Ya no quedan héroes. Hasta hace un tiempo teníamos algunos. En el cine, en la música, en el deporte, en la literatura, en la política. Hablo de héroes de carne y hueso, cotidianos, de esos que se levantan, hacen lo que tienen que hacer, se van a dormir, y sin darse cuenta nos dan una pequeña lección sobre cómo deberíamos vivir nuestras vidas. Su valor está en no ser explícitos. Un héroe, un verdadero héroe, no publica libros ni se pasea por los canales de televisión dando larguísimos sermones sobre lo que está bien, lo que está mal, lo que tendríamos que evitar, lo que tendríamos que hacer con mayor frecuencia. Un verdadero héroe no revela su secreto, porque de verdad no sabe cuál es el secreto. Vive de acuerdo con sus reglas, con sus principios, y casi sin quererlo, se vuelve un héroe. Nuestro héroe.
Hace falta cierto desapego, cierto silencio para ser lo que se dice un héroe. Y por eso, de un tiempo a esta parte, los lugares más comunes de donde hemos podido sacar nuestros pequeños héroes han sido las artes y los deportes. Para ser un héroe es necesario tener un montón de cualidades, demasiadas. Por eso es tan difícil encontrarlos. Y, cuando lo hacemos, nos preguntamos si serán humanos.
En la ficción podemos encontrar unos cuantos héroes pero, como dice Chuck Palahniuk, en lugar de inspirar nuestras vidas en personajes de ficción listos y valientes, tal vez podamos llevar vidas inteligentes y valientes en las que inspirar a nuestros personajes. Y en el mundo real, en este preciso momento, hay un tenista, un suizo flaquito y de pocas palabras, de ojos hundidos, que lleva una vida lista y valiente que inspira a millones de personas alrededor del planeta.
El mundo no adora a Roger Federer por ser el mejor tenista de todos los tiempos, por haber ganado más grand slams que nadie, por haber sido el Número uno del mundo durante casi trescientas semanas. Los aficionados al tenis, y los que no distinguen un slice de un drop shot, no se quedan viendo horas y horas de un deporte lleno de reclames para ver a Roger ganar, para ver su técnica exquisita. Para verlo coronarse siete veces en Wimbledon, para verlo vencer a sus enemigos más temibles: Nadal, Djokovic.
El mundo adora a Federer por su nobleza, por su hidalgía. Por haber sido, en sus comienzos, un loquito de pelo largo que discutía cada punto. Por haber vencido a los cracks del momento, que eran sus ídolos de la infancia. Por destronar a su propio héroe, al mejor hasta ayer: Pete Sampras. Por haber sido el mejor de su generación, y empezar una carrera que no se sabía hasta dónde podría llegar. El mundo lo adora por haber evolucionado tanto, por haberse convertido en un padre de familia y un caballero, y cortarse el pelo. Por vencer ya no a los más viejos sino también a los más jóvenes. A las promesas, al futuro. El mundo lo adora porque se sobrepuso, sin chistar y solo a base de esfuerzo, a una mononucleosis que lo tuvo medio año fuera de las canchas, justo en la cumbre de su carrera. El mundo lo adora porque cuando el sueño parecía terminado (¿quién dijo esto antes, Lennon?), cuando cualquier otro hubiese tirado la toalla, él siguió y siguió. Y ayer consiguió algo que tres años atrás nadie hubiese imaginado. Nadie excepto él.
El mundo lo adora porque es un héroe. Y cuando gana, no solo gana Federer sino que gana una forma de entender el deporte, una forma de entender la vida. Cada ace de Roger, cada volea, cada passing, cada set, cada torneo es una confirmación de cómo deben hacerse las cosas. Y no importa si de verdad él es tan bueno como parece, ni si por las noches se transforma en asesino serial o un narcotraficante. Lo que importa es lo que inspira, lo que representa. Para personas de todas las edades, de todos los países, amantes y no amantes del tenis. Su heroismo lo trasciende todo, como pasa con los verdaderos héroes.
En vez de leer tantos libros de autoayuda o buscar héroes en donde no los hay (la televisión, por ejemplo, o la política) habría que mirar más a Federer. Para absorber todo lo que se pueda, para imitarlo, para contagiarse. "Cambiaron muchas cosas en mi vida, pero nunca dejé de soñar", RF.
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