acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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03.03.2007 21:44 / MIS ARTICULOS

EL ORATORIO DE DON JUAN DE NARBONA EN EL PARTIDO DE LAS VIBORAS

                No fue Narbona guerrero ni fraile, ni doctor en leyes o ciencias, ni ocupó nunca un cargo formal en la administración colonial. Llegó al Plata hacia 1708, apenas veinteañero, probablemente iletrado y sin más recursos que su habilidad para los negocios, virtud de la que pronto daría sobradas muestras como comerciante y empresario de la construcción, no en menor grado que en su rol de prestamista ... contándose el propio Zavala entre sus deudores.           

                No puso menos empeño en el infame comercio de esclavos -entonces admitido como parte del “orden de las cosas”- y es más que probable que la ilegalidad más o menos consentida del contrabando ocupara parte de su tiempo, y que sus donaciones piadosas -caso de la iglesia del Pilar en la Recoleta, construida a su costo- no fueran ajenas a una estrategia de consolidación de un poder económico ya por entonces floreciente (por aquello que Luis Morquio Blanco (*) atribuye a Sarmiento: “ Narbona hizo la Recoleta y la Recoleta hizo a Narbona”).          

                 Hacia 1732, afirmada ya su fama y su fortuna, Narbona pone su atención en la costa oriental del Uruguay y logra de Zavala la concesión de una extensión de tierras comprendidas entre el arroyo de las Víboras y el arroyo Sauce, contigua a la estancia de Escobar, viejo faenero santafecino asentado por esos lares. Tierras bravas que las parcialidades aborígenes no daban por perdidas, donde la conquista no había logrado ninguna fundación estable a más de una legua de la costa, y donde se multiplicaba portentosamente el ganado, tanto como los “tigres” y los perros cimarrones.  

               Comienza entonces Narbona la explotación de caleras y montes, teniendo por destino principal las obras de Buenos Aires - propias y ajenas-, aunque también los portugueses de la cercana Colonia del Sacramento fueran ocasionales clientes. Da inicio asimismo a la construcción de una casa-capilla-plaza fuerte en un promontorio desde el que dominaba el área de una explotación hoy diríamos “agro-industrial”, al estilo de la que desarrollarían poco más tarde y a mayor escala los jesuitas en la vecina Estancia de las Vacas. La severa casona será más tarde asiento definitivo de su descendencia (su única hija, casada en 1740 con el toledano Francisco Martín Camacho). Y fue Camacho, allí aquerenciado, quien dio nombre a lugares y obras, los que se conservan hasta  nuestros días y valen como mojones que frenan el olvido de una parte de nuestra historia. 

EL ARQUITECTO GIURIA DECIDE VER Y TOCAR

             En 1949, en un apartado de la revista Estudios, el arquitecto Juan Giuria decía: “Tantas veces había oído proclamar la “Capilla de Camacho” como una de las construcciones más interesantes que nos ha legado el coloniaje, que un buen día me decidí ir a verla para comprobar si realmente estaba a la altura de su fama. Y no pude menos de convencerme que no eran exagerados los elogios que le prodigaban los visitantes que me habían precedido”  En texto adjunto, el historiador carmelitano Natalio Vadell lamentaba que “ruinas tan antiguas  y de tan respetable tradición, no hayan sido adquiridas por el Estado para ser restauradas convenientemente y hacer de ellas  un lugar de turismo como se ha hecho con la fortaleza de Santa Teresa”.     

