acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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10.03.2011 15:33 / MIS IMAGENES

 

 

 

En la edición del 13 de abril de 1958, la tapa del suplemento dominical del diario El Día lucía una fotografía de Juan Caruso, con un primer plano de la estatua ecuestre del Colleoni, que pocas semanas antes había encontrado un lugar en la ciudad -seguramente no el mejor…-, después de años de incertidumbre. El texto al pie sugería que tampoco al duro condottiero le gustaba mucho. Transcribo con énfasis agregado:

 

“Ha quedado definitivamente instalada, frente al edificio de la Facultad de Arquitectura y sobre un cantero del Bulevar Artigas. La famosa estatua ecuestre de Colleoni, parece dirigir su fiero mirar desafiante a la casa de estudios, que también tiene a su frente otro monumento de la Antigüedad: la columna romana del siglo II, extraída de las ruinas de Djemilla, época del emperador Septimio Severo”

 

Han pasado más de cincuenta años, pero las cosas no parecen haber cambiado mucho. La imagen de portada (febrero 2011), nos muestra a un Colleoni furioso, tratando de deshacerse del colgajo que desde hace meses le ha llegado desde la Facultad. Al principio -hace varios meses- fue parte de la campaña mediática de AFUR-Arquitectura en pos de sus reivindicaciones presupuestales. Aprobado el presupuesto, pasó a ser sólo un trapo. Cartel o trapo ¿qué hace allí?. Desde la Intendencia o desde la Facultad ¿no habrá quien acerque una escalera y deje tranquilos en sus tumbas a los que una vez pensaron que estaban aportando a Montevideo un referente del arte universal, para mejor disfrute de sus habitantes?

 




22.02.2011 12:31 / MIS ARTICULOS

 

 

GATTAMELATTA, COLLEONI Y EL DAVID EN MONTEVIDEO

Parte I: Introducción

 

Erasmo de Narni (“Gattamelata”) y Bartolomeo de Bérgamo (il “Colleoni”) fueron guerreros exitosos en tiempos en que la lucha entre ciudades-estados (Roma, Florencia, Venecia, Milán), daba lustre a capitanes por contrato, hoy combatiendo bajo una bandera, mañana por otra… Por grandes que fueran sus hazañas bélicas, es poco probable que sus nombres hubieran trascendido más allá de los libros de historia, de no mediar el hecho de que la gloria por la que también luchaban -esa posibilidad de ocupar un lugar en la memoria del futuro- pudo inspirar dos obras muy excepcionales; dos monumentos ecuestres todavía hoy existentes en el mismo lugar en que se levantaron originalmente: uno en Padua (el Gattamelata terminado por Donatello en 1453), otro en Venecia (el Colleoni del Verrocchio, hacia 1488).

 

Más de trece siglos separaban esas obras de la que fue su referente, el bronce erigido en honor de Marco Aurelio hacia el año 176 D.C. en Roma. Donatello y Verrocchio admiraban el legado del pasado lejano, aprendían la lección e intentaban hacer aún mejor las cosas. Apenas iniciado el cinquecento, con la talla del David en un bloque de mármol abandonado, el joven Buonarroti daba cumplida cuenta de esa intención y sumaba otro paradigma a ese tiempo de forja de la cultura de Occidente.

 

El Uruguay -todavía alta su autoestima-, se sentía muy a gusto en ese nicho cultural y toda vez que podían, sus actores principales trataban de hacer explícita esa filiación, por lo que no es de extrañar que  tres de las mayores obras del Renacimiento -el Gattamelata de Padua, el Colleoni de Venecia y el David de Florencia- llegaran a encontrarse en Montevideo. Las tres mediante muy fieles y excepcionales copias en bronce, procesadas en Florencia en  la histórica “Fondería Artística” de Ferdinando Marinelli, a la que también se había confiado, en 1929, “La carreta de los pioneros” de nuestro Belloni (no todo era trasculturación asumida…). El David fue el primero en llegar, hacia 1931; los condottieri lo harían años después (en las décadas del 50 y 60), y aunque en todos los casos fue la autoridad municipal la que promovió el traslado, a ninguna le sería fácil encontrar un lugar acogedor en la ciudad.

