acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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30.07.2007 15:52 / MIS ARTICULOS

EL PALACIO LEGISLATIVO (VI)


     

(VI) ¿ PATRIMONIO REAL ... O PRESENTE GRIEGO ?

            El programa de construir la sede de un parlamento democrático era en todo sentido “moderno”, siendo Jefferson el primer involucrado en proponer una solución funcionalmente adecuada, y por sobre todo, cargada de un simbolismo que no dejara duda de que aquella sede de los representantes de la nación era un centro de poder político tan notorio como lo habían sido otros en el pasado. Cuando sus conciudadanos de Virginia le encomendaron el proyecto de su sede legislativa, Jefferson se limitó a enviar un detallado relevamiento del templo romano de Nimes; aquéllos tomaron buena cuenta del mensaje y el frontón clásico con su plataforma elevada fue el motivo dominante en la fachada del primer Capitolio erigido en la Confederación.  Visto ese ejemplo y en correspondencia con el espíritu neoclásico que la Ilustración había impulsado, cuando hubo que construir la sede legislativa en Washington no habría dudas en cuanto a la rigurosa simetría de la planta y la resolución del acceso monumental, pero habría que integrar además dos referencias prestigiosas: la columnata del Louvre y la cúpula de la catedral de San Pablo.  Hacia 1830, apenas concluida su reconstrucción tras la toma de la ciudad por los ingleses, el Capitolio de Washington era ya un “tipo” exitoso y perfectamente generalizable (1).    

        Con el avance del siglo, las cosas se complicaron. El eclecticismo se hizo dominante y el repertorio formal de los arquitectos -que no de los ingenieros- se puso en sintonía con los gustos ampulosos de la época, decantando hacia el 900 en un estilo que encontraba en el ya citado “Petit Palais” de París una imagen icónica. La misma veta ecléctica -pero en clave historicista- había generado décadas atrás ejemplos alejados de esa pompa; tal el caso del parlamento de Londres -resultado del trabajo de un arquitecto de formación clásica manejando un lenguaje de referencias góticas-; y también del parlamento de Viena, donde la inspiración en la arquitectura griega daba al conjunto un perfil probablemente más en sintonía con los ideales democráticos que los rebuscados planteos académicos. El ejemplo inglés quedaría confinado en la isla; el neo-griego viajaría más lejos...

           A todo ello se sumaba el auge de una sensibilidad desafiante, que se expresaba preferentemente en obras de arquitectura y artes aplicadas, y que tenía en el entorno del 900 varias vertientes en pleno desarrollo (Art Nouveau, Liberty u otras formas de “modernismo” con fuerte predicamento en Bruselas, Nancy, Barcelona, Munich, Darmstadt, Glasgow y otras “provincias rebeldes”). Pues bien, dejando aparte el caso particular del parlamento inglés, ese escenario tumultuoso se hizo presente en el concurso del Palacio Legislativo, complicando la vida a los miembros del Jurado…  Ese proceso tuvo según vimos, un curso sinuoso y un resultado que no colmaba las expectativas de quienes deseaban ver un “Palacio” capaz de impactar a los extranjeros que nos visitaban (así lo plantearía años después “El Día” en su polémica con Figari), llegándose a un punto en el cual -avanzada ya la obra-  se resolvió dotarla del brillo monumental que suponían connatural a ese tipo de programas. 

