acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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13.03.2007 16:38 / CARTAS, PONENCIAS Y OTRAS INTERVENCIONES

EL PATRIMONIO CONSTRUIDO (*)

ENCUENTRO SOBRE ACTUACIONES EN EDIFICIOS DE VALOR TESTIMONIAL /  4 Y 5 DE DICIEMBRE DE 2002  /  FACULTAD DE ARQUITECTURA (UDELAR)                  

                 Vale empezar dejando expresa constancia del reconocimiento de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación hacia la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República y la Sociedad de Arquitectos del Uruguay, en tanto co-promotores de este evento, cuya concreción debemos en buena medida al empeño personal de los arquitectos Villar Marcos y Bonilla, quienes desde la Comisión Especial de Ciudad Vieja dieron impulso a una iniciativa cuya necesidad y conveniencia era por todos compartida, pudiendo ahora – gracias a ese esfuerzo - finalmente concretarse. Necesidad y conveniencia impuestas por una situación en extremo problemática, donde una práctica específica -la gestión sobre el patrimonio construido-, parece tener una muy débil correspondencia con una práctica teórica correlativa, de hecho inexistente en tanto construcción propia y en todos los casos, escasamente aggiornada con relación al debate internacional.

               Una práctica que se desarrolla a su vez con formidables asimetrías e insuficiencias institucionales y legales, sin conciencia clara de su relación con la práctica productiva y con la trama de sistemas y sub-sistemas que van determinando los procesos de cambio a escala territorial y urbana; una práctica referida casi exclusivamente a la escala del padrón individual y corrientemente divorciada de las instancias de diagnóstico y decisión que se procesan en la órbita municipal: curiosamente ajena al ámbito académico (o en el mejor de los casos, ligada de un modo marginal y no sistemático) y carente de un espacio mínimamente adecuado para poder generar un vínculo en continuidad entre los diferentes actores, una razonable socialización de cada experiencia particular y en definitiva, una reflexión crítica sobre la cual edificar un cuerpo ordenado de conocimientos como guía sustentable de esa gestión. Dicho esto sin desmedro del trabajo realizado durante décadas por personas e instituciones con competencia en el tema, trabajo que merece la mayor consideración y que tiene sin duda en no pocos casos un interés relevante (veremos justamente algunos ejemplos concretos a lo largo de estas jornadas). Se impone entonces un reconocimiento que vale la pena enfatizar, porque estamos lejos de empezar de cero, cosa que no impide a su vez suscribir la conclusión de que en cuanto hace a la identificación, protección y puesta en valor de nuestro patrimonio edilicio y urbano, aunque muchas cosas se han hecho,  casi todo está todavía por hacer.         

                   Convendría en principio precisar de que cosa hablamos cuando hablamos de patrimonio, y en particular de patrimonio edilicio y urbano. Empezando por esto último y limitando el análisis a un enfoque tipológico y morfológico, hemos afirmado la convicción de que somos depositarios de una herencia particularmente valiosa, alimentada por cuatro vertientes principales, a saber: 1º) la matriz urbana de raíz hispánica; 2º) el papel de los cuadros técnicos de formación académica, primero en el período colonial y luego -por más de un siglo- en la vida de la República; 3º) el arraigo y proyección  de esa experiencia al constituirse al inicio del siglo XX una verdadera “escuela de arquitectura” de notable significación, dentro y fuera de fronteras y 4º) el papel de los “constructores”, permeando en el tejido urbano los criterios de ordenamiento generados en el ámbito profesional.  Se suma a esta valoración, la verificación de un sensible paralelismo entre el proceso de construcción del escenario de vida de la comunidad y las etapas principales de su desarrollo global, verificación especialmente significativa en los momentos que estamos viviendo, por las conclusiones que de ello pueden derivarse. Veamos cada uno de estos temas con mayor detalle: 

