PERSECUCIONES DEL 13
Espacio de la escritora salteña Mónica Marchesky

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24.01.2012 00:51 / ARTÍCULOS

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17.01.2012 09:56 / ARTÍCULOS

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LUNES 23 DE ENERO 2012

Charla sobre "Necrópolis de Chatarra" Novela Gráfica.

ESPACIO MIXTURA - MERCADO DE LA ABUNDANCIA HORA 19 Y30 "RINCÓN DE LOS POETAS" MONTEVIDEO




13.07.2011 16:36 / SERIE UN MINUTO

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E

ra una noche de tormenta cuando Amarillo vio por primera vez el rostro del guerrero en el espejo. Quiso estrangular los peces,  aquello era el fin, los invasores fueron tomando posesión uno a uno frente a sus ojos sin vida.   




22.06.2011 07:06 / SERIE UN MINUTO

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EL HOMBRE JUSTO

 

S

e encontraba muy aburrido, la rutina lo desesperaba. Pensaba que era uno de los 36 hombres justos que tenían el poder de equilibrar la armonía en el universo. En un arrebato de inspiración, se quitó la vida. Y contrariamente a lo que él pensó, nada ocurrió en la tierra, pero el universo comenzó a expandirse obedeciendo a una fórmula matemática, creando estructuras fractales que multiplicaron miles planetas tierra donde los hombres morían y nacían cada día.

Mónica Marchesky

 




23.05.2011 00:12 / PREMIOS

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 Primer Premio en concurso literario nacional.

 

G

erardo entró corriendo a la Urgencia del Hospital.

-¡Doctor Machado! –le gritó la enfermera de turno, haciendo ademanes- ¡apresúrese!

Supo que era realmente urgente. Las corridas se multiplicaban y el caos parecía reinar en la Sala de Urgencias... El caso demandó de toda su habilidad. Durante un lapso de tiempo, que a él le pareció muy largo, hubo una febril actividad, hasta que, casi de golpe, todo quedó en un silencio sostenido, para luego volver a empezar, como un mecanismo donde todas las piezas encajan perfectamente. Apoyó las manos en las puertas de vaivén, tomando fuerzas para lo que venía después.  Enfrentarse con las caras ansiosas de los familiares y darles la mala noticia era para él cuestión de todos los días, pero aún lo afectaba. Respiró hondo y empujó la puerta. Lo abrasó el calor de la sala de espera. Miró a ambos lados y no vio a nadie. El silencio conspiró con el calor y lo atacaron hasta hacerlo retroceder. Volvió a entrar empapado en sudor. Una mano le tocó el hombro a la vez que le decía.

-Doctor. ¿Se encuentra bien?

-Si Claudia, pero hace mucho calor ahí afuera ¿Podrías averiguar dónde están los familiares? Yo... yo quedé muy  cansado y...

-¡Familiares de Martha Filomeno! – reclamó la enfermera a viva  voz, mientras se asomaba a la sala de espera, pero nadie contestó. Otro caso de suicidio pensó Gerardo, mientras daba las órdenes para que retiraran el cuerpo y siguieran con los trámites correspondientes. Se quitó la indumentaria como si todo fuera una segunda piel; se duchó y mientras se peinaba frente al espejo trató de limpiarse una pequeña mancha verdosa que tenía a un lado del bigote. Más tarde, al entrar en la cafetería del Hospital, la cacofonía indescifrable de voces, unido al ruido de cubiertos, vajilla y vasos, lo distrajo de sus pensamientos y comenzó a observar a la gente. Una risa espontánea y le recordó la de ella. Buscó a su dueña esperando encontrarla, pero no fue así. Hacía ya cuatro años que lo había abandonado por un...

-¡Doctor Machado! –anunció una voz femenina por el altavoz- ¡presentarse en Urgencia a la brevedad.! ¡Doctor Machado! –repitió la voz.

