The Dark Knight Chronicles
El Caballero Oscuro escribe sobre cine, letras y otras inutilidades varias

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19.08.2010 15:15 / INUTILIDADES VARIAS

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EL ETERNO CHIVO EXPIATORIO

 

Una reciente publicación en Internet:

(http://news.yahoo.com/s/ap/20100818/ap_on_re_la_am_ca/cb_cuba_

castro_bildenberg)

revela la"fascinación de Fidel Castro  por un libro acerca del Grupo de Bilderberg", que por lo que he podido entender se trata de uno de los ya habituales "foros" de gente muy poderosa, que acostumbran reunirse cada tanto para discutir la mejor forma de cuidar sus intereses y de paso, quitar algún pequeño obstáculo (individuos, grupos, quizás hasta pueblos) que se opongan a tan tiernos cuidados. De acuerdo a la información, el libro en cuestión se titula, en un rapto de originalidad, "Los Secretos del Club de Bilderberg" y su autor sería un tal Daniel Estulin, quien en su obra acusa a este selecto Club de ser una especie de "gobierno mundial" más o menos "en las sombras".

No es la primera vez - y con un poco de suerte no será la última - que se expone una "teoría de la conspiración" de este tipo en un libro, no es la primera vez que un gobernante - de derecha o de izquierda, capitalista o comunista, autocrático o democrático - se siente "fascinado" por un libro sobre este tema. Quizás el ejemplo más tristemente célebre sea el de los llamados "Protocolos de los Sabios de Sión", un confuso revoltijo de tonterías plagiadas de un sinnúmero de escritos de finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuyo único común denominador era atribuir a "los judíos" todas las calamidades que había acarreado la revolución industrial a la nobleza terrateniente - ver a este respecto el excelente trabajo de Norman Cohn publicado en español por Alianza Editorial con el título "El Mito de la Conspiración Judía Mundial".

El hecho es que a todos nos atrae "lo misterioso" de una forma u otra, tanto más si el "misterio" brinda aparentemente una explicación (sencilla, única, monocausal) de por qué este complejo mundo en que vivimos "funciona" de la manera en que lo hace. No otra cosa ocurre, por ejemplo, con la mayoría de las religiones, al afirmar que todo lo que nos sucede es por la voluntad "misteriosa" del Ser Supremo que rige el Universo. En definitiva, la idea del "grupo-de-poder-oculto-que-dirige-el-mundo" no sería más que la versión terrenal, "aggiornada" y "tecnocrática", del eje central del pensamiento religioso, trasladando el poder de un ser sobrenatural a un colectivo de personas que, efectivamente, detentan un grado de poder mucho mayor que el de la gente de a pie.

Lo que distingue a este grupo de personas, sin embargo, es que se trata de un grupo "oculto", lo cual parecería multiplicar su presunto "poder". No hay que ser ingenuos: nada tendría de extraño que ciertos colectivos con intereses comunes se reunieran para planificar una estrategia en conjunto. Lo que sería extraño, a mi entender, es que si a esos colectivos les pareciera una condición "sine quae non" el hecho de que sus actividades se sustrajeran al conocimiento público y si efectivamente el grado de poder que se les atribuye se corresponde con la realidad; lo que sería extraño, repito es que de alguna forma esas tenebrosas actividades salieran alguna vez a la luz.

Por ello no puedo menos que desconfiar de esos trabajos que presumen de "destapar" insondables pozos negros de corporaciones "ocultas" que manejan nuestras vidas con la precisión de titiriteros de alto nivel. Esto no significa, reitero, negar el poder manipulador de los medios de comunicación, por ejemplo. Un poder nada "oculto", por cierto; nada que se compare al "esotérico" Grupo de Bilderberg denunciado por Estulin. Más cerca, en el Río de la Plata, el economista argentino Walter Graziano publicó un libro ameno e inquietante, titulado "Hitler ganó la guerra" (!) en el que, partiendo de su especialidad académica, expone una serie de cuestionamientos que llevarían a sospechar la existencia de una "elite" de carácter racial - entre otras cosas - que estaría jugando con la Tierra a la manera de Chaplin en "El Gran Dictador". De nuevo, pese a lo fundamentado del libro, no puedo dejar de pensar que si Graziano y su obra resultaran tan peligrosos para la presunta "élite" y si esta tiene los medios y el poder que les atribuye el autor, ni él ni su libro habrían existido jamás.