 

El David fue el que tuvo mejor suerte. Omitida la imagen de Goliat -y la circuncisión del rey hebreo-, la talla de Miguel Angel asumía una significación más allá de la anécdota, más allá de las circunstancias en que fue concebida y concretada. Hay allí una afirmación humanista todavía impactante, que alienta un diálogo de la obra con la ciudad y su gente (así fue en su tiempo y así sigue siendo). La réplica montevideana encontraría finalmente un escenario en correspondencia con esa vocación, y -salvadas las distancias- también con la significación urbana que tuvo originalmente en Florencia.

 

No pasó lo mismo con los condottieri; aquí la particular condición de los protagonistas sigue asociada a cada obra de modo tal que es casi imposible dejar de verlas como “monumentos conmemorativos”. Grandes obras de arte, sin duda; pero el general Gattamelatta y el Colleoni -ellos y sus circunstancias- todavía están allí, y eso ha hecho difícil su empatía con lugares caracterizados de la ciudad. Aunque hoy, subidos a altos pedestales en avenidas principales, han logrado un cierto sosiego (a riesgo -me consta- de ser confundidos con héroes de la patria…). Vale acercarnos a las peripecias montevideanas de estos tres bronces monumentales. (1)

 

Notas:

(1) Un estudio detallado sobre estos temas puede verse en el artículo del Dr. Rodrigo Gutiérrez Viñuales “Baroffio y la estatuaria pública. Apuntes históricos, implicaciones urbanísticas y debates estéticos”. En EUGENIO BAROFFIO Gestión urbana y arquitectónica 1906-1956. Edit. CEDODAL-Farq. Montevideo. 2010. págs. 89 a 102.

 

 

GATTAMELATTA,COLLEONI Y EL DAVID EN MONTEVIDEO

Parte II:  EL DAVID

 

Terminaba la segunda década del siglo XX y Montevideo seguía sin resolver “cuestiones de urbanización” que el arquitecto Silvio Geranio analiza en un artículo que con ese título publica en la revista de la Sociedad de Arquitectos (2). En ese momento, la calle Sierra (hoy Fernández Crespo) sólo llegaba hasta Colonia -a una cuadra de 18 de Julio-, y tanto Jackson como Rivera se vinculaban con la avenida principal por un callejón de ocho metros de ancho conocido como “Falsa Rivera”. Geranio proponía las soluciones que tardarían años en implementarse, incluyendo en el caso del impresentable callejón, la expropiación y demolición de la faja de edificación del lado noreste, allí donde estaba (y está todavía …) el bar Saroldi. 

 

En correspondencia con esa intención -entonces asumida por la autoridad municipal- en 1929 el arquitecto José Mazzara tomó a su cargo la remodelación de la estrecha esquina formada por Jackson, Rivera y Arenal Grande, incorporando en ese punto un ejemplo típico de los criterios de “embellecimiento urbano” promovidos por Camilo Sitte. Como por arte de magia, medianeras ciegas de viviendas contiguas a un área expropiada y demolida, se transformaron en escenario propicio para enmarcar una obra de arte. Y como el David lo era en rango superlativo, allí fue a parar sin más trámite.

 

Pero la estadía no le fue fácil. Las críticas llegaron desde la Academia y desde el barrio (en este caso, acompañadas de “intervenciones” poco sutiles), pero aunque esas expresiones tuvieron fuerte eco en la prensa, llegando a analizarse en el Concejo Departamental otros destinos (3), ese curioso paisaje urbano se mantuvo sin variantes hasta abril de 1958, cuando por fin pudo concretarse el traslado del bronce monumental a la explanada de la Intendencia (el lugar que Mauricio Cravotto siempre había imaginado). El David quedó allí “como nacido”, mientras el Colleoni, desde 1951 y hasta entonces “ocupante precario” de ese espacio, dejaba las luces del Centro y se instalaba en el cantero de Bulevar Artigas, frente al acceso de la Facultad de Arquitectura. No fue tampoco un viaje fácil.

