acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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30.06.2009 23:33 / MIS ARTICULOS

EDUCACION Y PATRIMONIO (PARTE II)

 

III) ¿DE QUË COSA HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE PATRIMONIO CULTURAL?


UNO: En primer lugar, hablamos de una práctica fuertemente institucionalizada, que a pesar de su creciente prestigio y su expansión a escala mundial, no deja de situarse en un ámbito donde abundan las confusiones e indeterminaciones. El concepto de patrimonio como cosa heredada (el padre y la patria están en la raíz del término) es vieja como el mundo y mantiene hoy plena vigencia, en tanto la matriz moderna de lo patrimonial tiene una precisa datación histórica y una muy notable correspondencia con las transformaciones ocurridas en los últimos 250 años. La convivencia de ambas matrices explica en parte esa sensación de opacidad que suele acompañar el discurso patrimonial, situación agravada cuando a esa coexistencia se suma la aceleración de los cambios en el marco de una cultura globalizada, en tiempos en que somos testigos de un corte cultural tal vez tan profundo como el que se diera cuando la Ilustración y la revolución industrial marcaban el fin de un mundo y el inicio de otro.


DOS: Cuando en 1916 se discute en nuestro Parlamento la primera propuesta de legislación de protección sobre “Conservación de Monumentos Históricos”, se dice: “En todas partes, hace algunos años se nota un movimiento poderoso tendiente a la conservación de los edificios y monumentos que presentan un interés histórico o artístico, o que contribuyen simplemente a conservar la fisonomía de cada país (…) y agrega que es útil “que el espectáculo de los edificios elevados antes de nuestra época lleve a los hombres a sentirse los herederos y los continuadores de los esfuerzos de las generaciones pasadas”, y que sería conveniente, dentro de los posible, conservar a cada territorio su aspecto tradicional “porque el amor al suelo forma indiscutiblemente parte del amor a la Patria”. Cuando en 1951 se elabora una “Relación de los Monumentos Históricos Nacionales”, se fundamenta su inclusión “por estar vinculados a acontecimientos relevantes de la evolución nacional y a personajes notables de la vida del país, o por considerárseles arquitectónicamente representativos de un estilo y de la cultura a la época a que pertenecen”. Y esa visión, que podríamos llamar tradicional ampliada –y también liberada de su carga más conservadora-, se mantiene en la formulación de la ley vigente y en el primer listado de protección del año 1975.


En todos los casos, aparece un vínculo dominante entre patrimonio-monumento-nación, en correspondencia con la concepción acuñada en la Europa del siglo XIX; una visión limitada casi exclusivamente a construcciones y monumentos en sentido estricto, clasificados en el listado de 1951 en ejemplos de arquitectura militar, religiosa, civil y rural, más monumentos conmemorativos y esculturas religiosas. Esos “Monumentos Históricos” deberían ser preservados y adecuadamente restaurados cuando ello fuera necesario -intención no siempre atendida, se sabe-, pero en tanto documentos del pasado, quedarían al margen de toda modificación (“si es patrimonio, no se toca”, es todavía una consigna de uso corriente…).


Pero ya vimos que grandes cambios han generado nuevos enfoques y que en función de ello ya no vemos el patrimonio como algo elaborado y terminado en un pasado que impone por sí mismo esa condición y que no nos genera otra obligación que la conservación y la periódica reverencia; ni lo vemos limitado a la escala de la nación ni a las obras monumentales, siendo cada vez más notoria la consideración de patrimonios más próximos y diversos, incluyendo las múltiples formas de lo oral e inmaterial.


Tendemos ahora a concebir lo patrimonial como el resultado de la construcción de un “relato” que cada comunidad hace en un momento histórico en continuidad pasiva o crítica con procesos anteriores; seleccionando en el fárrago de datos, de artefactos, de historias y memorias que se han generado en ese devenir, aquellos que permiten afirmar ya un proyecto hegemónico o desafiante, ya un discurso de amplio consenso. Memoria y olvido se entrelazan; ponemos el foco en algunos elementos y dejamos en sombra otros, y eso a su vez da resultados que no son inmutables sino que se modifican con el tiempo. La materia prima del patrimonio está en el pasado, pero la construcción social de un “relato” patrimonial está inexorablemente atada al presente, en tanto su justificación y validación apuntan al futuro. Afirmando ese carácter, asumimos una responsabilidad y un desafío, en tanto gestores activos y conscientes de un proceso, que involucra tanto a técnicos e instituciones como al conjunto de la comunidad.


TRES: En tercer lugar, podemos concluir que no existe en rigor el patrimonio, sino los patrimonios, y éstos con muy diferentes escalas y contenidos. Esta referencia obvia parece sin embargo necesaria, en tanto una visión simplificada puede quedar limitada al “gran patrimonio de la humanidad”, a esos ochocientos y tantos monumentos catalogados por UNESCO y considerados como “obras excepcionales de valor universal” (más los que ha ido incorporando desde el año 2001 en concepto de patrimonio oral e inmaterial), o al listado de protección que a escala nacional ha promovido nuestra Comisión del Patrimonio. En aquel listado nosotros tenemos un único ejemplo, Colonia del Sacramento, y probablemente incorporemos otros (Fray Bentos y su paisaje cultural-industrial, o el río Uruguay como paisaje histórico-cultural, compartido con los argentinos).


