerquen y tomen caminos convergentes. Hoy esos cambios abren una oportunidad no exenta de riesgos. Anotemos algunos: a) que lo patrimonial quede encerrado en una rutina técnico-burocrática; b) que se convierta en un escenario inabarcable en el que se diluye todo contenido concreto y operable; c) que quede subordinado a estrategias invasoras de sus contenidos específicos, provengan de planificaciones económicas, territoriales o urbanísticas, o d) que se reproduzca en un nuevo contexto político el vínculo entre lo patrimonial y un proyecto político-cultural hegemónico, donde la identidad se construya sesgadamente como factor de legitimación de ese proyecto.

            Pero sin desconocer esos riesgos -que no son menores- asumamos la oportunidad de que lo patrimonial se afiance como una herramienta para construir futuro, manejada y gestionadas en un marco de convivencia democrática, proceso para cuya existencia la educación será condición principal (“el patrimonio en manos jóvenes”  y “el patrimonio de los barrios”, he aquí dos programas de UNESCO alineados en ese camino). Construir y reconstruir ese relato patrimonial nos permitirá afirmar una identidad hoy deshilachada, fortalecer la trama de múltiples espacios donde se enlazan historia-cultura-patrimonio, integrarnos al mundo sin complejos y hacer aportes reales a un  crecimiento con equidad.


SIGUE EN PARTE (II) 


En el desarrollo de este tramo se han seguido en particular, criterios expuestos por Aloïs Riegl (El culto moderno a los monumentos, 1903); Francoise Choay (L´Allegorie du patrimonoine, 1992); Pierre Nora (Una noción de devenir, Correo de la UNESCO, setiembre 1997 y otras obras) y Llorenc Prats (Antropología y patrimonio, 1997). Textos anteriores del "blog" dan cuenta con mayor detalle de esos criterios -y de otros, de allí derivados-, resumidos en esta instancia como introducción al tema objeto del Seminario.




23.08.2008 15:11

II) El patrimonio como factor de desarrollo (que se supone “sustentable”)

           Desde el final de la guerra de Corea a la crisis del petróleo de 1973, los países industrializados vivieron dos décadas de crecimiento excepcional. “Crecimiento” fue palabra clave -en tiempos que fueron también de “guerra fría”-, y tuvo como uno de sus motores el turismo de masas, consecuencia a su vez de las condiciones de vida que esos “años gloriosos” iban gestando. En ese contexto, no era de extrañar que el patrimonio monumental pasara a engrosar la oferta turística como uno de sus recursos principales (ya los viajeros del “Grand Tour” tenían la “Descripción de Grecia” de Pausanias como guía de referencia, y en la segunda mitad del 800, los emprendimientos pioneros de Thomas Cook eran indisociables de las”guías rojas”, donde los monumentos - graficados y sumariamente historiados- pautaban el recorrido de los viajeros).

            Salvado el interregno de las guerras, en la década de los 60 se sucedieron varias instancias de promoción de ese vínculo, siendo en ese sentido particularmente significativa la Conferencia de Naciones Unidas sobre Viajes Internacionales y Turismo (Roma, 1963), donde se recomendó dar una alta prioridad dentro de los planes nacionales a las inversiones asignadas al sector, haciendo resaltar que "desde el punto de vista turístico, el patrimonio cultural, histórico y natural de las naciones, constituye un valor sustancialmente importante" por lo que urgía "la adopción de adecuadas medidas dirigidas a asegurar la conservación y protección de ese patrimonio".

            Esta mención está contenida en el texto de las Normas de Quito de 1967  (punto VII: “Los monumentos en función del turismo”), donde el desarrollismo promovido, ya por la CEPAL, ya por la “Alianza para el Progreso”, encontraban una muy precisa expresión en el plano del patrimonio cultural y su vínculo con el turismo. Vale citar al respecto: “... Partimos del supuesto de que los monumentos de interés arqueológico, histórico y artístico constituyen también recursos económicos al igual que las riquezas naturales del país. Consecuentemente, las medidas conducentes a su preservación y adecuada utilización no ya sólo guardan relación con los planes de desarrollo, sino que forman o deben formar parte de los mismos  (...) siendo la razón fundamental de la Reunión de Punta del Este el común propósito de dar un nuevo impulso al desarrollo del Continente, se está aceptando implícitamente que esos bienes del patrimonio cultural representan un valor económico y son susceptibles de erigirse en instrumentos del progreso (...) En suma, se trata de movilizar los esfuerzos nacionales en el sentido de procurar el mejor aprovechamiento de los recursos monumentales de que se disponga, como medio indirecto de favorecer el desarrollo económico del país”. 

           El voluntarismo optimista de la época daba por buena una espontánea convergencia de intereses y una ampliación democrática del goce de los bienes culturales. Así se dice: “...Que los intereses propiamente culturales y los de índole turística se conjugan en cuanto concierne a la debida preservación y utilización del patrimonio monumental y artístico de los pueblos de América (...) se trata de incorporar a un potencial económico, un valor actual; de poner en productividad una riqueza inexplotada mediante un proceso de revalorización que lejos de mermar su significación puramente histórica o artística, la acrecienta, pasándola del dominio exclusivo de minorías eruditas al conocimiento y disfrute de mayorías populares”.

Recorte de ilusiones en tiempos de cambio 

           La realidad, cabalgando además entre dos épocas, se encargaría de moderar esas expectativas. En el último cuarto del siglo, el “desarrollo”, que se veía como un proceso ilimitado, pasa a estar condicionado por un adjetivo -“sustentable”- que a partir de entonces ya no le abandonaría (quien pensaría en hacerlo a medida que la finitud de los recursos materiales no renovables y la afectación del medio ambiente se convertían en datos de la realidad cotidiana).

