acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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27.04.2010 13:57 / MIS ARTICULOS

DEMOLICION EN LA PLAZA ZABALA

 

Cuando en el verano de 1724, bajo órdenes perentorias de Zabala, el ingeniero Petrarca se apresura a iniciar las primeras construcciones en la península, su objetivo es inequívoco: sentar las bases de una “plaza fuerte” que afirmara la presencia española en “la banda del norte” y desalentara la estrategia lusitana de hacer del Plata el límite sur de sus dominios. Se trataba de cerrar el acceso de buques enemigos a la bahía (tal la función de la batería de San José), poner una valla provisoria en el frente de tierra, y levantar un pequeño “fuerte de campaña” en la cresta de la cuchilla, ubicado de modo que sus fuegos pudieran atender múltiples frentes. El operativo fue exitoso, dio tiempo para consolidar la incipiente traza del poblado, y el resultado, aunque precario, fue suficiente para disuadir a los portugueses de una reconquista, que intentaron sin éxito en 1736.

 

Cuando más tarde Diego Cardoso se aparta de los planes de Petrarca y hace que la línea de fortificación del frente de tierra impida todo crecimiento hacia el este de la península, la trama de las calles se consolida en torno al “fuerte viejo”. Su función militar ya ha perimido cuando hacia mediados del siglo Joaquín de Viana asume como primer Gobernador de Montevideo, pero un “reciclaje” oportuno convierte aquel modesto baluarte fundacional en sede de la nueva autoridad. Será un injerto que desafía la regularidad del trazado colonial, pero nadie pensaría en demolerlo. Ni siquiera los Constituyentes del 30; y no por asignarle ninguna significación histórica -sea para conservarlo o para destruirlo-, sino un simple y contundente valor de uso.

 

Se sucedieron las reformas que fueron manteniendo su condición de “casa principal” bajo varias banderas... hasta Latorre, que 1878 decreta su demolición y su conversión en plaza pública, pasando el Ejecutivo a tener por sede la casona que había construido pocos años antes Francisco Esteves, sin idea de cual sería su destino (el de la casona y el suyo propio). Entre las pocas cosas buenas que sucedieron en 1890 -otro “año terrible”-, debe sin duda incluirse la inauguración de la plaza, diseñada por el francés Edouard André al mejor estilo de las plazas inglesas, con senderos sinuosos, verja perimetral -parecida a la actual- y un arbolado de variadas especies que auguraba, en su plenitud, la presencia de un remanso pintoresco, digno de verse y gozarse. Visión y gozo que tuvo como protagonistas muy favorecidos a los vecinos de su entorno, y atrajo a los Taranco a levantar su “petit hotel” en la manzana que hasta la primera década del siglo XX ocupara el teatro de San Felipe (y antes la Casa de Comedias).

 

Es curioso; mientras Girault y Chifflot, que nunca estuvieron en el lugar, aprovecharon sabiamente las condiciones del sitio, respetando la escala de las construcciones existentes y haciendo que el jardín privado de los Taranco tuviera una continuidad visual con el jardín público, las autoridades municipales, tentadas por un “progresismo” mal digerido, hacían todo lo posible para destruir la homogeneidad de la masa edificada, fijando para las plazas y calles principales de la ciudad alturas mínimas... pero no máximas.

 

Para felicidad de la ciudad, durante décadas, las construcciones que empezaban a definir una nueva escala del entorno, se levantaban con una intención de recalificación positiva del sitio. Tal el caso de la propiedad del ingeniero Juan Storm, proyectada y construida hacia 1914 por el hoy olvidado Eusebio Albino Perotti en el ángulo noreste de la plaza (una obra digna, que hubiera merecido un mejor cuidado). O en la década del cuarenta, y ya sin pizca de concesiones historicistas, el excelente edificio proyectado por los arquitectos Arbeleche y Canale.

 

En fin, un largo proceso de reconversión tipológica del entorno de la plaza -un proceso no planificado e irregular en cuanto a tipos y calidades de las intervenciones-, sumado al polémico injerto del monumento a Zabala1, dio por resultado un paisaje tan característico de la ciudad que nos impone a todos la obligación de actuar con la prudencia necesaria para que, más allá de las intenciones -que pueden ser las mejores-, nos alejemos de toda posible banalización de ese espacio y nos comprometamos a hacer crecer su significación urbana (tangible e intangible, como se estila decir ahora), y no a devaluarlo.

 

Hasta muy poco tiempo atrás, el tramo de la circunvalación Durango comprendido entre Alzáibar y Washington había sufrido la única intrusión del edificio levantado en los cincuenta por la Caja Bancaria, alineado en altura con las construcciones que siguieron en otros tramos a la obra de Perotti, pero en absoluto con los padrones contiguos. Esta discontinuidad no parece haber preocupado a las autoridades municipales, porque en los dos relevamientos del área realizados por la Comisión Especial Permanente de Ciudad Vieja (en 1982/83 el primero y veinte años después el segundo), los dos solares extremos de ese sector califican alto (grado 3). Vale en particular el juicio que aparece en las excelentes Guías de Montevideo, en sus ediciones de 1992, 1996 y 2008, donde puede leerse: “del marco construido merecen atención por su calidad y aporte al ambiente el Palacio Taranco, la casa de M. Sáenz de Zumarán (hoy sede del Discount Bank), la ondulante fachada del edificio que se le enfrenta por Rincón y el edificio sobre la calle Alzáibar, que agrega color al conjunto(énfasis agregado).

