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Arte y Cultura por Emma Sanguinetti

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19.03.2010 13:13 / Mis artículos

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El viejo dicho con el que titulo hoy este post, se vuelve una vez más sentencia, al leer en la prensa que Hollywood, más específicamente la Columbia Pictures, acaba de comprar los derechos de la famosa saga literaria “Millennium” del sueco Stieg Larsson, para producir las “remakes” de la trilogía que comprende “Los hombres que no amaban a las mujeres”, “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” y “La reina en el palacio de las corrientes de aire”.

El hermano y el padre del autor muerto a los 49 años antes del éxito de sus novelas, Erland y Joakim Larsson, aseguran que las historias han quedado en buenas manos, ya que consideran una garantía que el autor del futuro guión sea Steve Zaillian (“La lista Schindler” y “Pandillas de Nueva York”) y el productor Scott Rudin (“No hay lugar para los débiles” y “¿Quien quiere ser millonario?”), por más que se apuran a aclarar que los americanos filmarán las novelas “a su gusto”.

No tengo nada en contra de las “remakes”, Hollywood se ha nutrido desde siempre de la creatividad europea y ha sabido reconocer en innumerables ocasiones el talento ajeno y explotarlo con éxito, algo que visto desde cierto punto de vista puede ser un signo de rapaz apropiación, pero desde otro de humildad y reconocimiento; quizás las dos cosas a la vez, ¿porqué no? Pero más allá de esa discusión y de todos los aciertos y errores fílmicos que han signado esta vieja costumbre, en esencia las “remakes” no son más que una lectura cultural distinta, la adaptación de una historia a un lenguaje que exprese la forma de entender el mundo por una cultura en particular.

Sin embargo, la historia de Larsson con su telón de escándalos y corrupciones empresariales, con una trama que combina, asesinatos en serie, abusos de poder, brutalidades sexuales y mafiosos protegidos por los servicios de seguridad, así como sus héroes, el honrado periodista Mikael Blomkvist y la hacker anti-sistema Lisbeth Salander, son “per se” acontecimientos, situaciones y personajes que pueden existir tanto en Estados Unidos como en Uruguay, pero que provocaron la locura que provocaron - un fenómeno sin parangón en la historia de los “best-seller”-, precisamente porque no ocurren en Estados Unidos sino en una Suecia consagrada y admirada en el mundo como un ejemplo.  

El escandaloso juicio, que tuvo que llevar adelante Eva Gabrielsson, compañera de más de 30 años del escritor fallecido para que la familia del autor le reconociera sus derechos gananciales a las regalías de las novelas de su “marido”, con el que compartió las penurias de la creación durante su anónima vida, hablan a las claras de la realidad que Larsson denuncia sobre estos países modelos. Sin ir más lejos, en un Uruguay que ha dejado de ser hace mucho tiempo vanguardia en legislación de derecho de familia, su reclamo no hubiera durado más de cinco minutos en ser reconocido por cualquier juez.  

Pero el punto está, en que la historia de Larsson adaptada a los Estados Unidos, es una historia más, ya la vimos cientos de veces y aunque la filme Quientin Tarantino –uno de los posibles nombres que se manejen-, no creo que pueda llegar a tener ese sabor a lo diferente que fueron la marca del éxtio de los libros y de la versión cinematográfica sueca –al menos de la única de las tres que se ha estrenado en Uruguay-. Vendría a ser algo así como el manido tema de los efectos de la globalización, todos sabemos que hoy las corrupciones, violencias y abusos varios que nos aquejan son fenómenos mundiales de los que ninguna sociedad escapa, la diferencia está en la peculiaridad de cada aldea.

Más creo que las dificultades para esta adaptación no terminan allí. Hubo dos cosas que me gustaron de la película sueca y que han sido destacados por todos los críticos profesionales de cine. Una fue la fidelidad del guión para con el libro, el que a pesar de haber sido sustancialmente reducido, consiguió mantener la esencia y el espíritu de la novela, con una cadencia propia del cine europeo siempre dispuesto a apostar a que la ecuación “tiempo” (la película dura dos horas y media) no sea un obstáculo a la hora de contar.

La otra, fue que la actores eran gente de verdad y no de silicona. Por razones obvias el casting está integrado por gente desconocida para todo espectador no sueco, pero me resultó absolutamente refrescante, encontrar en la pantalla mujeres con arrugas y pesos corporales “normales”, todos signos que marcaban la ausencia de cirugías y dietas enfermizas. Y ni que hablar en el caso del papel protagónico –en este caso el héroe- Mikael Blomkvist, encarnado por Mikael Nyqvist, con su cara comida por la viruela, su naríz desproporcionada y una incipiente pancita, que lo volvían un ser humano a la vez de aportarle al personaje una cuota interesante de vulnerabilidad. Un caso aparte, es el del estupendo papel que construye Noomi Rapace en la piel de Lisbeth Salander, quizás el personaje más fácil de construir en tanto “freaks” de este estilo abundan y esto si es global: son iguales en todos lados.

