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17.09.2014 15:36
Sin Mirar Atras


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Como cada día que pasa te das cuenta que cambias, que ya no eres el mismo y que en tu vida ya no sentido. Ya no hay nada que hacer, nada te hace feliz y nada te hace encontrarte contigo mismo. Simplemente hay días que son así pero para otros se vuelve un estilo de vida.

El llegar a mi salón de clases me parecía lo más normal del mundo, ya estando unos meses en la universidad me había hecho cambiar mi forma de ver las cosas, de ver a mis compañeros, de ver a mis amigos, incluso de la comida. Todo era más lindo desde que entre a la universidad. Bueno quizás no todo.

En una clase de la universidad, me perdí… decidí perderme en mis memorias, encontrar ese algo que tenía perdido.

Me vuelvo a presentar, me llamo Eduardo, David Eduardo para ser más exactos, actualmente tengo 20 años pero no siempre fue así. Durante mucho tiempo fui el niño lindo cachetón, muchos años de ser el pequeño bebe de mi casa, la cual ciertamente es humilde, en una colonia vieja de mi ciudad natal. Siempre mis padres trataron de darme todo lo que pudieron y tuvieran a la mano para poder ayudarme, quizás el dinero no sobraba pero si el amor y el cariño que recibía por parte de mi familia.

Mis fugaces años de primaria fueron como todo niño normal, odiando a las niñas, jugando en la calle todos los días, ensuciarse y disfrutar de esos años tan hermosos que la vida nos regala, sin tener en cuenta lo que sucedía fuera de nuestras cabezas, puesto que en ese momento nuestro mundo éramos nosotros y de solo nosotros.

La secundaria, como toda historia trillada de aquí, es cuando las hormonas se revuelven, se descontrolan y es cuando encontramos nuestro punto de quiebre. Así me gusta llamar al momento cuando descubrimos que es lo que nos interesa, no solo sexualmente o amorosamente, sino también donde nuestros gustos y necesidades salen a la luz, nos intentamos volver independientes e intentamos ser, con mucho ahínco, los adultos que aún no debemos de ser. Y pues así paso, pero para mí fue algo extraño, nació un sentimiento.

Mi clase de secundaria era una clase normal de una escuela clase media, había de todo en la clase, el típico grupo de telenovela, con sus despampanantes jovencitas (en ese entonces), el grupo de los caballeros burlescos e incluso el grupito de los estudiosos, y claro, como podía olvidar al grupo de los raritos. Así los nombrábamos todos, y no por ser diferentes, porque somos iguales dentro de nosotros, pero sus gustos eran diferentes, música, películas, juegos, diversiones, platicas, casi hasta parecía que hablaban un idioma diferente. Pero había un chico en especial, un chico diferente, muy diferente. Kevin.

Poco a poco uno se da cuenta de las cosas que suceden dentro nuestro, pues tarde mucho en descubrirlo. Mi amigo se estaba convirtiendo en mi crush y no podía hacer nada para evitarlo, aun cuando yo lo negara completamente. Mirar esos ojos miel cuando hablaba conmigo me parecía una de las mejores cosas de mi dia, y era mi misión subconsciente que esos momentos fueran aumentando.

Cada que me encontraba con Kevin mis ojos se iluminaban de un color diferente, se volvían vivos y tiernos, cuando mi miraba era más tornada a una fría indiferencia, claro eso fue hasta que me dijeron sobre ambas cosas. Mirarlo se estaba volviendo mi deporte favorito, pasar tiempo con él se convirtió en mi droga y en mi obsesión, sin pedirlo ni desearlo. Así es como llega el amor, entrando de la manera más brusca y destructiva a nuestra persona, dejándonos vulnerables. Poco a poco me iba desnudando mi personalidad hacia él y el hacia mí.

Las pláticas se volvían continuas y largas, largas horas disfrutando de su compañía, hablábamos de lo que sea de que sucedía en el día, el nuevo videojuego que salió, de las compañeras que ciertamente estaban buenas para nosotros (al menos eso externábamos) y poco a poco nuestras platicas se volvieron profundas. Tan profundas que ni siquiera yo me lo esperaba y me cayó como balde de agua fría.

Me dijo muy seriamente un día conversando normalmente, cambiando totalmente su semblante a uno frio y calculador – Oye, nunca me has dicho quién te gusta, siempre he tenido la curiosidad de saberlo –

-¿Es necesario que te lo diga?- dije yo extrañado ante tal pregunta, pues nunca nos había interesado hablar de eso fuera de las conversaciones de quien estaba más buena en el salón.