           No hubo de pasar mucho tiempo para que esa invocación tuviera su respuesta y ya en noviembre de 1951 la Comisión Nacional de Turismo adquiría el predio en subasta pública. Un artículo publicado en el suplemento dominical de “El Dia” daba cuenta de ese hecho y del propósito de restaurar la construcción, haciendo constar la confianza en la probada competencia de Horacio Arredondo –gestor principal de las operaciones de rescate de las fortalezas de Santa Teresa, San Miguel y el Cerro de Montevideo- y “en la experiencia y dinamismo del arquitecto Gualberto Rodríguez Larreta”, administrador de la comisión de referencia. La expectativa tuvo una respuesta positiva y Arredondo pudo comenzar los trabajos de restauración (a su manera claro, reconstruyendo por ejemplo la cocina -de la que no quedaban vestigios- según el modelo de la casa de los Marfetán en Santo Domingo de Soriano ...). Pero el impulso pronto encontró su freno;  escaso fue el avance y sostenido en cambio el proceso de deterioro que siguió a ese intento.           

            La nota en cuestión incluía dos imágenes de construcciones muy próximas al Oratorio de Narbona: el muy notable puente de piedra y el molino hidráulico, lamentablemente vacío ya de su maquinaría original, que el catalán Jaime Castells y Comas construyera hacia 1855 al amparo de una ley aprobada dos años antes -hoy diríamos “de concesión de obra pública”- valiéndose probablemente de constructores vascos, duchos en el manejo de la piedra y muy activos entre nosotros por esos tiempos (valga como ejemplo la muy notable casa-posta sobre el arroyo Chuy, en Cerro Largo, construida en la misma época y en similares circunstancias). 

UN PASADO CON FUTURO

           Quien hoy se viera tentado a seguir los pasos que Giuria dio hace más de medio siglo, llegaría seguramente a su misma conclusión, aún cuando mucho haya avanzado desde entonces el estado ruinoso de las construcciones. Es que el curso final del arroyo de las Víboras, el puente de Castells y el viejo molino, el camino sinuoso hacia la colina donde aún resisten los ladrillos y las rejas de Narbona -menguados por el efecto de décadas de abandono y saqueo-; la capilla y los túneles aún inexplorados que desde allí se abren; el monte nativo y la lejana cinta del río, visible desde el mirador que agregara Camacho, imponen la fuerza de un paisaje cultural donde a la naturaleza y a las obras visibles de los hombres, se suman vestigios de un transitar de siglos por un lugar que fue escenario de encuentro -siempre azaroso- de varias culturas. Un legado que los arqueólogos empiezan a sacar a luz, potenciando su riqueza (caso de los recientes trabajos de identificación de la implantación del desaparecido pueblo de Víboras).  

             Cuando Castells concreta su emprendimiento al amparo de la ley de junio de 1853, seguramente no imaginaba que a poco de ello Flores la consideraría “un privilegio odioso” y que todo habría de terminar en pleitos y demandas. Pasado siglo y medio, tal vez no sea hoy tan difícil articular intereses públicos y privados, a fin de encauzar una iniciativa tendiente a rescatar y poner en valor un lugar que es parte indiscutible de nuestro patrimonio, aunque el reconocimiento formal de esa condición no haya generado hasta la fecha otra cosa que el avance de su estado ruinoso.  

              Bastaría con promover un trabajo inteligente de rehabilitación de la casona y su mirador; del oratorio y del entorno casi intocado -incluyendo el puente y el tramo de acceso desde la ruta-, incorporando un museo del sitio que afirme su condición de “lugar de la memoria” y una posada del camino u otro servicio compatible con las características de un ambiente por tantos motivos excepcional. Y no se trata sólo de preservar un monumento histórico en tanto documento de nuestro pasado -cosa que por sí justificaría el terminar con cincuenta años de indiferencia-, sino que en su condición de bien cultural indisociable de nuestra concreta circunstancia actual, se impone la necesidad de actuar sobre él con un criterio de gestión integrada, indisociable de políticas de desarrollo económico y social, con previsible incidencia en la recalificación territorial del área centrada en Carmelo-Nueva Palmira.  No tendríamos gastos en Narbona, sino moderadas inversiones de las que pronto se verían sus frutos. ¿Seguiremos esperando…? 

(*) Luis Morquio Blanco: “LA ESTANCIA DE DON JUAN DE NARBONA” 


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