12.03.2010 12:03 / Mis artículos
Estoy molesta y pido perdón desde ya por el destemple. Es que este país, no es normal, como dice la murga y hay momentos en que se hace difícil tenerle la habitual paciencia maternal, esa que es indulgente y benévola, esa que todo lo perdona condescendientemente. Pero siempre hay un límite, y esta vez es para los periodistas de televisión o para los que escriben las noticias para que los periodistas de televisión las digan, o para los que mandan escribir los sobreimpresos, para que los periodistas de televisión no queden hablándole a la nada.
La cosa es que ayer 11 de marzo, estoy mirando el informativo, cuando de repente dan la noticia de la muerte del artista plástico Anhelo Hernández, levanto la vista de lo que estaba leyendo y veo un sobreimpreso que decía algo así: “falleció el último alumno de Torres García”. Así lo mantuvieron durante toda la nota; cambio de noticiero y en el otro que va a la misma hora, veo algo similar - creo que esta vez con la palabra "discípulo"-, y pienso en que Anhelo Hernández, fue un sólido pintor, un estupendo grabadista, un gran escultor y un docente de reconocida trayectoria en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM de Méjico y desde 1989 en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de la República. En 2003 se le otorgó el Premio Figari, en 2009 el Morosoli de Oro y era Ciudadano Ilustre de Montevideo, entre otros logros.
No es que la información fuera errónea, es cierto que Anhelo Hernández formó parte del mítico Taller Torres García cuando el “viejo Torres” aún vivía, sin embargo a la hora de su muerte, con 87 años y una trayectoria de más de seis décadas en las que desplegó todo tipo de lenguajes –la gran mayoría ajenos al constructivismo-, búsquedas que incluso lo llevaron en los últimos años a investigar la fotografía y la tecnología digital, resulta insultante –según mi humilde opinión- resumir su vida con la manida “chapa” del taller Torres.
Y entonces me pregunto, ¿es posible que sigamos atados a esta especie de “maracaná” del arte?, ¿es posible que habiendo tantas cosas para decir sobre su vida y su obra, lo único que importe sea que murió el último (¿o quizás el penúltimo?) de los alumnos de Torres?, ¿es que la identidad tan peleada por Hernández no es suficiente?, ¿quién es el que importa, a quien perdemos, a Hernández, a Torres, o al legado de Torres?
Cuidado, no se trata de renegar de los logros bien ganados por Torres y muchos menos restarle identidad a la obra de sus discípulos, tanto los que se mantuvieron dentro del lenguaje constructivista como los que no, como es el caso de Hernández. Tampoco, se trata de denostar la palabra “alumno”, la humildad en el aprender ennoblece y creo que todos somos contestes en que estamos aprendiendo hasta el último día de nuestras vidas. Es solo que lo que leí y escuché ayer en los noticieros, responde a una mentalidad que sigue durmiendo la siesta del “maracanazo” y que no le interesa saber más que lo que "per se" juzga como importante. Vale aclarar, que lo que he leído en los medios escritos, portales varios y en el comunicado de la Universidad de la República, le dan la atención de rigor al párrafo, para pasar a concentrarse en la figura del artista.
Los dejo con este link de homenaje (http://agendarteboletindigital.blogspot.com/2010/03/anhelo-hernandez-1922-2010.html) que publicó el Boletín “Agendarte” y que muestra al “Maestro” Anhelo Hernández rodeado de sus alumnos mientras recorrían la exposición “Imágenes del Louvre”.
05.03.2010 12:13 / Mis artículos
Hay algunas cosas de este mundo, que están tan indefectiblemente ligadas a su tiempo histórico, que nuestro innato sentido del orden cronológico se rebela ante la mera posibilidad de cambio, y así encorsetadas entre los límites del recuerdo, deambulan en nuestra memoria ciertos rostros, algunas modas y también ciertos inventos.
Y si hay una invención que ha quedado atada, unida y hasta inmovilizada en nuestra memoria en los años ’70 del siglo pasado, esa es la cámara de fotos de revelado instantáneo. Entre nos: la Polaroid.
En 2006 las fábricas Polaroid comenzaron a reducir su personal y a discontinuar su producción; en 2008 se anunció que no se produciría más película y en 2009 el stock se había agotado en el mercado. Con esta programada muerte anunciada, la Polaroid iba transformándose de milagro tecnológico en objeto de culto. El próximo 21 y 22 de junio, esta elevación mitológica con rumbo al Olimpo, recibirá su toque de gracia cuando en la Casa Sotheby´s de Nueva York, se subasten las 1.200 fotografías que conforman la colección del Programa “Artist Support Program”; un proyecto de incentivo artístico en el que la Polaroid involucró a artistas de la talla de Robert Rauschenberg, David Hockney, Robert Mapplethorpe, Andy Warhol y Chuck Close, entre otros, para que tomaran fotografías con su cámara y así exploraran los límites artísticos de la invención.
