Por Martín Otegui Piñeyrúa

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25.06.2012 02:11 / Mis artículos

Bailando por un prejuicio

"¡Cómo puede ser que pongan a una nena mongólica a bailar en televisión!". "Qué bien que no se discrimine, que se le dé la oportunidad a las personas con capacidades diferentes en el show más visto de la televisión". "Tinelli es un hijo de puta que lucra con las miserias y el dolor de la gente. Y los que lo miran son más hijos de puta". "Tinelli podría quedarse solo con Piquín y con su pantallas de led, y sin embargo apuesta a la inclusión". "La hija de Caniggia es una ignorate desagradable representante de la deshumanización absoluta que genera la riqueza". "La hija de Caniggia es una pobre chica que no le tocó nacer en una familia normal y fue un ejemplo de respeto y buenos modales ante el basureo del Jurado". "Showmatch es una mierda". "Tinelli le da lugar a los que nunca tuvieron un lugar en la televisión".

Un año más y parece que nada ha cambiado. Que los comentarios son siempre los mismos, que las críticas son siempre las mismas, que los números de audiencia lo siguen avalando. Otro año donde nadie debería verlo pero todos lo miramos. Otro año donde toda la televisión repite una y otra vez lo que sucedió la noche anterior. Otro año donde muchos piden prohibir a Tinelli por ley. Otro año donde casi que de lo único que se habla o escribe o se piensa es de lo que ocurre en un estudio de televisión instalado al otro lado del río.

Cuando hace un par de semanas reapareció Tinelli, no me pareció necesario escribir nada al respecto porque siempre pasa lo mismo. De aquél lado de la pantalla, y de este. Pero al final de la semana pasada sucedió algo que supuso una pequeña vuelta de tuerca más a ese inexplicable fenómeno social que produce lo que unos cuantos personajes disfrazados juegan a hacer delante de una cámara. Tinelli puso a bailar a una chica con síndrome de Down, a una modelo recuperándose de un ACV y con la mitad del cuerpo insensibilizada, y (¿por qué no meterla en la misma bolsa?) a una joven de 19 años que, como estudió en inglés, no supo decir en qué continente estaba parada.

Supongo que la democracia ha instaurado esa idea de que todos podemos decir lo que se nos antoje, sin importar cómo pueda eso afectar a los demás, incluso a uno mismo. Esa absoluta libertad para despacharse con lo primero que se nos venga a la cabeza, dando por sentado que todos tenemos algo para decir. Sobre todos los temas. Los que dominemos y los que no. Que nos expresemos todo el tiempo. Pero el problema, al menos el problema más grave, aparece cuando el "decir" o "comentar" se transforma en algo mucho más peligroso y perenne, como es el "juzgar".

Y entonces, casi sin pensar, con la inmediatez del internet en un celular, nos subimos al pedestal de vaya a saber uno qué tipo de Justicia personalizada, y señalamos con el dedo todo lo que se nos pase por el camino. Tenemos una opinión para todo, y todo lo encasillamos dentro de los pocos lugares comunes que conocemos. Y nos volcamos hacia la izquierda o hacia la derecha, nos juntamos con unos o con otros, y defendemos una postura solo para atacar a otra. Y, eso sí, somos impiadosos. Lo vemos, lo pensamos medio segundo, damos nuestro dictamen interno, y tweeteamos. O gritamos en el living. Y esperamos que aparezca más gente de nuestro bando para reafirmar el preconcepto que acabamos de generar.

Todo tiene que tener su lugar en nuestro pequeñito esquema de prototipos. Todo se rige de acuerdo con nuestros poquitos valores y creencias que jamás ponemos en tela de juicio. Sacamos la ametralladora y empezamos a acribillar y catalogar a todo lo que se nos cruce. Sea un tipo al que le falta una pierna o la hija de unos nuevos ricos. Todo es palo y a la bolsa. Y nos radicalizamos y terminamos asumiendo posturas ridículas ante cosas sobre las que quizá ni siquiera tendríamos que tener una postura. O al menos no tan irracional, no tan inmediata. No tan infundamentada.

En Uruguay las redes sociales y la televisión han desnudado todo esto, uno de los defectos más desagradables que puede tener cualquier sociedad. El del prejuicio. De todo opinamos, de todo sabemos. A todo lo catalogamos según nuestra forma de ver el mundo que, por supuesto, siempre es mejor que la del otro. Y así, en menos de lo que dura el chivo de Frávega, podemos establecer que Charlotte es una descerebrada, que Tinelli es un hijo de puta, que los downs o los enanos no pueden bailar en televisión. O exactamente lo contrario.

Eso sí, que nadie nos pida que justifiquemos la respuesta en más de 140 caracteres porque ahí se nos puede complicar un poco. ¿Pero qué importa? Total, nosotros ya estamos convencidos de lo que pensamos.

 



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Sobre mí
Nacionalófilo, lector, anarquista monárquico y dylaniano. Guionista, docente, futuro astronauta, futbolista a punto de frustrarse. En otras palabras, un wachiturro más. Escribo en este portal porque soy el hijo del dueño. @martinotegui martinoteguip@gmail.com

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