El Capitán Fracasse
El gabinete del Capitán Fracasse (un espacio tan iletrado como cobarde)

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21.02.2008 02:54 / Mis artículos

Borges enamorado

 

 

“Un hombre gris, la equívoca fortuna
hizo que un mujer no lo quisiera;
esa historia es la historia de cualquiera
pero de cuantas hay bajo la luna
es la que duele más”
                                         Jorge Luis Borges, Enrique Banchs.

“Si es diferente la cáscara, idéntica es la pulpa
Se creen no obstante, de diversa trama
Nadie se parece más a un tonto verdadero
Que el más sutil de los sabios cuando ama.”
                                                Mario Quintana, Espelho Mágico.

 

La foto muestra una imagen de Borges escasamente difundida. Barbudo, un poco gordo, con un traje que no le sienta bien y una gorra vasca cubriendo la cabeza, semi calva debido a una reciente y grave cirugía.

A su lado se encuentra Haydée Lange, cuyo porte grácil y estatura elevada contrastan con un Borges más bien grueso y robusto. Al pie de la imagen, la mano de Leonor Acevedo, madre del escritor, estampó con tortuosa caligrafía “Haydée Lange y Georgie de barba”. En el reverso, Borges escribió con letra diminuta la frase “Wounded Tapir, April the first, 1939”. (Tapir herido, 1° de abril de 1939). Es fácil conjeturar quién es el animal sufriente.


La vida de Jorge Luis Borges semeja una tormenta silenciosa.

Ese hombre tranquilo y mesurado, cortés y amable aun en la ironía y la polémica, ese caballero de hábitos rutinarios e inofensivos, devenido en anciano patriarcal y venerable, fue también un hombre marcado por la genialidad, la intensidad de pensamiento, la valentía para defender sus posiciones ideológicas —por objetables que sean— y artísticas.

Talentoso y lúcido, al punto de ser considerado como el mayor intelectual del siglo XX, Borges acumuló a lo largo de su obra algunos temas recurrentes hasta la obsesión: las literaturas germánicas, el culto del coraje, la épica del malevaje suburbano del '900, la memoria de sus antepasados militares, el tiempo, los universos fantásticos, etc.

Otra obsesión —cuyas huellas pueden percibirse con claridad en su obra poética— signó la prolongada vida de Borges: el amor.

“Borges nunca tuvo suerte con las mujeres. Yo creo que más que enamorarse, se obsesionaba y las obsesiones no son beneficiosas” afirmó alguna vez Adolfo Bioy Casares, uno de sus amigos más íntimos y con el que desarrolló una más que interesante obra en colaboración.

María Esther Vázquez, compañera de ruta del escritor durante mucho tiempo, refiere que Borges, cuando se enamoraba de una mujer, iniciaba un cortés pero sostenido acoso de llamadas telefónicas y correspondencia, y se ponía un tanto nervioso.

A comienzos de los años '20, un joven Jorge Luis se enamoró perdidamente de una adolescente llamada Concepción Guerrero. En una carta de dirigida a Jacobo Sureda, Borges hace referencia a sus encuentros con la amada, que se producían los sábados en casa de la familia Lange: “...hablamos muy poco, graves, distraídos, en la garganta una especie de angustia oscura de felicidad, hasta el momento en que se interpone la oscuridad de la noche y el rostro de Concepción, cerca de mí, se hace lejano. Cuando yo la abrazo, se estremece toda...pero puedo parecer un canalla al hablar de tales cosas, aunque sea vagamente”.

De este romance sabatino queda como testimonio el hermoso poema “Sábados” que Borges incluyó en su primer libro, Fervor de Buenos Aires.

En el año 1927, durante una reunión en la casa su amigo Pedro Henríquez Ureña, Borges conoció a Elsa Astete Millán. Comenzó entonces otro ciclo de visitas sabatinas —en el amor es difícil escarmentar— que tendría un final abrupto.

Un sábado lo recibió la madre de la muchacha, quien asombrada le preguntó a qué había venido, ya que “Elsita” se había casado el día anterior y ya no vivía en la casa. El espanto del escritor debe haber sido mayúsculo.

A pesar del enojoso incidente, Borges y Elsa Astete Millán tuvieron su segunda oportunidad, luego de que ella enviudara. Se casaron en 1967. Luego de la ceremonia, la pareja marcharía a pasar su luna de miel en la estancia de Bioy, pero ocurrió un inconveniente y el viaje se canceló. Ante el asombro generalizado, Borges besó a la flamante esposa, la acompañó a su casa y luego regresó a la suya. Cuando se le reprochó no haberla llevado a un hotel, repondió que le parecía innecesario dado que ambos tenían una casa.