DE VITTORIO MEANO A GAETANO MORETTI  

         Es poco probable que Meano hubiera desarrollado estudios formales de arquitectura. Se sabe que obtuvo en Pignerolo -en la tierra piamontesa de los Crosa-Peñarol, próxima a Turín- el título de “geómetra”, una especie de constructor avanzado, con un dominio de la disciplina arquitectónica que no llegaba a la de un académico…pero que no le debía mucho. A los 24 años se afinca en Buenos Aires, trabajando con su compatriota Francesco Tamburini, y a la muerte de éste, hereda la responsabilidad de elaborar los recaudos definitivos y la dirección de las obras del teatro Colón. Gana luego el concurso del Congreso y no llegará a saber que también se le adjudicó el proyecto de nuestro Palacio Legislativo (2). Si el Congreso puede valorase alto por su inserción urbana y a la vez, justificar las críticas al ordenamiento abigarrado y pomposo de sus fachadas, no es menos elocuente el rigor funcional y la moderación formal del teatro Colón -una obra mayor, que en su tiempo levantó duras críticas por carecer de la apariencia “grandiosa” que Garnier había consagrado en su Opera de París-, tanto como la sencillez de cuño neoclásico de la solución adoptada, cierto que a regañadientes, para el proyecto montevideano. Un proyecto en todo sentido estimable…que Jefferson hubiera aprobado.   

                 El perfil de Moretti era muy diferente. Sucesor de Camilo Boito en la Academia  de Milán, siendo superintendente de Monumentos para la Lombardía y el Véneto, tuvo a su cargo las obras de reconstrucción del Campanile de la Plaza San Marcos -colapsado en julio de 1902-; construyó la central eléctrica de Trezzo sull´Adda, una obra pionera del “Liberty” italiano que le valiera justa fama; fue responsable del proyecto y construcción del pabellón italiano en la exposición del Centenario en Buenos Aires y ganó -junto con el escultor Brizzolara-, el concurso internacional convocado para realizar un nuevo monumento conmemorativo de la Revolución de Mayo (luego no concretado...tal vez con suerte para la imagen de Moretti y sin duda para la pirámide a la que iba a sustituir). Con prestigio comparable a cualquiera de los arquitectos famosos de nuestro tiempo, Moretti agregó a sus méritos el desarrollo de una particular empatía con el trabajo que se le encomendaba, dedicándose con el mayor empeño a reproyectar la obra de Meano -ya reelaborada por Vázquez Varela y Banchini-, a pesar que sus comitentes esperaban de él sólo el despliegue ostentoso de un buen “decorador” (y tal vez por este desfasaje entre expectativas y tareas reales, nunca pudo cobrar el total de los honorarios pactados…). 

              Cambiando revoques por mármoles y granitos, resolviendo algunas cuestiones puntuales -caso de las rampas de acceso- y agregando “estatuitas, jarrones y perendengues” a la moda, Moretti hubiera cumplido sin mayor esfuerzo con el encargo. Pero asumió a pleno el compromiso de lograr una obra cuya unidad y calidad arquitectónica pudiera ser valorada sin que la afectara el sinuoso proceso de su creación. En rigor, ninguno de los actores de ese proceso, empezando de cero y contando con iguales condiciones de realización, hubiera llegado al resultado que cada uno dio en su momento por bueno. Pero el trabajo final mostró que Moretti se planteó un objetivo pertinente y que ese objetivo se concretó de modo tal que bien pudo decir Jones Brown: “la mariposa es mucho mejor de lo que podía esperarse de la crisálida”

EN 1914, UN JUICIO DE AMPLIO CONSENSO 

                  ¿Fue esa la opinión del público, de la prensa y de los arquitectos, cuando en la segunda quincena de enero de 1914 pudieron observar los recaudos presentados por Moretti? (y ello después de un penoso ascenso al nivel más alto del edificio en construcción, allí donde formidables acuarelas y una gran maqueta de yeso compensaban el esfuerzo). Una primera respuesta aparece en “El Siglo”; el viernes 16 publicaba una fotografía del acto inaugural realizado el día anterior, acompañada de un breve artículo (LA DECORACIÓN DEL PALACIO LEGISLATIVO / Los proyectos del arquitecto Moretti) donde daba cuenta más del nivel de las expectativas que de la valoración de las propuestas. En la edición del día siguiente el enfoque toma otro giro; una extensa reseña domina la primera página y su título (LA OBRA DE UN GRAN ARTISTA) apenas refleja el sostenido elogio que en él se consigna “al insigne arquitecto …ya mundialmente consagrado”  y a cada uno de los aspectos relevantes de una propuesta de alto impacto.  

