DESDE EL PSICOANALISIS
Psicoanalisis y Literatura

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18.05.2012 11:23 / Psicoanalisis y Literatura

No sentí que había regresado hasta que la vi. 

Era todavía un extranjero cuando bajé del avión, cuando saludé a mis padres que ya estaban viejos, cuando cené con mi hija que no reconocía. En realidad llegué a casa después. Después que vi las luces por la ventana del coche y le pedí al taxista que se detuviera en mitad de camino. Después que bajé del auto en medio de la noche y me quedé parado e inmóvil. Después que la vi, luminosa y tranquila, la rambla de Montevideo. 

 

 

Relato ganador en la segunda semana del Primer Concurso de Cuentos breves de La Tertulia de los Viernes. El Espectador. http://www.espectador.com/1v4_contenido.php?id=238431&sts=1 

 

 

 

 

 


 




04.04.2012 10:29 / Psicoanalisis y Literatura

 


 

 Los hechos son siempre vacíos,

son recipientes que tomarán la forma

del sentimiento que los llene.

 

(Juan Carlos Onetti)

 

 

Él es un enigma. Cada vez que creo poder definirlo, su rostro se modifica de tal manera, que aún siendo el mismo, varía invisiblemente haciendo imposible su ubicación en un lugar preciso. Como si se corriera un paso al costado cuando intento aprehenderlo para borrarlo, permaneciendo siempre casi en el mismo lugar. Casi. Me pregunto si él lo sabrá, si lo percibirá de manera sutil o es completamente ignorante. En realidad me pregunto muchas cosas acerca de él, porque por más que me hable y me trasmita fragmentos de su historia, tengo la sensación de que jamás podré conocerlo en profundidad. Sé que es muy difícil, por no decir imposible, conocer a alguien de esa manera y que aun conviviendo largos años con alguien, siempre hay un fragmento del otro que se pierde. Pero uno tiene la ilusión de que no es así. Y es lógico que así sea, porque ¿cómo podríamos vivir día a día, si tuviésemos siempre presente que esa persona con la que compartimos nuestra vida, que duerme todas las noches a nuestro lado es en última instancia, aunque sólo sea en última instancia, un desconocido?. Es necesaria esa ficción que acorta las distancias, para que la realidad sea un poco más consistente y podamos vivir tranquilamente en un juego de cómo sí. Como si lo conociera lo suficiente. Sin embargo no puedo hacerlo con él, y nunca podré, y eso lo ubica en un lugar sin nombre. El es mi enigma. Porque ese lugar sin nombre es en definitiva una parte de mi.

 

Estos eran los pensamientos de Clara en el momento anterior a levantarse del sillón y poner un disco. Los olvidó inmediatamente luego de haberlos pensado, por eso nunca supo que no fue el azar lo que la llevó a poner el disco que él le había regalado. Y cuando la música invadió la habitación, Clara se puso a recordar aquélla tarde no tan lejana en que se encontraron por primera vez.

 

Era otoño y llovía, pero eso solo tiene un significado que Clara le dará después cuando lo recuerde, porque esa tarde estaba demasiado sumergida en su fantasía como para mirar a su alrededor. Sentada frente a la computadora, miraba una foto de él y se preguntaba si en persona sería igual a su imagen o estaría a punto de abrirle su puerta a un desconocido. Cuando él entró y le entregó el regalo, ella lo miró sorprendida de no sorprenderse, y recordó que en realidad ya lo había soñado y por eso lo conocía. Sin embargo, aunque era él, ella estaba nerviosa porque aún dudaba de que su sueño no fuera lo suficientemente real y temía que la ilusión se pudiese quebrar en cualquier momento. Pero él también estaba nervioso, y eso le decía a ella que su sueño no había fallado. Para quitarse las dudas, ella le dijo que aún no sabía si él era en realidad él, y cuando él le respondió, Clara supo que en aquella frase estaba la respuesta que buscaba. Entonces se besaron en el sillón en el que está sentada Clara mientas recuerda este momento, que es el sillón  en que le dijo que había soñado con él. Lo que no le contó, tal vez porque aún no se había dado cuenta, era que en algún lugar desconocido, ella sabía que lo iba a conocer. Y que lo supo aquel día, cuando lo vio en aquel balneario donde pasó el verano y él se le quedó prendido en la memoria.