 

El edificio esquina aparece bien calificado y en buena compañía, y podría agregarse un valor nada desdeñable: su perfecto acordamiento con las construcciones existentes sobre Alzáibar, cosa que hace del acceso a la plaza desde Sarandi, una experiencia urbanística digna del lugar. Pero no la veremos más, porque en el reciclaje en proceso, habilitado formalmente en toda la regla por las autoridades competentes- del color citado no quedará nada, y del acordamiento menos, mediando ahora la elevación generada por la adición de unas espigadas mansardas posmodernas. Es probable que la intervención se defienda bien en términos arquitectónicos -el reconocido nivel de los técnicos intervinientes lo hace presumir-, pero ¿supone un aporte positivo para ese paisaje urbano tan particular?. No abro opinión definitiva, pero me parece sin duda discutible.

 

Pero esa intervención arrastra otra. Parece que ahora, la palabra de orden en cuanto al sky-line de la plaza es regularizar las alturas, por lo que le llegó al turno a la construcción existente en el padrón 3794, en la esquina de Washington y Circunvalación Durango. Otro edificio con grado de protección alto, desde cuyos balcones se siguió la demolición del Fuerte y la construcción del proyecto de André. Un edificio típico del neoclasicismo asumido con rigor y dignidad por los constructores de la segunda mitad del siglo XIX y uno de los últimos ejemplos rescatables de la construcción de esos tiempos, con muros de ladrillo y piedra, balcones con losas y ménsulas de granito, y rejas que merecerían un mejor destino que aquel que les espera después de la demolición anunciada (ya está el cartel en la esquina).

 

¿Quién sugirió y formalizó la desafectación del bien?. Nada menos que la propia Intendencia, según Resolución Nª 3988 de fecha 08/10/2007.

Allí se expresa que esa decisión “se basa fundamentalmente en el informe del Ing. Marcelo Sassón que establece que los elementos resistentes del edificio presentan serios deterioros, acordes con la degradación general de la construcción, estando afectada la seguridad estructural”. El argumento luce sólido, pero estoy seguro que el ingeniero Sassón hubiera hecho un informe más contundente si hubiera visto la situación del cuerpo central de la Casa de los Pérez, cuyo estado ruinoso no impidió su rehabilitación. Otros párrafos arrojan luz sobre otras razones que incidieron en la decisión adoptada. Así en el item b) se dice: “las presentes actuaciones tienen su origen en la pretensión de demoler la construcción, que data del siglo XIX, para levantar en su lugar una nueva edificación, la que por su volumetría y altura podría tener mejor adaptación al entorno”, y luego se hace constar que “nueva edificación” ya tiene un anteproyecto presentado y que “la imagen propuesta es acorde con la arquitectura del entorno”.

 

Creo que ese texto va a hacer historia. Ahora resulta que nobles construcciones que formaron parte del escenario fundacional de la plaza y que han merecido formales y reiteradas constancias de su condición de bien protegido, deberán desaparecer para ser sustituidas por otras que podrían “tener mejor adaptación al entorno”. Y quede claro, por si fuere necesario, que no se trata de congelar esas preexistencias, siendo perfectamente admisible y necesario rehabilitarlas en nuevos contextos de uso, con intervenciones que combinen con respeto y audacia creadora -que no son incompatibles- valores del pasado con proyectos del futuro.

 

Hago confianza en que los arquitectos que tienen a su cargo el “reciclaje” de la esquina de Alzáibar, hagan borrar toda duda sobre el resultado de su trabajo. Y sobre la demolición que anuncia el cartel de Oddone y Zunino -y que promueve la autoridad municipal-, lo menos que puede decirse, ya en términos de extrema prudencia, es que se trata de una decisión discutible. Y aparte de las razones ya expuestas, ¡qué buen lugar para llevar allí -mediando una intervención de rehabilitación inteligente- las oficinas del Registro Civil, hoy ejemplo de letargo burocrático que mata todo vestigio ceremonial !.

 

Pero, cuando la Intendencia y la Comisión Permanente del Plan Montevideo, aprueban estas cosas "discutibles", ¿dónde se procesa esa discusión?, ¿cuál es el tribunal de alzada?, ¿tendrán algo que decir al respecto la Comisión del Patrimonio y la Facultad de Arquitectura ... o la propia Comisión de Ciudad Vieja?

 

Montevideo, 28 de noviembre de 2009

 



NOTAS:

1 Lo de “polémico injerto” puede hoy causar sorpresa, pero es bueno recordar la opinión que al respecto expuso en su momento la Sociedad de Arquitectos: “No entramos a juzgar aquí el valor artístico del monumento; sólo queremos afirmar que la Plaza Zabala, por su trazado y por su carácter no admite un monumento como el que se proyecta (...) Y pudiendo ubicarse la estatua en otro paraje, sería un atentado sin justificación empeñarse en la solución que causa más daño, puesto que obliga a la destrucción de la más bella de las plazas montevideanas”

 

** Está terminando el mes de abril y nadie parece haberse dado por enterado. Pero el cartel de demolición ya no está: ¿buena noticia?...



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