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Arte y Cultura por Emma Sanguinetti

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02.07.2010 11:16 / Mis artículos

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La semana pasada hablamos del poder de penetración de la fotografía y referimos al maravilloso “Beso” de Alfred Eisenstaedt (ver la imagen el post anterior "Muere la dama del beso"), la imagen que en 1945 y desde la portada de ‘Life”, resumió en su conmovedora esperanza todas las emociones del fin de la guerra. Es un ícono y así la recordábamos, es perfecta en su dúctil equilibrio, es puro balance entre poder formal y simbólico y así la admiramos, porque como dijo Cartier Bresson, fotografiar “es poner en un mismo punto de eje, la cabeza, el ojo y el corazón”.

Y en un post sobre Einsenstaedt se habría quedado la cosa, si durante la semana el fotógrafo Diego Velazco –que es amigo, además de un gran artista-, no me hubiera enviado la fotografía que me envió.

¿De que se trata? Pues de un “Beso” uruguayo. En serio, no es broma, se trata de una imagen que reproduce con total rigor y exactitud el contexto de la fotografía de Einsenstaedt, desde el peculiar espacio de Times Square con sus diagonales en fuga a la gente que mira asombrada el arrojo desinhibido de la pareja besándose. Todo es exacto salvo una cosa: en lugar de ser el marinero el que besa a la dama, es la dama la que toma en sus brazos al varón y le planta el apasionado beso.

La producción de la imagen y la fotografía misma, que incluyó casting, vestuario de época y la fiel reproducción de todos los personajes y sus gestos, fue tomada por Velazco y Santiago Epstein en 2007, para una campaña publicitaria de una marca de autos que promocionaba un modelo de camionetas “para la mujer de hoy”. Y lo más impactante de esta maravillosa “puesta en escena” es que el escenario de Times Square, no es otro que nuestra habitual esquina de 18 de Julio y El Gaucho, la que luce fantástica “trasvestida” cual si fuera pleno corazón de la “Gran Manzana”.

El juego me resultó absolutamente genial, creativo, inteligente y por supuesto me llevó a pensar en esa característica tan propia del arte del siglo XX sobre la que el gran historiador del arte Arthur Danto creó toda una teoría: la teoría de la apropiación. Danto decía que contar la historia del arte del siglo XX, era contar la historia de la apropiación de contenidos y de símbolos, en tanto los artistas los hacen suyos para otorgarles un contexto de resignificación. En pocas palabras, me apropio de algo que “ya es algo”, un algo que la gente ya tiene en su ADN, lo cambio de contexto y le doy un nuevo y renovador significado a partir del bagaje inicial. Y eso no es otra cosa que lo que hizo Edouard Manet en su “Olympia” resignificando todas las Venus del Renacimiento dando el puntapié inicial de la modernidad, es lo que hizo Marcel Duschamp con sus “ready mades” dándole arranque a las corrientes de vanguardia, es lo que hizo una y otra vez, Andy Warhol con sus botellas de Coca Cola, sus Brillo Box y sus retratos de estrellas de Hollywood. Y es lo que continúa haciendo con gran acierto la publicidad, cuando se propone objetivos altos que van más allá del estrecho mensaje consumista.

Los íconos se construyen a partir del poder de penetración del mensaje, un mensaje que se graba de manera indeleble en el imaginario de todos y que por engendrar múltiples emociones y significados, es uno de los más fértiles terrenos para decir. Y eso es lo que éste fantástico “Beso uruguayo” hizo desde 18 de Julio y El Gaucho: reconvirtió el atrevimiento de aquel desconocido marinero, en el atrevimiento que hoy significa ser  mujer.



25.06.2010 09:35 / Mis artículos

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Entre las múltiples cualidades que tiene la fotografía hay una en especial que la distingue del resto de las artes, y es su ductilidad para transformarse en un gesto visual que concentra las expectativas y las emociones para fijarlas en el imaginario colectivo.  De allí que algunas fotografías han pasado a la historia, por más que no sepamos captar su estructura formal, sus juegos de luces y hasta sin que siquiera sepamos quienes son sus protagonistas. La decodificación artística de las cargas simbólicas de una fotografía por parte de cualquier tipo de espectador, se produce de manera natural y sin falsos pudores, de forma espontánea y directa y eso la ha convertido en el instrumento supremo de comunicación del siglo XX.