           “El Día”, en tanto, publica en sus ediciones del 23, 27 y 31 de enero las opiniones de reputados arquitectos de nuestro medio. Allí exponen sus visiones críticas Baroffio, Aubriot, Campos, Jones Brown, Geranio y Veltroni, alentados por la actitud de Moretti (“insigne maestro” dicen todos ellos) que “hace la crítica de su propia obra y estimula a la amplia discusión sobre ella”.  En esa línea, no son pocas las apreciaciones sobre aspectos puntuales que se confía en ver mejorados -algunas muy pertinentes, aunque luego no siempre atendidas-, pero el balance unánime de sus notas es el de estar contemplando “una obra soberbia, propia de un gran artista” o “la primera obra de alta arquitectura que se realiza en nuestro país”. Y alrededor de la cual, agrega Veltroni, “los murciélagos de la crítica revolotearán inútilmente”.  

         Ya con la obra avanzada -corrían los primeros años de la década del 20-, la Sociedad de Arquitectos no se queda atrás en los elogios, y en varias oportunidades –y muy especialmente en oportunidad de desarrollarse en Montevideo el primer Congreso Panamericano de Arquitectos- hace constar su valoración altamente positiva del trabajo de Moretti, arquitecto y urbanista. Y yo acompañaría ese juicio, pero agregando una nota baja en cuanto a las tareas específicas de “decoración”, resueltas a menudo con exceso y a veces con inadecuación al contexto, como bien lo señalaban en sus críticas Geranio y Aubriot. 

LEJANOS ECOS DE LA GENERACION CRITICA Y SUS PRETENSIONES DEMOLEDORAS 

            En 1939, en “El pozo”, el desencantado Linasero de Onetti dice, en las antípodas del fervor de Zorrilla de San Martín: ”Detrás de nosotros no hay nada. Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos”. En el campo de nuestra arquitectura esa revisión peleadoramente crítica -y gratuitamente destructiva- tardaría todavía en manifestarse, hasta llegar a constituir, pasado el medio siglo, un paradigma todavía hoy con adeptos (¿que tenemos detrás?: el Salvo, el Legislativo…infames pastiches). He aquí una versión reciente:  “(…) En la cima de Libertador está la triste rotonda del Palacio. Solamente por costumbre reverencial no reparamos en que este edificio retrógrado de mármol blanco aterrizó algún día para devastar todo alrededor. Su neoclasicismo furioso sólo tolera un desierto como compañía, como esos edificios estalinistas plantados en medio del desierto de Gobi.   Si un guía turístico dijera a incautos visitantes que aquello fue la residencia de verano de Stalin en el Río de la Plata, no lo pondrían en duda. Hasta podría decirles que el tipo ordenó hacer una réplica exacta de su torta de casamiento, y le creerían. El Palacio legislativo es retrógrado porque quiso ser neoclásico cuando el neoclasicismo moría, porque prefirió inventar una antigüedad y hacer del futuro y del presente dos nociones inconcebibles y anacrónicas. Miren -parece decir el edificio incuestionable-, el esplendor siempre estará en un pasado que nunca existió…” (3)

