acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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13.06.2008 20:02 / MIS ARTICULOS

LA ATARAZANA Y EL APOSTADERO NAVAL / parte I (*)

Montevideo: de "plaza fuerte" a "puerto de mar"

En octubre de 1965, María Julia Ardao, entonces directora interina del Museo Histórico Nacional, elevó un informe al Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social -presidido por Pivel Devoto- proponiendo la adquisición del predio que ocupara originalmente el Apostadero de la Marina, con el objetivo de rehabilitar las construcciones allí existentes e integrarlas "en una unidad museística" con la casa de Ximénez y las Bóvedas. Un planteo en concordancia con la resolución que el Poder Ejecutivo había adoptado sobre el mismo tema 20 años atrás, haciendo explícita la finalidad de "evocar la tradición de la ciudad de Montevideo, Plaza Fuerte y Puerto de Mar"

En noviembre de 1966 el Consejo Nacional de Gobierno formalizó la compra, pero habría que esperar otros 20 años para que el Ministerio de Obras Públicas tomara a su cargo los trabajos de restauración del cuerpo frontal sobre la calle Zavala - más tarde acondicionado como "Museo del Descubrimiento"-, trabajos que también incluyeron el apuntalamiento del vetusto edificio que ocupa el centro del padrón. El mismo que hoy podemos ver tan ruinoso como entonces. pero ahora liberado de toda construcción circundante, ya que el Banco República, a poco de adquirir el resto de los padrones de la manzana, demolió todo lo que allí había para formar el actual estacionamiento. Ese empeño digno de mejor causa abrió en el casco histórico un hueco impresentable; pero, vaya paradoja, la cruda exposición y el desamparo de las históricas construcciones, terminaría por actualizar un programa de conservación y puesta en valor -expresiones ya utilizadas en resoluciones de 1965-, varias veces diferido.

Un primer abordaje en ese sentido se dio entre los años 1998 y 2000, cuando la definición de una estrategia para operar en toda la manzana fue encomendada a un calificado "grupo de trabajo" (1), buscando conciliar los requerimientos funcionales del Banco, las pautas de revitalización del Centro y Ciudad Vieja -entonces en proceso en la órbita municipal-, y la condición de patrimonio histórico de las preexistencias. Se avanzó por ese camino, despejando muchas incógnitas y aportando nuevos elementos, pero sin que se llegara a formalizar una propuesta operativa. Luego, como ocurre tantas veces entre nosotros, a un cambio de autoridades siguió el archivo de lo actuado...

Pasaron los años, y cuando todo parecía apuntar a un futuro sin pasado, el Banco de la República dobló la apuesta: compró también el padrón hasta entonces perteneciente al Ministerio de Educación y Cultura e hizo un llamado para seleccionar el equipo encargado de desarrollar una investigación histórico-arqueológica del sitio, base a su vez de un programa de intervención que esperemos resulte alineado con aquel que el Poder Ejecutivo ya había formalizado... seis décadas atrás. He aquí un lugar y una historia, indisociables de la historia de la ciudad. Vale la pena explorar ese pasado, con el que ahora podemos volver a dialogar.

Historia y geografía hacen su obra

Al desalojar a los portugueses que hacia fines de 1723 pretendieron afincarse en la península, Zavala, partiendo desde Buenos Aires, pudo concretar un objetivo largamente diferido: fundar una "plaza fuerte" en la orilla oriental del Río de la Plata que sirviera a su Gobernación y al mismo Virreinato, como antemural protector de incursiones enemigas. Montada en una península angosta, Montevideo nace con traza híbrida, determinada desde el arranque por su función militar: primero el "fuerte" y las baterías costeras, luego el esbozo de una trama regular que curiosamente empezó a tomar forma no desde la plaza central -como era norma, fuera la ciudad marítima o mediterránea- sino desde una línea de borde sobre la bahía; por fin un cierre provisorio en la parte estrecha que llamaban "cortadura", a la espera de que pudieran concretarse las fortificaciones definitivas (la Ciudadela, que sustituiría al primer "fuerte" -y daría abrigo a la guarnición de defensa-, y las murallas de cierre sobre el campo abierto). "Plaza fuerte", sin duda, y también asiento de una población "de frontera", pero no ciudad-puerto que pudiera un día competir con la sede de la Gobernación.

Al margen de las decisiones políticas, la bahía de Montevideo era el único resguardo seguro cuando se desataban las furias del río (que lo hacían con frecuencia...). Desde los lejanos días en que Vespucio tomara nota de su presencia -y del cerro que la señalizaba-, la bahía dio amparo a exploradores y a bucaneros, a comerciantes y aventureros, a las naves del Rey y también de otras banderas, admitidas o no según se tejían y destejían los pactos en Europa. Valga el ejemplo del francés Bougainville, tomando a Montevideo por escala en viajes que empezaban en Saint Malô y terminaban en las "Malouines" -luego "Malvinas"-, en la Patagonia, o de vuelta en su tierra tras dar la vuelta al mundo.

