25.07.2008 11:59 / Mis artículos
DECLARACIÓN CONSTITUTIVA DEL ESTADO LIBRE ASOCIADO ORIENTAL DEL URUGUAYEs un secreto a voces: ya no da para más. Ciento setenta y pocos años son más que suficientes para convencer a cualquiera de que este mamarracho inventado en el siglo XIX por obra y gracia de un agente del Imperio Británico (Lord Ponsomby, no James Bond) dejó de tener sentido hace rato. "Dejó de ser viable", como gustan decir algunos. Para empeorar las cosas, un informe reciente nos viene a confirmar lo que hace años ya sabemos: la población de este rincón del continente se va por el caño - el de las evacuaciones fecales, no el del baile de Tinelli. La vejez, la emigración y cómo no el suicidio, entre otros factores, nos han venido recortando cada vez más en cantidad y en calidad. El Mercosur pudo haber sido una buena idea sobre el papel, lo malo es que los argentinos no confían en los brasileños y viceversa, los brasileños no confían en los paraguayos, los peruanos y los colombianos no confían en los ecuatorianos, a los chilenos no les importa un corno y los venezolanos están peleados con medio mundo. ¿Y acá? Yyyyyyy bueno, perfil bajo, como siempre, tratando de arrimarse al fogón, poco menos que rogando para que alguien nos dé bola. Eso sí, no estamos dispuestos a dejar atrás los mitos fundacionales: la Patria Gaucha, el Uruguay Batllista, la Vuelta Ciclista, el Maracanazo... Esto, a lo que no podemos llamar país o nación - a lo sumo es una superestructura estatal burdamente construida - esto, decíamos, ni siquiera es un estado "vigesimónico" (del siglo XX) sino "decimonónico". Apoyado en una absurda mentalidad "ruralista" y "agroexportadora", cuando los datos de la realidad nos demuestran que "nuestro campo" está más vacío que la Tribuna Colombes en un partido entre Basáñez y Villa Española. Este engendro se hundirá al son de una milonga, con todos sus mitos a cuestas, en un patético y desesperado intento de demostrar que "no somos como los demás" ("como el Uruguay no hay"). Pues bien, no. Aquí hay una propuesta - si no original, me concederán que resulta bastante atrevida, en todo sentido - para hacer de este pedazo de tierra de hermosas playas y relieve suavemente ondulado, si no un país, por lo menos un rincón de la Tierra donde se pueda vivir de otra manera. Peor de lo que estamos no vamos a estar. Partamos de esta base: ya no se puede vivir de las vaquitas, que siguen siendo ajenas a diferencia de las penas. De la agricultura, ni hablar. Otro cuento, "el Uruguay Natural", a lo que se ha sumado "el Uruguay Turístico" o "el Uruguay de Servicios" - si tomamos esta última acepción para referirnos al Uruguay como un enorme conjunto de letrinas, tal vez podría ser apropiada. A todo esto me refiero cuando hablo de "estructuras decimonónicas". ¿Qué hay del desarrollo científico y tecnológico? Perdón, ¿cómo dijo? Desde que tengo uso de razón, sólo he conocido dos mastodónicas facultades científicas en Montevideo, situadas una frente a otra en la Av. Gral. Flores. Me refiero, por supuesto a las Facultades de Medicina y de Química. La profesión médica alcanzó un status social elevado a comienzos del siglo XX - y que lo diga Florencio Sánchez ("M'hijo el Dotor"). No me queda claro el porqué del desarrollo de la FDQ, sospecho - sólo sospecho - que la industria textil pudo haber tenido algo que ver, dado que el auge de los colorantes sintéticos para las telas fue explosivo por aquellos años. Ahora: ¿qué hay de la Física, por ejemplo? ¿Cuántos doctores en Física tuvimos o tenemos? ¿Y que hay de la ciencia aplicada o la ingeniería, fuera de la llamada "ingeniería civil" - nombre que jamás pude entender, dado que la principal ocupación de los "ingenieros civiles" parece ser la realización de carreteras o puentes? ¿Qué hay de la Biología, fuera de la Medicina o la Veterinaria? En resumen, necesitamos tecnología y ciencia, ciencia y tecnología (CYT). Formación, sí, pero ante todo, "presencia" de la tecnología y la ciencia. No