acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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03.03.2007 21:40 / MIS ARTICULOS

EL COLOR EN LA CIUDAD / parte II (*)

                    Hacia 1909, en la esquina sur-oeste de Bartolomé Mitre y Rincón, existía una típica construcción de la primera mitad del siglo XIX, muy parecida a la edificación aún existente vereda por medio, hoy ocupada en planta baja por el bar “Jockey Club”. En ese año el Sr. Gandós la demolió para levantar allí una obra de gran empaque, en correspondencia con esa “arquitectura del 900” que en Buenos Aires –donde residía el responsable del proyecto-, modelaba ya áreas importantes de la ciudad al estilo de las grandes capitales europeas.             

                      Hubo protestas en los diarios que seguramente hubiera suscrito Bauzá, visto el dramático “corte” entre viejos y nuevos escenarios, pero tanto el Palacio Gandós como otras muchas construcciones de la época, eran expresión de un proceso de transformaciones que modificaría de modo irreversible la imagen de la ciudad. Cambios de escala, de tipologías y de referencias formales, que dejarían atrás la ciudad que relevó Capurro y dibujó D´Hastrel. Y entre esos cambios, uno muy notorio: la aristocrática austeridad del revoque “símil piedra” iba eliminando de las fachadas el encalado y el color           

                    Eso contaba para los programas de mayor jerarquía  (Hotel Carrasco; Palacio Taranco; Palacio Salvo), tanto como para las nuevas construcciones que iban consolidando la extensión de la ciudad. Valga el ejemplo de las que entonces se levantaban en la calle Salsipuedes (hoy Juan Paullier) entre Guaná y Charrúa, con ampulosas fachadas donde el revoque “símil piedra” era recurso obligado. También por esos tiempos,  en la esquina de Yaguarón y Nueva York, las paredes del viejo conventillo “El Palomar” -luego demolido a pesar de su condición de “monumento histórico”- todavía lucían encaladas, pero las fachadas de las nuevas casas de inquilinato que se multiplicaban en las áreas consolidadas de la ciudad, se ajustaban rigurosamente al uso dominante. El agrisamiento se imponía con fuerza hegemónica y recorría toda la escala social...          

LOS “GRISES” SE ATENUAN Y TOMAN NUEVO IMPULSO

                 Hacia fines de los años veinte, ese proceso de homogeneización de texturas y colores tuvo un nuevo e imprevisto empuje cuando los jóvenes arquitectos que aborrecían las obras del academicismo en todas sus variantes y empezaban a abrir camino a una arquitectura renovadora, adoptaron con pasión de cruzados el revoque “imitación”. Un “símil piedra” despojado de buñas, matizado en su brillo y  textura y llevado a una gama del blanco tiza al gris pálido como fruto de una ajustada dosificación de cal, pórtland y polvo de mármol -más el agregado de mica picada, que le aportaría una particular vibración, conservando inalterado el criterio de exponer sin variante el color del material utilizado.                    

               Las décadas del 30 y 40 fueron testigo de una floración de ejemplos de notable calidad, casi todos alineados en igual visión formal, incluso en los casos en que la dominante de proyecto se situaba más cerca del “art decó” que de las expresiones de las vanguardias racionalistas, o cuando en el entorno de 1940 se asumían discretamente las pautas formales del “neo conservador”. Así mostraban sus “pieles claras” el Palacio Lapido y el Rambla Hotel; muy notoriamente el Clínicas y los edificios de su entorno, pero también el Yacht Club del Buceo y el Mástil en Pocitos, y más tarde la Caja de Jubilaciones ... o las simples casetas policiales.            

                Al igual que en el período que lo precedió, también ahora las tendencias renovadoras encontraban campo fértil para su desarrollo en el trabajo de los pequeños y medianos constructores que asumían de hecho el trabajo concreto de expansión de la ciudad. Sus nombres no aparecen en los libros y revistas de arquitectura, pero grabados en los frentes con justo orgullo, marcan presencia con ejemplos de gran dignidad. Sin su aporte, la ciudad no sería lo que fue.                                   

EL COLOR NO OLVIDADO            

                 El “símil piedra” primero y luego el revoque “imitación”, se constituyeron en actores privilegiados de la construcción de la imagen de la ciudad, pero no por ello desapareció el color.            

               En ese sentido, las ordenanzas municipales de los años 11 y 13 dejaban abierto un ancho camino en cuanto al uso y directa expresión de los materiales utilizados, cosa que sería asumida a plenitud en la profusa obra de Bello y Reboratti, tan exitosa entre su clientela como ignorada a nivel académico, aunque también no pocos arquitectos cuyas obras eran publicadas en la prestigiosa revista de la SAU –cerrada para aquéllos- usaron y abusaron de la piedra, el ladrillo, la cerámica y la madera en sus “chalets” de estilo, en Colón, en el Prado o en la costa.              