Gerardo se levantó de la silla;  y con algo de resignación se encaminó a responder el llamado, pensando en la larga jornada que aún tenía por delante. Cuando llegó a su apartamento ya era de noche y comenzaba a hacer frío. Se frotó las manos con vigor, al tiempo que abría el grifo de la ducha. El agua tibia y jabonosa le recorrió el cuerpo. Sintiendo un gran placer, se quedó un rato más debajo de la lluvia. Al apoyar una de sus manos en los azulejos, notó que una manchita verdosa le cubría el dedo anular. La frotó con fuerza con la esponja hasta hacerla desaparecer. La ducha logró relajarlo. Después de un día agitado en la Urgencia atendiendo distintos casos, estaba muy cansado. Era ya tarde cuando encendió el televisor mientras apuraba una cena desabrida; sentía muchísima sed y, casi sin darse cuenta, se había bebido más de la mitad de la botella de agua. En la pantalla del televisor vio la imagen del informativista del Noticiero de la Noche: “Joven mujer se arrojó a las aguas del lago del Parque. Su deceso se confirmó en la Urgencia del Hospital General. Luego de innumerables esfuerzos por parte de los médicos por salvarle la vida...”  Gerardo se derrumbó en la cama. Luego de una mala noche con pesadillas, donde se confundían la cara de la mujer ahogada con animales grotescos que reían y gritaban en una nebulosa de algas, despertó sobresaltado por la estridente campanilla del reloj.Eran las seis de la mañana de un día otoñal que anunciaba el ya próximo invierno. Entreabrió los ojos y pensó en quedarse un poco más en la cama acurrucándose entre las sábanas, cuando el despertador sonó nuevamente.Mientras se afeitaba, notó que la manchita en el bigote que había descubierto el día anterior, aún seguía ahí y la del dedo anular también. Se buscó más manchas por si acaso y notó que en el lóbulo de la oreja relucía otra; verde y brillante. Nunca, en sus años de medicina había visto algo semejante. Pensó  que iría a ver a Nacho en el correr de la mañana ya que, además de un muy buen amigo, era Dermatólogo.

-Bueno –dijo Nacho revisando minuciosamente la piel de Gerardo– si había algo acá ya no está. Pudo haber sido algún reflejo o algo que comiste, o los mismos nervios de atender la Urgencia. Y agregó con énfasis –también..., te tocan cada caso a vos... Realmente no quisiera estar en tu piel. Tranquilizate y tratá de descansar un poco que te hace falta. Cualquier cosa me llamás a casa a la hora que sea.

Luego, como todos los días, se encaminó a atender su trabajo en la Urgencia. Pero, a diferencia de otros días, se impuso a sí mismo no pensar en ella. Hoy la dejaría allá atrás en el tiempo. La dejaría en aquel mismo día, ese terrible día en el que había llegado a su casa y se había encontrado con el vacío de sus cosas, con aquel mensaje en el contestador telefónico aún resonando en su oído. Ni siquiera se lo había dicho personalmente. Su voz, aquella voz otrora cristalina, y que ahora sonaba entrecortada, como dudando o pidiendo disculpas que le decía que lo dejaba, que se iba del país con alguien que...  Después de esos años juntos, Gerardo se quedó solo con su recuerdo; apuró sus pasos hacia la Urgencia. Abrió la puerta de su apartamento. Encendió la luz y se miró instintivamente la mano mientras colgaba las llaves detrás de la puerta de entrada. Con asombro vio que la mancha en el dedo anular había vuelto. Corrió hacia el baño tirando frenético su gabardina y el maletín. Unos papeles volaron por el aire marcando su loca carrera. Se paró frente al espejo a oscuras; esperaba que no fuera realidad, pero, al encender la luz descubrió con horror que las manchas habían regresado.

Aterrado y con desesperación comenzó a sacarse la ropa inspeccionándose el cuerpo. Con algo cercano al horror, descubrió que su torso estaba impregnado de manchas verdes que subían casi hasta su cuello. Obedeciendo a una repentina ansiedad de beber agua a grandes tragos y queriendo eliminar esas horrendas manchas, se metió debajo de la ducha helada. Queriendo saciar esa incontrolable sed, elevó su cabeza al chorro, bebiendo con ansiedad casi animal, sin entender bien por qué lo hacía. Al mirarse nuevamente el pecho, creyó morir. Se envolvió en la toalla y corrió al teléfono. Con dedos temblorosos no sólo por el frío, sino por la ansiedad, marcó el número de su amigo. Trató de controlar la desesperación de su voz para no alarmarlo y dijo:

- ¿Nacho? Gerardo. Peerdoná la hora, peeeero, ¿¡podés venir!? Mmmm!!!... lo más rápido que puedas.