A principios de 1764, cuando el capellán de una de sus expediciones, el dominico Dom Pernetty, visitaba al Gobernador de Montevideo en su quinta de las afueras -y discurría luego sobre la costumbres de estas tierras-, ya asomaba un principio de formal reconocimiento de la vocación portuaria de la ciudad, al habilitarse por esos tiempos la escala de buques-correo. Esa tendencia se vería afirmada cinco años más tarde a causa de un acontecimiento en cierto modo fortuito, cuando la Corona arma una expedición para expulsar a los ingleses de las Malvinas (un punto estratégico que a diferencia de los franceses -también allí asentados por obra del mismo Bougainville- no tenían intención de abandonar... perseverando en ello hasta nuestros días).

Llegada la flota a Montevideo al mando de Juan de Madariaga, se suceden las intimaciones y luego un primer intento de desalojo que no logra su objetivo. Vuelta a su base de apoyo, en los hasta entonces precarios barracones que ocupaban la manzana hoy comprendida entre las calles Zavala, Piedras, Solís y la Rambla 25 de Agosto, se recompusieron los barcos, se reforzó la tripulación y desde aquí partieron -de Montevideo, no de Buenos Aires- en un intento culminado con éxito el 10 de junio de 1770 (aunque el retiro efectivo -protestado y transitorio- se concretaría recién cuatro años más tarde).

A raíz de esos acontecimientos la Armada española -que había designado a Madariaga Jefe de la Escuadra del Río de la Plata- mantendría en Montevideo una dotación estable, con capacidad de defender sus dominios australes y enfrentar el poder naval inglés. Y esa decisión quedaría formalmente consagrada pocos años más tarde, cuando por Real Orden de 9 de agosto de 1776 se dispuso la elevación de Montevideo a la categoría de Apostadero Naval con jurisdicción en la cuenca del Plata y el Atlántico Sur, incluidas las islas Malvinas y la costa patagónica. Seguirán en los meses siguientes otras Reales Ordenes estableciendo escala y registro obligatorio para todos los buques en viaje desde o hacia El Callao.

Dos años más tarde, en octubre de 1778, la "Real Cédula de Comercio Libre" concedió al recién creado Virreinato derechos hasta entonces negados a estas tierras. Creció a su amparo el poder político y comercial de Buenos Aires -ya antes cortada su dependencia de Lima-, pero también Montevideo pudo integrarse a la apertura liberal impulsada por Carlos III, y para estar a la altura de las circunstancias, remodeló el embarcadero y construyó su primera Aduana en la esquina de las actuales calles Piedras e Ituzaingó. Y cuando a fines de ese mismo año comenzó a instrumentarse en España la iniciativa de poblar la Patagonia, no habría duda que sería Montevideo el punto de arribo de los colonos, el lugar desde donde se organiza su frustrada aventura y adonde finalmente retornará la mayoría de ellos, terminando aquí por afincarse.

Nacida "plaza fuerte", pasarían más de cincuenta años antes de que Montevideo se convirtiera en "puerto de mar". Lo era en forma incipiente en el entorno de 1770, y lo sería ya con reconocimiento pleno apenas ocho años más tarde. Se concretaba así un proceso de verdadera "refundación", que dio a la ciudad un notable impulso, alteró su relación con Buenos Aires y marcó su destino hasta nuestros días. Y nos legó unas construcciones más viejas que el Cabildo y la Matriz, en las que hasta ahora poca atención hemos puesto. La más antigua, un largo galpón donde se reparaban velas y aparejos, respondió al flujo creciente de las embarcaciones que llegaban a puerto y a la consecuente demanda de servicios, agregando en su propia estructura o en las construcciones contiguas, la flamante sede del Apostadero.

Todo ocurrió en esos pocos años, y cuando a fines de 1776 se organiza en España una gran expedición que busca afirmar su poder en el sur del Atlántico, del viejo y precario "barracón" ya sólo quedaba el nombre.

Cevallos entre Santa Catalina y San Felipe

La trama de la historia empezaba a montarse con las claves de la geografía, y en ese proceso Montevideo crecía, y crecía su puerto. Y eso sin deberle nada a Cevallos, que en su tiempo de Gobernador de las Provincias del Plata, poca atención les había dedicado. Pero Cevallos volvía en 1777 con título de Virrey, al frente de otra "Armada Invencible" -que ésta sí lo sería-, generando un formidable impacto en estas tierras. A mediados de esa década, los portugueses habían avanzado en Río Grande y amenazaban las tierras del sur, siempre tentados de llevar sus fronteras hasta la Colonia del Sacramento, solitaria "cabecera de playa" sobre las aguas del Plata. Atenta a esas circunstancias y aprovechando el atasco de los ingleses -históricos aliados de los portugueses- en su guerra norteamericana, la Corona hace que Cevallos parta de Cádiz con más de cien embarcaciones y nueve mil hombres, iniciando una gesta reconquistadora que luego versificaría un ignorado miembro de la tripulación (2). En un primer momento, Cevallos da por bueno que será Montevideo su base de apoyo, pero ya en alta mar hace suya la estrategia de la Corte, decidiendo atacar el bastión portugués de Santa Catalina, que en febrero de 1777, tomado por sorpresa, cae en sus manos con mínimo esfuerzo.

