acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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08.03.2011 14:38 / MIS ARTICULOS

DEBATE EN LA BIENAL DE MEDELLIN

 

En su edición del 25 de octubre de 2010, el diario argentino CLARIN incluye un artículo con firma de Daniel Moya, relativo a la VII BIENAL IBEROAMERICANA de ARQUITECTURA y URBANISMO / Medellín 2000. Habiendo yo tomado parte de ese evento como Delegado de Uruguay, puedo dar fe de que el texto de Moya refleja acertadamente lo que allí ocurrió, incluyendo la referencia a la muy notable experiencia social y urbana de la ciudad anfitriona. Lo transcribo entonces, con el agregado de una breve nota sobre el “debate” en cuestión.

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Los temas que se discutieron el la Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo que se realizó en Medellín. Silvia Arango y la polémica con la temática del encuentro.

A primera vista, Medellín se presenta como una típica ciudad bucólica perdida en las montañas. Pero se impone ante el visitante con el verde que exuda su vegetación y con el sonido de las risas proveniente de sus nuevos parques, en los que el que los chicos juegan en libertad. Una urbe plagada de nuevas escuelas, bibliotecas y centros culturales proyectados por arquitectos de prestigio en el mismo corazón de los barrios más carenciados.

Aquellos que yacían olvidados y que parecen haber torcido su destino tras haber sido alcanzados por un golpe de magia. Un toque que operó transformándolos en escenarios de socialización integrados a la trama urbana, en puntos reconocibles y señalados. Pero esta vez, desde una valoración positiva.

Ese espíritu de cambio es el que buscó reflejar la VII Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo 2010, que se llevó a cabo en esa ciudad colombiana, del 11 al 14 de octubre. “El espacio público es el lugar donde todos somos iguales, la arquitectura es el patrimonio de todos”, pudo escucharse una y otra vez desde los altavoces del Centro de Convenciones Plaza Mayor, el ámbito que albergó a la Bienal.

La arquitectura para la integración ciudadana fue el tema que impuso el hilo conductor de todos los debates. El punto más caliente de la discusión se dio durante presentación de las obras de Sudamérica. En su rol de moderadora, la colombiana Silvia Arango destacó que la selección de obras de la Argentina fue la más responsable, juiciosa y representativa del espíritu de la Bienal. “Vieron la arquitectura de todo el país y en la elección de los proyectos se valoró el espacio público y la arquitectura que forma espacio de la ciudad y que se inserta en el tejido urbano”. En su valoración destacó además el hecho de que se eliminaron casas individuales, edificios comerciales y la “arquitectura de shock mediático”. Y concluyó sosteniendo que las obras que finalmente resultaron escogidas, relativamente modestas, no le hacían justicia a la producción del país.

En respuesta a esto, el delegado por Argentina, Eduardo Mastrepieri, destacó que en el proceso selectivo se había ido al encuentro, incluso, de aquellas personas que estaban “más temerosas de mostrar sus trabajos en escenarios como el de la Bienal.

En relación con la selección boliviana; Arango se manifestó sorprendida por no haber encontrado proyectos de espacios públicos urbanos, como la Plaza del Bicentenario, según describió, “que no solamente alberga un espacio de encuentro en el centro de La Paz sino que dignifica y pone en valor la entrada de la Universidad de San Andrés. El delegado por Bolivia, Carlos Villagómez, contrapuso que “integración ciudadana” podía entenderse desde múltiples puntos de vista. “En mi país, integración ciudadana se aplica a todos aquellos proyectos que involucren procesos colectivos de comunidad urbana”, concluyó.

