DESDE EL PSICOANALISIS
Psicoanalisis y Literatura

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01.06.2013 23:22 / Psicoanalisis y Literatura

Azulina y Herminia nacieron ambas el mismo día. “Recuerdo que era un día de lluvia”, va a decir Azulina después, “porque cuando abrí los ojos lo primero que vi fueron las gotas de lluvia en la ventana”. “Estás inventando”, le responderá Herminia, “no es posible que recuerdes algo así”. Y reirán juntas, casi al mismo tiempo, como si hubiera una sola risa, y la otra fuese solamente un eco.

Desde pequeñas estaban siempre juntas. Y solas. Aunque había más hermanos en la casa, ellas eran las únicas que compartían el cuarto. La casa de campo era grande y las habitaciones vacías sobraban, pero en esos tiempos el cuarto era el mundo, y ellas preferían compartirlo. Los otros hermanos eran mayores y varones, cada uno con su dormitorio propio, y tal vez por eso la distancia con ellos.

La primera vez que se alejaron de la casa familiar fue a los tres años. Azulina dice que recuerda el primer día en el jardín de infantes, el miedo a que la separen de Herminia y el llanto, tembloroso y amargo, que su madre pensó era por ella. Cuando Azulina vio que las dejaban juntas no volvió a llorar. “De eso sí me acuerdo” le dirá Herminia, “de ese día en adelante tengo recuerdos, pero de antes no, esos son inventos tuyos Azulina”.

Nunca lograron ponerse de acuerdo en el tema de cuándo comenzaron los recuerdos; siempre hablaban de eso como si fuera trascendental, como si eso explicara cosas muy importantes que ellas no llegaban a comprender.

Siguieron juntas en el preescolar y también en la escuela, aunque el comienzo de clases siempre fue un momento tenso para ellas. Sobre todo para Azulina, que nunca perdió el miedo a la separación. Extrañamente, nunca las separaron en las clases; aunque sí a otras gemelas, como a Lucía y Sofía, que en primero de escuela las pusieron en grupos distintos, para fomentar la socialización, dijeron las maestras. A ellas, sin embargo, no. Azulina dijo que era porque Lucía y Sofía no eran tan iguales, de hecho, en realidad eran mellizas, no gemelas. Si tenían incluso distinto color de ojos. En cambio ellas no, le explicaba Azulina a Herminia, “nosotras somos como dos gotas de agua, idénticas”. Pero Herminia no estaba convencida de eso. Y a pesar de que pasaban horas frente al espejo, buscando las diferencias sin encontrarlas, Herminia sospechaba que no estaban mirando bien. Que no podían ser “dos gotas de agua”. No le decía nada a Azulina para no molestarla. Para no preocuparla.

Lo llamaban “El juego de los reflejos”. Se paraban enfrentadas en el espejo y empezaban a compararse, siempre de abajo hacia arriba, dejando para el final el rostro, que era la parte más complicada, pero también la más divertida.  Azulina nunca podía mirarse los ojos, decía que no sabía mirarse mirando. Y Herminia le explicaba, siempre inútilmente, cómo tenía que poner la mirada para poder mirarse. Nunca se les ocurrió que esa era una diferencia entre ellas. Quizás la más importante de todas.

Azulina siempre fue la más sensible de las dos, la más frágil y a su vez la más extrovertida e inquieta. Hablaba más, y era quién siempre proponía los juegos y las actividades. También era ella quién, por lo general, tomaba las decisiones. Herminia era más callada, podía permanecer en silencio por horas y tenía la habilidad de quedarse quieta, muy quieta, casi inmóvil, durante mucho rato, sin ponerse nerviosa ni aburrirse. Por eso era buena jugando a las escondidas, aunque rara vez Azulina proponía jugar a eso. Ella prefería siempre “el juego de la sombra”, que consistía en sincronizar los movimientos mientras se lavaban los dientes, o se bañaban, o comían. Y por supuesto, siempre era Herminia quién hacía de sombra. Una sombra oscura y opaca, que no revelaba los matices internos sino tan solo el contorno de la forma.