solamente plantas de celulosa o celulares, sino "presencia" cotidiana de la tecnología y de la ciencia. Así como el auge de la actividad financiera provocó que muchas mamás suspiraran por un yerno bancario, el auge y la difusión de la actividad científica provocaría que los nenes y las nenas no dudaran un segundo ante la clásica y dramática cuestión : "¿Qué querés ser cuando seas grande?" No podemos esperar a que nuestro estado del siglo XIX se decida a impulsar el desarrollo científico y tecnológico - porque entre otras cosas, estaría pisando los callos de aquellos a los que "no les conviene" que tal impulso se produzca, los que lucran con este "modelo" social y económico ("modelo" para quién me pregunto). ¿Entonces? Entonces el asunto depende de que los que tienen toda - "toda" - la plata empiecen a considerar como un negocio lucrativo el desarrollo de la CYT a alto nivel. En contra de lo que afirma cierto dicho popular, "capitalistas" no faltan. Lo que falta es la otra mitad. Falta que vengan socios que estén familiarizados con la CYT, que se convenzan de que sería una buena idea venir a establecerse al Oriente del Uruguay y desarrollar emprendimientos que sirvan de plataforma de despegue a un proceso autóctono de tecnificación. Falta gente que nos enseñe. "Japón es un país que me enamora mucho", recuerdo que declaró en cierta oportunidad nada menos que el Pepe Mujica. A mí también. No dudo de que Japón tiene igualmente los problemas inherentes a cualquier sociedad mundial - y el país que no los tenga, que dé un paso al frente. Cuidado, no se vaya a caer. Habiendo experimentado, de lejos, algo de la cultura japonesa, puedo afirmar que nos vendría bien implantar en nuestra educación ciertos preceptos propios de esta cultura. Por ejemplo, la cortesía extrema, aún para con aquellos individuos a los que nos sobren motivos para detestar. Por ejemplo, el sentido del deber como una cuestión de honor y de convencimiento, el hecho de proceder con honestidad sólo por tener por inconcebible actuar de otra manera. Por ejemplo, el valor de las artes marciales como camino de autodescubrimiento y realización, no para cultivar un exhibicionismo estúpido a lo Steven Seagal. Y por supuesto, Japón sería un excelente mentor en CYT. ¿No sería extraordinario convencer tanto a las industrias niponas como a nuestros latifundistas de que ambos podrían constituir un excelente "trust" de intercambio de intereses? Me remito nuevamente a Mujica: "Es más fácil hacer un ingeniero que un paisano". Nadie quiere ir a trabajar el campo. Espléndido. Sé de visitantes japoneses cuyos ojos se abrieron como el dos de oro al ver las inútiles extensiones de territorio que se abrían ante ellos, a sólo veinte kilómetros de Montevideo. Hagamos un intercambio: tierras de cultivo por CYT. Con todos los acuerdos bilaterales, marcos o TLC que sean necesarios. Con ganancias para TODOS, incluyendo a la población de a pie de ambos países. Estableciendo un flujo migratorio libre entre el Oriente del Uruguay y el Oriente de Asia. E incluso, subir la apuesta. Así como Puerto Rico se convirtió en "Estado Libre Asociado" de los USA (si es más asociado que libre es un tema a discutir), ¿por qué no utilizar una fórmula similar, una alianza - federación - asociación con el Estado japonés? ¿Cómo dice? ¿Que Artigas dijo: "No venderé el rico patrimonio..."? Ah, es cierto. Bueno, permítame que le diga algo: Ud. al igual que la mayoría de nosotros, probablemente no tenga ningún rico patrimonio que vender, así que no se preocupe tanto por ello. Si por "rico patrimonio" queremos decir todos esos "mitos fundacionales" a los que me referí líneas arriba, Ud. ya sabe lo que opino acerca de ellos. Ud. no está de acuerdo. Excelente. Yo no estoy de acuerdo con Ud. En realidad, esta alianza quizás no sea imprescindible, pero podría ser una valiosa herramienta para el futuro, una base para construir una nueva identidad de cara al siglo XXI. Que ello no nos duela tanto: si en el siglo XIX y durante