Al referirse a Chile, Arango continuó la embestida: apuntó que en la selección chilena se habían colado algunas casas individuales, “de clientes solventes”. Y agregó que en el criterio selectivo había prevalecido el deseo de mostrar la visión de la arquitectura chilena por sobre las características específicas de la convocatoria. Por Chile, Pablo Altikes explicó que, a diferencia de Medellín, “En Chile sí existen fronteras, bastante fuertes. El tema de la reja y los muros sigue creciendo a partir de una exacerbación que se hace desde los medios de comunicación de las situaciones de violencia”, describió. Según él, una situación generó en su país una especie de frenesí por el tema del resguardo. Así, al ocuparse de la selección, reconoció que lo que priorizaron fue el tema de vivir el barrio y destacó que la integración ciudadana no podía estar sólo sujeta sólo al espacio público, sino que debía darse en todos los ámbitos.

Cuando le llegó el turno a Paraguay, Arango fue aún más tajante: se refirió a los seis proyectos seleccionados como “muy equívocos” frente a la convocatoria. “Cuatro casas para clientes altamente solventes, una agencia de venta de autos y una oficina de una empresa de publicidad no son precisamente proyectos que incentiven la integración ciudadana”, sintetizó. Y dijo que a lo que sí respondían era a la idea preconcebida de que en las bienales deben cotejarse objetos arquitectónicos vistosos y fotografiables. El delegado por Paraguay, Carlos Colombino, sólo planteó que lo que él tuvo en cuenta fue que las obras elegidas tenían que haber sido hechas y terminadas en los dos últimos años y que, en su país, estaba todo por hacerse. “Todo esta en proceso, no contamos con proyectos comunitarios terminados”, se lamentó.

Por último, Arango se ocupó de la propuesta uruguaya: “Me resultó muy desilusionante que, en la selección final, Uruguay haya quedado representado por un aeropuerto ‘adocenado’ y hecho en los Estados Unidos, que dista de contribuir a la integración ciudadana”, fueron sus palabras.

Sin perder la calma, y apelando a un tono de voz en el que, por momentos, se evidenció su molestia, el arquitecto uruguayo Neri González respondió que, a su juicio, hubiese sido mejor que en la Bienal hubiera habido una separación entre la valoración de la “arquitectura arquitectura” por un lado; y eso que ellos llamaban “arquitectura para la integración ciudadana”, por otro. “Esta última, no necesariamente se expresa en formas dignas de tapas de revista, y de repente, muchas veces ni siquiera se trata de elementos materiales, sino de procesos”, dijo. Para finalizar, agregó que el pueblo uruguayo estaba muy orgulloso del aeropuerto presentado. “Es la puerta de entrada a la ciudad. Un lugar de reunión no sólo para los que se van y los que llegan, sino que hay restaurantes, exposiciones. Un lugar muy sentido por la ciudad hecho por un arquitecto uruguayo, formado en la argentina, que hoy es uno de los grandes arquitectos del mundo”, concluyó, para explicar el porqué le resultó fuera de lugar la descripción de Arango como “una obra de arquitectura proyectada en Nueva York”.

Como cierre del panorama, Arango criticó también al jurado español “que parece haber desconocido el carácter ciudadano que se quiso plasmar con la Bienal”. Remarcó que éste no había seleccionado ningún ejemplo de espacio público con impacto urbano y agregó que, en lo respectivo a la visión del cono sur, la Argentina había sido la más damnificada: “Ni su proyecto de la peatonalización de la calle Reconquita, ni el aviario de Temaiken, ni la Plaza Sarmiento de la localidad de San Fernando fueron tomados en cuenta”, concluyó, para terminar recomendando el proceso de selección argentino como modelo para próximas bienales.

Planteado el debate, más voces se hicieron escuchar incluso, desde otras ponencias: José Adriao, de Portugal, sostuvo que cuando un proyecto de arquitectura es bueno, sin dudas, siempre, produce la integración ciudadana.

En la misma dirección, el brasileño Abilio Guerra opinó que “si bien la elección de un tema resultaba muy buena para catalizar discusión, organizar la distribución de ponencias y pautar cuestiones relevantes de la vida actual; éste no podía operar a la vez como un chaleco de fuerza inhibidor de las expresiones. “Sería bueno que los temas sean tan abiertos como el de esta Bienal, a mi entender”, sostuvo irónicamente, para concordar en que la integración ciudadana podía ser entendida de muchas maneras.