Su amigo llegó sin aliento. Gerardo, después de abrirle la puerta, corrió a refugiarse en el sillón en el cual lo había estado esperando envuelto por completo en su bata de baño y temblando de frío.

-¿Qué te pasa? –preguntó Nacho.

-¡Han vuelto! Nacho –le dijo con desesperación- ¿Qué es esto que me está pasando? Vos tenés que saber qué es. Yo nunca vi nada igual...

-A ver, déjame ver. Esto es muy raro; hoy no tenías nada –dijo a la vez que le quitaba la toalla con la que Gerardo se cubría el rostro.

–Pero ¿de qué me estás hablando? ¿Te volviste loco? No tenés nada –le dijo casi con enojo. ¿Qué decís? ¿Dónde tenés esas famosas manchas que no las veo?

Gerardo se lo quedó mirando con la boca abierta, sin dar crédito a lo que oía.

–Vos estás chiflado –dijo Nacho tirándole la toalla por la cabeza- tenés que ir a ver a un Psiquiatra.

-Pero te juro que estaban ahí –dijo Gerardo desconcertado y corrió al baño a mirarse una vez más.

El espejo le devolvió una imagen desconocida. Su cara y cabello estaban casi cubiertos por manchas verdes; se sintió grotesco, fantasmal, casi monstruoso. Podía sentir como la piel se le desprendía como una costra pegajosa y chorreante. Con horror comprendió que su amigo no podía ver lo mismo que él y fue entonces cuando comenzó a preocuparse. Se lavó la cara en un vano intento de borrar aquellas huellas inmundas. Necesitaba decirle algo a Nacho y rápidamente improvisó una disculpa para tratar de justificar la “falsa alarma”

Salió del baño secándose la cara y haciendo un esfuerzo por sonreír le dijo a su amigo que todo había sido una excusa para que lo acompañara a cenar.

- ¡Ché, parece mentira! –dijo Gerardo- trabajamos todo el día a un piso de distancia y casi no nos vemos. ¿Te acordás cuando estudiábamos que siempre nos hacíamos un tiempito para reunirnos y compartir un café? ¡Dale!, quedate a cenar.

La cena resultó una tortura para Gerardo. No venía la hora de que Nacho se fuera y así poder meterse debajo del agua nuevamente. Al despedirse, Nacho le dijo:

-¡Cómo me engañaste!  Pero para la próxima, no seas tan dramático. ¡No sabés el susto que me diste!

A pesar de las palabras dichas, Nacho se quedó un momento en la puerta del edificio un tanto preocupado. Le pareció que la actitud de Gerardo había resultado muy rara. En realidad, Gerardo nunca se había destacado por su sentido del humor, por lo que, el argumento que le había dado le resultaba algo extraño. Para Gerardo la preocupación tomó otras dimensiones. Pasó casi toda la noche buscando información en Internet; recorrió su amplia biblioteca médica en busca de algún indicio, algo que le aclarara, aunque fuera un poco, lo que le estaba pasando. Luego de una búsqueda infructuosa y sentado en el suelo rodeado de apuntes y libros abiertos, se sintió tan frustrado que llegó incluso a pensar en una maldición, en un hechizo, en brujerías. Cerca de las 3 de la mañana, lo venció el sueño. Al levantarse, lo primero que hizo fue verse en el espejo. La imagen que le devolvió fue aun peor que la de la de la noche anterior. Se metió debajo de la ducha con desesperación. En el agua era el único lugar donde se sentía bien y seguro.Ahora veía huellas verdes en todo lo que tocaba. Comenzó así un frenesí de limpieza. Platos, vasos, cubiertos, ropa, cualquier cosa que tocara terminaba, casi indefectiblemente, en la pileta de la cocina llena hasta el borde de agua con detergente. El asco que le producía aquella mucosa verde era espantoso. En la sala de Urgencias era un suplicio. Su recientemente adquirida manía por la limpieza lo había transformado en un ser insoportable. Comenzó a compartir su vida con las manchas. Ahora lo seguían a donde fuera: en el trabajo, en el supermercado cuando iba a hacer las compras. Trataba de no tocar a la gente para no impregnarlas de aquella asquerosa viscosidad. Y, aunque sabía que nadie las podía ver y ya había descubierto que no eran contagiosas, lo molestaban, no podía acostumbrarse a ellas.Cuando la necesidad de agua se hizo tan grande que no lo pudo disimular, y sus manías eran el comentario de prácticamente todo el personal del Hospital, consideró seriamente la sugerencia de Nacho de consultar con un Psiquiatra. Tenía muchos amigos y, al parecer, ninguno se había percatado de su mal, pero el temor casi no lo dejaba respirar. Después de aquella primera impresión con Nacho, había tratado de no estar mucho en contacto con ellos. La tensión era constante. ¿Qué pasaría si algún ojo pudiera ver más allá de las apariencias y descubriera sus manchas? Él lo sabía, si eso llegaba a pasar... estaría perdido.