            Lo patrimonial, ya vimos, se expandía y transformaba, modificando tanto la extensión como el contenido del concepto. Sólo el turismo mantenía su perfil. Y tanto y tan bien lo hacía, que según las previsiones de su organización mundial, para el año 2020, 1.600 millones de viajeros -provenientes en su mayor parte de China- con un gasto de más de 2 billones de dólares, convertirán el rubro en la principal actividad económica del mundo (precio del petróleo mediante...).

           A todo esto, ya la experiencia mostraba que turismo y patrimonio podían entrar en colisión (valga la cueva clónica de Altamira como ejemplo del problema y de las soluciones ensayadas), o mantener una apariencia  saludable tras acordar un maridaje de conveniencias (a cada uno lo suyo, aun  cuando para mantener el status hubiera que maquillarse a gusto de la demanda...). En tanto el número de viajeros no dejaba de crecer, aunque involucrando apenas a un 5% de la población mundial. Ya no estábamos en los tiempos de la minorías  eruditas del Grand Tour, pero lejos todavía del conocimiento y disfrute de mayorías populares.

            De esas variaciones y asimetrías resultarían consecuencias bastante distantes de las previstas en los años 60, dando lugar a reflexiones y propuestas tendientes a reconstruir un equilibrio perdido (en realidad imaginado, pero nunca concretado). Tal el caso de la Declaración de Budapest, adoptada en ocasión de la XXVIª sesión del Comité del Patrimonio Mundial en junio de 2002, donde se dice: “...A fin de responder a los crecientes desafíos que enfrenta el patrimonio que compartimos, nos hemos propuesto (...) Promover que se asegure un equilibrio adecuado y equitativo entre conservación, sustentabilidad y desarrollo, a fin de que los bienes del Patrimonio Mundial, puedan ser protegidos a través de actividades adecuadas que contribuyan al desarrollo económico y social y a la calidad de vida de nuestras comunidades...”. ¿Empezamos a pisar ahora un terreno más sólido? 

Corrigiendo el rumbo, con resultados todavía problemáticos 

            La posibilidad de lograr “un equilibrio adecuado y equitativo” volverá a ser otra expresión de voluntarismo -como en los 60- en tanto lo patrimonial sea considerado no como parte específica del capital social de la comunidad, sino como un recurso manejable en los términos corrientes de una política de desarrollo -ahora preceptivamente “sustentable”-, y en particular, como insumo privilegiado de la industria turística.

            Convendría, creo, situar la cuestión sobre bases más firmes, poniendo en el centro de las alianzas la cuestión patrimonial, de modo que la integridad de su territorio no se vea comprometida por el avance de intereses, que aunque puedan presentarse como “políticamente correctos”, no resulten concordantes con los valores que justifican su existencia. Delimitar el territorio, implica explorarlo en el espacio y en el tiempo, en su materialidad y en su historicidad, dejando clara constancia de qué cosas son para nosotros -para las comunidades que asignan valor-, lugares de memoria, mojones de referencia de un proceso cultural que asume su pasado como parte indisociable de un proyecto de futuro.

            Implica un “relato” conductor, una valoración, una selección, un criterio de inserción de ese legado en nuevos contextos de uso. Implica “inventar” un futuro para ese pasado. Implica en fin, e inexorablemente, un plan de gestión, un reglamento de manejo del sitio, un sistema apropiado para su lectura y clara comprensión, y una estructura institucional y legal adecuada a su condición. De ese modo, ya definido el “mapa” del territorio patrimoniable, con su historia y memoria, con sus instituciones, con sus leyes y reglamentos, las políticas globales de desarrollo y las particulares de turismo (“cultural” en sentido amplio -que todo el turismo lo es-, o restringido), tendrían referencias precisas acerca de las fronteras que deberían respetar; no sólo en honor de la integridad del espacio patrimonial, sino por la propia sustentabilidad de esas políticas, para las cuales no habrá futuro si lo que tienen por insumo comienza a deteriorarse, a banalizarse, a convertirse en un lugar como tantos otros; a devaluarse en fin en un proceso de difícil retorno. Si eso ocurriera, los activos -materiales e inmateriales- se convertirían rápidamente en onerosos pasivos. Nada bueno para nadie...  

Patrimonio  / desarrollo: una ecuación con muchas incógnitas 

            La potencialidad de aporte del patrimonio cultural al producto global, ha quedado probado en múltiples ejemplos, y la principal incidencia del turismo en el éxito de esa ecuación es innegable. Paro los riesgos no son pocos y las afectaciones no deberían considerarse como daños colaterales de una estrategia centrada en el crecimiento económico.  Agreguemos a ello que la forma en que la rentabilidad de ese recurso, “antes inexplotado”, ha revertido sobre la comunidad -en su conjunto y en los grupos directamente involucrados- no es fácil de cuantificar ni se aprecia tan claramente, y que es apenas una hipótesis de trabajo suponer que los nuevos contextos de uso y gestión hayan ayudado a generar un fortalecimiento del sentido de identidad y pertenencia en los residentes, o a motivar el crecimiento vital en los visitantes, haciendo del lugar de encuentro, ese escenario de “diversidades dialogantes” que invoca la última Convención de UNESCO (tal vez esté más cerca de la realidad aquello de que “el turista sólo viaja para confirmar sus prejuicios”...).      

SIGUE EN PARTE (III)                         


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