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 Cada día que pasa es uno más y uno menos. Extraña conjunción matemática, pero irrelevante. Lo importante es vivir. Les agradezco que me permitan compartir con todos mi vida.
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25.08.2010 20:11
Siempre había escuchado hablar de este ser mitológico, misterioso, aterrador. Allá en mi pueblito por las sierras de Lavalleja siempre se había hablado del Lobisón.
Este extraño ser mezcla de zorro, chancho y mono era muy popular entre las gentes más humildes, incluso era popularmente utilizado para asustar a los niños apuntando a que si no hacía caso “serían llevados por el Lobisón”. Tal vez podría ser comparable al hoy popular chupacabras.
Imagínense el miedo pánico de todos nosotros niños cuando los mayores nos hacían recordar que ante una travesura, el no hacer caso, el no comer la comida, etc., vendría durante la noche este monstruo a llevarnos quien sabe a donde. El hombre de la bolsa es un poroto.
La cosa es que me crié así a lo pampa creyendo que existía este bicho, del cual arrastre incluso hasta mi adolescencia pesadillas y noches de insomnio.
No creo que mis padres lo hicieran por maldad o se regocijaran al contarnos estas cosas, pero ciertamente que la historia del Lobisón caló hondo en varios amigos.
Habrán pasado 35 años desde que me fui del pueblito, y ya en pleno divorcio y viendo como llevar el hacerme tiempo para ver los niños y el reparto de bienes, un día como para desahogarme resolví agarrar el auto y hacer una recorrida por el viejo pueblo a ver que quedaba.
Entrar al pueblo luego de hacer 67 kilómetros de balasto, caminos sin señalizar, y encontrarme con aquel lugar abandonado – o casi – no fue de lo más alegre para el momento que venía pasando, pero a lo hecho pecho como decía mi padre y allí estaba.
Las calles, seguían siendo indistintamente de tierra y pedregullo, las casas a ambos lados de la avenida principal sin nombre, y no más de 20 en total.
Más que un pueblo, parecía un villorrio fantasma.
Pero tiene lo suyo vivir en un lugar así, lo principal: todos se conocen. Ahora no había nadie que conocer. En realidad no recordaba a nadie del pueblo, es más ni me acordaba de mis compañeritos de juegos. Era como que había borrado todo mi pasado.
Al principio del pueblo estaba la vieja comiseria, y sobre la mitad del mismo todavía se apreciaba la sencilla torre de la capilla que además funcionaba como escuela cristiana a donde asistíamos todos los niños del pueblo.
Dejé el auto frente a la vieja casa paterna, la cual ya no tenía ni el techo de chapas, posiblemente volado en algún temporal de esos que hoy podemos apreciar gracias al calentamiento global.
Al principio no me llamo la atención, pero luego me percaté que… no había perros.
Lo más común en cualquier pueblo de estos, es que al llegar, enseguida se arrimen perros de todos lados a olfatear y orinar las ruedas del auto, unos a mostrarse amenazantes o curiosos o mimosos con la gente nueva. Luego recordé que no había gentes que tuvieran perros.
Lo segundo que noté es que no escuchaba ningún pájaro, ni siquiera un tero. Cosa rara, pero bué, luego de tantos años, tal vez si la gente se había ido, porque iban a quedarse los animales.
Empecé a caminar lentamente mirando para un lado y otro, encendí un cigarrillo luego de insistir con el yesquero a gas, y mientras fumaba ya algo nervioso por tanto silencio y abandono, fui llegando al final del pueblo del otro lado. Casi todas las casas aparecían derruidas, y las que no, iban en camino con su falta total de puertas y ventanas.
Como el silencio ya me iba hastiando y también inquietándome, saqué el celular y la sorpresa es que no tenía recepción de onda, así que estaría incomunicado por un rato.
Volví al auto ya decidido a irme y cuando quise arrancarlo no respondió. Insistí hasta que sospeche que podría quedarme sin batería, subía el capó y no supe distinguir nada raro en el motor, máxime si no se nada de mecánica de autos. Revise el combustible y en apariencia el tanque tiene abundante.
Revise el carburador, los cables de las bujías, los fusibles y nada.