-Pase, doctor Machado –dijo la Dra. Núñez.

Gerardo la quedó mirando. Esperaba una persona mas joven y, para su sorpresa, se encontró con una señora mayor y regordeta; alguien que inspiraba confianza e invitaba a hablar con soltura.

-Tome asiento y cuénteme qué lo trae por acá.

-Es difícil de explicar –comenzó a decir Gerardo acomodándose en la  silla.

-¿Qué le parece si empezamos por el principio? –sugirió la Doctora, con una media sonrisa que a Gerardo se le antojó sarcástica. Pensó en escapar de allí ya que en realidad, no sabía muy bien qué esperaba encontrar.

-¿Usted no nota nada raro en mi aspecto Doctora?- dijo Gerardo con cierto temor y atento a cualquier cambio que pudiera detectar en la expresión de la Psiquiatra.

-¿En su aspecto? –preguntó mirándolo con cierta sorpresa-  Permítame que lo observe bien– dijo volviendo a sonreír y moviendo el cuerpo para observarlo desde distintos ángulos– No, a decir verdad,  lo que veo es a un hombre muy apuesto –acotó la Psiquiatra con algo más de soltura.

Por un momento, Gerardo pensó que estaba todo bien, que su aspecto había vuelto a la normalidad. Pero al ver su rostro en un espejo, casi gritó. Estaba peor que nunca. Su cara era una informe máscara verde de algo viscoso y chorreante.

Respiró hondo para poder continuar con aquella tortura y preguntó:

-¿Es posible que una persona vea cosas que otras no ven? –preguntó Gerardo mientras continuaba observándose en el espejo, sin poder entender cómo esa mujer no veía lo que él.

-¿A que cosas, por ejemplo? –dijo la Doctora y sin esperar respuesta continuó-  Realmente le pasa algo, pero si Usted no me dice qué es, difícilmente podré ayudarlo.

Gerardo continuó.

-Creo que me estoy volviendo loco. Lo dijo rápido y como con violencia. Quería sonar convincente.

-¿Por qué lo cree? –preguntó la Doctora, pero esta vez en un tono algo preocupado.

Gerardo pensó describirle el aspecto que él veía en el espejo, pero tuvo miedo a su reacción por lo que se limitó  a decir:

-Veo que estoy lleno de manchas verdes en todo el cuerpo y últimamente tengo la imperiosa necesidad de beber grandes cantidades de agua o estar sumergido en ella...

Gerardo terminó la frase casi en un susurro. Sabía que esa mujer lo declararía demente sin remedio, perdería su trabajo y su vida se acabaría. Temiendo lo peor y ya temblando, esperó el nefasto diagnóstico de su colega.

-¡Bueno! –dijo la Doctora. La sonrisa se había borrado del rostro y ahora su expresión era de profunda preocupación y no sólo por su paciente. Desde hacía unos segundos había comenzado a sentirse rara. Gerardo, sin notar el cambio operado en la Psiquiatra, continuó hablando como si algo interno lo empujara a hacerlo.