LA MATRIZ COLONIAL          

                     Asumiendo el aserto de Churchill (“Nosotros construimos la ciudad y la ciudad nos construye a nosotros”), la herencia urbana colonial, inserta en la configuración de nuestros pueblos y ciudades de modo radical y uniforme -situación ampliamente dominante en el interior -, o como trama de fragmentos- caso de Montevideo -, ha dado la matriz básica de proyección sobre el suelo de la vida de la comunidad y como tal, ha condicionado -y sigue condicionando-, su estructura funcional, sus formas de relacionamiento y convivencia y sus representaciones simbólicas. Pero alterada su escala original, comprometida o negada su vivencia unitaria y su equilibrada relación entre centro y área de influencia; potenciada su complejidad y reformulada su estructura como consecuencia de una acelerada movilidad funcional y poblacional, la ciudad, las ciudades, se han convertido en espacios fragmentados y problemáticos con sensible riesgo de pérdida de valores urbanos acuñados en etapas anteriores (y al decir “valores urbanos” hacemos referencia a la materialidad del escenario de vida, pero también y fundamentalmente a la representación simbólica de un espacio compartido y a los modos de relacionamiento  que son  expresivos de una determinada cultura ciudadana).  

                    He aquí un primer espacio de reflexión: ¿en qué medida hemos asumido como patrimonio real de la comunidad nuestra matriz urbana y de que modo esa valoración ha estado presente en nuestra reflexión cuando diseñamos políticas de desarrollo territorial y urbano, aplicamos las ordenanzas de rutina, dejamos hacer al mercado o presenciamos los efectos de las estrategias de sobrevivencia de los sectores marginados? Creo que difícilmente podamos dar aquí una respuesta positiva a escala de todo el país... aun cuando se trate de una temática referida a la estructura básica de los valores patrimoniales que hoy nos convocan. Dejo constancia que la experiencia de Montevideo a partir de la aprobación del POT, merece en este sentido una consideración especial y que a su vez, ha tomado una significación creciente el vínculo entre el MVOTMA y las Intendencias del interior, abriendo en uno y otro caso una expectativa positiva de futuras acciones coordinadas a nivel urbano-patrimonial.   

 LOS TECNICOS DE FORMACION ACADEMICA         

                       El papel de los ingenieros militares e ingenieros-arquitectos que actuaron en el período colonial ha sido poco estudiado – hago aquí expresa excepción del muy valioso aporte de Lucchini -, o ha quedado limitado al análisis de intervenciones edilicias concretas, dejando en un segundo plano o ignorando de hecho el papel que cumplieran como responsables del ordenamiento de la ciudad. Tal el caso de José Custodio de Sá y Faría - portugués al servicio de España después de la toma de Santa Catalina por Ceballos, en 1776-; cartógrafo eminente, ingeniero, arquitecto, administrador y responsable político, al que nuestra historiografía dedica unas pocas líneas con relación a sus proyectos de la Matriz y la iglesia de Maldonado. Llegado a Buenos Aires elabora un verdadero “plan director” que incluye a escala de proyecto de detalle, la construcción de un tramo de calzada frente al Cabildo para que sirva de ejemplo en cuanto a dimensiones, materiales, procedimientos y costos -enfatizo “costos”- para su posterior extensión al casco central de la ciudad. Con igual precisión en cuanto a procedimientos, especificaciones y costos que aseguren la viabilidad de cada propuesta, es la misma visión atenta al contexto urbano global que mueve a Tomás Toribio a elaborar en tiempos de Elío un similar plan de gestión, con detalle del conjunto de factores incidentes en la estructura de la ciudad, desde las normas de construcción – incluyendo la normalización del tamaño de los ladrillos - al manejo de residuos, el tratamiento de los “huecos” o baldíos, la regularización del área del Mercado (las “recobas” nunca construidas de la plaza Matriz), o el estudio del sistema de abastecimiento de agua, con proyecto de acueducto desde las fuentes del Buceo, etc.,etc, Una experiencia casi olvidada que debería tener un valor referencial en la formación de nuestros técnicos (con muy particular incidencia sobre aquellos que actúan en la órbita pública)...          