-Es una duda que me nace de lo más profundo de mi, y me gustaría que me contestaras- me dijo Kevin volviendo su mirada a la misma de siempre, a la tierna y esperanzada mirada de siempre.

-La verdad no me gusta nadie- dije yo sin siquiera mirarlo, por miedo a que viera algo en mi mirada que me delatara.

En ese momento sentí como algo dentro de los dos se había roto, yo por mentirle y el por la mentira. Volteo a verlo y tenía unos ojos llorosos, grandes como lagunas y un hilo de desesperanza se notó en el. Y en mí también. No podía hablar, nos quedamos mirándonos fijamente por un momento, que realmente fue corto, pero para mi fue eterno. Esa conexión se perdió cuando simplemente se levantó de la banca que compartíamos y se fue, sin decir nada más y sin mirar atrás.

Me intente levantar pero mi cuerpo no respondía, no me dejaba moverme, me sentía petrificado ante tal gesto tan triste y a la vez tan informativo, necesitaba pensar, necesitaba saber que me estaba sucediendo, porque le había mentido en algo que ambos notamos cual era la verdad pero no tuve la fuerza para aceptarlo. Estaba destruyendo lo más hermoso que me había sucedido en mi corta vida por la simple invasión del miedo de aceptar a alguien que quiere casi como a ti mismo, o quizás más…

Junte todas las fuerzas que tenía y me levante para buscarlo, tenía que decirle la verdad, aunque me doliera, aunque quizás el gesto de levantarse fue simplemente que ya se iba y no quería decir nada más, pero sus ojos decían muchas cosas y una de esas cosas me tenía a mi como invitado estrella. Corrí lo más rápido que pude, como si mi corazón estuviera disfrutando esa liberación del peso, del peso que le iba a retirar en un momento, del peso de meses de sentir y no aceptar. El peso del auto-rechazo.

Pasados unos 20 minutos de estar corriendo sin parar, me detuve, no podía seguir corriendo porque estaba corriendo sin rumbo, sin ningún destino. No sabía a donde había ido y solamente estaba corriendo por donde el viento me guiaba. Estaba cansado, pero de pronto, todo se vino abajo. Sentí que ya lo había perdido para siempre y que simplemente lo olvidara por completo, ya lo había hecho, ya no había vuelta atrás.

Me solté a llorar, ya que era lo único que me quedaba. No podía reír pero si llorar. Me empezó a recriminar del porque no lo había hecho bien, porque me había negado a mí mismo y lo que yo sentía, que él era mi necesidad y que no sabía si iba a poder vivir sin su mirada que me calienta todas las mañanas. Lo estaba diciendo, fuera de la escuela donde todos me estaban mirando y yo sin siquiera tener idea de la presencia de los demás, seguí llorando.

De pronto, sin hacer ningún ruido y de la manera más tierna del mundo, alguien me beso… fue un beso tierno y que calentaba mi cuerpo con el contacto con los labios, puesto que estaba frio y un torrente recorrió todo mi cuerpo. Solo me deje llevar por el momento, ya que no tenía nada que perder y dije a mi mismo, mucho que ganar, no importa quién sería me estaba dando el respiro que necesitaba para sentirme otra vez como yo. Sentí como unos brazos me rodeaban y me seguían dando calor y confianza, pero aun así no me atrevía a mirar ya que no sabía que esperar. Sus manos llegaron hasta mi cabeza y tomo mi cabello de una forma que nunca iba a olvidar, que me hacía vibrar cada vez que lo hacía pero me daba miedo aceptarlo.

Sabía que era el, solo él hacia ese gesto de la misma manera.

Mi pulso se aceleraba y el beso se prolongaba más y más en un mar de emociones y de hormonas en revolución y se multiplico el efecto cuando abro los ojos y veo esas lagunas de pasión desenfrenada del chico que le acababa de romper el corazón. No sabía cuánto había escuchado de lo que dije, pero creo que fue todo por el tipo de reacción que tuvo para hacer eso.

Nos separamos y sonreímos de la misma manera de siempre, pero algo había cambiado, el brillo de nuestros ojos era diferente. De ese momento en adelante dimos un título a lo que éramos él y yo, al conjunto de cosas que pasaron y pasaran: Sin Mirar Atrás. Sin importar nada. Solo disfrutemos el momento y lo que viene. No éramos novios ni éramos amigos, éramos algo más.