buena parte del XX se pretendió construír una identidad mirando a Europa (con fuerte presencia de inmigración italiana y española) y de la segunda mitad del siglo XX hasta hoy queremos parecernos malamente a los USA, abriendo McDonald's y practicando desaforadamente la cháchara vía celular; ¿dónde está la diferencia? Los reivindicadores del charruísmo o del indigenismo tal vez sufrirán por ello. Con todo respeto para los posibles descendientes indígenas, muchachos, "Charrulandia" nunca existió y ya no puede existir. Pero si quieren, con o sin Japón, podemos implantar ya mismo algunas reformas estructurales. Por ejemplo, achicar - achicar, no eliminar - un Parlamento que sufre de acromegalia (hagan como yo, búsquenlo en el diccionario). Por ejemplo, recortar - recortar, no eliminar - toda la estructura estatal que consuma recursos innecesarios y volcar esos recursos a otras áreas públicas: lo de siempre, la salud, la educación, pero también la electricidad y el agua, así como los transportes. (En el tema de los ferrocarriles, por cierto, Japón sería un buen socio y maestro: nada mejor que un Tren Bala para interconectar un territorio de las características del Uruguay, corto en extensión y con nulos "accidentes geográficos"). Y hablando de territorio: ¿no son excesivas diecinueve divisones departamentales, otro resabio de las luchas políticas del siglo XIX y principios del XX? Desparasitar el Estado para que funcione mejor no sería mala idea. También podríamos aprender de Japón y de sus tradiciones un nuevo encare de las funciones gubernamentales. Para empezar, todos los cargos de gobierno deberán ser honorarios. Nadie deberá tener la posibilidad de ambicionar un cargo público con fines de lucro, o para eternizarse en él. Pero además, deberán ser "honorarios" precisamente en el sentido de "responder al honor". Cualquier delito o incompetencia en la función pública debe ser una "cuestión de honor" para el o los o la o las responsables. Si el "seppukku", el suicidio ritual mediante el "harakiri" o corte del vientre, es la mejor forma de expiación ante esas fallas, es cosa que admite discusión. Lo otro no. ¿Las Fuerzas Armadas? Reducirlas a lo mínimo. Que todos los habitantes del territorio que estén en condiciones cumplan con un mínimo de servicio militar obligatorio, aprendiendo por lo menos el manejo de la katana. Ahí sí que se inculcará un sentido del honor, del respeto y de servicio a la comunidad. Otra idea, como alternativa: servicio laboral obligatorio, a término y con pago de salario adecuado, en la profesión que elija el interesado o la interesada (desde luego, no podrá haber gente "desinteresada"). Podríamos aprender además otras cosas, como el gusto por la pulcritud, la caligrafía y las artes visuales. Podríamos tener menos presencia de carne vacuna y más presencia de pescados y mariscos en nuestra dieta (después de todo, somos un territorio costero que siempre vivió, increíblemente, de espaldas al mar). Podríamos recuperar el gusto por la contemplación silenciosa en vez de aturdirnos tanto con Tinelli y el baile del caño. El problema es que, si hay alguna seña de identidad común en este rincón del mundo, es que somos "retobaos" y por ello nos creemos más vivos que los demás. El culto del gaucho, libre y rebelde, un mito que murió luego del alambrado de los campos, pervive malamente en nosotros. Por eso digo que para que funcione esta propuesta alianza entre Orientales, será necesaria o bien una paulatina infiltración desde abajo, o bien una brusca resolución desde arriba. Es una idea, no una panacea. Es posible que también sea un delirio o una utopía. Ni siquiera estoy seguro de resulte plenamente deseable, o que deba ser tomada tan seriamente. No estoy seguro, lo digo con total sinceridad. Bienvenida, entonces toda discusión, toda idea mejor y concreta. Porque aunque casi nadie lo diga, aunque casi todos los que conozco lo piensen, de algo sí estoy seguro: así no se puede seguir. Waldorf, desde el Statler.