En cambio, Louise Noelle, por México, felicitó a los organizadores de la VII BIAU por haber impuesto un tema. “Y por haber elegido este tema”, dijo. Valoró así el hecho de que se haya posibilitado la idea de enviar trabajos de una escala menor, sensibles con la integración ciudadana. “Difícil de encontrar obras, sí; pero debemos estar conscientes de que esta es una actitud que los arquitectos tenemos que renovar”, concluyó.

En la búsqueda de una respuesta integral para todas estos interrogantes, el portavoz del jurado de España, Carlos Jiménez, compartió que la preocupación inicial del jurado fue, primordialmente, propiciar la variedad de la arquitectura. “Aunque estuvimos conscientes del lema, optamos por amplificar el valor de una bienal, que implica celebrar cada dos años las obras que nos puedan enseñar y dar un dialogo más colectivo”, dijo. Y agregó que los lemas sirven, pero a la vez son peligrosos: “Son eficientes para dirigir ciertos principios, pero a la vez eliminan todo tipo de riqueza que la arquitectura promueve”.

La VII BIAU transcurrió así: intensa, compleja, con contrastes. Quizá los mismos adjetivos que le caben a la ciudad que le dio cobijo. En Medellín, las obras están. Afloran como formas caligráficas que visibilizan comunas que permanecían olvidadas. Y, más allá de su valoración estética, lo innegable es la función vertebral de cada una de ellas: operan generando la inclusión y la participación de todos en la urbe. Este modelo, según explicó durante su ponencia el alcalde de turno Alonso Salazar, el que pudo transportar a Medellín a años luz de su calificación como “la ciudad más violenta del globo”, con la que se la tildó en 1991. Según él la definió, una sociedad que cuando pensó que había llegado a un callejón sin salida, fue capaz de iniciar un proceso de reinvención, con una activa participación de la sociedad civil. “Empresarios, sindicalistas y líderes comunales se sentaron a debatir ideas para un futuro mejor; y desde escuelas y universidades toda una generación se ocupó de imaginar procesos de transformación urbanos”, dijo, y agregó que todos ese pensamiento acumulado comenzó a ejecutarse hace ocho años (ver La receta ...) “Dicen que hemos tenido una propuesta esteticista”, se excusó, para luego asegurar su convencimiento de que la estética es uno de los motores sustanciales de la transformación social y de la lucha contra la violencia en la que se habían instalado los jóvenes. Todos habitantes de territorios invisibles, negados, marcados por la discriminación. “No estábamos enfrentando un tema de bolsillo, sino de identidad: quienes somos y dónde estamos”, describió. Y sostuvo que el tema clave de la reconstrucción fue el de la dignidad: “convertir una escuela, una biblioteca, un colegio en un punto de identidad”. Así, su consejo fue que cada pueblo de latinoamérica encuentre su modelo de desarrollo urbano en el que las grandes masas periféricas sean incluidas.

Durante su charla, la ministra de Vivienda de España, Beatriz Corredor, concordó: “Las ciudades deben repensarse en un modo en que sus habitantes se apropien del espacio público, y la arquitectura debe estar al servicio de aquellos a quienes hasta ahora se les dio vuelta la espalda”. Luego definió a las ciudades como referentes de un mayor bienestar: “En esa búsqueda, las personas dejan las áreas rurales y huyen a las urbes”, sostuvo. Pero, explicó que éstas encierran a la vez un paradigma: “Habitar en ellas no garantiza la igualdad”. Compartió su preocupación en relación a que, con cada vez más barrios marginales, las ciudades del futuro se encuentran lejos de ser las de acero, luz y cristal y se encaminan hacia un lugar donde la brecha entre unos y otros, tiende a aumentar. Y aconsejó apelar a la igualdad y sostenibilidad como bases para el crecimiento urbano; apuntando a la regeneración de la ciudad existente en vez de a un crecimiento desmedido. El también español, Francisco Mangado, aconsejó nutrirse de lo que está alrededor. “Como dice Alvaro Siza, los mejores detalles de sus obras han surgido de los problemas que hubo que resolver”, dijo, y agregó que el mejor camino es que los proyectos surjan en el sitio, de un dialogo participativo con los usuarios.