                         A partir de 1830, la influencia de los arquitectos-ingenieros europeos de formación académica es más conocida y exige por tanto menos detalle, pero no deja de llamar la atención por la dimensión, calidad y continuidad de ese aporte. De Zucchi a Veltroni, pasando por los hermanos Poncini, Andreoni y Boix -sin olvidar a Rabu, a los catalanes Fontgibel y Buigas y Montravá, a los italianos Tosi y Perotti y a los ingenieros alemanes que hicieron posible los alardes constructivos de la década del veinte- técnicos de primera línea se integraron al quehacer nacional, generando un nivel de referencia que hoy nos resulta impactante, Un nivel alimentado a su vez por obras puntuales de arquitectos de méritos reconocidos (Meano, Moretti, Gardelle, Girault y Chifflot, Crhistofersen, etc.) o de experiencias más o menos extravagantes pero no menos significativas para la ciudad (caso de Palanti, de quien han pasado al olvido sus experiencias relativas a la vivienda popular), sin olvidar el aporte de los grandes paisajistas (Thays, André, Racine). Ha habido en estos casos una mayor atención, ya en términos puramente descriptivos, ya haciendo explícitos los vínculos de “ideas y formas” de la producción vernácula con la cultura europea (tal el caso de la obra –vale la reiteración, por cierto valiosa- de Aurelio Lucchini).  

                       Pero hoy podemos hacer una lectura complementaria, en el sentido de valorar la obra de técnicos formados en las academias europeas que realizaron en un contexto diferente, obras que tal vez no hubieran podido concretar en su país de origen y que en todos los casos, admiten una comparación de igual nivel con las obras contemporáneas de sus coterráneos. En síntesis y para poner un ejemplo, parece de estricta justicia que Andreoni pudiera figurar en cualquier historia de la arquitectura de fines del siglo XIX, aunque no siempre asumimos las consecuencias que derivarían de esa valoración (pienso en el penoso estado de la fachada del Hospital Italiano o en su casa de la calle La Paz).  He aquí, en el conjunto de esas obras -a las que debemos sumar las realizadas por los técnicos uruguayos formados en Europa, con especial mención el trabajo de Capurro-, un formidable bagaje patrimonial que agrega a los valores específicos de cada programa particular, un valor que hoy apreciamos particularmente, relativo a su aporte a la continuidad y calidad de la trama urbana, punto que retomaremos más adelante. 

LA CONSOLIDACION DE UNA ESCUELA         

                   La sola existencia de ese flujo continuo y calificado de técnicos de nivel académico –europeos o uruguayos formados en Europa-, justificaría una muy especial atención al paisaje urbano que recogió sus obras. Pero hubo un proceso más trascendente, articulado en dos etapas: la primera, abierta con la constitución en la Facultad de Matemáticas de una escuela de formación común de ingenieros y arquitectos, muy ligada al modelo francés. Las primeras generaciones de arquitectos que tuvieron a Julián Masquelez como docente-guía y a Llambías de Olivar como primer egresado y que contaron en sus filas a técnicos de la talla de Jones Brown, Maini, Geranio, Tosi, Vázquez Varela y otros -hoy justamente revalorizados-, dan cuenta del nivel alcanzado. Esa experiencia se consolida y adquiere una notable relevancia con el inicio del magisterio de Carré. De allí en más surge una verdadera “escuela del sur”, con Cravotto y Vilamajó como alumnos dilectos y luego orientadores de un proceso abierto a las tendencias renovadoras, que diera en las décadas siguientes, la mejor arquitectura que se ha construido en estas tierras, sumando como valor agregado un particular énfasis en el contexto urbano-territorial de la gestión del arquitecto. Valgan como ejemplos concretos el Plan regulador de Mendoza (1941) de Cravotto y Scasso, en equipo con los argentinos Beretervide y Belgrano Blanco (sacado del olvido por Ramón Gutiérrez en la conferencia que dictara en esta misma sala el 15 de setiembre del año pasado) o Villa Serrana de Vilamajó. También aquí se abre un campo de reflexión, imponiéndose la revisión crítica del modo en que la Facultad procesó a partir de la década del cincuenta la incorporación de las propuestas de la vanguardia europea, generando un distanciamiento sin razón fundada con lo que hubiera debido asumirse como su mejor herencia, sin perjuicio de lo cual dio continuidad –claramente apreciable en el trabajo de Gómez Gavazzo en el ITU y en la práctica de sus Talleres– al mismo impulso que llevó a constituir en la Facultad la primera cátedra de urbanismo de nuestro continente.  