Pero lo que más me chocó de la información aparecida en el artículo de Internet - cuyo evidente propósito es en cierta medida ridiculizar a Castro - es haberme encontrado con las líneas que siguen:

"El párrafo publicado por Castro sugiere que la esotérica Escuela de Frankfurt de académicos socialistas trabajó con miembros de la familia Rockefeller en los años '50, para allanar el camino a la música rock para 'controlar a las masas', distrayendo la atención sobre los derechos civiles y la injusticia social.

" 'El hombre encargado de asegurarse de que a los (norte)americanos les gustaran los Beatles fue el mismísimo Walter Lippman', afirma este párrafo, refiriéndose a un filósofo político y por entonces columnista de un diario, quien murió en 1974.

" 'En los EE.UU. y en Europa, los grandes conciertos de rock al aire libre fueron usados para detener el creciente descontento de la población', dice el párrafo."

¡Haberlo dicho antes! Cuando las brujas y los adoradores del Demonio ya no aterrorizan a nadie fuera de la pantalla cinematográfica o televisiva, siempre quedará el rock como el chivo expiatorio. Me atrevería a decir que es el único amor que comparten la izquierda y la derecha en sus variantes más extremas: el odio al rock, unos por revolucionarios y anti-imperialistas ("el rock es la música yanqui que estupidiza a la juventud") y otros por conservadores y autocráticos ("el rock es la música del Demonio que destruye los valores de nuestra sociedad occidental y cristiana").

¿Cuántas veces habremos oído estas idioteces, producto de mentes obtusas e ignorantes - porque no tienen la menor idea o información acerca de lo que están hablando? ¿Qué saben estos moralistas-politiqueros acerca de las raíces tradicionales del rock - blues, country, cánticos de esclavos, etc.? ¿Qué saben ellos acerca de la música o del arte en general?

No es el rock lo que preocupa a estas buenas gentes, sino el "poder" del rock. Poder de convocatoria, poder de comunicación, que podría utilizarse para cuestionar algunas cosas de un extremo al otro del "espectro político". Cuando John Lennon declaró con desparpajo que "los Beatles somos hoy - 1966 -  más populares que Jesucristo" no estaba diciendo más que la verdad, y de ahí el revuelo que provocó tal declaración (tengo entendido que hubo incluso algún sacerdote que admitió que, en cierta forma, John tenía razón). Y es verdad que el rock, por su volumen, por su inmediatez, por lo que tiene de ritual y de tribal, puede proporcionar uno de los mejores escapismos, no sólo para la "juventud": es precisamente este aspecto el que facilita su "comercialización" por los tiburones del "show bussiness", que por cierto, no nacieron con el rock. Esos mismos "tiburones" que serán cualquier cosa menos "comunistas" y que por ende, seguramente se descostillarán de la risa al leer que la "aristocracia capitalista" se rasga las vestiduras por causa de "la música del Demonio".

Por otro lado, en nuestra sufrida América Latina, América Lapobre, única región en el mundo empeñada en reivindicar su pasado "indígena", avasallado ante la colonización europea (que yo sepa no ocurre nada semejante con los descendientes indígenas "del Norte"), las "izquierdas" siempre han denostado al rock como el "arma secreta del capitalismo contra la juventud". De nuevo, estos adalides de la "liberación del proletariado" generalmente demuestran un conocimiento nulo de los orígenes "de clase baja" del rock (recordemos que en los USA era visto como "musica de negros"). Faltaría más, ponerse a investigar la "cultura del enemigo" cuando los pueblos de Latinoamérica claman por "su" cultura y "su" folklore - si vamos al caso, la guitarra, instrumento de "nuestro" folklore, fue traída por los conquistadores españoles. Extrañamente, les duele mucho el presunto mensaje "estupidizador" del rock - nunca leyeron una letra de Dylan, de los Clash o de Springsteen - pero jamás les he oído pronunciar palabra alguna contra la evidente estupidez que transmite la mayor parte de la "lírica" de nuestra mal llamada "música tropical" (nunca imaginé que el "compromiso con la revolución cubana" llegara a tales extremos).