El éxito de la operación borró toda discusión sobre la pertinencia de un cambio de planes que Cevallos justificó de modo radical, diciendo que en Santa Catalina existía un puerto "acomodado para asegurar a la escuadra en invierno, una ventaja que no se puede lograr en Montevideo, el cual no merece nombre de puerto, ni yo sé como podría caber en él tan gran número de bajeles de guerra y de transporte que, con los que hay allá, llegará, si no pasa, de ciento treinta". Tras ese operativo exitoso, con sus espaldas cubiertas y sus naves con buenas provisiones, en los últimos días de marzo sigue su viaje hacia el sur (3). Llevaba la escuadra una semana de tranquila navegación cuando se vio enfrentada a una tormenta devastadora que el cronista de La Relación describe con patetismo:

"...Era tan grande el furor / con que el mar nos embestía, / que hacerle temblar podía / al hombre de más valor. / desde estribor a babor / los golpes de agua pasaban, / que las jarcias quebrantaban, / y los pilotos decían / que jamás visto se habían / en el peligro en que estaban (...) Logramos finalizar / nuestras penas y agonías / al cabo de nueve días / de borrasca sin cesar. / En fin, se llegó a templar / de aquel charco la braveza, / y con suma ligereza / conseguimos el deseo / de estar en Montevideo, donde cesó la tristeza..."

La nave insignia El Poderoso hace escala obligada en Maldonado en la tercera semana de abril; Cevallos sigue luego hasta Montevideo -donde arriba el grueso de la expedición-, reorganiza aquí sus fuerzas, define su estrategia y en el mes de mayo ya está sitiando por mar y tierra, y a poco tomando, la Colonia del Sacramento. Allí demolió cuanto pudo y con los escombros trató de inutilizar su puerto, con la intención de desalentar la disputa que por aquel escenario habían mantenido -en otra guerra de los cien años- las coronas ibéricas. En setiembre, el frente de batalla se desplaza a la fortaleza de Santa Teresa, tomada también sin gran esfuerzo; y hubiera seguido Cevallos su avance hacia San Pedro de Río Grande de no mediar el alto al fuego que impuso el Tratado de San Ildefonso. Concluido a su pesar el tiempo de las armas, recién en octubre se asentaría en Buenos Aires -la capital del novel Virreinato-, donde es recibido con los mayores honores, grandes festejos y un pantagruélico "convite" de celebración que duró cuatro días. Bien pudo decirse entonces que vino, vio y venció, y en las crónicas de la época, su nombre se vio asociado con Alejandro, César o el Cid Campeador...

Meses antes de la partida desde Cádiz, la Corona había prevenido al gobernador Vértiz de asegurar, "en la Banda del Norte del Río de la Plata", los apoyos logísticos necesarios. Es probable que en el Apostadero, dependiente directo de la Armada Real, se hubiera recibido igual mensaje, pero no sabemos si sucedieron así las cosas, si hubo trabajos que se iniciaron o se aceleraron por esas razones, y si la escuadra al fin aquí reunida -aquí, "donde cesó la tristeza"-, encontró en las aguas de la bahía un buen refugio y en las instalaciones de la Marina, una asistencia adecuada. Pero hayan sido pocas o muchas las "jarcias" reparadas en la Atarazana, por esos tiempos el puerto de Montevideo afirmaba su perfil y consolidaba su estructura. En buena parte gracias a las medidas liberales que el Virrey empezaba a poner en práctica... aunque siguiera pensando (¿seguiría pensando?) que Montevideo "no merece el nombre de puerto".

NOTAS:

(1) El "grupo de trabajo" se integró con representantes de la Presidencia de la República, el Ministerio de Educación y Cultura, la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, la Comisión Especial Permanente de la Ciudad Vieja y el propio Banco de la República, sesionando en la sede "18 de julio" de esta institución.

(2) La "Relación exacta", versificada, de la expedición de Cevallos a Santa Catalina y el Plata (1776.1777), según texto publicado y anotado por Aníbal Abadie Aicardi.

(3) Y suma alguna incorporación valiosa, como la de José Custodio de Sá y Faria, ingeniero militar y cartógrafo de primer nivel, desde entonces al servicio de España y responsable de muy notables obras en nuestro territorio (los proyectos originales de la Matriz y de la Iglesia de Maldonado).

SIGUE EN PARTE (II) http://blogs.montevideo.com.uy/hnnoticiaj1.aspx?16223


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