Antes los anotaba en libretitas que llevaba en los bolsillos, (todavía las uso cuando elaboro una trama tan complicada que tengo miedo de perderme). Por momentos borro y tacho más de lo que escribo. Internet es una plataforma muy extraña para esto, sino escuchen. Hace años (más de 10) tres amigos ensayaban “Art” de Yazmina Reza, al final no iban a poder estrenarla por un tema de derechos de autor y yo les escribí una obrita teatral para tres personajes. Al final no la hicieron, ya en España José Luis, un vecino actor (que actualmente está haciendo una obra con Cocha Velazco) la leyó y me la pidió, al final tampoco la estrenó. El otro día leo una noticia que una radio de Zaragoza estrena un experimento caber radial, un radioteatro. “Adiós mundo cruel”, del argentino Joaquín Doldán. Dije salvo por la nacionalidad puedo ser yo. En efecto, aclarado el lado del Río de la Plata al que pertenecía, escuché por fin mi pequeña obra. Encontrada por esa gente en Internet, como quien encuentra una botella de un naufrago. También mi vecino Ale Fornari me contó que en sus recitales repartió una de mis escritos por Argentina, otra botella que llega a buen puerto. Pero, aún así, sucede, como el físico culturista que deja de ser un tipo musculoso y se transforma en un pollo lleno de chichones, tengo tantos pequeños apuntes de la vida cotidiana que no se que hacer con ellos. Las leo y algo tienen que no han sido borradas, un recuerdo lindo, algo de la llamada post- poesía, una imagen atemporal, algo tienen. Elijo alguno. Para demostrar su existencia y para que quizás alguien más decida guardar y compartir lo más importante que tenemos, la realidad, que supera a la ficción y hace posibles los sueños.
Lunes de mañana, kiosco de la calle Grecia, Cerro de Montevideo, año 1981. -¿Ya llegó la revista “Patatín y Patatán”. -Mañana llega. Martes, kiosco de la calle Grecia, año 1981. Estoy ansioso. Miro en el interior, leo: “Los lunes al levantarme despierto con emoción pues en el kiosco de al lado venden mi gran ilusión…” Mi primer poema publicado (debería decir casi mi único poema publicado en un medio). El primero y en realidad lo escribieron mis hermanas. -Ya no tenemos donde guardar revistas, vas a tener que elegir algunas- dijo mi madre. Lunes de mañana, kiosco de la calle Feria, Casco antiguo de Sevilla, año 2010. -¿Ya llegó la revista “Rolling Stone”. -Mañana llega. No estoy ansioso por nada. No busco en el interior porque nunca mandé ni una carta. -Ya no tenemos donde guardar revistas, vas a tener que elegir algunas- dijo mi esposa.
Nota: Escribir sobre quienes dicen que crecer es difícil. Más que difícil es inevitable.
El señor chino trajo la cena fría. Le pagué y al salir se frenó. -¿Novia?- preguntó. Pensé, “un chino gay, no pasa nada, le digo que con el cerdo con almendras frío ya teníamos bastante”. -¿Novia?- insistió señalando hacia donde estaba ella. -Ah ..si, si.. Revolvió en su bolsillo. -Tome. Chupa chupa para novia. -Gracias. -¿Qué te decía? -Al parecer volvemos a ser novios. -Yo prefiero, me gustaba ser novia. -Bueno. Te regaló este chupa chupa. ¿Es mejor ser novia que esposa? -Mil veces.
Nota: Escribir sobre la sabiduría oriental, o sobre esposas que quieren ser novias y tratar de combinar ambos temas como un homenaje a nuestras parejas.
El cementerio del Cerro cuenta la historia de tres ancianos que se quedan encerrados. Una novela de misterio y oscuridad, plagada de guiños al terror más clásico, llena de imágenes góticas y tenebrosas. Nos insinúa la vida de un barrio obrero, de inmigrantes y movimientos sociales, pero quizás su principal reflexión sea en torno al tema de la vejez, a la evaluación que hacemos de nuestras vidas cuando pensamos que estas se acaban. Joaquín Doldán vuelve a elegir el Cerro de Montevideo como escenario de una novela basada en hechos reales pero llena de pesadillas.
Arte de tapa Jesús Ángel Martín
Esta nueva novela está editada y se puede adquirir en:
Ya debería amanecer. Por algún motivo esta noche no termina. Es como su vejez, una inmensa oscuridad. Ya no recuerda con claridad su infancia, ni su adolescencia, ni su madurez, parece que hubiera nacido anciano. Viejo y encerrado en este cementerio. Y siempre de noche. Está cansado. No tiene frío, ni hambre, solo quiere llegar a su casa y acostarse en su cama. Pensando en esto se sienta sobre una tumba, dejando por un instante de lado el asco y la mala espina que le produce hacerlo. La luna brilla, se ve bien a pesar de la penumbra, con el paso de las horas debe haberse acostumbrado. Mira al cielo. Es cada vez más azul. Ya debería amanecer. Conoce este color de cielo. Con él se iba a trabajar cada madrugada, con él y con el mismo silencio. Susurra el viento. Los largos y delgados pinos, guardianes del cementerio, se bambolean con una sensualidad misteriosa, invitando a la muerte. Susurran y se tuercen un poco hacia el mismo lado, una coreografía burlona, una tomada de pelo, pocos, blancos, fríos. El viento se apaga. Sigue la noche.
Antes el mundo era muy aburrido. Y cuando apareció el cine y las estrellas levantamos la vista y vimos como una pantalla blanca en una sala oscura podía llenarnos de imágenes. El cine emociona, y como toda expresión artística impone desafíos. ¿Cuántas imágenes hacen falta para contar una historia? ¿Son necesarias tres horas llenas de efectos por ordenador? Poder ver es tan complejo que nos deja ciegos. Pasa algo similar con la pasión, nos hace sentir tanto que tropezamos con nuestros propios cuerpos. Trabajé tres significativas veces del otro lado de una cámara: Creo que ya lo conté pero me eligieron para protagonizar la adaptación del libro “Ilusiones” de Richard Bach, lo gracioso es que hice el casting para hacer de Don Shimoda y al final fui el mismo Richard, volando aeroplanos y todo eso. Tengo en casa un exceso de dos horas y pico que, si su director Roberto Poy me deja, un día transformaré en un cortometraje alucinante. Pasaron tantas cosas ese año que lo tendría que contar en un apartado especial. Otra vez fui el guionista-director- camarógrafo de “África se mueve”, un documental sobre los movimientos sociales en Senegal que hizo la Ong amiga MAD- África. Filmamos horas de más aunque cuando manejaba la cámara enfocaba sobre todo a las manos, primerísimos primeros planos de aquellas palmas blancas con esos dorsos casi violetas contando sus historias con orgullo de sus raíces. Eso lo editaron casi todo pero a mi me quedó el antojo, hacer una película sobre las manos. El último fue un cortometraje que hice hace años con Lau. Un experimento, una peli de superhéroes que demuestra que si el actor es bueno, no son necesarias tantas producciones, ni tantas letras.