Creo que lo que resultará de todo este entuerto millonario, será una película de poco más de una hora de duración, de guión previsible, cargado de escenas de violencia estupendamente bien filmadas y protagonizado por seres tan perfectos, bellos y esbeltos como los de un cuento de hadas. No estoy improvisando; los nombres que se manejan para el papel de Blomkvist, son los de George Clooney y Brad Pitt, mientras que para Salander suenan el de Angelina Jolie, Natalie Portman o Ellen Page. Sin comentarios, las siliconas y cirugías hablan por sí mismas.

La cultura y la globalización, tienen sus bemoles y de repente ya es hora de que los dueños de los “blockbuster”, empiecen a entender que la gente puede leer realidades diferentes en otros lenguajes, sin tener que recurrir a los traductores de Hollywood. Seguro que si se lo proponen, le encuentran la vuelta a un nuevo negocio.



12.03.2010 12:03 / Mis artículos

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Estoy molesta y pido perdón desde ya por el destemple. Es que este país, no es normal, como dice la murga y hay momentos en que se hace difícil tenerle la habitual paciencia maternal, esa que es indulgente y benévola, esa que todo lo perdona condescendientemente. Pero siempre hay un límite, y esta vez es para los periodistas de televisión o para los que escriben las noticias para que los periodistas de televisión las digan, o para los que mandan escribir los sobreimpresos, para que los periodistas de televisión no queden hablándole a la nada.

La cosa es que ayer 11 de marzo, estoy mirando el informativo, cuando de repente dan la noticia de la muerte del artista plástico Anhelo Hernández, levanto la vista de lo que estaba leyendo y veo un sobreimpreso que decía algo así: “falleció el último alumno de Torres García”. Así lo mantuvieron durante toda la nota; cambio de noticiero y en el otro que va a la misma hora, veo algo similar - creo que esta vez con la palabra "discípulo"-, y pienso en que Anhelo Hernández, fue un sólido pintor, un estupendo grabadista, un gran escultor y un docente de reconocida trayectoria en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM de Méjico y desde 1989 en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de la República. En 2003 se le otorgó el Premio Figari, en 2009 el Morosoli de Oro y era Ciudadano Ilustre de Montevideo, entre otros logros.

No es que la información fuera errónea, es cierto que Anhelo Hernández formó parte del mítico Taller Torres García cuando el “viejo Torres” aún vivía, sin embargo a la hora de su muerte, con 87 años y una trayectoria de más de seis décadas en las que desplegó todo tipo de lenguajes –la gran mayoría ajenos al constructivismo-, búsquedas que incluso lo llevaron en los últimos años a investigar la fotografía y la tecnología digital, resulta insultante –según mi humilde opinión- resumir su vida con la manida “chapa” del taller Torres. 

Y entonces me pregunto, ¿es posible que sigamos atados a esta especie de “maracaná” del arte?, ¿es posible que habiendo tantas cosas para decir sobre su vida y su obra, lo único que importe sea que murió el último (¿o quizás el penúltimo?) de los alumnos de Torres?, ¿es que la identidad tan peleada por Hernández no es suficiente?, ¿quién es el que importa, a quien perdemos, a Hernández, a Torres, o al legado de Torres?

Cuidado, no se trata de renegar de los logros bien ganados por Torres y muchos menos restarle identidad a la obra de sus discípulos, tanto los que se mantuvieron dentro del lenguaje constructivista como los que no, como es el caso de Hernández. Tampoco, se trata de denostar la palabra “alumno”, la humildad en el aprender ennoblece y creo que todos somos contestes en que estamos aprendiendo hasta el último día de nuestras vidas. Es solo que lo que leí y escuché ayer en los noticieros, responde a una mentalidad que sigue durmiendo la siesta del “maracanazo” y que no le interesa saber más que lo que "per se" juzga como importante. Vale aclarar, que lo que he leído en los medios escritos, portales varios y en el comunicado de la Universidad de la República, le dan la atención de rigor al párrafo, para pasar a concentrarse en la figura del artista. 

Los dejo con este link de homenaje (http://agendarteboletindigital.blogspot.com/2010/03/anhelo-hernandez-1922-2010.html) que publicó el Boletín “Agendarte” y que muestra al “Maestro” Anhelo Hernández rodeado de sus alumnos mientras recorrían la exposición “Imágenes del Louvre”.



05.03.2010 12:13 / Mis artículos

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Hay algunas cosas de este mundo, que están tan indefectiblemente ligadas a su tiempo histórico, que nuestro innato sentido del orden cronológico se rebela ante la mera posibilidad de cambio, y así encorsetadas entre los límites del recuerdo, deambulan en nuestra memoria ciertos rostros, algunas modas y también ciertos inventos. 