EL PAPEL DE LOS CONSTRUCTORES         

                 Todo lo anterior sería bastante para imponernos el mayor cuidado en el manejo de ese “capital” acumulado por generaciones; pero falta aún considerar un componente sin el cual nuestras ciudades no serían lo que hoy son. Hago mención aquí a la formidable influencia de los constructores –dominantemente de origen vasco, italiano y centroeuropeo-, que desde mediados del siglo XIX se afincaron entre nosotros, siendo aún sensible su influencia un siglo después. Ellos trasladaron conscientemente una técnica secular y de modo espontáneo, las pautas de una cultura urbana, aquí materializadas en innumerables trabajos que definen el perfil característico de zonas enteras de nuestras ciudades. Con el agregado de que asumieron como buenos los criterios formales de los técnicos académicos, adaptando las orientaciones básicas de los modelos en boga a sus trabajos de menor escala. Capítulo aparte merecería, asociado a este rubro con las particularidades del caso, la obra de Bello y Reboratti y también la de Santiago Porro y otros empresarios de similar nivel de gestión, construyendo fragmentos de ciudad que hoy valoramos particularmente. No debería extenderme en este punto respecto al modo en que esta rica tradición se fue extinguiendo progresivamente a partir de la década del cincuenta. Un proceso cuyos tristes resultados vemos a diario y en cuya definición no estuvieron ajenos los intereses corporativos de los arquitectos.

LAS GRANDES ETAPAS EN LA CONSTRUCCION DEL ESCENARIO URBANO: EL CASO DE MONTEVIDEO.         

                  Al limitar el análisis de los factores que han incidido en la particular conformación de nuestro espacio urbano a la incidencia de los “ordenadores” y “diseñadores” de ese espacio construido, hemos intentado poner en valor las trazas principales de ciertos procesos que en el marco de circunstancias históricas concretas, dieran por resultado un escenario de vida altamente calificado. He aquí una correspondencia que conviene resaltar, referida a dos grandes escenarios históricos que podríamos sintetizar en estos términos: el que corresponde a la génesis y estructuración primaria de la identidad nacional, proceso que hunde sus raíces en el período colonial, y el correlativo a la consolidación y desarrollo del estado-nación a partir del último cuarto del siglo XiX, que cobra un formidable impulso de signo progresista al inicio del siglo XX, capea el temporal de los años 30 y se recompone en la última posguerra, hasta que, a mediados de los cincuenta, se presentan los primeros signos de un horizonte problemático ... en el que hoy estamos finalmente instalados.         