Ella le dijo esa tarde, mientras lo miraba a los ojos, que él era mejor que su propia fantasía, y cuando luego él se fue, y ella se quedó sintiendo su olor en la piel, se preguntó si de verdad había sucedido. Y aunque no se cansa de comprobar que él existe, aún se hace la misma pregunta cada vez que él se va.

 

Lo que Clara descubrió aquel miércoles de abril, fue la delgada línea que separa el deseo de la realidad, y cómo solo un pequeño e insignificante empujón puede hacer añicos esa distancia. Y lo que descubre mientras piensa en este recuerdo es que no es una delgada línea lo que separa una cosa de la otra, porque él aún está dentro de esa fantasía. Y por eso es un enigma. Su propio enigma.

 

La última canción del disco llega a su fin, y los recuerdos de Clara comienzan a desvanecerse. ¿Por qué intento encontrarle un nombre a ese lugar?, se pregunta Clara, un segundo antes de levantarse a cambiar la música y dejar caer sus pensamientos en el olvido.

  

 

 

 

 

 

 




22.03.2012 21:42 / Psicoanalisis y Literatura

 

Hay que prepararse, pensaba Isabel mientras cerraba los postigos del frente de la casa. Hay que prepararse, había oído decir en la radio y la frase aún se repetía en su frente. Cerraba puertas y ventanas como una autómata, mientras pensaba qué otras cosas tendría que hacer antes que sucediera.

Se detuvo un instante y miró hacia arriba. La nube negra ya se acercaba por el cielo. Nunca vi una nube que avanzara tan rápido… ¿dónde está Julián?, y cerró con fuerza el último postigo. Dio una vuelta a la casa revisando que todo estuviera preparado, y cuando estaba por entrar vio venir desde lejos a Julián. Caminaba tranquilo hacia la casa, como si nada estuviese por suceder. ¿Viste la nube? Apurate, le gritó Isabel desde la puerta. Vio que Julián asentía con la cabeza. Había visto la nube, sí, y sin embargo sonreía, ¿por qué sonríe?, no hay tiempo para preguntarle, hay que seguir preparando las cosas, pensó Isabel quitando la mirada de Julián y posándola en los diferentes objetos de la casa. ¿Cuáles guardar?, ¿cuáles serán los que van a quedar?. Miraba con ternura los juguetes de Manuel, pensando que tal vez mañana ya no estarían, y si él los pedía le iba a decir que… ¿y Manuel?, ¿cómo guardarlo?. Manuel abrazado sin soltarlo, y se imaginó bajo la cama, apretados fuerte los tres. Guardar lo más indispensable, había dicho el señor de la radio, pero ¿cómo saber que era lo más indispensable?, pensaba Isabel mientras doblaba la ropa más nueva, casi sin uso que le habían regalado para navidad. Esos zapatitos le quedan preciosos, se dijo mientras pasaba el cierre de la valija.

Sintió la voz de Julián. Estaba hablando con otro hombre en la puerta. Parece un vendedor, ¿qué estará haciendo?. Isabel se paró a su lado y le dijo ¿ahora?. Si, Isa, ya voy, estoy comprando unos repuestos para el taller. Y salió con el vendedor al jardín. ¿El taller?, ¿y si el taller mañana ya no está?, ¿por qué él no se está preparando?.

Sintió de pronto el olor a mar y el viento le sacudió el rostro. La nube se está acercando, ¿cuánto tiempo más tardará?, ¿habrá que preparar algo más?, ¿se podrá estar preparado para algo así?. De pronto la nube cubrió la superficie del cielo y la oscuridad fue total; el ruido de las olas cada vez más cerca, el viento cada vez más fuerte, pero ¿cómo saber?, ¿cómo saber?, se preguntó Isabel, un segundo antes de que sucediera

 




29.02.2012 14:08 / Psicoanalisis y Literatura

 

- ¡Si me queda la cicatriz, cada vez que la mire me voy a acordar de vos y te voy a odiar!-  gritó Cecilia, mientras miraba su rostro en el espejo.