            Entre 1918 y 1920, Mauricio Cravotto y Julio Vilamajó desarrollaban bajo la mirada atenta del maestro Carré, sus proyectos para el Gran Premio de Arquitectura promovido por la Facultad de reciente creación. En ambos casos, sendos “palacios” monumentales -sede uno de “los Congresos Internacionales” y el otro de la Liga de las Naciones-, que hubieran llevado a Anatole France a desempolvar sus críticas al Congreso de Meano. El proyecto de Vilamajó, perfectamente alineado con la cultura arquitectónica de su época, mostraba en su planta de riguroso cuño académico, dos avenidas enmarcando el gran conjunto: la avenida de las Naciones y la avenida “de los bolchevikis”…    Con la primera gran guerra se terminaba un mundo y empezaba otro, y también por estas tierras el cambio empezaba a latir bajo el ropaje formal de la Academia. Cuando por fin “el espíritu nuevo” se hizo carne en Cravotto, en Vilamajó y en los demás miembros de una generación que formó y guió Carré, nos legaron una de las mejores arquitecturas hecha en América Latina en los años 30 y 40. Pero nunca renegaron de la obra de su maestro y a su vez, bien supieron valorar la significación del palacio que vieron crecer en sus tiempos de juventud, y cuyo proyecto final pudieron apreciar en la exposición de enero de 1914…antes del inicio de la guerra

             Podemos deplorar que la impiadosa trasculturación que implicaba el reproducir aquí los modelos europeos, más la seducción por la desmesura que tantas veces ha estado presente entre nosotros, nos apartaran de una herencia seguramente más acorde con los valores de convivencia democrática que también entonces se estaban forjando (valga el ejemplo del Cabildo, sobrio y noble), pero eso no cambiará el perfil cultural de aquellos tiempos ni las ideas dominantes sobre la forma de concebir el escenario urbano y sus referentes monumentales. Sin perjuicio de ello, tal vez nos convenga volver a ver el Palacio Legislativo con ojo crítico, reubicando su valor en nuevos contextos. Bastaría para empezar -siguiendo el consejo de Bausero- con aliviar el Salón de Pasos Perdidos de pedestales y jarrones mal agregados, o intentar que el espacio bajo el crucero central no sea ajeno a la gran linterna que lo corona; o bien rehacer la imagen del Salón de Fiestas (bien distante del proyecto de Moretti, donde además, nuestras figuras históricas han sido representadas como mariscales napoleónicos). Tal vez se pueda lograr un consenso menos problemático, recreando la forja del palacio -del proyecto sin duda, pero sobre todo del proceso de obra y del formidable trabajo que allí se realizó-, para lo que bastaría con sacar del olvido y dar tratamiento adecuado a la gran maqueta de Moretti y al riquísimo material que hoy vegeta en las penumbras de ignotos depósitos (4). Podríamos montar un muy notable “museo del sitio”, que nos ayudaría, entre otras cosas, a conocer mejor nuestro pasado y a tomar buena nota de los ricos patrimonios que nos ha legado, porque ¿qué futuro podremos construir sobre su negación o su ignorancia?.  

NOTAS: 

(1)  Un modelo alternativo se concretó muy cerca nuestro, hacia 1821/22, cuando Prospère Catelin construye la Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires, a instancias de Rivadavia y bajo influencia de la filosofía "utilitarista" de Jeremy Bentham. Ese "panóptico político" -al decir de Fernando Aliata-, puede hoy apreciarse entre las construcciones que conforman la "Manzana de las Luces" y fue visto en su tiempo "como una verdadera máquina arquitectónica capaz de constituirse en un aunténtico laboratorio político del sistema representativo". (ver Fernando Aliata: "Gestión urbana y arquitectura en el Buenos Aires posrevolucionario /1821-1825" ).

(2)  La vida y la obra de Vittorio Meano son analizadas con gran rigor en el libro de Rita Molinos y Mario Sabugo “Vittorio Meano (1860-1904)”

(3)  Leandro Delgado en el semanario “Brecha” / 8-12-2006

(4)  Cuestiones a las que accedí gracias a la arquitecta Gisella Carlomagno, estudiosa del tema.

NOTA GENERAL: No se hubiera podido encarar estas notas sin el aporte del trabajo al que LUIS BAUSERO dedicó su mejor esfuerzo, en particular su “Historia del Palacio Legislativo” y sus múltiples artículos en el suplemento dominical del diario “El Día”, habiéndose consultado los comprendidos en el período 1958/66.  

 

Imagen de portada : el proyecto de Vilamajó para el Gran Premio de 1920        


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