-Mi esposa me abandonó hace ya  cuatro años y por más que lo intento no puedo dejar de pensar en ella. La soledad y la angustia me están matando.

Y sin transición entre un tema y otro, continuó:

-Antes, a pesar de estar en contacto con la posibilidad de la muerte, no permitía que eso me afectara. En cambio ahora, vivo día a día en contacto directo con ella. Algunas veces logra vencerme y otras, creyendo que me engaña, me deja la libertad de una sonrisa, y entonces, la prolongación del tiempo se hace realidad. 

Mientras hablaba, el rostro de Gerardo fue cambiando. De una expresión casi sumisa, pasó a una de violencia contenida, de dureza, de angustia, de...

Gerardo se interrumpió en su diatriba. ¿Qué le estaba pasando? ¿Porqué había dicho todo eso? Esa lucha personal que tenía con la muerte le había dado una experiencia de la cual se jactaba, aunque para sus adentros. Conocía bien sus trampas, y sabía de los engaños de los que puede valerse para salir airosa con su trofeo, ¡pero de pensarlo a decirlo!...

Levantó su mirada hacia la Doctora y se encontró con una cara entre asustada y asombrada.

Gerardo no entendió como se había atrevido a contar esa parte tan dolorosa de su vida. No acostumbraba a hablar con nadie de ella. A decir verdad, no había hablado ni siquiera con Nacho, acerca de los sentimientos que le había inspirado ese abandono. Y todo eso sobre la muerte... ¿Qué pasaba con él?

-Francamente Doctor, creo que lo que necesita es un descanso –dijo en tono nervioso la Doctora- Sé bien que la Sala de Urgencia puede llegar a ser muy estresante y creo que Usted ya llegó a su límite. No se preocupe, lo suyo no es nada malo ni fuera de lo común. Lo dijo casi sin mirarlo a la cara, mientras, con mano temblorosa, hacía anotaciones en la Historia Clínica y garabateaba una receta. El malestar se había intensificado.

-Le indico un sedante ligero, -continuó diciendo- para que pueda dormir mejor. Ya va a ver que el descanso le hará bien.

Levantándose, le entregó la receta y sin extenderle la mano para saludarlo dijo:

-Bueno Doctor, ha sido un placer conocerlo. Si considera que es necesario, vuelva a verme. Y dirigiéndose a la Asistente dijo:

-Andrea, tenga la amabilidad de acompañar al Doctor Machado a la salida.

Gerardo, algo desconcertado por la abrupta reacción de la Psiquiatra, se levantó lentamente de la silla y dijo:

-Si, tal vez esa sea una solución.

Cuando iba a salir, se volvió y dijo en tono de broma:

-Quien sabe, a lo mejor termino transformándome de una vez por todas en un hombre musgo... y vio como su cara se desgarraba monstruosa sobre la moquete, el sillón, mientras que una baba verde se le escapaba por la comisura de los labios.

Ante esta observación la cara de la Doctora Núñez fue toda una revelación para Gerardo.

-Claro, claro –masculló ella, exhibiendo una acentuada palidez.

Cuando Gerardo finalmente salió del consultorio, la Doctora se derrumbó casi sin fuerzas en la silla. Un sudor frío le empapaba la frente y sentía gotas heladas recorrer su espalda. Su asistente se acercó con un vaso de agua.

-¿Se siente bien Doctora?

-Mmmmsi – contestó aun temblando- No sé qué me pasó. Me parece que me bajó la presión. Andrea, deme unos minutos para reponerme y luego llame al próximo paciente.