Debajo de la nariz había un surco pequeño y finito, del que brotaba sangre como en una cascada. Luego quedó en silencio. La frase que salió de sus labios la sorprendió. A tal punto, que pese a tener la mayor certeza de su veracidad, estaba convencida de que no había sido ella quien la pensó. No era suya, aunque ella la hubiera pronunciado.

Él la miraba desde la cama sin comprender. Tal vez sin comprender que no se trababa de comprender. El estupor de Tomás no la perturbaba, era parte de la escena que representaba, casi como un personaje secundario, pero esencial como soporte para que la escena pudiera desarrollarse. Un observador, una mirada receptora. Todo eso y nada más.

 

Cuando pienso en Cecilia siempre la imagino así, rodeada de miradas lejanas que la trascienden, que la atraviesan como si fuera un cristal nítido y diáfano. Esa es la imagen que tengo de ella, sin embargo ella se siente oscura y opaca. Y sola. Muy sola en ese mar de miradas.

           

Al levantarse al día siguiente le dolía la cabeza, - no debería tomar tanto vino, siempre hago lo mismo – pensó al ingerir un analgésico. Tomás aun dormía profundamente. Ella lo miró con cariño desde el baño y se sorprendió al no sentir ni un rastro de culpa por la pelea de anoche. Cecilia sabía que había sido ella quien la provocó, pero esta era la primera vez que no le importaba; era la primera vez que sentía que algo que había sucedido podía olvidarse fácilmente como si en realidad hubiera sido un sueño. No tuvo tiempo de seguir pensando sobre eso, se vistió rápidamente y salió hacia el trabajo. -Otra vez tarde, en la oficina me van a echar un día de estos -  

 

  El ómnibus demoró en pasar y Cecilia llegó a la oficina con media hora de retraso.

- Cecilia, pensé que no ibas a venir, ¿qué te pasó?

- Nada, me dormí - Agarró los papeles que le daba Sofía y se sentó inmediatamente a trabajar.

 - Que carita tenés, ¿saliste anoche?

- Si, tuve un cumpleaños - Por lo general no le molestaban las preguntas de Sofía porque podía responderle mientras escribía, pero hoy sentía su presencia y su voz como una piedra sobre su frente.

- ¿Que te paso en la cara? Tenés un corte...

-¿Un corte, dónde?

- Ahí, en la nariz

- Ah... eso, sí me caí. Sofía, tengo mucho trabajo, conversamos después ¿sí?

- Bueno, te dejo tranquila.

 

Todavía le dolía la cabeza cuando entró al consultorio. Como siempre durante casi dos años, no lo miró al saludarlo, le dijo hola y se recostó rápidamente en el diván. Prefería evitar su mirada. Ese era el único lugar donde la soledad no era distancia sino intimidad, y Cecilia sabía que eso tenía relación con la ausencia de miradas.

Se quedó en silencio durante un rato. No podía quitar de su mente la imagen de la pelea de anoche. -Es extraño, no pensé en esto en todo el día, y ahora es lo único que me viene a la cabeza, pero no sé si quiero hablar de eso-

- ¿Qué es eso que te viene a la cabeza?

- Es una frase que dije ayer... porque tuve una pelea con Tomás, bueno, en realidad no fue con Tomás, aunque él estaba ahí y fue quien me hizo caer... bueno, no fue él exactamente, él me hizo enojar porque volvió a hacer lo mismo de siempre, y como estaba furiosa me tropecé, me caí y me golpee la nariz... y ahí fue cuando le grité eso.

- ¿Y con quien fue la pelea entonces?

- Supongo que conmigo

- ¿Contigo?

- Sí, no sé... porque yo me pregunto: ¿A quién le grité? Y no es a ese otro que me miraba sorprendido sin entender lo que sucedía, no a esa persona que por azar se convirtió en destinatario, sino a otra cosa, a eso que siento que es interno y que tiñe con su presencia oculta cualquier intento de objetividad posible... y yo que sé... me da la sensación de que es extraño, casi siniestro un  acontecimiento así. Me refiero al grito que me pronunció, a que mi boca diga algo que no recuerdo haber sentido. Y  es esa sensación de extrañeza la que me remite a una pregunta sin respuesta: ¿quién soy?

Desde que era pequeña se hacía esta pregunta, que a fuerza de aparecer sin respuesta, se volvió con los años reiterativa. La repetía para sí, como si por la fuerza de  la repetición algo se fuera a modificar en ella.