 

Notas:

(2) Silvio Geranio. “Cuestiones de urbanización”. Revista Arquitectura. Número XXX marzo-abril de 1919. págs. 29 a 32

(3) Dr. Rodrigo Gutiérrez Viñuales. Op. Cit. Págs. 98-99

Continúa en http://blogs.montevideo.com.uy/blognoticia_43656_1.html

IMAGEN DE PORTADA: El David en la "Fondería Marinelli", antes de su embarque para Montevideo (foto de catálogo de la empresa)




22.02.2011 12:19 / MIS ARTICULOS

GATTAMELATTA, COLLEONI Y EL DAVID EN MONTEVIDEO

Parte III:  EL COLLEONI 

Cuando en 1951 el Concejo Departamental tuvo que decidir el lugar de ubicación de la estatua que poco tiempo atrás había encargado a la “Fondería Artística” del  florentino Marinelli, tomó una sabia decisión, nombrando una comisión asesora que integraron los arquitectos Eugenio Baroffio, Juan Scasso y Américo Ricaldoni. (4). En octubre de ese mismo año, la Intendencia -presidida por Germán Barbato-, quedó habilitada “para disponer el emplazamiento provisorio de la estatua ecuestre del Colleoni, copia de la obra realizada por el escultor Andrea del Verrocchio, en la explanada norte del Palacio Municipal” (5). Lo de “provisorio” tenía que ver con la intención de los miembros de la comisión de exponer la obra al público, abriendo un tiempo de reflexión y alentando propuestas de posibles escenarios para su ubicación definitiva.

Ese “tiempo de reflexión” fue bastante extenso, ya que el informe de la comisión recién se presentó el 14 de marzo de 1955, pero los objetivos que habían llevado a la administración municipal a impulsar el emprendimiento estaban claros desde el inicio del proceso: “servir a la cultura general del pueblo y de enseñanza a los estudiosos del arte”, en tanto “esa copia como la del David de Miguel Ángel son dos obras que constituyen afirmaciones artísticas de un valor singular en el ornato de la ciudad, por lo que ellas significan en la historia del arte universal y por cuanto pueden influir en la educación estética del público, familiarizándolo con las expresiones plásticas de valor perdurable a través de los siglos por sus méritos esenciales”. En cuanto a la ubicación, los miembros de la comisión, fueron decantando sus opiniones, divididas al final en dos opciones: a) el espacio comprendido entre la Biblioteca Nacional y la Facultad de Derecho; y b) el espacio libre del Parque Rodó frente al Museo Nacional de Bellas Artes (hoy, de Artes Visuales), lugar que Baroffio, en solitario, defendía con argumentos que hoy siguen pareciendo convincentes.

El Concejo Departamental, apenas dos semanas después de recibido el informe, da por buena la opinión de dos de los tres miembros de la comisión asesora, resolviendo “que el emplazamiento de la copia de la obra de arte referida, será la explanada que se creará con la supresión de la calle Tristán Narvaja al tránsito vehicular, en la cuadra entre 18 de Julio y Guayabos.”(6) Ya en 1937 la Intendencia había resuelto crear esa plaza entre la Universidad y la Biblioteca Nacional, en línea con la propuesta que sobre el lugar había hecho Mauricio Cravotto. Ahora se retomaba esa idea, en el contexto de la resolución antes citada.

Todo parecía encaminado, aunque la imagen de un condottiero en medio de dos “templos” intelectuales debe haber generado más de una preocupación, causa probable de que en junio de 1955 se formara una segunda comisión asesora, que en setiembre de ese mismo año “indica dos nuevos lugares que serían apropiados para emplazar dicha obra de arte: la calle Durazno, en su encuentro con Bulevar España, y la Plazuela marginada por las calles Ellauri, Massini y Luis Lamas”. Y como si eso fuera poco, dos años después, el Departamento de Planeamiento y Contralor de la IMM retoma el estudio de los antecedentes y dispone que se tengan en cuenta otros posibles emplazamientos: “frente a la Escuela Militar, frente a la Facultad de Ingeniería o frente a la Facultad de Arquitectura”, concluyendo el expediente con la resolución de fecha 2 de julio de 1957, por la cual el Ejecutivo Comunal establece “que la ubicación del mismo se efectuará frente a la Facultad de Arquitectura en el cantero central del Bulevar Artigas”. Tal vez se supuso que allí el Colleoni encontraría un entorno más adecuado para su valoración artística (o con malos pensamientos, que cerca de arquitectos, la imagen de un mercenario exitoso molestaría menos...).

