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Arte y Cultura por Emma Sanguinetti

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05.02.2010 12:17 / Mis artículos

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Desde el pasado 1 de enero de 2010, los derechos sobre las obras de Sigmund Freud han entrado al dominio público universal, salvo en España que por una norma de mayor rigor proteccionista deberá esperar hasta 2019.

Ni cortas ni perezosas, las editoriales del mundo (especialmente en Francia), se aprestan a rendir homenaje al fin del copyright, reeditando sus obras con nuevas traducciones, en nuevos sellos y con nuevos formatos editoriales. En una palabra este 2010, tendremos Freud para todos los gustos y todos los bolsillos.

Y la noticia me resultó estimulante por muchos motivos, pero en principio porque vino a confirmar algo que siempre intuitivamente percibí como una realidad y es que el “viejo padre Sigmund”, es un clásico, y no un clásico de “elite” para entendidos o especialistas, sino un hombre que supo escribir con gran estilo literario sin jamás alejarse del objetivo, que fue capaz de hacer detalladas y minuciosas descripciones sin perder un ápice de provocación y por si fuera poco, el hombre sabía enseñar y sus textos destilan claridad pedagógica.

Quizá ud. esté pensando que la cosa viene de ortodoxia y alabanzas. Lo que pasa es que la revolución freudiana –y no solo la de su área sino la filosófica y artística también-, puso el dedo en la llaga más profunda, nada menos que en la de entender que más allá de ese algo unitario y estructurado que todos tenemos, hacia dentro y sin límites precisos, hay una entidad síquica, una zona donde operan otras fuerzas que ponen en cuestión el deseo y la norma.

Nos guste más o menos el “diván”, creamos o no en sus métodos terapéuticos, nadie puede discutirle ya al caballero vienés, que abrió las puertas para que el hombre aprendiera a pelear por entenderse y así entender al otro y al mundo. Fernando Savater lo dijo maravillosamente bien, cuando a propósito de un aniversario freudiano recordó la definición de Chesterton sobre Dickens: “un rey del que se puede desertar, pero al que no hay modo de destronar”. Y es cierto, Freud debe ser de los hombres más discutidos y polémicos, y los que más “desertaron” fueron sus propios alumnos, sin embargo, las bases de su pensamiento no han podido hasta hoy ser destronadas.

La influencia de Freud en el arte, ha sido tremenda, incalculable y arrolladora –y va más allá de que haya sido tema para sus reflexiones sobre los impulsos de la creación en Leonardo o Miguel Angel-, porque ésta se produce en el preciso momento en el que el artista comenzaba a saborear las mieles de la libertad y la independencia creativa. Por ello, cuando veo una pintura de Gustav Klimt, ya sea su seductora Danae en posición fetal mientras la lluvia de oro del dios cae sobre sus blancos muslos, el Friso Beethoven con sus sinuosas sirenas que navegan por la superficie como fuerzas del mal o el rostro afectado, histérico y sofisticado de Adel Bloch Bauer en “la Adel de Oro”, no puedo evitar pensar en aquella neurótica Viena que Klimt y Freud supieron compartir. Sin dudas, el sicoanálisis no pudo haber nacido en otro lugar que no fuera en aquella Viena de represiones, perversiones y miriñaques decadentes.

Pero los ejemplos no se agotan allí; que decir sino de Edvard Munch con su “grito”, James Ensor con sus máscaras de deseos y pulsiones, los expresionistas alemanes –como Ernst Kirchner, Emil Nolde y Enrich Heckel-, que dejaban surgir libremente su interior al grado de negarse a la “educación” formal porque les adoctrinaba los impulsos, y perdón, me olvidaba nada menos que de los surrealistas, ¿qué habría sido de ellos y de su arte sin Freud?

El patrimonio intelectual de Sigmund Freud que hoy pasa a pertenecer legalmente a la humanidad, ha sido pilar fundamental de la construcción de los avatares del hombre del siglo XX. Y puestos a fantasear no se me ocurre mejor trilogía que explique las complicadas pulsiones que aquejaron al violento y polvoriento siglo pasado, que la que forman,  Albert Einstein, Karl Marx y Sigmund Freud.



29.01.2010 12:18 / Mis artículos

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Nada es más valioso que una buena idea; esas que nacen casi por casualidad, florecen en el lugar más inimaginable posible y con el tiempo se multiplican con tal rapidez y brillo que se convierten en verdaderos clásicos.