Tal vez Herminia era más callada porque nunca le preguntaban cosas. Aunque estuvieran las dos paradas y atentas frente a los adultos, era siempre a Azulina a quién dirigían las preguntas, ¿es linda la escuela?, ¿hay muchos amigos? ¿cómo van esas calificaciones?. Siempre ese tipo de preguntas extrañas para las cuales Azulina tenía siempre las mismas respuestas. Salvo con la abuela Clara, que se dirigía a las dos por igual y sí sabía hacer buenas preguntas.

Azulina respondía amable y sonriente a esos interrogatorios, segura de saber lo que los mayores querían escuchar; y luego, a solas con Herminia, se burlaban y reían de esa incapacidad de los adultos para preguntar las cosas que de verdad importan. Como cuando murió Roberto, el hámster; preguntaron por la tristeza y por la pena, y dieron explicaciones sobre la vida, la muerte y el cielo, pero nunca, ninguno, preguntó cómo había muerto. Supusieron que despertó así, inmóvil en su jaula, como si la causa de la muerte de un hámster no precisara explicación. Ellas, por supuesto, nunca dijeron nada sobre eso. Luego llegó el canario, después los peces y por último el gato, todos con el mismo destino que Roberto. Salvo el gato, que simplemente desapareció. No hubo explicaciones de los adultos en estas muertes. Pero tampoco preguntas.

La casa era grande y llena de recovecos en donde esconderse a jugar. No sólo estaba el altillo, que usaban para hacer los experimentos, también había “pequeñas cuevas”, como ellas las llamaban, a lo largo y alto de toda la casa. Bajo la escalera, en los pasillos de rincones oscuros y también pequeñas habitaciones que eran utilizadas como depósito de cosas inútiles. No salir nunca de la casa les daba mucha libertad. Habían descubierto esta estrategia para eludir la vigilancia materna y hacer sus cosas tranquilas; y se sorprendían de sus hermanos, que por andar correteando por el campo, supuestamente “lleno de peligros”, como decía el padre, se ponían bajo la permanente mirada de la madre.

Vivieron mucho tiempo así, jugando por fuera del tiempo, pero sin olvidar que algún día eso iba a tener que cambiar. Por eso hacían planes. Planes cuya elaboración les llevaba horas, meses, quizá también años. Elaboraban estrategias e inventaban historias que luego comparaban entre sí, para evaluar cuál era la más creíble. Las anotaban en un cuaderno de tapas rojas que guardaban en uno de los tantos lugares secretos que tenían en aquella casa. Porque el miedo, aquel que hizo llorar a Azulina el primer día en el jardín, ese mismo miedo las acompañó siempre. La verdad estaba allí y sólo se podía aplazar, porque tarde o temprano las iban a querer separar. Sin embargo el plan funcionó. Y nadie se sorprendió de que Azulina se mudara a la cuidad con su abuela Clara cuando comenzó la Facultad, “porque queda más cerca, porque el viaje hasta la capital son dos horas y las clases terminan tarde”, todas esas respuestas que siempre sabía dar Azulina para dejar a todos tranquilos. Nadie preguntó por qué con esa abuela, y nadie sospechó que era porque Clara también tenía una hermana así.

El tiempo transcurrió apacible sin cambios ni sobresaltos en la rutina de Azulina. Concurría todas las mañanas a la facultad y por las tardes trabajaba en un jardín de infantes. Llegaba a la casa a las cinco y media, justo a tiempo para tomar un té con la abuela Clara y conversar sobre las cosas cotidianas. A veces Azulina le hacía preguntas sobre la familia, sobre sus padres y los padres de su abuela, sobre esas generaciones que la habían precedido y de la cual nunca nadie le había dicho nada. Fue así que comprendió muchas cosas de sí misma, cosas que hasta ese momento no había sabido explicar, pero que aparecían también en los abuelos de sus padres, incluso en los abuelos de sus abuelos, o en algún tío lejano del cual nunca había oído nombrar. La abuela Clara era muy buena contando historias, incluso a veces le mostraba fotografías o recortes viejos de periódicos, cuyas imágenes acompañaban las palabras y las hacían más reales. Azulina nunca se preguntó si esas historias eran ciertas o eran desvaríos de una abuela de pelo blanco y mirada perdida. Ella sabía, por experiencia propia, que algunas cosas pueden ser ciertas aunque nunca hayan existido en la realidad.