04.04.2008 12:41 / Mis artículos
ESCRACHE AL CELULAR, EL FETICHE DEL SIGLO XXI"El teléfono me parecía un instrumento impersonal. Si a él se le ocurría, dejaba que la personalidad de uno fuese por sus cables. Si no lo quería así, lo mismo le sacaba a uno la personalidad hasta que por el otro extremo salía una voz de pescado frío, toda acero, cobre, plásticos, sin calor, sin realidad. Es fácil decir alguna inconveniencia cuando se habla por teléfono; el teléfono cambia el significado de las frases. Y al fin uno se entera del hecho que se ha ganado un enemigo. Luego, por supuesto, el teléfono es algo tan conveniente. Ahí está, exigiendo que uno llame a alguien que no quiere que lo llamen. Mis amigos estaban siempre llamando, llamando, llamándome. Demonios, no me dejaban tiempo para nada." Esto lo escribió un señor llamado Raymond Douglas Bradbury a mediados de la década del 50' del siglo XX. A principios del siglo XXI, esta visión profética se ha convertido en una desastrosa realidad cotidiana: basta sustituir en el párrafo anterior la palabra "teléfono" por "celular" y ¡voilá! Algunas definiciones: Fetiche m. Ídolo u objeto de culto supersticioso en tierras de salvajes. Fetichismo m. 1- Culto de los fetiches. 2- fig. Idolatría (veneración excesiva). 3 - Perversión sexual etc. etc. (esta última no viene realmente al caso.) Del Diccionario Sopena, Barcelona, 1978. De la misma fuente, este análisis: "Se distingue el fetichismo de la idolatría en que en ésta, el ídolo constituye una representación, el símbolo de una divinidad...mientras que en el fetichismo la idea del culto queda limitada al fetiche en sí mismo, sin nada que espiritualice, sin nada que eleve el sentimiento de lo sobrenatural... Es un fenómeno notable que el fetichismo se encuentre siempre entre los pueblos que se hallan en la infancia, lo cual tiene su explicación en que semejantes pueblos viven únicamente la vida de los sentidos y no pueden alcanzar más allá de las impresiones que por ellos reciben." Cada época tiene el fetiche que se merece La definición de fetiche dada líneas arriba es indudablemente anticuada, o por lo menos bastante pueril. Además de parecer redactada por alguien con ciertas ínfulas de superioridad "civilizada" - en el peor sentido de la palabra - olvida que el concepto de "fetichismo" es lo suficientemente elástico como para admitir, con algunas variantes, su aplicación en contextos sociales menos "primitivos" o "supersticiosos", desde luego nada exclusivos de las "tierras salvajes" (¿?) Porque también esta era industrial en la que vivimos ha producido sus "fetiches": objetos que tienen una significación social, aún denegándoles cualidades "sobrenaturales"; objetos que se han convertido en muchos casos en verdaderos símbolos de identidad de clase, de casta, de poder. Sin mucho conocimiento acerca del tema - alguien me rectificará - se me ha ocurrido que el primer fetiche moderno puede haber sido el reloj de bolsillo. Según relata Jonathan Swift, los habitantes de Lilliput elaboran un informe acerca de los objetos que lleva encima el gigante llegado a sus costas, el Capitán Lemwell Gulliver; sin pasar por alto el reloj. Los investigadores dejan constancia del testimonio del forastero, quien llamaba a dicho objeto "su oráculo" y afirmaba no hacer nada sin consultarlo (la obra "Los Viajes de Gulliver" fue escrita en 1726.) No es difícil imaginar todo el "ceremonial" que acompañaría la "consulta" de dicho "oráculo" moderno: el extraerlo del bolsillo del chaleco tirando suavemente de la cadena que lo sujetaba, la fingida negligencia con la cual se exhibiría esa maravilla de la mecánica, la tapa abierta con ademán elegante, el informar con certeza la hora y el minuto correspondiente alrededor de los curiosos que se inclinaban con la esperanza de poder echar una ojeada a la esfera inmaculada tras el vidrio... y bruscamente, la exhibición de magia terminaba, la tapa se cerraba y el reloj volvía a desaparecer en el inviolable escondite que prácticamente formaba parte de su propio dueño... El último - y más exitoso - fetiche de la tecnología Hoy día, cuando el celular es un electrodoméstico más en nuestra vida, accesible de una forma u otra a todos o a la mayoría del público, parece exagerado