- A veces quisiera poder ver mejor, poder aprehender aquello que solo percibo en sombras, como si lo intuyese en pequeños intervalos de la razón, y luego se desvanece frente a mi mirada... como esa frase... ¿Y si me queda la cicatriz?

- ¿Que pasaría si te queda?

- No sé.. si me queda la vería todos los días.

 

Cecilia solo puede decir estas cosas en el consultorio, y en cierto sentido ya sabemos porqué. Ella siente la ausencia de miradas como liberadora, entonces habla lo que no dice cuando siente las miradas. Yo me pregunto si lo que libera a Cecilia es la ausencia de miradas, como ella afirma, o la ausencia de su propia mirada reflejada en el otro, porque después de todo su psicoanalista la puede ver cuando está en el diván. Sin embargo para Cecilia esa mirada no importa, porque no la atraviesa.

 

- Tomás todavía no volvió- pensó Cecilia cuando entró en la casa- me da tiempo de prepararle algo y esperarlo con la cena- Dejó su bolso sobre la silla y se puso a buscar la receta preferida de Tomás. Tenía ganas de pasar una cena tranquila y un poco romántica. Pensaba en Tomás y sabía que lo amaba, que lo había amado siempre, aun con todas las actitudes que solía reprocharle, aun con el sufrimiento que le causaban sus defectos, aún con todo seguía siendo alguien fundamental para ella. Sintió el sonido de las llaves en la puerta y sonrió.

-Hola mi amor, estaba cocinando

-¿Estabas haciendo el pollo a la mostaza? Que delicia, con el hambre que tengo…

-¿Cómo te fue hoy en el trabajo?

-Bastante bien, no tuve demasiados trámites que resolver... Ceci ¿cómo está tu nariz?- dijo mirándola dulcemente

-Ya esta casi curada, no es nada

-Me alegro… me quede un poco preocupado hoy, ayer te salió mucha sangre... y decime Ceci ¿estas bien?

Cecilia lo miró a los ojos, y esos ojos respondieron su mirada. No la atravesaron, se quedaron allí, en su interior, y se sintió tranquila y segura como no se había sentido en mucho tiempo.

-Si, estoy bien... creo que estoy mejor que nunca, vamos a cenar que se enfría la comida¿ si?

-Bueno, voy a poner los cubiertos y los vasos...

 

A Cecilia la cicatriz le quedó, obviamente. La marca en la identidad la ve todos los días al enfrentarse a un espejo. Y esta marca que surcó su rostro logró lo que Cecilia nunca pudo con la reiteración de su pregunta. Porque cuando ve la cicatriz, ya no se pregunta quién es. 

 




20.02.2010 12:34 / Psicoanalisis y Literatura

 

 

"Uno lee para hacer preguntas".

Franz Kafka

 

 

Estaba mirando distraídamente los estantes de la librería, cuando un libro captó inmediatamente mi atención. "Una Historia de la Lectura" decía en la tapa con pequeñas letras rojas. Sin mirar siquiera quién era el escritor, fui hasta la caja y lo compré. Sólo después de llegar a casa me detuve a hojear su portada y la reseña posterior; y mientras pasaba las hojas mirando las imágenes que acompañaban las palabras, comencé a preguntarme qué fue lo que me llevó a comprar tan impulsivamente el libro. No era la primera vez que lo hacía y no será la última, sin embargo era la primera vez que ese acto me generaba una pregunta. ¿Qué relación se establece entre un libro y un lector?, ¿qué motiva a alguien a leer algo?, ¿qué implica en sí mismo el acto de leer?
Cuanto más pensaba, más preguntas me surgían. Y aún no había comenzado a leer el libro...

"Leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe qué será…" (I. Calvino)

En realidad lectores somos todos, porque la realidad es un producto singular de la lectura que alguien hace del mundo. La lectura no es sólo la decodificación de las palabras escritas en un papel, sino que el acto de leer puede entenderse como toda interpretación que un sujeto hace de determinada realidad. Y toda realidad se convierte así en un texto a ser leído.
Leer es descifrar e interpretar otorgando un sentido a aquello que percibimos como un mensaje, por eso una persona que mira un cuadro de Van Gogh lee en esa imagen una idea, una emoción e incluso una historia. El músico lee una partitura, el arquitecto lee un plano, el amante lee el cuerpo de su amada y la madre lee en el rostro de su hijo una expresión de miedo o alegría. Todos ellos leen, y comparten con el lector de libros la habilidad de descifrar y traducir textos. Nos leemos a nosotros mismos y a quienes nos rodean para intentar comprender quién somos y dónde estamos. Somos sujetos atravesados por un lenguaje que nos precede y nos introduce en la existencia.