Estaba estancado en este pueblo de…
De pronto me di cuenta de que estaba atardeciendo, miré el reloj y eran como las 6 de la tarde. ¿Cuándo había pasado tan rápido el tiempo? Yo creí que era más al mediodía, pero no, evidentemente mis preocupaciones me habían distraído tanto que no maneje bien los horarios.
¿Qué iba a hacer? No tenía teléfono, ni auto, ni un caballo, nada…
Podía intentar caminar hasta alguna estancia cercana, pero no tenía la más pálida idea de hacia donde, además en esa época con el calor, el campo se llenaba de yaras y cruceras, sobre todo en la noche, no fuera que todavía por andar por ahí sin luz ni orientación terminara mordido por una bicha.
La opción era sencilla, acostarme a dormir en el auto y esperar a la mañana y ahí ver para donde arrancaba.
Era el rey de los nabos, me había venido a abandonar a este pueblucho, solo, sin comida ni bebida, me quedaban 5 cigarrillos, nada, no tenía nada.
Maldita sea – grite con otras palabras mucho mas vulgares
La noche se hizo rápidamente, el cielo de tapizó de estrellas, se veía alguna fugaz, pero acá en el suelo nada, ni mosquitos, ni viento, ni grillos. Silencio absoluto. Esto empezó realmente a asustarme. Me metí al auto y tranqué todas las puertas. Revise nuevamente el celular y ya no tenía batería. Empecé a recordar mi última noche en el pueblo. Me había peleado con papa y mama había terminado llorando en el cuarto. Yo ya tenía 14 años y me creía todo un hombrecito por lo que luego de discutirle a mi viejo que había estado bebiendo, y ya cuando me amenazaba otra vez con el lobisón le dije unos cuantos disparates sobre el y sobre el bicho cobarde, rastrero, inexistente, me encerré en el cuarto, agarre una bolsa y unas cosas y saliendo por la ventana del fondo me marche definitivamente del pueblo. Al igual que tantos amigos que de un día para el otro se habían ido para siempre.
No había vuelto más, apenas había hablado con mamá alguna vez, y solo cuando se me fueron los viejos tuve ese sentimiento de culpa. Ahora estaba otra vez en este endemoniado lugar.
Es más, no tenía idea de donde estaban sepultados los restos de los que habían vivido en el pueblo. Ahora recordaba que no tenía visto cementerio alguno. ¿Los llevarían a otro pueblo? No, nunca, sino yo lo sabría, alguien lo habría comentado, dicho, avisado.
Ahora estaba otra vez solo con mi vida, empezaba de cero y no tenía a quien recurrir.
Otra vez había huido de casa, pero ahora de mi casa. Esta vez la había macaneado definitivamente, había perdido esposa e hijos. Había perdido otra vez a mi familia. Y yo estaba desesperado.
La noche cerro mis ojos, mis sueños me llevaron a la niñez, mis pesadillas volvieron.
Mis ojos no podían distinguir mucho en la oscuridad, sentía como iba siendo arrastrado de los pies por una especie de túnel o cueva, la espalda contra el piso, piedritas, ramas y tierra rompiendo y metiéndose debajo de la piel provocándome un dolor inaguantable, pues no llevaba ropa alguna, silencioso, húmedo y frío, un grito inmenso fue ahogado en saliva y miedo, se me atragantó en la garganta, hacía fuerza con el pecho pero el aire no salía, mis manos manoteaban a diestra y siniestra y no lograban hacerse de nada, transpiraban y temblaban convulsivamente de miedo. Solo lograba manotear lo que parecían huesos de todos los tipos y tamaños, amontonados a ambos lados de mi recorrido final. Al menos la lección de anatomía me había servido para distinguir esos despojos humanos mezclados con otros que supe eran animales, perros, gatos, pájaros tal vez.
De algo tenía que alimentarse todos estos años.
De algo estaba seguro, me había reencontrado con mi destino de una vez por todas.
Esta vez no podría huir. Tal vez no quería huir.
Me habían estado esperando.
Finalmente me estaba llevando el Lobisón.
11.08.2010 23:48

Los primeros medios de expresión y comunicación fueron sin lugar a dudas gestos, señas, modismos. Esos humanos que iniciaron la cultura de convivir, tuvieron que aprender este medio de intercambio de ideas, necesidades, pedidos, avisos, etc.