Sin desconocer la pertinencia (limitada) de esos criterios clasificadores, hoy estamos poniendo el acento en las distintas escalas de valoración, desde el patrimonio personal e intransferible que cada uno posee, hasta las escalas de familia, de grupo, de barrio, de localidad, de país y de región. Esto es, que el patrimonio opera como mojón de identidad de una comunidad determinada, en un determinado espacio y en un determinado tiempo. La consolidación de un sentimiento de pertenencia a la nación seguirá ligada a lo patrimonial, pero no en menor grado que otras referencias de diferente escala –y cada vez más, de diferente tipo y significación-, desde el entorno próximo... al mundo entero. Esa superposición de mallas, esa urdimbre de tramas de distinto contenido, densidad y extensión –variables a su vez en el tiempo-, da a la cultura patrimonial una estructura compleja, multidireccional y de gran riqueza interactiva, contexto en el cual deberíamos ubicar las problemáticas particulares para su mejor apreciación.


Genera también, bueno es decirlo, una situación problemática, porque aceptando que en una visión de lo patrimonial de dominante antropológica, todo bien cultural es potencialmente patrimoniable, cuando pretendemos no sólo conocer, clasificar e inventariar, sino identificar los elementos de mayor relevancia simbólica e incorporarlos a una política concreta de gestión patrimonial, nos vemos en la inexorable necesidad de hacer una selección, asumiendo además que la formalización del registro en cualquiera de sus instancias, se concretará en la órbita de las instituciones a las cuales se les ha reconocido una específica competencia. Esa selección y asignación de valor se procesa también inexorablemente en un determinado contexto social y político, donde lo patrimonial no juega un papel neutro ni queda ajeno a los intereses de grupos y a su manipulación interesada. Conviene tenerlo presente.


CUATRO: En el contexto antes apuntado, deberíamos tratar de asegurar un razonable equilibrio entre las condiciones que impone la preservación del valor histórico-documental, artístico o memorial del bien heredado y aquellas que derivan de ubicar esas preexistencias en nuevos contextos de uso y gestión, en tanto ese bien es asumido como parte de un “capital social” –material e inmaterial- que no debería ser ajeno a un proceso de crecimiento económico con equidad social. No habrá respuestas automáticas para cada situación concreta, pero nadie debería confundir preservar con congelar, siendo en todo sentido pertinente alentar un diálogo inteligente entre pasado y presente.


Ese vínculo entre patrimonio y desarrollo, ha quedado definido en múltiples documentos internacionales; sirvan como ejemplo dos de ellos, separados por casi 50 años:

“(…) Partimos del supuesto de que los monumentos de interés arqueológico, histórico y artístico constituyen también recursos económicos al igual que las riquezas naturales del país. Consecuentemente, las medidas conducentes a su preservación y adecuada utilización no ya sólo guardan relación con los planes de desarrollo, sino que forman o deben formar parte de los mismos.”

Coloquio de Quito / 1957

“(…) procurar que se asegure un equilibrio adecuado y equitativo entre conservación, sustentabilidad y desarrollo, a fin de que los bienes del Patrimonio Mundial puedan ser protegidos a través de actividades adecuadas que contribuyan al desarrollo económico y social y a la calidad de vida de nuestras comunidades…

Declaración de Budapest / 2002


Cabe mencionar que el turismo y la llamada “industria cultural” han transformado a buena parte de los bienes patrimoniales en otros tantos “productos” de consumo masivo, con las consecuencias positivas y negativas que deberíamos aprender a evaluar, para sacar partido de sus beneficios –ya previstos hace 70 años entre nosotros por Horacio Arredondo- y minimizar efectos que en tantos lados han tenido que deplorar.


CINCO: por último, se hace evidente la necesidad de ligar estrechamente las políticas de protección patrimonial con las políticas de desarrollo urbano y territorial, con fuerte involucramiento de las comunidades y con adecuada articulación de los ámbitos público y privado. 


Y todo lo anterior, se justificará y tendrá futuro en la medida que lo patrimonial forme parte integral del proyecto educativo de la comunidad, no en el sentido de enseñar patrimonio a la manera de una asignatura curricular, sino de asumir el patrimonio cultural como plataforma de referencia para la formación de ciudadanos –de su “pago”, de su nación y del mundo-, capaces de reconocer y de apropiarse de la mejor herencia de las generaciones pasadas y de ayudar a construir un escenario de vida cada vez más justo, equitativo y solidario.

 

IMAGEN DE PORTADA: tapa de la invitación para la celebración de la fiesta de fin de curso en la Escuela Nº 84 del barrio Reus al norte. Una de las muchas elaboradas por los alumnos en el marco del programa de referencia (año 2003)

 



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