Y si hay una invención que ha quedado atada, unida y hasta inmovilizada en nuestra memoria en los años ’70 del siglo pasado, esa es la cámara de fotos de revelado instantáneo. Entre nos: la Polaroid.

En 2006 las fábricas Polaroid comenzaron a reducir su personal y a discontinuar su producción; en 2008 se anunció que no se produciría más película y en 2009 el stock se había agotado en el mercado. Con esta programada muerte anunciada, la Polaroid iba transformándose de milagro tecnológico en objeto de culto. El próximo 21 y 22 de junio, esta elevación mitológica con rumbo al Olimpo, recibirá su toque de gracia cuando en la Casa Sotheby´s de Nueva York, se subasten las 1.200 fotografías que conforman la colección del Programa “Artist Support Program”; un proyecto de incentivo artístico en el que la Polaroid involucró a artistas de la talla de Robert Rauschenberg, David Hockney, Robert Mapplethorpe, Andy Warhol y Chuck Close, entre otros, para que tomaran fotografías con su cámara y así exploraran los límites artísticos de la invención.  

Creo que fueron Warhol, Hockney y Rauschenberg los grandes exégetas de la fotografía instantánea, porque sus imágenes tomadas ya como fotos, ya como partes integrantes de una instalación o de cualquier otro tipo de pieza, ampliaron las fronteras del arte y abrieron las cabezas de los espectadores con creatividad, imaginación y maestría.

Y es que la Polaroid fascinó al ciudadano común, con el mismo ímpetu que lo hizo con la generación de artistas pop que veían en ella una revolucionara forma de expresar la mutabilidad del instante, el color y la emoción efímera, la fuerza fugaz de una luz única y diferente. Al fin de cuentas ese aparato conseguía plasmar por primera vez en la historia del arte, el esquivo deseo perseguido y ambicionado por siglos: capturar el instante y hacer ese instante real al instante –valga la redundancia-.

Sin duda, aquello tenía mucho de maravilla y otro tanto de milagro, porque el hombre aún mantenía intacta su capacidad de asombro, y cada décima de los apenas 60 segundos que demoraba el papel en “positivizar” la imagen eran pura magia; nos abanicábamos con la foto aún en blanco, la mirábamos con intriga y con ojos escrutadores, la sosteníamos con la punta de los dedos como si la fragilidad formara parte del proceso, y de repente el milagro cobraba forma y comenzaban a emerger de esas veladas manchas y brumas, melenas largas y enruladas, amplias sonrisas y vaqueros a rayas multicolores.

El genio que alimentó nuestra imaginación con este invento, se llamaba Edwin Land era norteamericano, había nacido en 1909 y tras algunos estudios de química en la Universidad de Harvard, se había lanzado a la investigación de campo. En la década del ’30 Land consiguió su primer éxito: una película que incorporaba filtros polarizadores de la luz. Fue así que en 1937 –tras conseguir fondos entre los magnates de Wall Street-, fundó la Polaroid Corp. Tras el fin de la guerra en el año 1947, lanzó al mercado la primera cámara instantánea comercial que bautizó con el poco marketinero nombre de SX-70. Para 1954, Land había desarrollado toda una nueva teoría sobre el color, la luz y la retina que lo llevaron a producir la primera cámara de pequeñas dimensiones a la que llamó “Polaroid 80”.

En 1972, cuando Land fue tapa de la Revista “Life” junto a su cámara, la Polaroid era ya una revolución mundial y su programa de artistas un éxito absoluto. Sin embargo, la maquinita había traído consigo otra transformación inesperada; al no exigir revelado en la acostumbrada casa fotográfica, la intimidad del fotografiado y las ansias del fotógrafo adquirieron vida propia. Una nueva liberación asomaba en nuestra cultura, esta vez la de los innatos instintos exhibicionistas hasta el momento restringidos por el imprescindible intermediario que podía mirar, copiar y por supuesto, censurar con ojos reprobatorios al que recogiera el sobre con el fruto del pecado.

Hoy en plena era digital, en donde hasta los teléfonos y las computadores personales sacan fotografías y la pulsión por exhibirse llega al océano de la web voluntariamente, es posible que todos estos detalles nos resulten nimiedades, sin embargo, fueron un mojón sustancial en el proceso de cambio cultural que se operó en la segunda mitad del siglo XX.

Ah, y no se olvide, si tiene en algún rincón oscuro y perdido de su ropero una vieja y empolvada cámara Polaroid, guárdela, le aseguro que dentro de poco valdrá una fortuna.

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Sobre mí
Periodista cultural, Docente y Abogada. Escribe en el El País Cultural y en la Revista Dossier, es columnista de Radio Sarandí y edita en Santillana la Colección "Arte Uruguayo para Niños". Dicta clases en la Librería El Virrey de Pocitos y en el Museo Zorrilla de San Martín.

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