atribuirle cualquier significado social particular (como antes ocurrió con el reloj de bolsillo o en el siglo XX, con el automóvil o con la televisión.) El celular es el más "democrático" y "exitoso" de los fetiches tecnológicos actuales. Invito ahora a los lectores a leer nuevamente el párrafo de Ray Bradbury con que se inicia este artículo, y recuerden que, para nuestra comodidad, donde dice "teléfono" debemos leer "celular". No sé cuál puede ser la reacción del lector ante el mencionado párrafo. Por mi parte, puedo decir que me produce escalofríos. George Orwell necesitó todo un libro ("1984") para elucubrar, entre otras cosas, acerca de la destrucción de la privacidad individual por medios tecnológicos; a Bradbury le alcanzó con este párrafo y algunos más del cuento breve "El Asesino", aunque justo es decir que el tema le preocupaba - y lo aterraba - lo suficiente como para insistir con él en otros lugares de su obra - el caso de "Fahrenheit 451" parece el más claro. Junto con la destrucción de la privacidad se da el fenómeno de la disolución de la individualidad; la formación de una masa de personas que están convencidas de que, por el hecho de poseer un aparato que permite la comunicación casi instantánea con casi cualquier punto del planeta - comunicación e información es poder - forman una "sociedad" y están más y mejor "integrados". Yo sólo puedo decir que discrepo y que tengo la extraña sensación de que esta era "de las comunicaciones", aunque ha facilitado muchísimo la capacidad de comunicarnos con los otros, tristemente no ha aumentado en mucho la calidad de lo que hay para decir. No es que la película sea mejor, es sólo que la cinta corre a mayor velocidad que antes, pero eso es todo. Y en esa película, el celular tiene un papel destacado. Prácticamente, ningún espacio público - por no hablar de los "espacios privados" si es que alguno queda - ha dejado de ser invadido por el celular. Vemos caminando por la calle a personas enfrascadas en ceñudas conversaciones mientras esquivan a otros peatones. Vemos a personas que conducen vehículos discutiendo acaloradamente, con una mano en el volante y la otra apretando el celular contra la oreja, demostrando un comportamiento que parece al menos un poco irresponsable. En el cine, una multitud de diminutas pantallas se enciende en los momentos previos a la exhibición del film, y se escucha el enfermante ruidito que emiten las teclas al ser presionadas por pulgares frenéticos. En los ómnibus, nos sobresaltamos al oír un inesperado campanilleo o un "ringtone" generalmente abominable. Si somos afortunados, se tratará de un "mensaje de texto" - nombre ridículo si los hay. Si no, nuestro viaje, frecuentemente largo, se verá acompañado de un interminable seudo-monólogo que por lo general no estamos interesados en absoluto en escuchar y que parece extraido del guión de un teleteatro de cuarta. Todo esto a mí me fastidia. Y mucho. Pero en fin, no soy más que un viejo de mierda que todavía encima lee, entre otros, a Bradbury y a Swift. Como para no estar loco. P.S. : felices 35, celular. Ojalá aprendamos a dominarte pronto. Después de todo, como dice el Sopena, nuestra sociedad todavía está "en la infancia" y no hemos aprendido aún definitivamente a vivir de otra manera que no sea "únicamente a través de los sentidos" y de "las impresiones recibidas" a través de ellos. Antes bien, no otra es la forma de vida que se fomenta, se propagandea y se exalta desde los centros de poder de este "mundo globalizado"; del cual tú, celular, eres el más exitoso de los fetiches. Por ahora, tú tienes el chip, la pantalla, el Reino, el Poder y la Gloria; que no sea por los siglos de los siglos, amén. Waldorf, desde el Statler. L@s interesad@s pueden encontrar el cuento "El Asesino" de Ray Bradbury en versión en español en:
http://www.apocatastasis.com/el-asesino-bradbury-the-murderer-cuento-doradas-manzanas-sol.php
27.03.2008 11:29 / Mis artículos