Y dentro de la gran cantidad de imágenes icónicas del siglo pasado, las fotografías de la II Guerra Mundial tienen un lugar de destaque por el acontecimiento en sí, pero también gracias a una impresionante generación de artistas que supieron encontrar la fórmula perfecta: el reportaje sin palabras (foto-reportaje). Entre ellos hubo figuras inolvidables, como Robert Capa (1913-1954) con su serie del Desembarco de Normandía y la Liberación de París, Henri Cartier Bresson (1908-2004) con su sicológica serie dedicada a Charles De Gaulle o Alfred Eisenstaedt (1889-1995), mítico fotógrafo de la revista “Life”, que supo marcar a fuego a los americanos con más de 90 portadas en la revista más vendida de los Estados Unidos.

Eisenstaedt, había nacido un pueblito de la vieja Prusia llamado Dirschau (hoy Polonia); participó en la I Guerra Mundial donde fue herido en ambas piernas, motivo por el cual durante su recuperación puso todos sus esfuerzos en su pasión: la fotografía. En la década del ’20 vendió sus primeras imágenes y comenzó a trabajar como free-lance en Berlín, pero llega el ascenso del fascismo y en 1935 emigra a Estados Unidos, se nacionaliza y comienza su vertiginosa carrera.

Eisenstaedt murió en 1995 pero esta semana, ha sido noticia en todos los diarios del mundo; y es que murió Edith Shain, una señora de 91 años que desde un lejano día de 1945, se convirtió en un símbolo para los Estados Unidos. ¿Por qué?, pues porque por casualidad se cruzó con el “clic” de la cámara de Eisenstaedt que la inmortalizó.

El 15 de agosto de 1945 el Imperio del Japón se rindió y culminó la espeluznante pesadilla de la II Guerra Mundial. Eisenstaedt estaba en Nueva York y cámara en mano se lanzó como todos los neoyorquinos a celebrar en las calles. Estaba en Times Square, en medio de la multitud de soldados y de gente que festejaba, cuando un marinero tomó de improviso a una enfermera por la cintura y literalmente le “plantó” un interminable beso. La fotografía fue tapa de “Life” y simbolizó en esos dos personajes anónimos pero por encima de todo icónicos del esfuerzo de la guerra –un marinero y una enfermera- toda la alegría contenida y la esperanza de continuidad que el mundo precisaba sentir en ese momento.

 “El beso” – como se le llamó-, pasó a la historia como una de las más conmovedoras imágenes del final de la guerra, porque no se trataba de una fotografía que apelara a la violencia, la destrucción o el dolor de las experiencias traumáticas vividas por tantos millones de personas, sino que por el contrario, simbolizaba la celebración de estar vivo, la incontenible e irrefrenable alegría que puede llevar a dos desconocidos a fundirse en la esperanza catártica de un beso.

Edith Shain se reconoció en la fotografía y contó en reiteradas oportunidades la manera en que el marinero – que aún sigue siendo un desconocido- la sorprendió y como se dejó besar, pero también se volvió un ícono de la celebración anual de los veteranos de guerra y por ello continuó besándose a lo largo de décadas con soldados y marineros, mientras el tiempo hacía lo suyo, y los cuerpos envejecían y las canas se apoderaban de las cabezas.

Ese es el poder de la fotografía, un mágico y misterioso ingrediente que es capaz de concentrar con tal intensidad los sentimientos colectivos, que puede hacer que el tiempo se detenga y la figura de un desconocido se congele y se vuelva inmortal.



18.06.2010 10:58 / Mis artículos

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Todos recordamos, las décadas que marcaron el retorno al Uruguay de Joaquín Torres García, por la avalancha de fuerza y energía que significó la irrupción de una escuela de vanguardia compacta, combativa y con espíritu de grupo, en un medio nacional que siempre se había caracterizado por el carácter individual e independiente de sus artistas. Fue dentro del contexto de esta lucha, que se forjó el exigente liderazgo de Torres sobre una “elite” de fieles discípulos que con su entrega y su incondicional disciplina, construyeron la leyenda y el mito del “Taller Torres”.