Alguno se le ocurrió dejar un mensaje y en una cueva usando tierra de colores que la naturaleza nos proporciona dibujo sobre las paredes de piedra animales, y hombres persiguiéndolos y cazándolos. De ese modo llegaría a otros visitantes de la cueva avisándoles tal vez que la zona era buena para cazar, o como aviso de que era aprovechada por otra tribu, o quien sabe con que fin.
Entre los gestos que se convirtieron en símbolos, los sonidos que se hicieron palabras y los dibujos que se hicieron letras llegamos a nuestro momento, esta época, donde nos comunicamos vía el espacio, usando microondas, enviando mensajes a grandes distancias en breves instantes. Pero no ya solo escritos o mensajes de voz, incluso tenemos la facilidad de ver en “directo” la imagen de nuestros contertulios y poder hablarnos cara a cara - aún cuando medien miles de kilómetros de distancia entre ambos. Incluso cuando se encuentren en caras opuestas del planeta, o sumergidos en el mar, o en la profundidad de la tierra, o en los cielos, o el espacio exterior.
Que sencillo es escribirlo, pensarlo, saberlo [hoy]. Pero: ¿imaginarían nuestros antepasados algo así? No… ni soñar.
Que podremos llegar a ver en este futuro que se nos viene, que esta ahí, habrá que remarla dura para llegar y ser testigos de la transformación de esta especie que habita, explota y sufre la tierra.
Del mismo modo, los blogguistas queremos seguir en la misma línea de comunicación. Y por tal, invitamos a leer esta propuesta que llamamos muy atrevidamente: “El libro de los bloggers”; entra en: http://www.bubok.com/libros/188418/PostLiteratura
10.08.2010 21:34
Cuando se me quite lo burro, tal vez, pueda
ciertamente empezar a mirar al mundo
de una manera más objetiva.
Pero, lamentablemente, como soy obtuso
y tengo suprimida el área de razonamiento cerebral,
deambulo por las calles de Montevideo, sin monte ni video.
Mascullo pensamientos insípidos,
rumoreo ideas ajenas, rasco y destripo paredes añejas
buscando esa letra perdida del tango.
Nunca quise ser demasiado bueno,
pero tampoco me empacha ser tan mediocre.
Más bien me gustaría vivir libre,
sin responsabilidades, sin tiempo, sin ley.
Me siento como bestia, perdón… mejor
como un pequeño animalejo sin cuchitril.
El gusto a la carne me viene de lejos,
de mi niñez, entonces mastico y mastico lentamente unas,
rápido otras, y me atraganto de placeres carnales.
Mi psicólogo dice que debo afrontar el mundo tal cual es.
Difícil para sagitario… justamente a un nacido en diciembre.
Los terapeutas tienen ese no secua perpetuo
de pretender sondear mi personalidad oculta,
y tratar de llevarme a la luz.
A veces me dicen bipolar, pero en realidad
soy más monopolar que una llave de luz.
El problema son el cableado que esta corrupto,
viejo, cortocircuitado, y ya no rinde ni cumple con las funciones.
El cuerpo no da lo que la mente pretende.
Las neuronas, como tribus perdidas del Amazonas,
allí están aunque no las veamos ni sintamos.
Sin embargo, y aunque pretendamos mantenernos lejos
de la realidad virtual o no,
cada poco tiempo siento como que alguien me escucha,
me lee, me siente.
Tal vez solo sea eso, un sentimiento.
07.08.2010 17:08

Lo miraba y no lo podía creer. Lo había conocido hace 23 años atrás, un tipo flaco, medio barbudo, bastante mal vestido, muy conversador y siempre buscando quien le pagara una copa. El Turupulango era todo un personaje.
En aquellos años y luego de deambular de un lugar a otro, se había asentado en un pueblito de Tacuarembo, y se dedicaba pura y exclusivamente a la caza furtiva. No pasaba más de un par días en el pueblo. El mismo había dicho que era medio cruzado con Charrúa. Vivía a monte, y solo llegaba a la pulpería del Turco Madían a cambiar pieles y carne por yerba, tabaco y balas.
Era más que un avezado cazador, rastreaba los “bichos” durante horas, a veces días, nunca mataba más de lo que podía comercializar, y por otra parte tenía esa mentalidad de gente de campo de que las cosas tienen que durar para siempre, y por ese motivo hacía una explotación bastante controlada de la fauna.
