acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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28.09.2013 16:03 / MIS ARTICULOS

PEÑAROL, NACIDO EN PEÑAROL (*)

      Todavía estas tierras eran parte del Virreinato del Perú cuando el piamontés Juan Bautista Crosa llegó desde su Pinerolo natal (bastión estratégico disputado entre Francia y los reinos de Italia) a otra plaza fuerte de frontera que no había terminado de levantar sus murallas. No quiso Crosa vivir dentro de ellas, afincándose al norte del Miguelete y de las chacras que Millán repartiera en el verano de 1730. En esas tierras bravas abrió pulpería -hacia 1776- y allí se radicarían sus hijos y nietos, todos ellos portadores de la memoria del lejano “pago de los ancestros: Pinerolo, Pignerol, Peñarol, fundiéndose con el apellido paterno y dando al lugar el valor agregado de ser referencia toponímica por todos aceptada (aunque no tuviera aún ninguna de las connotaciones hoy indisociables: el ferrocarril y el fútbol)

        Cuando en el entorno de 1890 la Central Uruguay Railway -compañía de capital británico que dominaba el transporte ferroviario- decidió llevar allí el centro logístico de un sistema en expansión, sobre la traza de las viejas quintas apenas hollada por las primeras vías tendidas 20 años atrás, surgió un paisaje industrial que los ingleses vieron como embrión de una "Nueva Manchester". Y así quisieron nombrarlo, pero sin éxito, porque el Peñarol de los Crosa habría de persistir, ahora con aires "carboneros".

            En ese ambiente nació el C.U.R.C.C.-Peñarol, con los colores oro y negro que propuso el inglés Roland Moor y que ya eran parte del recién nacido paisaje industrial, con su cancha calle por medio de los talleres. Con el paso de los años se fue perdiendo memoria del predio fundacional en el que John Harley dictó cátedra (y donde José Piendibene aprendió la lección). Y también del "C.A. Roland Moor" de los años veinte, donde empezó a jugar José Nasazzi, vecino del barrio (que es de todos…) Pero aunque muchas cosas han cambiado, el núcleo duro de ese paisaje se ha mantenido hasta nuestros días, y ya con retazos de historia grabados en sus veredas, todo apunta a proyectar su rico patrimonio hacia un mejor futuro. Renacerá el Centro Artesano y su teatro; también "La Primavera" -mojón referencial- y haciendo revivir aquella lejana simbiosis de fútbol y trabajo, tal vez otros Harley y otros Piendibene volverán a cruzar las vías y recorrer sus calles. Y el monolito con el medallón de Pena no estará tan solo.

           Ahora Enrique Benech nos convoca, armando un relato riguroso y sugerente, sumándose a otros aportes valiosos que se han sucedido a lo largo de los años y agregando investigaciones de su cosecha que han salvado de la desmemoria tramos importantes de la historia de Peñarol y su barrio. En particular, al leer la referencia a don Carlos Balsán, vuelven a mi memoria las encendidas arengas que escuchaba de niño en la radio de mi casa, y más cerca en el tiempo, las ruedas de amigos donde aquella “religión laica” era alimentada por respetables señores que decían haber sido testigos del gol del “maestro” al “divino” Zamora. Y al recordar ese pasado intransferible, veo una pequeña parcela de la historia de un pueblo “carbonero” feliz de su identidad. ¡Bien por el libro! 

(*) Nota incluida en epílogo del libro de Enrique Benech sobre la etapa amateur de Peñarol (1891-1931)



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