Cuando Gerardo salió de la consulta, pensó que no había sido tan malo, después de todo. Al fin y al cabo, la Doctora no había visto nada en él que pudiera ser una amenaza en su trabajo. Aunque.... por un momento creyó verla algo nerviosa. Aunque trataba de que no fuera así, su vida había cambiado por completo. Sus manías se acrecentaban y las fobias ganaron la partida. La limpieza, que en el Hospital era obligatoria, también pasó a serlo en su casa. Maltrataba su cuerpo bajo la ducha con un cepillo hasta ver que se le caía toda la costra verde del día y aparecía su carne roja casi sangrando, aunque sólo por un momento, porque casi al instante se volvía a generar la mohosa costra, cada vez más espesa y goteante. Ya no salía a dar la acostumbrada caminata por el parque. Temía que las hojas se le pegaran en la cara, o que, el ya consabido sexto sentido de los animales, lo descubriera. Su vida se complicó aún más cuando le empezaron los ataques de pánico que empezaron a afectar su trabajo. Ante pacientes que peleaban con la muerte y requerían de toda su habilidad para salvarlos, solía quedarse en blanco, sudando, y arrastrando su reciente adquirida torpeza, la cual adjudicaba a que veía constantemente cómo un líquido verdoso y baboso, manaba de sus dedos, aún teniendo los guantes puestos.Evitaba subir por el ascensor, porque el encierro lo hacía sentirse claustrofóbico y comenzaba a toser. La última vez que lo había intentado había sido un desastre. El ascensor estaba lleno de gente cuando él comenzó a toser. Vio cómo salían verdes escupitajos espesos y oscuros de su boca, manchando a todas las personas que se encontraban a su alrededor. Al abrirse las puertas del ascensor, salieron todos a empujones, dejándolo exhausto y jadeando, bajo la mirada aterrada de la ascensorista. Lo que lo hacía más visiblemente vulnerable era la necesidad de agua constante que sufría. Tomaba increíbles cantidades de líquido, se mojaba la cara, el cabello y lavaba sus manos sin descanso...

El primer cuerpo fue encontrado en el baño de una habitación. La deshidratación era total y las causas fueron atribuidas a una extraña deficiencia metabólica.Gerardo fue llamado por el Director del Hospital ya que el día anterior, él lo había tratado en la Sala de Urgencia y había decidido su internación para estudios más minuciosos. El resto del día transcurrió como todos los demás; su trabajo en la Urgencia, sus manías de limpieza, su sed incontrolable... Al día siguiente, un paciente que estaba internado en el CTI por una insuficiencia renal, fue encontrado totalmente deshidratado. El caso era muy similar al del día anterior. El Director ordenó una investigación. Se hizo una revisión de los medicamentos indicados, los sueros que se habían suministrado, se chequeó todo el instrumental y aparatos conectados, y no se encontró nada fuera de lo normal. Gerardo había estado en el CTI el día anterior –según dijo la Enfermera de turno. No habían pasado 24 horas del caso, cuando un paciente que se encontraba en la sala de diálisis nocturna, presentó el mismo cuadro, aunque esta vez, sin llegar a la muerte. Alrededor de las 3 de la mañana, en la sala de enfermería sintieron un grito aterrador. Cuando llegaron a la sala 4 de diálisis, encontraron al paciente pálido, sudando copiosamente (algo muy raro en este tipo de casos), con los ojos desorbitados y diciendo que un “monstruo” había querido matarlo. Cuando pudieron calmarlo, el paciente explicó al Director que se dializaba en la noche, porque así se le hacían más llevaderas las casi 5 horas que tenía que permanecer conectado a la máquina. Tenía por costumbre pedirle a la Enfermera que apagara la luz y lo único que lo acompañaba, era el reflejo verdoso de los números digitales de los aparatos y el zumbido del mecanismo. Como siempre, se había quedado dormido, hasta que un ruido lo despertó. Cuando abrió los ojos, creyó ver un ser informe, verdoso, chorreante. Tuvo la sensación de que chupaba de uno de los caños de la máquina de diálisis, pero cuando gritó, salió rápidamente de la habitación.Dos días después de este incidente, la enfermera que cubría la guardia nocturna del tercer piso llegó a la Urgencia algo mareada y con dolor abdominal. Gerardo era el Médico de guardia esa noche, al igual que lo había sido las últimas cinco noches. Indicó que le pasaran un suero y un calmante, y se ofreció a colocarlo él mismo, ante la asombrada mirada de la Enfermera que lo asistía. Cuatro horas después, en el cambio de turno, encontraron el cuerpo de la enfermera, aun en la camilla de la Urgencia donde había sido atendida, deshidratado por completo.En ese momento, Gerardo se hallaba en la Urgencia, atendiendo a un joven que había sufrido un accidente de tránsito. Luego de los primeros auxilios, lo trasladaron a la sala de operaciones para atenderle una fractura expuesta.