Los argumentos manejados por la primera comisión asesora habían quedado por el camino, y sin que nadie se propusiera convencer a nadie, la resolución quedó cumplida el 17 de marzo de 1958. El Colleoni abandonó la explanada de la Intendencia, y al mes siguiente, sin dar pelea, el David ocupaba su lugar…Pero no termina ahí la historia, porque en 1972, la Junta Departamental de Montevideo decidió “Autorizar a la IMM para emplazar la estatua “Colleoni” en el espacio libre existente en el encuentro del Br. Artigas y la Avda. 8 de Octubre frente al Hospital Italiano” (7). Una resolución no cumplida y ya olvidada, que de haberse concretado hubiera agregado una marca difícil de superar al colosal caos del lugar, pero que vale como referencia del destino errático de los condottieri en la ciudad 

Notas:

(4) Resolución  N° 4535 de fecha 31 de julio de 1951

(5) Decreto N° 7849 del 11 de octubre de 1951 y Resolución de la IMM de fecha  15 de octubre del mismo año.

(6) Resolución  N° 726 del 29 de marzo de 1955

(7) Decreto N° 15.569 11 de abril de 1972 y Resolución N° 2455 de fecha 8 de mayo de 1972

 GATTAMELATTA, COLLEONI Y EL DAVID EN MONTEVIDEO

Parte IV:  EL GATTAMELATTA

No duró mucho el David sin tener a la vista un guerrero bien armado y bien montado, porque siguiendo probablemente igual intención de exposición didáctica que había llevado allí al Colleoni, en el correr del año 1963 la copia del Gattamelata de Donatello -también encargada a Marinelli- ocupaba su lugar en la explanada de la Intendencia. No había mucha convicción en esa decisión, porque pasado un tiempo, el Gattamelata sufrió la humillación de quedar encerrado en los depósitos municipales.

En 1972, al tiempo que resolvía llevar al Colleoni cerca de “la Loba”, la Junta Departamental de Montevideo, compensando ese desatino con una decisión atendible, autorizaba a la Intendencia a emplazar la obra de Donatello “en el espacio enjardinado que sirve de acceso al Museo Nacional de Bellas Artes” (8). Pero luego, jerarcas imaginativos resolvieron su instalación a modo de ordenador urbano en el nudo circulatorio en que convergen sobre avenida Italia, Larrañaga y Garibaldi (lo de “Italia” y “Garibaldi” aportaban “lo contextual”…). Y allí está hoy, bien lejos de la escala que da al original su emplazamiento en Padua, haciendo aquí las veces de “monumento rememorativo”, por supuesto que falso. Pero será difícil -como al Colleoni- bajarlo de su pedestal para llevarlo a un lugar más adecuado. Máxime cuando el paso de los años ha convertido a estos dos caballeros en notorios referentes urbanos. Pero no perdamos las esperanzas.

COLOFON

Un imaginario universalista –pero anclado en las culturas del Mediterráneo-  alentó sucesivas iniciativas de incorporar al escenario de la que una vez quiso ser “ciudad modelo de un país modelo”, una constelación de obras mayores de la estatuaria renacentista. Hubo allí una intención explícita de promover una “educación por el arte” y de aportar al ornato público las referencias clasicistas que durante las tres primeras décadas del siglo XX estaban en correspondencia con la visión de quienes pensaban y construían la ciudad.

Hubo también otra vertiente, menos explícita pero no menos real: apelar a “los valores universales” permitía soslayar las fracturas políticas o la problemática “construcción del pasado”, confiando en el peso de una tradición ajena y distante, bien consolidada como referente cultural prestigioso. Y todo en el marco de una cierta desmesura (valga la sede central de Banco de la República como ejemplo).Tanto la llegada del David como la de los condottieri, se dieron en tiempos de transición entre una etapa “avancista” y otra de crisis económica y política (aquel al inicio de la década del treinta, estos, a partir de los años cincuenta). Sabiendo lo que seguiría, es probable que las decisiones hubieran sido menos ambiciosas, pero su resultado es hoy parte de nuestro capital social. Deberíamos tratarlo con el mayor cuidado.

NOTAS: 

(8) Incluido en Decreto N° 15.569 11 de abril de 1972 y Resolución N° 2455 de fecha 8 de mayo de 1972

IMAGEN DE PORTADA: el Colleoni en Florencia, antes de su embarque para Montevideo (foto de catálogo de la Fondería Artística de Ferdinando Marinelli


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