Este mundo signado por el gesto de vanguardia, tuvo en realidad escasos grados de penetración en la sociedad uruguaya –para frustración del propio Torres que buscó de diversas maneras revertir la situación-, de allí que a partir de 1943, encontrara una de las formas más visibles y masivas de presentar el lenguaje constructivo al Uruguay y al mundo. Me refiero por supuesto, a la experiencia de llevar el arte a los espacios públicos a través de las técnicas del muralismo, que por aquel momento hacían furor en geografías tales como Méjico y Estados Unidos.

El puntapié inicial fueron los 35 murales de los Pabellones del Hospital Saint Bois, 7 realizados por el propio Maestro y 28 supervisados por él y ejecutados por un grupo de elegidos de entre el recientemente formado “Taller del Sur”. Pero la energía continuó y los discípulos de Torres, unidos a un grupo de maravillosos arquitectos de vanguardia instalaron los andamios en lugares tan disímiles como la cantina del Sindicato Médico, la fachada del liceo Miranda, el edifico de la UTE o el Hipódromo de Las Piedras.

Arte y Arquitectura se encontraron gracias al mural, sentando las bases de un diálogo democrático que buscó y consiguió acercar la sensibilidad de la obra, el espacio y el entorno a todos los uruguayos, a la vez de crear una tradición que se mantuvo viva a lo largo de unas cuantas décadas. Sin embargo, es sabido que el arte en los espacios públicos está en zona de riesgo cuando la sociedad no consigue entender su significado, y lamentablemente el desprecio y la falta de educación fueron sembrando su saña, hasta que perdimos en el olvido ese maravilloso legado, que hoy lentamente y solo en algunos casos aislados, ha comenzado a recuperarse.

Más como todo en la vida, cada tanto aparecen buenas noticias, y fue así que hace cuestión de unos meses, la Universidad Católica de Montevideo que está festejando sus 25 años, lanzó en el marco de las celebraciones de su aniversario, un llamado público a artistas nacionales para la concreción de un mural en su edificio central. Se trata de un espacio de grandes dimensiones (más de 15 metros de largo) y potente visibilidad, ya que es una de las paredes que cierra el gran patio central y por lo tanto, no solo interviene el espacio en el que está físicamente, sino que se convierte en una “vista” constante desde las galerías interiores y ventanas que tienen su pulmón lumínico en él.

El primer premio es de U$S 2.500 y por supuesto, la institución asume los costos de la realización de la obra elegida; aspecto en el que me comprenden las generales de la ley, porque tengo el honor de formar parte del Jurado seleccionador, conjuntamente con el escultor Ricardo Pascale, la periodista y crítica de arte Macarena Langleb, la arquitecta Florencia Hughes y Marcelo Coppetti como representante de la Universidad.

Es realmente gratificante, encontrar que la llama que se encendiera hace tantos décadas aún sigue viva y que nuestros artistas, que cuentan con tan pocas oportunidades de llamados públicos y de espacios en los que mostrar sus obras con el cuidado adecuado el respeto debido, aún pueden imaginar que hay instituciones dispuestas a comprometerse con el arte nacional.

Pero como siempre, en esto de los murales, los grandes beneficiarios son aquellos que dejarán de vivir sus rutinas diarias en un lugar carente de estímulos, para pasar a disfrutar de un entorno y una atmósfera estética que como siempre, a la corta o a la larga termina germinando sensibilidades. Tengo ganas de soñar y de imaginar que este bienvenido pero aislado emprendimiento, se convierta en un renacimiento del arte mural en el Uruguay; si así fuera, seguro que nuestras vidas serían más estimulantes.

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Sobre mí
Periodista cultural, Docente y Abogada. Escribe en el El País Cultural y en la Revista Dossier, es columnista de Radio Sarandí y edita en Santillana la Colección "Arte Uruguayo para Niños". Dicta clases en la Librería El Virrey de Pocitos y en el Museo Zorrilla de San Martín.

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