Las diez recién habían dado en el reloj de la comuna. Todavía faltaban 25 minutos. Arreglé el fuego de la estufa, agregue mas leña, la ultima; tendría que subir mas del sótano. Aprovecharía la oportunidad para traer unas botellas de vino, y un poco de jamón ahumado
Ese día de julio de 1995, había amanecido mucho mas frío que todos los anteriores, la nieve había caído toda la noche, y el viento congelado que bajaba de los Alpes la hacia mas espesa y consistente, cubriendo todo el norte de la provincia de Belluno.
El solo pensar en salir, aun abrigado y con la calefacción del coche al máximo, suponía una tarea que superaba mis fuerzas. Pero tendría que superarlo, ya que ese día festejaba mis 60 años, y era necesario proveerse de lo necesario para recibir a los pocos invitados.
Podría hacer el pedio vía telefónica, o aun mejor, vía Internet, como me había enseñado mi nieto, el que sentía particular placer en recorrer las estanterías empujando el carro virtual del supermercado cibernético, agregando todo aquello que tuviera algo de chocolate o frutilla. En una oportunidad me había olvidado de controlar el pedido antes de confirmarlo y estuvimos surtidos de chocolate y frutilla todo el verano. Pero debía ir personalmente a recoger el corte especial de carne que había encargado. No quedaba otra solución que salir.
Mientras esperaba con temor la hora exacta, miraba a través de la ventana la gente en la calle, que con todo el abrigo que llevaban y que no dejaban ninguna parte del cuerpo expuesta al terrible frío. Si no fuera por las huellas que dejaban en la nieve, parecería que aquellos bultos de ropa se movían flotando como fantasmas. La única excepción era aquel hombre joven, de barba y pelo descuidado, que apenas vestía un abrigo fino de lana, sin cuello el que levantarse para protegerse, la cabeza descubierta, el calzado era del tipo deportivo, que evidentemente no le aportaba ninguna protección.
Su actitud era de alguien que esta perdido, o esta buscando una dirección. Se acerco a una persona, la que hizo señas indicando en dirección a donde se encontraba mi edificio. Cruzó la calle y desapareció de mi vista.
Instantes después, cuando era la hora exacta de mi nacimiento, las diez y veinticinco; sonó el timbre de calle.
Solo podía ser el desconocido. Lo atendí por el intercomunicador sin poder entenderlo, por lo que baje los dos pisos a abrirle la puerta.
A través del vidrio vi sus facciones con claridad, pelo desarreglado, ojos sin brillo, barba de varios días, lo mas expresivo era su boca. Tenia la boca fina, se veía en sus labios los rigores del frió, y de la falta de alimento. De aquella falta de alimento que no es de horas o de días; era falta de alimento por mucho tiempo, era falta de alimento del alma, falta del alimento de los sentimientos. Sin hablar supe que hacia mucho tiempo que su vida no tenia sentido, o mejor dicho el único sentido era llegar hasta mi casa, y yo sabia para que.
Lo invite a pasar, le serví un café caliente, le pregunte que podía hacer por él. Y; ya sea por que no podía hacer nada o por que sencillamente no me entendió, me contesto con un gesto negativo.
Cuando se iba; ya en la puerta, hizo lo que yo sabia había venido a hacer. Me entrego un sobre arrugado, y para cuando termine de leer mi nombre y mi dirección; é ya había desaparecido.
Subí por la escalera, me senté frente a la estufa mirando el sobre, no tenia sello ni remitente pero conocí la letra, y supe que venia de la isla de Krk, en Croacia donde había ido de voluntario Marco, con los Médicos sin Frontera, y donde se estaban desarrollando los combates de esta nueva guerra de los Balcanes, de la que la televisión nos mostraba a diario aquellas horribles escenas. Y supe que esa carta era la ultima que escriben todos los que están allí, sabiendo que el destino no les dará tiempo para poder despedirse de los suyos. Algunas escritas hacia mucho tiempo.
Mientras miraba y daba vueltas el sobre en mis manos, me acorde de aquel día de julio de 1945 a las diez y veinticinco, hacia exactamente cincuenta años, cuando unos golpes convenidos, me hicieron entreabrir la puerta del refugio frío y húmedo, y por esa rendija se deslizo un sobre.
Aquel sobre mucho mas sucio y mas arrugado que éste, solo tenia mi nombre, y en pocas líneas escritas con carbón en un papel mas sucio aun, me entere que; provenía de Munich, que lo había escrito un judío que había sobrevivido en Dachau, que de mi familia solo quedaban mi hermano Marco de 3 años y yo.
Esa noche no dormí, pensando que le diría a Marco.
Al otro día le “leí” la carta a Marco, en la que “decía” que nuestros padres y hermanos volverían la semana venidera. Luego queme la carta, y salí como todos los días a pedir, conseguir o robar algo para comer y sobrevivir un día mas.
Sin abrirla por que adivinaba el contenido de esta otra carta, la tire al fuego de la estufa, espere que se consumiera totalmente, revolví hasta hacer desaparecer las cenizas, y resolví sobrevivir un día mas; con la diferencia de que esta vez solo tenia que hacer las compras.
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-Abuelo, vamos a comprar chocolates por internet para mandarle al tío Marco.
-Si vamos, que el tío Marco escribió diciendo que vuelve la semana que viene.
Noviembre de 2005.
Sube una foto del grupo en el salto llamado, la Garganta del Diablo que es el mas grande y impresionante.