                     A pesar de las distancias políticas, la ciudad de los primeros cincuenta años de vida independiente no se distanció en lo esencial del escenario construido en el período colonial, manteniendo sin grandes variantes la traza, la escala y la prioridad de la imagen urbana sobre la construcción individual, sin perjuicio del énfasis correspondiente a los edificios representativos del poder civil o religioso, valores compartidos por Toribio, Zucchi y los Poncini, que dieran como resultado la ciudad pintada por D”Hastrel, la primera formalización de la Plaza Independencia o el Maciel como edificio-proceso y que se expresa con todo rigor y detalle en el notable catastro del joven Capurro, en 1865. Por esa ciudad clamó Bauzá en 1896, cuando trató de descalificar a quienes imponían un nuevo modelo de referencia ligado a ese “nuevo país” que crecía a pasos agigantados y reconstruía también aceleradamente su imaginario colectivo en un verdadero proceso de “refundación” de la nación. Hablaría entonces  “de un vandalismo ilustrado que asusta”, en frase que se ha hecho célebre y que hoy podríamos retomar sin mayor forzamiento, eliminando para mayor precisión lo de “ilustrado”-, expresando un sentimiento de rechazo hacia ese cambio destructor del ambiente en que él viviera y con el que se sintiera visceralmente identificado; un sentimiento que se expresaría pocos años después con igual fuerza cuando el Señor Gandós demuele la construcción existente en el predio de Rincón y Bartolomé Mitre para levantar su Palacio, dando lugar a pública repulsa; y que alcanzaría una singular fuerza poética, hacia 1930, con relación al “viejo barrio Sur”, arrasado por la Rambla. Rambla y Palacio –tengámoslo en cuenta-  que forman parte de nuestro más selecto listado de monumentos protegidos...          

                     Es que ese formidable cambio tipológico que acompaño el crecimiento y la expansión de la ciudad, generó a su vez un escenario calificado, cuya unidad no estaba ya prefigurada en un referente urbano más o menos estricto o en la propia concepción de los arquitectos, siendo que primaba ahora una demanda con énfasis individualista, exhibicionista y competitivo, y adquirían un peso dominante nuevos programas difícilmente conciliables con las pautas proyectuales hasta entonces vigentes (caso de los cines, las grandes tiendas y los “palacios” de vivienda colectiva). Pero esa demanda fue concretada en una sociedad que consolidaba con notoria autoestima un mito integrador, en tiempos de fuerte inversión y a través de agentes particularmente calificados. Sea en clave de eclecticismo historicista, modernista o estrictamente moderna, hecha por arquitectos de primera o de segunda línea o aún por empresarios y constructores de la época, cada intervención particular respetaba un cierto umbral de calidad y valía como segmento de un discurso integrado a una escala mayor.

                   La ciudad a su vez, crecía con plena conciencia de su unidad y su complejidad, condición asumida sistemáticamente en los planes de Guidini en 1911 y Cravotto en 1930, en tanto se generaba una persistente reflexión a nivel académico y una correlativa gestión municipal. Ya no existía la ciudad de Bauzá como escenario dominante, pero la “nueva ciudad” consolidaba sobre la vieja traza una imagen en correspondencia con los valores de una sociedad que al entrar en la década del cincuenta se sentía muy satisfecha de sus logros y muy segura de su futuro... cuando todo empezó a cambiar. 

LAS ULTIMAS CUATRO DECADAS         

                 Y entramos en el tercer escenario,-un escenario de estancamiento, de destrucciones sin sentido, de una deriva sin rumbo aparente, con repuntes aparatosos y de corto aliento-, correlativo de un tiempo difícil que nos ha llevado a donde hoy estamos. Un escenario que visto en perspectiva, presenta en el ámbito de nuestra disciplina, tres acontecimientos premonitorios de futuros desarreglos: en 1954, la demolición de la Pasiva de Elías Gil; dos años más tarde, el Plan Especial de Ciudad Vieja que retomaba sin crítica la misma visión a-histórica del “Plan Voisin” de Le Corbusier y en 1965, el rechazo de la propuesta del arquitecto Monestier para la remodelación del viejo Mercado Central y su entorno próximo.