La abuela Clara murió dos años después de que Azulina se recibiera de maestra. Toda la familia vino al entierro, que fue menos triste de lo que Azulina hubiera querido, porque los hijos de sus hermanos correteaban gritando por el cementerio sin dejarla concentrarse en su pena. Ella sabía, por su experiencia en el jardín, que sólo algunos niños podían comprender cierto tipo de cosas, y por eso miraba a sus sobrinos con cariño pero con distancia. Algunos aún eran pequeños, pensaba Azulina, pero ella a esa edad ya había comprendido algo de la muerte como para andar corriendo por ahí en un cementerio. Recordó por un instante los experimentos de su infancia, y luego desvió la vista de los niños para posar sus ojos en el panteón familiar.

Todo había resultado como habían previsto. Los planes que tanto esfuerzo les habían llevado dieron resultado, porque luego de la muerte de Clara nadie se sorprendió de que Azulina se quedara viviendo en la casa de la abuela. Dieron por sentado que le quedaba cerca del trabajo, o que su salario de maestra no le alcanzaba para alquilarse un apartamento, o quien sabe qué justificación. Pero nuevamente, nadie le preguntó, ni se preguntó por qué esa mujer joven seguía viviendo sola en esa casa vieja. Y después, con el correr de los años, por qué nunca se casó ni tuvo hijos, ni por qué a las únicas personas que se veía entrar a esa casa eran algunos niños del jardín, que ahora adultos, venían a visitarla por las tardes. Al final, el miedo de Azulina nunca se cumplió, y ella pudo seguir viviendo tranquila hasta el final de sus días, manteniendo siempre la misma rutina y tomando el té a las cinco y media de la tarde, conversando con Herminia sobre aquellas historias que Clara les contaba, y a veces, también mirando alguna vieja fotografía que ambas habían guardado en su cuaderno de tapas rojas.




18.05.2012 11:23 / Psicoanalisis y Literatura

No sentí que había regresado hasta que la vi. 

Era todavía un extranjero cuando bajé del avión, cuando saludé a mis padres que ya estaban viejos, cuando cené con mi hija que no reconocía. En realidad llegué a casa después. Después que vi las luces por la ventana del coche y le pedí al taxista que se detuviera en mitad de camino. Después que bajé del auto en medio de la noche y me quedé parado e inmóvil. Después que la vi, luminosa y tranquila, la rambla de Montevideo. 

 

 

Relato ganador en la segunda semana del Primer Concurso de Cuentos breves de La Tertulia de los Viernes. El Espectador. http://www.espectador.com/1v4_contenido.php?id=238431&sts=1 

 

 

 

 

 


 




04.04.2012 10:29 / Psicoanalisis y Literatura

 


 

 Los hechos son siempre vacíos,

son recipientes que tomarán la forma

del sentimiento que los llene.

 

(Juan Carlos Onetti)

 

 

Él es un enigma. Cada vez que creo poder definirlo, su rostro se modifica de tal manera, que aún siendo el mismo, varía invisiblemente haciendo imposible su ubicación en un lugar preciso. Como si se corriera un paso al costado cuando intento aprehenderlo para borrarlo, permaneciendo siempre casi en el mismo lugar. Casi. Me pregunto si él lo sabrá, si lo percibirá de manera sutil o es completamente ignorante. En realidad me pregunto muchas cosas acerca de él, porque por más que me hable y me trasmita fragmentos de su historia, tengo la sensación de que jamás podré conocerlo en profundidad. Sé que es muy difícil, por no decir imposible, conocer a alguien de esa manera y que aun conviviendo largos años con alguien, siempre hay un fragmento del otro que se pierde. Pero uno tiene la ilusión de que no es así. Y es lógico que así sea, porque ¿cómo podríamos vivir día a día, si tuviésemos siempre presente que esa persona con la que compartimos nuestra vida, que duerme todas las noches a nuestro lado es en última instancia, aunque sólo sea en última instancia, un desconocido?. Es necesaria esa ficción que acorta las distancias, para que la realidad sea un poco más consistente y podamos vivir tranquilamente en un juego de cómo sí. Como si lo conociera lo suficiente. Sin embargo no puedo hacerlo con él, y nunca podré, y eso lo ubica en un lugar sin nombre. El es mi enigma. Porque ese lugar sin nombre es en definitiva una parte de mi.