Su cambio había sido total. Ya no quedaba de él nada que sugiriera que alguna vez había sido un ser humano. Podía verse a través de una niebla verde, ya que una capa de mucosa lo cubría de la cabeza a los pies. Un repugnante manto viscoso había sustituido a su piel. Excrecencias pegajosas sustituían a sus manos. Su cuerpo, otrora esbelto y erguido, se había transformado en una masa informe y encorvada, de algo parecido al musgo. Sus suaves cabellos habían sido sustituidos por unos filamentos verdosos. Ahora comprendía su necesidad de agua. Lo que había dicho en el consultorio de la Dra. Núñez como si fuera una broma, al fin, se había vuelto realidad. ¿Cuándo se había operado su transformación? ¿En qué momento dejó de ser un humano? Eso ya no importaba, lo que importaba ahora era el agua... el AGUA.

Tratando de que nadie lo viera, salió de su apartamento. Atravesó el Parque, escondiéndose de las pocas personas que lo transitaban. Llegó al lago y allí entre las silenciosas sombras, se quedó un rato observando el agua. Logró olvidarse de todas sus manías y fobias opresoras, con un inmenso placer, metió suavemente sus manos en las verdes aguas del lago. Sintió cómo la fuerza revitalizadora le subía a través de lo que, otrora, fueran sus dedos. Una nueva energía lo fue colmando. Los recuerdos de ella acudieron a su atormentada mente como caballos desbocados. Allí se había ahogado ella, pensó. Prefirió la muerte a volver con él. La muerte, esa seductora que lo acompañaba día a día desde hacía ya tanto tiempo, se burló de su arrogancia y le demostró que, una vez más, ella decidía cuándo él podía ganar y cuándo no. Miró hacia su derecha, y la vio allí, espectral y... sonriente. Pensó cómo ganarle esta vez y también sonrió.

Nuevamente introdujo las manos en las verdes aguas del lago, las cuales se enredaron con las algas hasta atraparle el brazo. No se resistió. No vio nada más que oscuridad y largas algas filamentosas y ásperas que envolvían su cuerpo... y por primera vez en mucho tiempo, se sintió en su elemento.

-¡Doctora! –gritó la secretaria de la Dra. Núñez- ¿Se enteró lo que le pasó al doctor Machado?

-¿Dr. Machado?... –preguntó pensativa la Doctora- ¡Ah! Sí, el Doctor Machado, claaaro

Se dirigió al archivador y tomando la historia clínica de su colega se fue acercando al escritorio mientras leía en forma rápida sus apuntes.

–Estuvo hace unos días en mi consulta, ¿qué le pasó?

-¡¡¡Desapareció!!! –dijo la secretaria en tono melodramático.

-¿Desapareció? –repitió con asombro la Psiquiatra.

-Si –confirmó la secretaria- parece que su mujer lo había abandonado y él quiso salvarle la vida cuando la trajeron casi ahogada del lago y no pudo, dicen que el shock fue muy grande y no pudo recuperarse. El Doctor Suárez, que al parecer era muy amigo, fue al apartamento y al no tener respuesta llamó a la Policía. Parece ser que cuando entraron, encontraron  unos restos de comida en mal estado y lo más asombroso –agregó bajando la voz y tratando de dar a la información un tono cercano a lo trágico- parece ser que en el baño encontraron una sustancia verde, viscosa, como si fueran algas o algo así. Un asco.

La Doctora Núñez volvió a mirar la historia que tenía sobre su escritorio y recordó la consulta en su totalidad, especialmente, el comentario final del Doctor Machado...

“-Quien sabe, a lo mejor termino transformándome de una vez por todas en un hombre musgo... “

Mónica Marchesky


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Agradezco a la Revista ADAMAR de creación de Madrid y a Dolores Escudero (Lola) por la publicación de "Como ser objetiva en tiempos de sexo" que fuera integrado también en aBrace Revista Cultural.Es lindo ver como una camioneta verde limón llena de fantasmas viaja tanto en el tiempo.

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