Quizá Elsa no percibió jamás la singularidad del talento de Borges, pero sí comprendió rápidamente lo cotizado que era su marido en ciertos círculos. Manejó los asuntos financieros del autor de un modo por lo menos reprochable, sentando un precedente que secundaría María Kodama de forma superlativa.
El matrimonio de Elsa y Jorge Luis duró tres años.

Citada que fue la casa de la familia Lange, es necesario decir que Hyadée Lange —la de la foto ahí arriba— también le quitó el sueño a Jorge Luis por una buena temporada. Borges iba a buscarla con frecuencia al Banco donde ella trabajaba. Una tarde, mientras paseaban por la ciudad, él le pidió matrimonio. Ella rechazó la proposición.

Más tarde llegaría el turno de Estela Canto, una joven hermosa, culta, de “costumbres licenciosas” y comunista. El amor entre estos dos polos opuestísimos fue largo y atormentado. Posteriormente, Canto publicó un libro titulado “Borges a contraluz", y a contraluz aparecen ciertos rencores de la autora, y una buena dosis de malicia.

Según María Esther Vázquez, Borges se enamoró sucesivamente de Wally Zenner, Haydée Lange, Elvira de Alvear, Silvina Bullrich, Emma Riso Platero, Estela Canto, Pipina Diehl, Susana Bombal y algunas otras. Lo que no cuenta es que muy probablemente se hubiera enamorado también de ella, y que algunas de sus amistades llegaron a creer que ambos se casarían.

El último —y polémico— romance de Borges fue el que sostuvo con María Kodama, quien lo acompañó —o se le adhirió— durante los últimos diez años de su vida. Borges y Kodama contrajeron matrimonio de un modo bastante curioso, ya que el enlace se celebró por poderes en un recóndito juzgado de paz del Paraguay profundo, cuando el genial escritor ya estaba —como suele decirse— con un pie en el cajón. Pero mejor será que no me extienda sobre María Kodama, ya que su persona me inspira una equidad similar a la de los fans de John Lennon al referirse a Yoko Ono.

En el final de su biografía más reciente, María Esther Vázquez escribió: “Borges triunfó y se vio envuelto en el esplendor de la fama, de los halagos, de los premios. Eso lo hizo feliz. Y, sin embargo, fue incapaz de lograr un amor entero en el momento adecuado”

Amor entero en el momento adecuado. Casi nada...

Tal vez hay dones que no se prodigan en conjunto. No en vano escribió Denis de Rougemont que “el amor feliz no tiene historia”.

Espero que las revistas Gente, Caras, Radiolandia y Leoplán disculpen mi intromisión en el campo del chusmerío amoroso, ya que se trata de historias tan viejas.

Algunos poemas de amor de Jorge Luis Borges.


                 Sábados


Afuera hay un ocaso, alhaja oscura
engastada en el tiempo,
y una honda ciudad ciega
de hombres que no te vieron.
La tarde calla o canta.
Alguien descrucifica los anhelos
clavados en el piano.
Siempre, la multitud de tu hermosura.

A despecho de tu desamor
tu hermosura
prodiga su milagro por el tiempo.
Esta en ti la ventura
como la primavera en la hoja nueva.
Ya casi no soy nadie,
soy tan solo ese anhelo
que se pierde en la tarde.
En ti esta la delicia
como esta la crueldad en las espadas.

Agravando la reja está la noche.
En la sala severa
se buscan como ciegos nuestras dos soledades.
Sobrevive a la tarde
la blancura gloriosa de tu carne.
En nuestro amor hay una pena
que se parece al alma.


que ayer solo eras toda la hermosura
eres también todo el amor, ahora.



               Ausencia

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.



                      1964

                          I 

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

                              II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

 

                     El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la
vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero
Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las
galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven
amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche
intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que
miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la
paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.


Fuentes:
Borges. Esplendor y derrota.
María Esther Vázquez
Editorial Tusquets. Barcelona, 1996

Obra Poética
Jorge Luis Borges
Editorial Emecé. Buenos Aires, 1995



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Sobre mí
Mi familia tiene armas parlantes: tres cigüeñas de oro sobre campo de azur.Su nobleza es muy antigua. Mi archiabuelo Palámides figuraba gloriosamente en la primera cruzada. El Barón Raimbaud, mi padre, era muy amigo de Enrique IV en su juventud; pero no le siguió a la corte porque sus negocios andaban mal, y a fe mía que así continúan. El Enrique que conozco hoy día es el mozo de la pizzería de enfrente, y mis únicas cruzadas son para pedirle una de fainá a cuenta.

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