“Hay lenguaje, eso habla en el mundo, y por esa razón hay toda una serie de cosas, de objetos que son significados, que no serían en absoluto si en el mundo no hubiera significante” (J. Lacan)

Sin embargo es el lector de libros quién ha despertado siempre algún tipo de temor. Hay cierto estereotipo casi caricaturesco de su imagen: el académico distraído, el ratón de biblioteca o el intelectual miope que vive ocioso y soñando despierto.
El lector de libros despierta burla o rechazo porque genera temor.
Tal vez sea un temor a ese espacio privado que se crea entre el lector y el texto, a la capacidad de producir pensamientos que redefinan la realidad, o a la independencia de un pensamiento que cuestiona, tanto lo que lee como el mundo en el que vive, y que le permite revelarse contra la inmovilidad que lo rodea.

El poder del lector radica en que la lectura posibilita un cuestionamiento de lo establecido, rompe con el saber incuestionado, y transforma la posición desde donde leemos la realidad, permitiéndonos pasar de la sumisión ignorante a la rebelión frente a la tiranía de quienes pretenden dominarnos mediante dogmas autoritarios. No es por casualidad que en los regímenes totalitarios y en las dictaduras se practique sistemáticamente el control de lo que puede leerse y lo que no, la quema y confiscación de libros y la persecución de ciertos escritores.

También podría decirse que hay diferentes tipos de libros, y ellos promueven diferentes tipos de lectura. No es lo mismo un texto cerrado, que no muestra el desarrollo y despliegue de las ideas que lo conforman, que un texto donde uno puede recrear desde su propia posición subjetiva el recorrido del pensamiento de quien lo escribió. Un texto que promueve un velo de sombras abre a la reflexión, y permite que se despliegue la subjetividad del lector generando más interrogantes que conclusiones. No es lo mismo un texto producido cómo búsqueda, que un texto creado como meta. Sin embargo vuelvo a poner el hincapié en el lector. Porque es él quién tendrá que llevar a cabo esa tarea de decodificar y descifrar el texto, y lo hará en función de sus intereses, sus deseos, y las preguntas que subyacen a su búsqueda de saber.
Creo que la lectura es en sí misma un acto de creación, porque al transformar las palabras en significados propios mediante un proceso singular y único que depende de factores internos, en cierto sentido uno crea nuevamente el texto. O tal vez uno lee aquello que ya estaba en sí mismo. Entonces la diferencia entre el escritor y el lector se difumina y ambos conceptos se mezclan.

"No existen los escritores y no existen los lectores - excepto para el sistema educativo y para la industria del libro- ni existen los géneros- excepto para los académicos: lo que existe son estructuras de subjetividad que por milagro coinciden, se sincronizan y entonces escribir y leer son lo mismo…" (E. Lissardi)

Porque, ¿dónde está la creación?, ¿está en la imagen que la lectura nos transmite, o en lo que uno descifra de ella?. El libro que lee Juan no es el mismo que lee Pedro, incluso no es el mismo cuando Pedro vuelve a releerlo varios años después y encuentra otras cosas que en la primera lectura no había captado. Después de todo, la decodificación de las letras en significados es algo que sólo puede hacerse desde la estructura singular de cada uno.
El lector es un intérprete, tanto de las palabras como de sí mismo, descubriéndose él en aquello que la escritura insinúa mediante atisbos y sombras.

Pero... ¿por qué se lee? ¿para qué se lee? Se lee porque hay algo que no se sabe y se quiere descubrir. Se lee entonces para saber.
¿Para saber qué?

 

 

 


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Lic.Psic.María Noel Gazzano / Psicoanalista. Licenciada en Psicología en la Universidad de la República / Miembro de la Escuela Freudiana de Montevideo

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