Logró estar a su lado de forma incondicional, diciendo las palabras justas en los momentos precisos. Adivinando cada necesidad, ayudando en cada sueño. Cambió de gustos musicales, adaptó costumbres y amoldó opiniones. Ejerció otra profesión, agravó su tono de voz, generó masa muscular, usó lentes de contacto verdes, se tiño de rubio. Al tiempo, su pareja le confesó sentirse atraída por otra persona que, con estupor, comprobó era igual a aquella que había dejado atrás persiguiendo un amor sincero.
Salió del banco, sin tarjetas de débito, ni de crédito. Sin cuentas corrientes o de ahorro: Sin planes de pensiones, ni seguros. Rechazó préstamos e inversiones.
Los escrúpulos se juntaron en la oficina de desempleo a iniciar sus trámites. Luego fueron a un bar a verse con la fe para convencerla de no prostituirse más. En silencio, les preocupaba el estado de salud de la bondad, y más ahora que la enfermedad era un lujo de ricos que padecían los pobres. “Me siento sin fuerzas”, confesó la inteligencia.
No tuvo valor para llamar a su puerta. Huyó al bar de la esquina (que tiene wifi), sacó el Ipad, se conectó a Facebook , buscó su foto de perfil y puso: “Me gusta”.
Decidió escribir su autobiografía hace dos días. Descubrió con pánico que ya va por la semana pasada. Prefirió dibujar un autorretrato, pero no recordaba su rostro. Necesitaba hacer una autocrítica, aunque ella lo llevara a la autodestrucción.