La Piedra Lunar
Ejercicio de Libertad de Conciencia

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07.04.2008 18:33 / Mis artículos

PARA SERVIR AL HOMBRE

Allá por  1962, un capítulo de “The twilight zone”, trataba acerca de  unos alienígenas que venían a la Tierra con un manual  titulado: “Para servir al hombre”. El protagonista, un tal Chambers, un criptógrafo, descubre demasiado tarde que se trata de un manual de cocina y es abducido. Por otro lado, en el excelentísimo año de 1968,  un escritor de ciencia ficción llamado Harry Harrison, vislumbró un hipotético 1999 en el que la superpoblación mundial (35 millones solamente en NY) amenazaba con superar los límites de sustentabilidad de la biosfera terrestre y, para peor, con el petróleo agotado, las tierras de cultivo y pastoreo colapsando  (porque la zona de vivienda se había extendido salvajemente) los alimentos habían alcanzado un precio cósmico, asequible únicamente a una pequeñísima superelite que, como todas, vivía aislada de las consecuencias de sus acciones. Más allá del argumento policial de la novela (que fue llevada al cine)  uno de los temas principales de la narración  es la alimentación de tanta gente, que en un porcentaje altísimo se constituía de unas galletas amarillas llamadas “soylent” que estaban hechas con soja, una leguminosa cuyas propiedades ya le pronosticaban una hiperexplotación desde  hace décadas, pero sin que nadie tuviera claro que la cepa que iría a colonizar  el tercer mundo sería una variación transgénica que destroza el poder de sustentación de cultivos de la tierra. En este contexto apocalíptico,  aparece algo que resulta fascinante: un nuevo alimento, el soylent verde, cuyos ingredientes eran desconocidos, pero que fueron aceptados con avidez por el “mercado”. Paralelamente  comienzan a desaparecer personas (mayormente “homeless” y pordioseros, por lo que no le importó a nadie al principio) y en un mundo en el que “lo único que abunda es la escasez” y más tarde que temprano se descubrió que, el soylent verde,  “estaba hecho gente”.

Connsiderando que la sobreabundancia de gente  era  la causa  del problema y que no existe proteína de mejor valor biológico que la humana (el valor biológico se expresa como porcentaje de identidad en la composición aminoacídica, y por definición, es 100% en este caso)  no fue nada irracional encontrar una solución que atacara el problema por dos flancos: reduciendo la cantidad de personas y alimentando a las otras, que al ser mejor nutridas, luego podrían ser mejor procesadas en la planta fabril, proporcionando mejor soylent verde. Ahora, ¿Es moral  ejecutar esta solución?

Probablemente los utilitaristas, para lo que lo moral se reduce a una operación matemática  (la “utilidad” es un valor que debe ser maximizado en la sociedad  y que se obtiene restando la suma de todos los dolores al de todos los placeres) lo verían como aceptable, ya que las condiciones de indignidad del hacinamiento social otorgaría un valor “U” bajísimo, y el raleo sumado a una mejor alimentación sin duda lo levantarían. Siempre, claro, que “por el bien público”, se escondiera esa nimiedad del canibalismo, por supuesto. Casi podría verse como una operación de ingeniería social.

Los neoliberales, dirían que si el mercado lo consume no habría objeción a producirlo, y que interponer una ley en contra de eliminar a los seres humanos sobrantes implicarían una interferencia a la libertad de mercado que llevaría al colapso de la economía. 

Los socialistas centralizarían la producción, el soylent tendría un gusto horrible y escasearía cada tanto.

A lo mejor, habría que ir pensando en otra cosa.

Hoy el mundo está funcionando bajo una lógica de consumo salvaje, éste  es el fin y el convalidador último de todo, en tanto alguien compre, fabricarlo está justificado, y quienes se pregunten por qué esto es lógico recibirán la condescendencia de los amos y señores del racionalismo que son los teólogos del mercado. La hipótesis de trabajo identifica  el acto de consumo con la satisfacción de necesidades y mejora de la calidad de  vida por medio del aumento de la riqueza. Y, como China sigue sin acercarse al techo de su industrialización y capacidad de consumo, tal potencialidad permite al sistema salvaje  seguir depredando los recursos naturales de manera creciente, porque la moral imperante  lo permite, pero existe esa nimiedad, casi una estupidez, y que es que esta fuente de materias primas, lejos de ser inagotable, está más cerca del colapso de lo que el “Stock Exchange” de Wall Street parece entender.