LA FOTO DEL FATAEn enero del año 2007 concurrimos un gran amigo y quien esto escribe al Teatro Solís - bastión de la cultura nacional - para presenciar el (notable) recital que brindara el guitarrista John Scofield. Una vez ingresados al sacro recinto de las artes, comprobamos que en el "hall" se hallaban expuestas diversas fotografías, en un sobrio blanco y negro, de figuras notorias de la música de nuestro país. Como ya sabemos que en cuestión de gustos hay muchísimo escrito, se comprenderá que muchas de esas figuras no fueran santos de mi devoción. Aún así podía llegar a comprender que ciertos personajes inevitables - Jaime Roos, Fernando Cabrera, los Hermanos Fattorusso, naturalmente Ruben Rada - formaran parte, más allá de mis gustos personales, de esta galería. Sin sentirme especialmente fascinado por su obra, puedo admitir que son "referentes" de la "cultura popular" y que su aporte merece, si no nuestro discutible aprecio, cuando menos el respeto que corresponde. Incluso se pueden pasar por alto las evidentes implicaciones políticas por las cuales esos artistas fueron seleccionados - por otra parte, si existen los músicos "de derecha" ciertamente son mucho más difíciles de identificar: nadie que yo conozca dentro del ámbito de la música se ha llegado a proclamar abiertamente como simpatizante del ala conservadora. Pero eso es otro tema. Lo cierto es que en determinado momento me sorprendió ver en tan prestigiosa galería una fotografía de la banda "Astroboy", para quienes sinceramente, sin negar sus posibles cualidades como artistas, no hallo explicación que justifique su inclusión junto a las efigies de otros músicos cuya trayectoria al menos, podría ser argumento para que ocuparan un sitial entre las nobles paredes de nuestro principal escenario artístico. Pensemos lo que pensemos de "Astroboy" reconozcamos que no tienen tiempo suficiente de existencia como para haber influido significativamente en la música uruguaya - de ahí la sospecha de la existencia de motivos extra-artísticos (¿políticos?) para la inclusión de su fotografía. Pero el corazón se me cayó a los pies cuando mi amigo, con un movimiento de cabeza, me señaló otra fotografía cuya presencia no había advertido. Allí, en el "hall" del Teatro Solís, donde nuestra Intendencia y nuestra "intelligentsia" se jacta de haber recibido a grandes figuras de la lírica, del teatro y de la música, se hallaba el retrato de Fabián "Fata" Delgado. Fabián "Fata" Delgado. El líder y mentor de "Los Fatales". Creador de éxitos sublimes como "Pizza Muzzarella" o "El Bicho-Bicho". "El Fata". Se puede admitir que los "gestores culturales" del país intenten desacartonar las propuestas musicales para que resulten accesibles a todos los públicos - en este sentido, me parecen altamente saludables los conciertos barriales brindados por la Filarmónica Municipal, más allá de la respuesta que puedan obtener. Se puede admitir que los mismos "gestores" intenten acercarse a públicos normalmente postergados por razones de edad o situación social. Se puede admitir que muchas antiguas fronteras entre lo "culto" y lo "popular" no tienen sentido hoy día. Todo esto se puede admitir. Ahora ¿alguien me puede explicar qué méritos o cualidades artísticas tiene la producción del Sr. Fabián Delgado, que justifiquen la inclusión de su fotografía en el "hall" del Solís? ¿Alguien me puede explicar cuál ha sido el aporte del Sr. Delgado y sus "Fatales" a la cultura de nuestro país? ¿Alguien me puede explicar qué criterio se utilizó para armar esa galería de fotos, que con la inclusión del Sr. Delgado se convierte en una broma de mal gusto? ¿Alguien puede decirme si los otros artistas incluidos en esa galería, al menos uno solo de ellos, se sintió debidamente insultado al ver que su imagen compartía un espacio con la foto del Sr. Delgado? ¿Alguien puede decirme quién puede haber argumentado, si tal fue el caso, que "los músico' son todo' lo mismo, son" y que el Sr. Delgado tenía los mismos derechos - no ya los mismos méritos - que los demás para colocar su foto en el Teatro Solís? La acción de los "gestores culturales" del país ha tenido momentos realmente patéticos. Pocos resultan tan patéticos y en definitiva, tan ofensivos, (al menos para los que creemos que la música es una de las pocas cosas que nos rescata de nuestra elemental animalidad) como el instante en que alguno de ellos decidió incluir en el Teatro Solís la foto de Fabián "Fata" Delgado. Waldorf - desde el Statler
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