 

Estos eran los pensamientos de Clara en el momento anterior a levantarse del sillón y poner un disco. Los olvidó inmediatamente luego de haberlos pensado, por eso nunca supo que no fue el azar lo que la llevó a poner el disco que él le había regalado. Y cuando la música invadió la habitación, Clara se puso a recordar aquélla tarde no tan lejana en que se encontraron por primera vez.

 

Era otoño y llovía, pero eso solo tiene un significado que Clara le dará después cuando lo recuerde, porque esa tarde estaba demasiado sumergida en su fantasía como para mirar a su alrededor. Sentada frente a la computadora, miraba una foto de él y se preguntaba si en persona sería igual a su imagen o estaría a punto de abrirle su puerta a un desconocido. Cuando él entró y le entregó el regalo, ella lo miró sorprendida de no sorprenderse, y recordó que en realidad ya lo había soñado y por eso lo conocía. Sin embargo, aunque era él, ella estaba nerviosa porque aún dudaba de que su sueño no fuera lo suficientemente real y temía que la ilusión se pudiese quebrar en cualquier momento. Pero él también estaba nervioso, y eso le decía a ella que su sueño no había fallado. Para quitarse las dudas, ella le dijo que aún no sabía si él era en realidad él, y cuando él le respondió, Clara supo que en aquella frase estaba la respuesta que buscaba. Entonces se besaron en el sillón en el que está sentada Clara mientas recuerda este momento, que es el sillón  en que le dijo que había soñado con él. Lo que no le contó, tal vez porque aún no se había dado cuenta, era que en algún lugar desconocido, ella sabía que lo iba a conocer. Y que lo supo aquel día, cuando lo vio en aquel balneario donde pasó el verano y él se le quedó prendido en la memoria.

Ella le dijo esa tarde, mientras lo miraba a los ojos, que él era mejor que su propia fantasía, y cuando luego él se fue, y ella se quedó sintiendo su olor en la piel, se preguntó si de verdad había sucedido. Y aunque no se cansa de comprobar que él existe, aún se hace la misma pregunta cada vez que él se va.

 

Lo que Clara descubrió aquel miércoles de abril, fue la delgada línea que separa el deseo de la realidad, y cómo solo un pequeño e insignificante empujón puede hacer añicos esa distancia. Y lo que descubre mientras piensa en este recuerdo es que no es una delgada línea lo que separa una cosa de la otra, porque él aún está dentro de esa fantasía. Y por eso es un enigma. Su propio enigma.

 

La última canción del disco llega a su fin, y los recuerdos de Clara comienzan a desvanecerse. ¿Por qué intento encontrarle un nombre a ese lugar?, se pregunta Clara, un segundo antes de levantarse a cambiar la música y dejar caer sus pensamientos en el olvido.

  

 

 

 

 

 

 




22.03.2012 21:42 / Psicoanalisis y Literatura

 

Hay que prepararse, pensaba Isabel mientras cerraba los postigos del frente de la casa. Hay que prepararse, había oído decir en la radio y la frase aún se repetía en su frente. Cerraba puertas y ventanas como una autómata, mientras pensaba qué otras cosas tendría que hacer antes que sucediera.

Se detuvo un instante y miró hacia arriba. La nube negra ya se acercaba por el cielo. Nunca vi una nube que avanzara tan rápido… ¿dónde está Julián?, y cerró con fuerza el último postigo. Dio una vuelta a la casa revisando que todo estuviera preparado, y cuando estaba por entrar vio venir desde lejos a Julián. Caminaba tranquilo hacia la casa, como si nada estuviese por suceder. ¿Viste la nube? Apurate, le gritó Isabel desde la puerta. Vio que Julián asentía con la cabeza. Había visto la nube, sí, y sin embargo sonreía, ¿por qué sonríe?, no hay tiempo para preguntarle, hay que seguir preparando las cosas, pensó Isabel quitando la mirada de Julián y posándola en los diferentes objetos de la casa. ¿Cuáles guardar?, ¿cuáles serán los que van a quedar?. Miraba con ternura los juguetes de Manuel, pensando que tal vez mañana ya no estarían, y si él los pedía le iba a decir que… ¿y Manuel?, ¿cómo guardarlo?. Manuel abrazado sin soltarlo, y se imaginó bajo la cama, apretados fuerte los tres. Guardar lo más indispensable, había dicho el señor de la radio, pero ¿cómo saber que era lo más indispensable?, pensaba Isabel mientras doblaba la ropa más nueva, casi sin uso que le habían regalado para navidad. Esos zapatitos le quedan preciosos, se dijo mientras pasaba el cierre de la valija.