Por su parte, la arquitecta Joan McDonald, de Chile; detalló que resulta muy simplista pensar que un pobre ve la ciudad formal y quiere eso: “Vivir en grandes edificios, ir al shopping los fines de semana y sufrir embotellamientos”. Apuntó que la idea no es extirpar a los menos favorecidos de un plumazo de su contexto cultural, con propuestas ajenas a sus expresiones estéticas y a su identidad. “Mirar a la ciudad formal desde la ciudad informal es un ejercicio con el que se aprenden muchas lecciones”, aconsejó. Entonces, ¿cómo interpretar la inequidad? Según McDonald, articulando ambas realidades, sin eliminar ninguna de ellas.

La VII BIAU llegaba a su fin. Entre las últimas voces, el español Miquel Adriá comentó que lo que le resultó interesante, más que la bienal, fue que ésta se hubiese hecho en Medellín. “Nos permitió a los arquitectos conocer esta experiencia única y al mismo tiempo ejemplar”, explicó. ünica porque difícilmente se den en una ciudad todas las condiciones y se alinien las estrellas a favor de una operación semejante para su transformación. Y ejemplar, porque todas las ciudades latinoamericanas tienen un modelo potencial a seguir. “Antes del caso Medellín, hubo otros referentes, casos afortunados como el de Barcelona”, enunció. “Pero también estaba la excusa de decir: aquello es 1° mundo, aquí no podemos”. Por eso, lo que le da potencia al caso Medellín es que demuestra a gritos que sí se puede, aunando esfuerzos. “No es sólo a través de la arquitectura y urbanismo, sino armando un proyecto entre todos”, aclaró. Con políticos, sociólogos y líderes civiles. Para Adriá, “una comunión que permitió que se hicieran obras de arquitectura que yo me animaría a definir como notables, aunque ninguna extraordinaria”. Lo que a él, como a tantos, le parece extraordinario es la suma de todas ellas. Un proyecto urbano integral con el mismo valor cultural del plato típico antioqueño, la bandeja paisa (arroz, frijoles chicharrón, chorizo, huevo frito, carne, ensalada y plátano maduro) Ese es el conjunto el que lo hace fuerte.

 

NOTA AGREGADA: respecto a la puntual polémica entre Silvia Arango y el suscrito, en el panel en el que participaron delegados de Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay, conviene precisar:

El Jurado nacional en el rubro Obras, se enfrentó a la misma dificultad que los responsables de selección de cada uno de los países participantes en la VII BIAU: la ambigüedad de las Bases, que ponían en una misma bolsa la selección de obras con los parámetros de evaluación propios de la disciplina -tal el concepto implícito en un “Panorama Iberoamericano” que se actualiza cada dos años-, y los ejemplos en línea con una "Arquitectura para la integración ciudadana", un tema al cual la muy notable experiencia de la ciudad de Medellín daba plena justificación (si no bastara para ello la necesidad de dar atención prioritaria a la creciente fragmentación de nuestras sociedades).