Mulitas y carpinchos, nutrias y zorros, y algún cuero de víbora era todo lo que el Turupulango necesitaba para conseguir sus “víveres” y seguir una semana más a monte.
Anécdotas, historias, enseñanzas, lo que se le ocurriera contar, siempre tenía oídos atentos porque por su experiencia in Vitro, el Turupulango era el mejor maestro para aprender o conocer mejor la vida del monte.
Ahora estaba ahí, acodado al mostrador. Lo pude reconoce por las cicatrices en su mejilla izquierda y el ojo vacío, producto de la mordida de una crucera, un día que estaba tratando de sacar una mulita que se había encaprichado con no aflojarle a la cueva. Tuvo esas suertes que tienen algunos. Sobrevivió los tres días que le costo llegar al pueblo, y luego de allí las cuatro horas de viaje hasta el sanatorio donde finalmente lograron medicarlo y salvarle además de la vida que es mucho, la mitad de la cara, porque la mordida del reptil le h había provocado una infección terrible.
Ahora estábamos 23 años en el futuro, en un pueblo que no era el suyo, en un boliche diferente.
Finalmente decidí arrimarme a conversar con el. No lo conocía mucho, pero alguna vez nos habían presentado, cuando se cruzaron nuestros caminos en alguna estancia.
Ya no era el hombre flaco, ahora estaba grueso, para decirlo mejor, gordo como novillo de cabaña, bastante calvo, y vestía ropas mas de sociedad que de pobre.
………………………………………………
El tiempo por algo pasa. Toda la charla no la voy a transcribir porque sería algo más que extensa y repetitiva. Fue un alivio para mí que me dijera que tenía compromisos y se fuera a los diez minutos. Pero en ese breve tiempo supe más de su historia que lo que nadie pueda imaginarse.
Ese hombrón, furtivo, cazador, monteador, changador para el trabajo que fuera, humilde, casi pobre, ahora está asentado y muy tranquilo, tiene mujer y tres hijos. Con uno de ellos precisamente esta yendo al monte a “cazar” una vez por semana, pero ahora van en bote, ya no usan ni rifle ni cuchillo.
Me dijo:
- ahora me dedico a juntar insectos, arañas, arañitas, langostas, mosquitos, moscas, miriápodos (ciempiés), escarabajos, cucarachas, y lo que se te pueda ocurrir. Me pagan un fangote los del laboratorio por un lote de frascos de muestra lleno de esos bichos. Están realmente locos, pero a mi me sirve y gano bien, ahora tengo familia, casa, camioneta y bote. No necesito más.
Los tiempos cambian y las cosas también.
Ahora habrá que proteger a los bichitos de la depredación.
28.07.2010 08:09

Padre e hijo se habían levantado temprano aquella mañana. A la puerta del hogar, ambos parados comiendo algo para empezar la mañana con renovadas energías, miraban los campos circundantes, una espesa neblina que llegaba hasta el horizonte visible ocultaba los bosques. Esa mañana, ambos saldrían de cacería. Sería para el hijo su primera actividad junto con el padre. Ya había cumplido la edad que estimaban necesaria para iniciarse en estas actividades. El niño, junto con su madre con la cual había pasado la mayor parte del tiempo, había aprendido a conocer la naturaleza, a interactuar con el medio, a tener confianza en sí mismo como para dar sus primeros pasos lejos de la protección familiar, y como todos los muchachos, a esa edad en la cual hay una madures aún indefinida, era el momento en el que se cruzaba la línea que separaba los niños de los hombres.
Revisaron sus armas, sus bolsas con algo de comida para el camino, y todo lo demás necesario para tener una actividad ecuestre no muy prolongada, pero cuyo tiempo de finalización aún no estaba definido. La madre, con mirada preocupada por separarse por primera vez y por tanto tiempo de su hijo, observaba atentamente todas las actividades previas a la despedida.
Sentía tal vez, aunque no estaba segura, una suerte de remordimiento, miedo y angustia por lo que pasaría de aquí en más.
No era la primera vez que había un cambio en la rutina familiar, pero cada vez que se producía una modificación en el orden al cual estaban acostumbrados, ella tenía ese malestar, como un nudo en el estomago, como un temblor a flor de piel que presagiaba quien sabe que obscuros sueños.