Creo que fueron Warhol, Hockney y Rauschenberg los grandes exégetas de la fotografía instantánea, porque sus imágenes tomadas ya como fotos, ya como partes integrantes de una instalación o de cualquier otro tipo de pieza, ampliaron las fronteras del arte y abrieron las cabezas de los espectadores con creatividad, imaginación y maestría.
Y es que la Polaroid fascinó al ciudadano común, con el mismo ímpetu que lo hizo con la generación de artistas pop que veían en ella una revolucionara forma de expresar la mutabilidad del instante, el color y la emoción efímera, la fuerza fugaz de una luz única y diferente. Al fin de cuentas ese aparato conseguía plasmar por primera vez en la historia del arte, el esquivo deseo perseguido y ambicionado por siglos: capturar el instante y hacer ese instante real al instante –valga la redundancia-.
Sin duda, aquello tenía mucho de maravilla y otro tanto de milagro, porque el hombre aún mantenía intacta su capacidad de asombro, y cada décima de los apenas 60 segundos que demoraba el papel en “positivizar” la imagen eran pura magia; nos abanicábamos con la foto aún en blanco, la mirábamos con intriga y con ojos escrutadores, la sosteníamos con la punta de los dedos como si la fragilidad formara parte del proceso, y de repente el milagro cobraba forma y comenzaban a emerger de esas veladas manchas y brumas, melenas largas y enruladas, amplias sonrisas y vaqueros a rayas multicolores.
El genio que alimentó nuestra imaginación con este invento, se llamaba Edwin Land era norteamericano, había nacido en 1909 y tras algunos estudios de química en la Universidad de Harvard, se había lanzado a la investigación de campo. En la década del ’30 Land consiguió su primer éxito: una película que incorporaba filtros polarizadores de la luz. Fue así que en 1937 –tras conseguir fondos entre los magnates de Wall Street-, fundó la Polaroid Corp. Tras el fin de la guerra en el año 1947, lanzó al mercado la primera cámara instantánea comercial que bautizó con el poco marketinero nombre de SX-70. Para 1954, Land había desarrollado toda una nueva teoría sobre el color, la luz y la retina que lo llevaron a producir la primera cámara de pequeñas dimensiones a la que llamó “Polaroid 80”.
En 1972, cuando Land fue tapa de la Revista “Life” junto a su cámara, la Polaroid era ya una revolución mundial y su programa de artistas un éxito absoluto. Sin embargo, la maquinita había traído consigo otra transformación inesperada; al no exigir revelado en la acostumbrada casa fotográfica, la intimidad del fotografiado y las ansias del fotógrafo adquirieron vida propia. Una nueva liberación asomaba en nuestra cultura, esta vez la de los innatos instintos exhibicionistas hasta el momento restringidos por el imprescindible intermediario que podía mirar, copiar y por supuesto, censurar con ojos reprobatorios al que recogiera el sobre con el fruto del pecado.
Hoy en plena era digital, en donde hasta los teléfonos y las computadores personales sacan fotografías y la pulsión por exhibirse llega al océano de la web voluntariamente, es posible que todos estos detalles nos resulten nimiedades, sin embargo, fueron un mojón sustancial en el proceso de cambio cultural que se operó en la segunda mitad del siglo XX.
Ah, y no se olvide, si tiene en algún rincón oscuro y perdido de su ropero una vieja y empolvada cámara Polaroid, guárdela, le aseguro que dentro de poco valdrá una fortuna.

26.02.2010 13:31 / Mis artículos
Admiro a Alejandro Dumas desde que tengo uso de razón; sus novelas fueron -como para cientos de miles de personas en el mundo-, el bálsamo perfecto para esa incomparable avidez de aventura que caracteriza la adolescencia.
Con Dumas aprendí a conocer con absoluta precisión cada callecita y plaza de París sin jamás haber estado allí, recité genealogías de reyes que sentí conocer como si fueran amigos íntimos, soñé y me emocioné con las fidelidades de la amistad y las pasiones del amor, imaginé lances y asaltos de garbosos penachos de plumas blancas, fantaseé con pañuelos perfumados y collares de diamantes, con huidas, encuentros y desencuentros. Después crecí, y me enseñaron a distinguir entre la realidad y la ficción –límites que el Gran Dumas no podía conocer por exuberante y apoteótico-, pero jamás olvidé el sabroso y emocionante cosquilleo que cada página de “Los tres mosqueteros”, “El Conde de Monte Cristo” o “La Reina Margot”, me provocaron.
Por otra parte, admiro a Gerard Depardieu desde que era asidua a la vieja sala de Cinemateca en la calle Lorenzo Carnelli y las películas francesas llegaban en cuenta gotas a Montevideo, aquellas en las que un esbelto y rubicundo Depardieu escandalizaba a tirios y troyanos junto al melancólico Patrick Deware. Con Depardieu aprendí a hablar en francés, a recitar versos de Ronsard, a leer novelas de Marcel Pagnol, a disfrutar de los profundos sones de la viola da gamba y también comencé a asumir sin pudores que la belleza está en otra parte, en un lugar muy lejano donde no habitan narices equilibradas ni cuerpos con abdominales modelados.