Dado que no hubo respuestas que permitieran superar esas tensiones, la selección a escala nacional partió de un umbral de calidad -un umbral alto de calidad, vale decirlo-, por encima del cual se incluyeron obras con mayor afinidad respecto a uno u otro de los polos de referencia. Hubo entonces en ese envío, trabajos que perfectamente podían integrar la selección del “Panorama Iberoamericano” (entre ellos el Aeropuerto de Viñoly y la Torre “360” de Estudio 5), en tanto otros se encuadraban rigurosamente en el “lema social” de la convocatoria, siendo igualmente estimables por sus valores arquitectónicos y urbanísticos. Entre estas obras estaban la Escuela de Tiempo Completo de Santa Catalina, la plaza de la Estación de Peñarol y el paseo lineal de la Rambla 25 de Agosto, merecedoras a mi criterio de una atención que el Jurado central de la Bienal no les dispensó. Es que también en ese nivel -y tal vez principalmente en ese nivel-, pesó el doble juego de valoraciones implícita en las Bases de encuentro.

En ese contexto, viendo repetidos ejemplos de un perfil de obras bien alejado del que podía imaginarse en tanto “la arquitectura para la integración ciudadana” se asumiera como el núcleo duro de la Bienal, resulta en todo sentido pertinente el planteo que Silvia Arango se sintió obligada a realizar, aún cuando faltara en sus palabras una constancia clara de las razones que habían generado esa situación problemática. Fue un planteo inesperado, removedor y valiente -por cierto que también discutible en su ejemplificación-, que puso en valor aquello que la Bienal se propuso como principal elemento motivador de su convocatoria (y por lo que seguramente será recordada): esto es, abrir una reflexión crítica sobre el escenario en que vivimos y sobre el papel que en su construcción y reconstrucción juegan arquitectos y urbanistas. Y al hacerlo en Medellín -bien lo dijo el español Adriá-, nos permitió a los arquitectos conocer esta experiencia única y al mismo tiempo ejemplar”, donde una política de urbanismo social va incrementando los lugares de participación e interacción ciudadana, renovando redes de comunicación, espacios públicos y equipamientos comunitarios,  con un horizonte de equidad bien afirmado en la prioridad asignada a la educación.

Tanto coincidí en la valoración de esa experiencia, que dediqué mi intervención a mostrar un proceso que tuvo similares objetivos de construcción de ciudadanía, que fue durante décadas exitosa y que todavía hoy, cuando tratamos de recuperar su impulso, constituye el sustrato más firme de toda propuesta “avancista”. Hablé entonces de la construcción del espacio público del Montevideo de la primera mitad del siglo pasado, del hilo conductor de su mejor arquitectura y de los programas que en el presente dan ejemplo de una vocación integradora, muy en línea con el desafío que Medellín tiene planteado (y en buena parte transitado). Me extendí entonces sobre las Escuelas de Tiempo Completo y las acciones de cooperativas de ayuda mutua rescatando viejas construcciones de valor patrimonial en el corazón de la Ciudad Vieja (va aparte la transcripción de esa intervención). En Medellín se puede; en Montevideo, se pudo y se podrá.

Pero dicho lo anterior, y en correspondencia con el planteo inicial sobre las condiciones de presentación, no tenía yo que pedir disculpas por el hecho de que el Jurado de Madrid hubiera incluido en su selección una obra tan notable como el Aeropuerto de Carrasco, obra que el Royal Institute of British Architects incluyó -con vistas al premio Lubetkin- entre las doce mejores realizadas en el año 2009, y en cuyo proyecto ejecutivo participaron destacados técnicos uruguayos (entre otros, los ingenieros Magnone y Pollio, Lagomarsino, Hofstadter y Yaffe Berro). Una obra además significativa como “puerta” de la ciudad y del país, ya asumida como referente de identidad.

En conclusión. Silvia Arango rompió los códigos de un comportamiento “políticamente correcto”, haciendo una dura crítica, no de los criterios que orientaron –o desorientaron- el proceso de selección previo a la reunión en Medellín, sino de sus resultados. Creo que, sin perjuicio de su enfoque parcial, tendríamos que estar reconocidos por ese planteo. Y al valorarlo así, no dejo de hacer constar que su juicio sobre el “proyecto adocenado y hecho en Estados Unidos” estuvo “fuera de lugar”; y peor, es insostenible.

 



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