Sintió la voz de Julián. Estaba hablando con otro hombre en la puerta. Parece un vendedor, ¿qué estará haciendo?. Isabel se paró a su lado y le dijo ¿ahora?. Si, Isa, ya voy, estoy comprando unos repuestos para el taller. Y salió con el vendedor al jardín. ¿El taller?, ¿y si el taller mañana ya no está?, ¿por qué él no se está preparando?.

Sintió de pronto el olor a mar y el viento le sacudió el rostro. La nube se está acercando, ¿cuánto tiempo más tardará?, ¿habrá que preparar algo más?, ¿se podrá estar preparado para algo así?. De pronto la nube cubrió la superficie del cielo y la oscuridad fue total; el ruido de las olas cada vez más cerca, el viento cada vez más fuerte, pero ¿cómo saber?, ¿cómo saber?, se preguntó Isabel, un segundo antes de que sucediera

 




29.02.2012 14:08 / Psicoanalisis y Literatura

 

- ¡Si me queda la cicatriz, cada vez que la mire me voy a acordar de vos y te voy a odiar!-  gritó Cecilia, mientras miraba su rostro en el espejo.

Debajo de la nariz había un surco pequeño y finito, del que brotaba sangre como en una cascada. Luego quedó en silencio. La frase que salió de sus labios la sorprendió. A tal punto, que pese a tener la mayor certeza de su veracidad, estaba convencida de que no había sido ella quien la pensó. No era suya, aunque ella la hubiera pronunciado.

Él la miraba desde la cama sin comprender. Tal vez sin comprender que no se trababa de comprender. El estupor de Tomás no la perturbaba, era parte de la escena que representaba, casi como un personaje secundario, pero esencial como soporte para que la escena pudiera desarrollarse. Un observador, una mirada receptora. Todo eso y nada más.

 

Cuando pienso en Cecilia siempre la imagino así, rodeada de miradas lejanas que la trascienden, que la atraviesan como si fuera un cristal nítido y diáfano. Esa es la imagen que tengo de ella, sin embargo ella se siente oscura y opaca. Y sola. Muy sola en ese mar de miradas.

           

Al levantarse al día siguiente le dolía la cabeza, - no debería tomar tanto vino, siempre hago lo mismo – pensó al ingerir un analgésico. Tomás aun dormía profundamente. Ella lo miró con cariño desde el baño y se sorprendió al no sentir ni un rastro de culpa por la pelea de anoche. Cecilia sabía que había sido ella quien la provocó, pero esta era la primera vez que no le importaba; era la primera vez que sentía que algo que había sucedido podía olvidarse fácilmente como si en realidad hubiera sido un sueño. No tuvo tiempo de seguir pensando sobre eso, se vistió rápidamente y salió hacia el trabajo. -Otra vez tarde, en la oficina me van a echar un día de estos -  

 

  El ómnibus demoró en pasar y Cecilia llegó a la oficina con media hora de retraso.

- Cecilia, pensé que no ibas a venir, ¿qué te pasó?

- Nada, me dormí - Agarró los papeles que le daba Sofía y se sentó inmediatamente a trabajar.

 - Que carita tenés, ¿saliste anoche?

- Si, tuve un cumpleaños - Por lo general no le molestaban las preguntas de Sofía porque podía responderle mientras escribía, pero hoy sentía su presencia y su voz como una piedra sobre su frente.

- ¿Que te paso en la cara? Tenés un corte...

-¿Un corte, dónde?

- Ahí, en la nariz

- Ah... eso, sí me caí. Sofía, tengo mucho trabajo, conversamos después ¿sí?

- Bueno, te dejo tranquila.

 

Todavía le dolía la cabeza cuando entró al consultorio. Como siempre durante casi dos años, no lo miró al saludarlo, le dijo hola y se recostó rápidamente en el diván. Prefería evitar su mirada. Ese era el único lugar donde la soledad no era distancia sino intimidad, y Cecilia sabía que eso tenía relación con la ausencia de miradas.