              Otros, no transaban con el reduccionismo formal de las nuevas tendencias –aunque asumieran progresivamente sus valores-, manteniendo en sus obras una gran riqueza de texturas y colores,  o se hacían sensibles a  las posibilidades que abría el uso del hormigón armado (valga para ambos casos el ejemplo de Vilamajó). Pero todos, en fin, comulgaban con un mismo credo, condensado en el aforismo de Ruskin: “el color de la arquitectura no debe ser otro que el color de sus materiales”,           

                Hacia 1940 hubo un nuevo factor incidente, porque lo que en su momento no pudieron lograr Berro y Figari lo pudo en cambio Torres García. La reciente exposición conjunta de las obras de los arquitectos Leborgne y Lorente Escudero en el Centro Cultural de España (mayo-junio/2005), puso de relieve la fuerza de un influjo que pronto daría sus frutos, incorporando al repertorio formal de los arquitectos, valores de textura y color que marcarían una senda enriquecedora de nuestro patrimonio edilicio, sumando a ello una postura ética y un “mirar desde aquí”, cuyas resonancias llegarían a nuestros días.            

              La imagen dominante de “ciudad gris” se vio así enriquecida con matices y variantes, marginando de hecho la pintura ... pero no el color, y adquiriendo en ese proceso un “tono” característico que bien supieron apreciar propios y extraños. La afirmación de las tendencias antes anotadas corrió en paralelo con los movimientos que en Europa -hacia mediados de la década del cincuenta-, generaban una verdadera “revolución en la revolución”, abriendo nuevos caminos a la modernidad. Entre nosotros esos ecos llegaban diferidos y amortiguados, pero ello no impidió que se concretaran obras de alta calidad que no le iban en zaga a las mejores de las décadas pasadas.           

              Toda esa renovada experiencia pudo ayudar a generar un ambiente urbano tan calificado como el preexistente, pero no lo hizo, en tanto su desarrollo fue indisociable del proceso de estancamiento y desintegración que marcó al país desde mediados de los cincuenta, agotado un modelo y postergados los consensos para intentar construir otro. En esa perspectiva, las propuestas de los técnicos, la práctica de los constructores y las demandas de los comitentes y de los usuarios perdieron los vínculos y articulaciones del pasado, y a falta de un contexto integrador, cada cual “atendió su juego” sin que nada alentara una intervención de mínima coherencia y sin que hubiera –salvo limitadas excepciones– la menor consideración por los valores heredados. Las consecuencias, nada alentadoras, están a la vista ... Cinco décadas de desarrollo frustrado están legibles en las paredes de la ciudad. 

¿”VANDALISMO” DE NUEVO TIPO O TRANSICIÓN HACIA UNA NUEVA SENSIBILIDAD ? (O UNA Y OTRA COSA).

                  Limitando el análisis al uso del color, difícil sería encontrar un código integrador de situaciones fragmentadas e inconexas, en tiempos en que las fachadas pintadas van asumiendo un perfil dominante. La difusión de nuevas técnicas ha ampliado notablemente el número de actores capaces de tomar decisiones al respecto -un proceso democratizador que no tiene vuelta-, pero los códigos que se procesan a nivel académico o a través de acciones institucionales, no estando ellos mismos exentos de polémica y a falta de una mediación adecuada, son asimilados a nivel popular con resultados a veces discretos y a veces -las más- aterradores.          

                Así las recientes intervenciones municipales en Carlos Gardel y en Pérez Castellanos, o los múltiples ejemplos de un nuevo repertorio formal presente en obras nuevas o en intervenciones de rehabilitación de viejos edificios, dan cuenta de un enfoque renovado, con resultados perfectamente atendibles (aunque no exentos de polémica, como el trabajo de Bellas Artes en el Reus Norte). Pero en paralelo con ello vemos aparecer chirriantes ejemplos de una acelerada “cacofonía” (amarillos saturados con moldurados remarcados en azul vibrante –o a la inversa-, etcétera...) o en forma menos agresiva, pero no menos nefasta, aplicar varias capas de pintura que habrá que renovar cada ocho o diez años, allí donde una limpieza esmerada hubiera rescatado un revoque que envejecía con nobleza, sin perjuicio de las alternativas de reparación o complementación que las circunstancias pudieran imponer. Y en ese estropicio se pierden para siempre valores que hubiéramos debido conservar, incluyendo entre las afectadas, obras de Andreoni, Tosi, Vázquez Varela, Veltroni,  Gaggioni o el mismo Vilamajó ... Y hasta el “Salvo” –que tiempo atrás se proyectó pintar- aparece hoy amenazado por la entusiasta “recuperación de fachada” (¿?) del edificio contiguo sobre la Plaza.         

                 ¿Significa esto que debemos desempolvar las reglamentaciones municipales –vigentes todavía en la década del 60– que prohibían de hecho la pintura por sus resabios “bárbaros”? A nadie se le ocurriría. La construcción de nuevos tiempos, en nuevos contextos, implica la existencia de nuevas sensibilidades y afirma la plena legitimidad de una relectura crítica del pasado, habilitando el avance hacia la concreción de un escenario urbano tal vez tan colorido y luminoso como lo imaginara Figari.              

                   Surgirán en ese proceso nuevas pautas y otras formas de ver, de sentir, y en definitiva de construir y reconstruir la ciudad. ¡Bienvenidas sean! Pero si vamos hacia un Montevideo donde el color será de nuevo protagonista (parados en la esquina de Timbó y Baltasar Vargas podemos ver un adelanto de ese futuro posible), no deberíamos perder en ese tránsito ejemplos muy notables del uso del “símil piedra” o del “revoque imitación”, cuando existan razonables condiciones para asegurar su conservación. Porque ¿qué futuro le espera a la ciudad si banalizamos o negamos buena parte de lo mejor que la historia tejió en ella ?   

(*) Publicado en el semanario “BRECHA” (partes I y II) en edición de  fecha 21.04.2006

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