Y la idea de la que hablo, nació en 1988 en un pueblito perdido de Gales a medio camino entre Bristol y Birmingham, llamado Hay-on-Wye; un pueblito de 1.900 habitantes que custodia con celo y devoción dos maravillosos castillos normandos del siglo XI y que es desde hace décadas un lugar de referencia para los amantes de los libros. Porque lo que abunda en Hay, además de las ovejas y los prados verdes, son las librerías de viejos e incunables. Más de 30 librerías que son hoy lugar de peregrinación y de culto para los bibliófilos de todos los rincones de Inglaterra.

¿Cuál fue la idea que tuvieron en este “reino de los libros”– como le llaman los lugareños con orgullo-? Pues, organizar un festival literario y cultural al que llamaron  “Hay Festival of Literature & Arts”, y que hoy tras decenas de exitosas ediciones, se lleva a cabo a nivel mundial en ciudades como Segovia en España o Montereggio en Italia, y que se ha convertido en uno de los encuentros culturales más prestigiosos - y desenfadados- en la materia.

Porque aunque parezca mentira, la regla de este “festival” es precisamente mantener la idea de que se trata de una fiesta y no de un pomposo y acartonado encuentro académico de intelectuales. En el “Hay…” se baila sin pudores, se come a mano suelta y se charla desenfadadamente en entrevistas hechas "in situ" por los mejores periodistas culturales, en lugar de sentarse a escuchar las clásicas conferencias magistrales. Es tal el clima y el ambiente que los más destacados escritores, cineastas, músicos y periodistas culturales del mundo, no solo quieren participar sino que se disputen año a año las preciadas invitaciones. Y cuidado que hablamos de personajes de la talla del escritor Martin Amis, del cineasta Alejandro González Iñárritu o del saxofonista camerunés Manu Dibango. No en vano, el presidente Bill Clinton lo bautizó como “El Woodstock de la mente”.

Y claro, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes – asiduos al festival- jugaron sus cartas y consiguieron que el “Hay Festival” llegara a América, nada menos que a la maravillosa Cartagena de Indias, tan cargada de historia, cumbia, vallenato y buena comida.

Hoy viernes 29 de enero y hasta el próximo domingo, se inicia la quinta edición del  “Hay Festival Cartagena”, con una lista de 95 invitados internacionales que quita el aliento.

Juzgue ud.: el multipremiado y prolífico, Sir Ian Mc Ewan, el canadiense Michael Ondaatje (autor de “El paciente inglés”, del libro, claro está), la españolísima Almudena Grandes, el también anfitrión latinoamericano, Mario Vargas Llosa, el aclamado profesor de historia del arte – Oxford, Cambridge y Harvard!, todos juntos y a la vez- y también divulgador televisivo, Simon Schama, el cineasta Fernando Trueba, la escritora cubana Zoé Valdés y el italiano Paolo Giordono, estrella joven –nació en Turín en 1982 – y que ganó el prestigioso Premio Strega con su espectacular novela “La soledad de los números primos”.

Por cierto, la leí y se las recomiendo y no solo porque es ficción de la buena, sino porque este “tanito” que no llega a los treinta y ya es un éxito literario mundial, es graduado en Física y consigue en esta obra vincular el obtuso mundo que rige las leyes de la naturaleza con las profundidades emocionales de las almas que sufren.

¡Que no daría por estar en Cartagena este fin de semana! Es lo que tienen las buenas ideas...



22.01.2010 12:29 / Mis artículos

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Un día de mayo de hace 500 años, la ciudad de Florencia lloraba a uno de sus hijos más dilectos; el largo cortejo fúnebre encabezado por los representantes del Gremio de San Lucas, caminaba pesaroso hacia la Chiesa de Ognisssanti. Los crespones negros de los estandartes del gremio, se replegaban en el recinto sagrado en donde desde el altar mayor reinaba la Maestá del Giotto, para darle su último adiós a uno de sus más grandes y queridos maestros.

Había muerto el hombre que pintó la poesía del cuerpo femenino resucitándolo de los olvidos medievales, había muerto Sandro Botticelli y con su muerte, se sellaba el fin del maravilloso Quattrocento, el último sordo tañido para un tiempo de placeres y ensueño en el que Florencia era la dueña indiscutida de las artes.