Y bajemos a lo concreto, en Uruguay la papa está cara porque la cantidad de hectáreas plantadas disminuye en aras de la soja y el maíz (transgénicos, insisto) y si se sigue la misma política autista de  Argentina en pocos años toda la tierra cultivable quedará agotada.  Según tengo entendido, los arrendatarios de campo para soja pagan tres años por adelantado y devuelven la tierra con una pradera, para ocultar el hecho de que cuando la devuelven  no sirve para nada más que para pasto.

En definitiva, nos enfrentamos a un previsible colapso del sistema de consumo por  limitaciones físicas, pero la moral capitalista avala este sistema irresponsable, en especial porque algunos teóricos prevén que el propio mercado detectará a tiempo los problemas y los corregirá generando las instituciones apropiadas.  Algo así como el protocolo de Kyoto, que fue suscrito por todos y reciclado por uno de los más grandes contaminadores del mundo, Estados Unidos, para suplir una carencia momentánea de papel higiénico.

Es que el mercado consumocéntrico tiene una mentalidad cortoplacista, como el hombre que, sorprendido por la lluvia se refugia bajo un árbol de un parque y cuando el agua empieza a filtrarse no se preocupa porque hay más árboles…

Los argumentos son conocidos y no exentos de verdad, el mercado detecta perfectamente los nichos de oportunidades, genera riqueza (jamás la reparte, eso sí), pero es solamente una institución humana y como tal debe subordinarse al bien común, jamás al revés. Por ejemplo, el  mercado de cigarrillos, que se sabe que es un consumo perjudicial para la salud, se ve afectado  por las medidas centrales para reprimirlo, pero no así la calidad de vida de la gente, que mejora sin lugar a dudas.

Y así podemos pensar en otras cosas, como los alimentos, que son más variados y ricos que en ninguna época de la humanidad, pero a costa de la peor pandemia de obesidad jamás vista, que coexiste con el hambre y la carestía de la mayoría de la humanidad. ¿Cómo puede no verse que esto es inmoral?

Realicemos un experimento muy común en filosofía, que es el de asumir la perspectiva extraña, como si fuéramos un alienígena que cae de golpe en el planeta y observa que existen autos que no solamente cuestan lo que podría alimentar una aldea africana durante un año, sino que potencialmente llegan a velocidades que largamente superan el doble de las legalmente permitidas, ¿qué racionalidad puede encontrar en que se haga en nombre de la libertad del mercado si ejercerla anula la de los individuos, que es la única que por derecho es sagrada? ¿Cómo explicarle que seguimos dependiendo del petróleo y no desarrollamos formas limpias y renovables de energía, que podrían estar ya en etapa piloto de implementación? ¿para qué corno plantamos árboles destinados a celulosa en lugar de, por ejemplo obtener metanol por biosíntesis que es un excelente combustible renovable?. La verdad, cada vez que lo intento, el experimento me frustra, porque mi esperanza de algún futuro para mi especie parece alejarse.

Porque, además, ni pensemos que tal observador imparcial logre encontrar diferencias entre negros y blancos, musulmanes y judíos, socialistas y neoliberales, castos y promiscuos etc., solamente vería individuos de una especie neurótica, agresiva e irracional, que camina en chancletas por un desfiladero que se angosta…

En fin, la depredación a la que estamos sometiendo a los recursos naturales no solamente es irresponsable, sino que es insostenible a muy corto plazo: es incompatible con las condiciones de producción y reproducción de la vida humana, y solamente las cosas que sí sean compatibles con ello son sostenibles a largo plazo. Dicho de otro modo: o miramos más allá de muestras narices, o el siglo XXII lo gobernarán las ratas y cucarachas, curiosamente, dos especies muy proclives al canibalismo como forma de controlar la población cuando las condiciones en las que se encuentran no permiten el florecimiento de sus líneas genéticas. Como en el libro de Harrison.

No hay tiempo y si no empezamos a darnos cuenta de que el hombre no debe ser condenado a  servir a las instituciones (ni al estado ni al mercado)  sino que éstas deben hacerlo con el hombre. El riesgo es que nos toque, como a Chambers, descubrir algún día que  “servir al hombre” es solamente una forma de cocina.

Bernardo Borkenztain



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Químico profesional y aprendiz eterno de filosofía, me gusta antes que nada la posibilidad de intercambiar ideas y discutir, de ser posible con nivel, y si no, al menos con cortesía. Lo que no implica que no defienda con fuerza mis puntos de vista. Valoro antes que nada la tolerancia, que no es pasividad. Las opiniones en disenso no solamente son bienvenidas sino que deseadas. Lo que no admite polémica, es que "EL BIEN DE MUCHOS SE ANTEPONE AL BIEN DE POCOS, Y AL DE UNO".

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