¿A que vienen estos recuerdos? Pues a que Francia está que arde –y no lo digo retóricamente, los comentarios de los blogs sacan chispas-, porque resulta que en la película “El otro Dumas” del francés Safy Nebbou (Bayona, 1968), el papel de Alejandro Dumas es interpretado por Gerard Depardieu y para hacerlo debió maquillar su piel y usar una peluca frizada.
Sabido es que Alejandro Dumas, nacido en 1802 en Villers de Cotterets, era hijo del general Thomas Alexandre Dumas-Davy y de Marie Labouert; su abuelo paterno había llegado a Francia en 1760 desde la francesa Isla de Santo Domingo (hoy Haití) casado con una esclava negra, por lo que al igual que su padre, Dumas era un mulato, de piel oscura y pelo crespo que hablaba con un fuerte acento “créole”. En sus Memorias y en diversas biografías, se documentan las burlas y discriminaciones varias que sufrió a lo largo de su vida por su ascendencia negra, algo que el Presidente Jacques Chirac intentó remediar en 2002 cuando al cumplirse el bicentenario de su nacimiento, organizó una pomposa ceremonia –que seguro le hubiera encantado a Dumas-, al trasladar su cuerpo al Panteón Nacional para descansar junto al sacrosanto Victor Hugo y Emile Zola, entre otros.
Más la película ha desatado un escándalo, porque intelectuales y colectivos como el Consejo Representativo de Asociaciones Negras, liderado por Patrick Lozés, alegan que un blanco no puede interpretar a un mulato porque eso implicaría asumir que no hay suficientes actores negros en Francia, amén de que “travestir” a un blanco obviando en el realato las discriminaciones sufridas es negar lo que es la sociedad francesa desde los tiempos de Dumas.
Puede parecernos una discusión inútil o quizás extravagante, sobretodo porque la película no es una biografía del escritor sino el relato de sus complejas relaciones con Auguste Maquet, uno de sus tantos “asistentes”– no sé si atreverme a decir “el negro” como se le llama en los ambientes periodísticos y literarios a aquellos que escriben para otros-, pero haya su razón de encono, en que desde fines de noviembre de 2009 fue el mismísimo Presidente francés, Nicolás Sarkozy, el que enrareció el clima y templó los ánimos.
En un intento por cumplir sus promesas electorales, Sarkozy lanzó un debate nacional sobre la identidad nacional francesa, con el objetivo de descubrir, aprehender y estimular lo valores del ser francés, de cara a la integración de los millones de inmigrantes que forman parte de la sociedad francesa. A tales efectos, se pusieron en funcionamiento diversos medios por los cuales los franceses debían responder en qué consiste el ser francés y cuales son los valores que distinguen al ser galo. Era lógico pues, que en medio de este contexto, una película financiada con subsidios estatales –como lo son la gran mayoría de las producciones francesas-, en la que se prioriza el renombre de un actor por sobre la realidad histórica, cayera como una bomba o mejor como un boomerang para el Estado.
Ahora bien, más allá de opiniones o de posturas políticamente correctas, les soy enteramente sincera, pienso y me devano los sesos, pero no se me ocurre ni físicamente ni en carácter una personalidad más similar a la de Alejandro Dumas que la del exuberante y desproporcionado Gerard Depardieu, cuya única distancia con su protagonista es que no nació mulato.
Al fin de cuentas si nos ponemos a hilar fino, podría ser censurable que no se priorice la búsqueda de la calidad artística o peor aún, por ejemplo, que se vea como discriminatorio que un actor heterosexual interprete un papel de un homosexual, como ocurrió en las recientes películas sobre Truman Capote y también con Sean Penn en “Milk”, simplemente porque abundan los actores homosexuales, o que un joven como Brad Pitt no pueda hacer de viejo en “El curioso caso de Benjamin Button”, porque abundan actores de la tercera edad en actividad.
Sin embargo, quizá el ejemplo que más viene al caso, sea el de "Tropic Thunder" (Una guerra de película) de Ben Stiller, una comedia de acción en la que Robert Downey Junior, compone magistralmente el papel de un soldado negro y no hubo un solo actor ni espectador negro que se sintiera ofendido. Al menos, Depardieu tiene ojos azules … igual que Dumas.
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Sobre mí
Periodista cultural, Docente y Abogada. Escribe en el El País Cultural y en la Revista Dossier, es columnista de Radio Sarandí y edita en Santillana la Colección "Arte Uruguayo para Niños". Dicta clases en la Librería El Virrey de Pocitos y en el Museo Zorrilla de San Martín.
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