Una nueva era plena de cambios e innovaciones batía sus alas; Leonardo exhibía en la Santissima Annuziata su cartón de Santa Ana y la Virgen ante el estupor de artistas y ciudadanos, Miguel Angel erigía en honor de la república recuperada su monumental David en la Piazza de la Signoria y un joven llamado Rafael Sanzio, acompañado de su maestro Il Perugino, respiraba con avidez los nuevos vientos que ya no soplarían en la ciudad del Arno sino en la de los papas: Roma.

Botticelli nació (1445), vivió y regenteó su “bottega” en el Borgo de Ognissanti, en donde descansa hoy bajo su nombre real, Alessandro di Mariano di Filipepi; un barrio de trabajadores de la lana y pequeños artesanos, dominado históricamente por la poderosa familia Vespucci, mecenas y benefactores de la “chiesa” a la que donaron frescos de Ghirlandaio y Botticelli, en los que aparece inmortalizado – risueño y jovencito-, quien pasaría a la historia por sus aventuras marítimas que darían nombre a un continente.

La Florencia de Botticelli fue la de los Medici, la de Lorenzo y Giuliano; la de los versos de Poliziano, las Madonnas de Fra Filippo Lippi y los frescos del Verrochio y su peculiar asistente Leonardo. Sandro, alumno de la “bottega” del fraile licencioso y luego maestro de su hijo Filippino, era para 1475 el artista más fino, elegante y sofisticado de Florencia, y no solo por sus pinturas, sino también por su destreza en las artes consideradas menores, como el diseño de estandartes, de piezas de orfebrería, de telas y vestidos. Sus obras, de acentuada línea y color luminoso, condensaban todos los logros de la generación anterior, sin embargo, fue con lis encargos de Lorenzo di Pier Francesco de Medici – joven primo del Magnífico a su cuidado-, que Botticelli consagró su fama.

La enigmática “Primavera” (1477-1478), la subyugante “Palas Atenea y el Centauro (1482) y el fascinante “Nacimiento de Venus” (1482), representan el punto culminante de la corriente filosófica del neoplatonismo, base y fundamento de la conciliación lírica entre lo pagano y los sentimientos cristianos.

De la mano de la inspiración de Botticelli y bajo un techo de naranjos, los cuerpos danzantes y velados de las Tres Gracias, convocan los sentidos como ninguna obra lo había hecho desde tiempos romanos; la hermosa Flora, vestida de lirios, violetas y jazmines renace copiosa y fructífera gracias a los esfuerzos de Céfiro, para que la belleza y la fecundidad gobiernen en el reino natural (naturaleza) y en el de los hombres (civilización).

Pero el truco maestro está en el gran Nacimiento; solo vemos belleza etérea en el largo y esbelto cuerpo femenino, solo vemos gracia y soltura en la púdica pose, los cabellos vuelan y se enroscan en el cuerpo desnudo mientras una ráfaga de flores cubre el aire que la rodea. Y sin embargo, todo ese fluir vaporoso, esa sensación de liviandad es fruto del más estricto y duro tratamiento de la línea. Dibujo y solo dibujo, ese que marca el contorno y lo describe y lo endurece, y que paradójicamente consigue que no vemos nada de esta técnica lineal pura y vemos todo del espíritu que alienta el alma del pintor.

Dicen que nada es eterno y aquella Florencia de ensueño se esfumó en un santiamén. Los Medici fueron cercados, Giuliano asesinado, Lorenzo posiblemente envenenado, llegaron los sermones de Girolamo Savonarola y con él, los discursos apocalípticos, las persecuciones y las hogueras de vanidades en las que ardieron todas las bellezas y placeres a las que los florentinos se habían lanzado.

Botticelli sobrevivió al fin de aquella Florencia turbulenta (1492-1498), pero lo hizo aferrado a aquellos elementos que habían asentado su fama: el rigor y la fuerza de la línea y el color potente y luminoso de la pintura al temple, a pesar de que ya la línea era historia y se pintaba al aceite. Leonardo da Vinci, con sus óleos y su “sfumato” habían hecho nacer otro tiempo. Por eso con la muerte de Botticelli hace 500 años, no solo murió un pintor sino toda una época y toda una forma de entender el arte.

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Sobre mí
Periodista cultural, Docente y Abogada. Escribe en el El País Cultural y en la Revista Dossier, es columnista de Radio Sarandí y edita en Santillana la Colección "Arte Uruguayo para Niños". Dicta clases en la Librería El Virrey de Pocitos y en el Museo Zorrilla de San Martín.

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