En realidad nunca había pasado nada grave, pero había cuentos, historias, leyendas, que transmitidas de boca en boca, de padre y madre a hijos, narraban situaciones que con el tiempo enraizaban en la moral de aquellas gentes humildes y los hacía temer muchas veces lo desconocido.
Finalmente, cuando la bruma matinal empezó a despejarse, padre e hijo se despidieron de la familia y rumbearon hacia el campo. En la puerta del hogar, la joven madre y sus otros tres hijos (un varón y dos niñas) miraron como se alejaba aquel dúo.
El pasto, aún húmedo y frío, apenas emitía sonido alguno bajo la pisada de la pareja. Ya algo más alejados, tomaron más firmemente sus armas y empezaron a observar más detenidamente los alrededores; nunca uno podía andar desprevenido, no se sabía de donde podría venir tanto una presa como una amenaza. El muchacho observaba a su padre y como este le había indicado, repetía todo lo que aquel hacía, su forma de caminar, su forma de mirar, las detenciones, el escuchar atentamente los ruidos, sentir los distintos aromas que les traía el viento, absolutamente todo era una copia de los movimientos del adulto.
Se detuvieron un instante al borde de un abrevadero a tomar algo de agua y algún alimento. No había conversación puesto que al estar cazando debía de limitar al máximo cualquier ruido que los distrajera tanto a ellos como alertara a las presas del medio.
Un grito demasiado lejano para alertar al adulto pero si algo nuevo para el joven, produjo una mirada de preocupación hacia su padre, aquel lo miro y desdeño cualquier miedo con sus ojos. Éste había comprendido, no era más que algún bicho al cual tal vez ni llegaran a ver.
Ya en la tarde, luego de descansar un rato sobre un pequeño montículo junto a un bañado, ambos empezaron nuevamente con la rutina de la marcha. Hasta aquel momento no había visto más que pequeñas aves y algún zorro correr despavoridos al ser sorprendidos por estos humanos, pero nada que se preciara de ser una presa tal que justificara usar las poderosas armas que llevaban.
Muchos días había pasado el muchacho usando aquellos artilugios practicando su uso, para lograr la mayor efectividad, y el padre se había visto sorprendido por la gran habilidad del joven. Esto había sido el detonante de planificar y convencer a la mujer de permitirle llevarse al joven para involucrarlo en la actividad, y no había sido fácil lograr su permiso, pero finalmente prevaleció el interés familiar.
De pronto, el hombre se detuvo rápidamente e hizo una señal con su cuerpo que el muchacho interpreto inmediatamente. Durante un tiempo, ambos permanecieron agachados y quietos observando alrededor y escuchando. Algo estaba moviéndose cerca, tal vez rumbo a ellos.
El joven sentía una especie de sensación indefinida que lo hacía temblar, pero no era miedo, no era frío, no era esa enfermedad que se había llevado a su hermana mayor, era algo más.
El animal apareció tan sorpresivamente como si no lo hubieran esperado. Fue algo totalmente inesperado, de pronto tras ellos se alzó en sus tremendas patas aquella bestia que rondaría los 450 kilogramos, con sus enormes garras y bestiales colmillos.
Ambos humanos pusieron cara a la presa y con sus largas lanzas con punta de piedra muy filosas, embistieron al mismo tiempo que aquel les avanzaba.
En un momento ya preparado y practicado varias veces, hombre y muchacho apoyaron las varas en el suelo y afirmándolas en un ángulo de 30°, esperaron la embestida final. La cosa no advirtió dicha maniobra y enceguecido siguió su cruento ataque que fue frenado al ensartarse en las lanzas. Fue tan bestial el golpe que ambos cazadores fueron lanzados hacia atrás cayendo de espaldas sobre la gramilla, pero mas allá del susto y el golpe recibido, una amplia sonrisa se dibujo en los rostros sucios salpicados de barro y sangre. Tenían una presa que permitiría a su familia subsistir los próximos tiempos de frío que se avecinaban.
Ahora tendrían que cortar la carne en trozos y llevarla a aquella cueva que habían adoptado por hogar donde podrían almacenarla y ya descansar tranquilos de que no pasarían angustias por la falta de comida.
Unos 50.000 años después, ya otros humanos, analizando los restos prehistóricos no lograban explicarse esos misteriosos rastros de herramienta en los huesos de un animal el cual supuestamente no habría tenido contacto con nosotros.
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