Se quedó en silencio durante un rato. No podía quitar de su mente la imagen de la pelea de anoche. -Es extraño, no pensé en esto en todo el día, y ahora es lo único que me viene a la cabeza, pero no sé si quiero hablar de eso-

- ¿Qué es eso que te viene a la cabeza?

- Es una frase que dije ayer... porque tuve una pelea con Tomás, bueno, en realidad no fue con Tomás, aunque él estaba ahí y fue quien me hizo caer... bueno, no fue él exactamente, él me hizo enojar porque volvió a hacer lo mismo de siempre, y como estaba furiosa me tropecé, me caí y me golpee la nariz... y ahí fue cuando le grité eso.

- ¿Y con quien fue la pelea entonces?

- Supongo que conmigo

- ¿Contigo?

- Sí, no sé... porque yo me pregunto: ¿A quién le grité? Y no es a ese otro que me miraba sorprendido sin entender lo que sucedía, no a esa persona que por azar se convirtió en destinatario, sino a otra cosa, a eso que siento que es interno y que tiñe con su presencia oculta cualquier intento de objetividad posible... y yo que sé... me da la sensación de que es extraño, casi siniestro un  acontecimiento así. Me refiero al grito que me pronunció, a que mi boca diga algo que no recuerdo haber sentido. Y  es esa sensación de extrañeza la que me remite a una pregunta sin respuesta: ¿quién soy?

Desde que era pequeña se hacía esta pregunta, que a fuerza de aparecer sin respuesta, se volvió con los años reiterativa. La repetía para sí, como si por la fuerza de  la repetición algo se fuera a modificar en ella.

- A veces quisiera poder ver mejor, poder aprehender aquello que solo percibo en sombras, como si lo intuyese en pequeños intervalos de la razón, y luego se desvanece frente a mi mirada... como esa frase... ¿Y si me queda la cicatriz?

- ¿Que pasaría si te queda?

- No sé.. si me queda la vería todos los días.

 

Cecilia solo puede decir estas cosas en el consultorio, y en cierto sentido ya sabemos porqué. Ella siente la ausencia de miradas como liberadora, entonces habla lo que no dice cuando siente las miradas. Yo me pregunto si lo que libera a Cecilia es la ausencia de miradas, como ella afirma, o la ausencia de su propia mirada reflejada en el otro, porque después de todo su psicoanalista la puede ver cuando está en el diván. Sin embargo para Cecilia esa mirada no importa, porque no la atraviesa.

 

- Tomás todavía no volvió- pensó Cecilia cuando entró en la casa- me da tiempo de prepararle algo y esperarlo con la cena- Dejó su bolso sobre la silla y se puso a buscar la receta preferida de Tomás. Tenía ganas de pasar una cena tranquila y un poco romántica. Pensaba en Tomás y sabía que lo amaba, que lo había amado siempre, aun con todas las actitudes que solía reprocharle, aun con el sufrimiento que le causaban sus defectos, aún con todo seguía siendo alguien fundamental para ella. Sintió el sonido de las llaves en la puerta y sonrió.

-Hola mi amor, estaba cocinando

-¿Estabas haciendo el pollo a la mostaza? Que delicia, con el hambre que tengo…

-¿Cómo te fue hoy en el trabajo?

-Bastante bien, no tuve demasiados trámites que resolver... Ceci ¿cómo está tu nariz?- dijo mirándola dulcemente

-Ya esta casi curada, no es nada

-Me alegro… me quede un poco preocupado hoy, ayer te salió mucha sangre... y decime Ceci ¿estas bien?

Cecilia lo miró a los ojos, y esos ojos respondieron su mirada. No la atravesaron, se quedaron allí, en su interior, y se sintió tranquila y segura como no se había sentido en mucho tiempo.

-Si, estoy bien... creo que estoy mejor que nunca, vamos a cenar que se enfría la comida¿ si?

-Bueno, voy a poner los cubiertos y los vasos...

 

A Cecilia la cicatriz le quedó, obviamente. La marca en la identidad la ve todos los días al enfrentarse a un espejo. Y esta marca que surcó su rostro logró lo que Cecilia nunca pudo con la reiteración de su pregunta. Porque cuando ve la cicatriz, ya no se pregunta quién es. 

 


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Sobre mí
Lic.Psic.María Noel Gazzano / Psicoanalista. Licenciada en Psicología en la Universidad de la República

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