                   A ello siguieron la “regularización” de la fachada de “La Madrileña”, la demolición del palacio Jackson, del Taranco Chico y del edificio proyectado por Juan Tosi en la esquina de Andes y 18, sabiamente complementado por Carré a través del cuidado diseño de la medianera oeste del Jockey Club, hoy tapiada por un ejemplar típico de un período donde la construcción especulativa no requirió de la arquitectura más que el aporte de un leve toque funcionalista. Y ya no tuvimos siquiera los letreros tan fuertes de presencia como de diseño –pienso en el proyecto de Vilamajó para el cine Pomona en el edificio de CAMBADU, una intervención por cierto olvidada-, dando paso a ese terror montevideano de las “marquesinas”. Perdimos el Reus al Sur; banalizamos el Reus al Norte; destruimos el Medio Mundo y El Palomar y sin irnos tan atrás, pasemos hoy por Gonzalo Ramírez y Jackson o por Libertador y Cuareim, que aún están en pleno trabajo de demolición ...  

                 Limitándonos al muy específico campo del espacio construido, creo que podemos coincidir en un diagnóstico en extremo crítico acerca de la ciudad que hemos visto construir en las últimas cuatro décadas. Coincidiremos también en el muy sensible esfuerzo que desde 1980 a la fecha se ha hecho para desandar ese camino, aunque los resultados estén muy debajo de las expectativas que pudieron generarse. En ese contexto el objetivo de esta intervención es apuntar a una convergencia de esfuerzos para ayudar a construir entre todos un escenario de vida en correspondencia con este nuevo proceso de “refundación” que de alguna manera se abre ante nosotros y nos compromete como antes a nuestros antepasados en situaciones igualmente dramáticas.  Seguramente no avanzaremos en ese camino sin rescatar y poner en valor –claro que en nuevos contextos-, las mejores cosas que hemos sabido construir en el pasado. Empezando en el nivel más general, por la afirmación de una convivencia democrática donde primó por mucho tiempo un sentimiento de equidad, hoy de hecho comprometido. Y en el área en la que formalmente tenemos competencia, poniendo en valor las grandes líneas de gestión de quienes asumieron en otros tiempos directa responsabilidad en la construcción del escenario de vida de la comunidad. Esas líneas que hemos tratado de poner en negro sobre blanco, para rescatar una herencia patrimonial cuyo futuro depende en gran medida de lo que nosotros hagamos o dejemos de hacer. Empezando por reconocer la relación indisociable entre políticas de desarrollo urbano-territorial y políticas de consolidación patrimonial y poniendo énfasis en los procesos de gestión donde pueda articularse la potencial eficiencia de un manejo gerencial con la participación activa de múltiples actores sociales a nivel de propuesta y control. 

                  He aquí un formidable desafío que llevará a las jóvenes generaciones –y a los no tan jóvenes que han ido marcando el camino con intervenciones en todo sentido valiosas-, a enmendar los errores y los renunciamientos de las últimas décadas, para dialogar con respeto y sin inhibiciones, con la formidable ciudad que hemos heredado. Y eso vale para todo el país. Que así sea, para bien de todos y para que, al tiempo que reconstruimos la esperanza de volver a generar un desarrollo sostenible y de resultados compartidos –privilegiando un sentimiento de equidad que nos viene desde el fondo de la historia-, y en tanto avanzamos en su concreción privilegiando los acuerdos sobre las disensiones, podamos pasar de los monumentos aislados a una ciudad de tramos y “retazos”, cada vez mejor hilvanados en un escenario recalificado y valorado como globalidad.                 

                 Volviendo al principio, llamamos patrimonio a los valores en los que nos reconocemos y que marcan nuestra identidad. Se trata en rigor de la construcción necesariamente contemporánea de un relato siempre renovado cuya materia prima es parte del pasado, pero que se justifica y adquiere verdadero sentido en tanto proyecto de futuro. Esa construcción ha estado durante décadas fragmentada u omitida. Es bueno que retomemos esa tarea con renovado impulso en momentos que el país más lo necesita.Montevideo,

 (*) Exposición del Arq. Nery González en representación de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación  /  4 de diciembre de 2002



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