Quizás en definitiva, este insoportable "ritornello" sobre el carácter "maléfico" del rock no deje de ser una buena noticia: a pesar de los pesares - de las Britney Spears, de los Justin Biebers o de la cumbia villera, a pesar de todas las proclamas de las clases conservadoras y de las fuerzas "revolucionarias" o "populares" - al final, cuando suena el yeite de "Johnny B. Goode", la intro de "A Hard Day's Night" o el riff de "Burn", por nombrar unos pocos ejemplos, sentimos que el rock está vivo. Que vivas largo y prosperes, maldito rock.

 



13.08.2010 11:36 / INUTILIDADES VARIAS

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AQUÍ NO HA PASADO NADA


Dos sucesos recientes, ambos relacionados con actividades delictivas, no han logrado conmover a la opinión pública del país de la manera que - acaso - deberían. Parece en principio más fácil encontrar una explicación para entender por qué el primero de estos hechos no alcanzó a despertar demasiado eco en la población, a pesar del notorio esfuerzo del conglomerado mediático-político de la derecha para explotarlo en detrimento del gobierno. En cuanto al segundo acontecimiento, su escasa repercusión también puede explicarse quizás por el hastío y el descreimiento general que poco a poco vuelven por sus fueros, pasada la euforia mundialista. Más alarmante es que nadie - ni gobernantes ni gobernados -  parece preocuparse demasiado por las posibles y nefastas consecuencias que este hecho podría acarrearnos.


I) Infierno


El primer acontecimiento es, desde luego, el incendio ocurrido en la cárcel de Rocha en la madrugada del 8 de julio pasado. Una docena de reclusos muertos y otros nueve heridos fue el saldo que dejó el siniestro. Después vinieron las repercusiones, que por lo visto quedaron a nivel de la cúpula gubernamental: corridas apuradas en el Ministerio del Interior, una interpelación parlamentaria, recriminaciones, culpabilizaciones, movilizaciones de los familiares de los reclusos, una nueva "ley carcelaria" que anda en idas y vueltas, la inevitable "comidilla" de los medios de prensa... ¿Y qué dice la gente? Bien, gracias.

Conversando hace algunos días con unos amigos, yo manifesté mi extrañeza ante la escasa repercusión que el asunto había tenido aparentemente en la mayoría de las personas - exceptuando, como se ha dicho, todo el circo mediático y político que se generó a su alrededor y que por una vez, no convocó al público en las gradas. Uno de mis interlocutores confirmó esta apreciación y agregó: "¿Sabés que pasa? La gente está podrida de los pichis".

Obsérvese que el término coloquial y nada académico empleado no fue "delincuentes" o "chorros", sino el más abarcador - y elocuente - "pichis". Es decir: la gente está podrida de los pobres. La delincuencia se mimetiza, inevitablemente, con la pobreza; pero quizás lo que está latente es el fastidio subterráneo con que todos - incluso quien esto escribe - solemos mirar a los pobres. Los que andan con carros por las calles, juntando basura y ensuciando las calles a su paso. Los que una y otra vez suben a vender o a "manguear" en los ómnibus. Los gurises o los viejos con su eterno y nada sutil: "¿Tiene una moneda?". Probablemente los "ricos", viviendo en sus burbujas (o cárceles) de privilegio, estén más alejados de estos seres apenas reconocibles como humanos. Los que pertenecemos de una forma u otra a la clase privilegiada de los trabajadores seguramente estemos sometidos a la presencia más cercana de estos ominosos fantasmas, una especie de "memento" viviente que nos recuerda cuán frágiles pueden ser las cuerdas con las que nos sujetamos a una sociedad. Con su mera presencia, los "pobres" nos recuerdan el "tu quoque", el "vos también podés caer tan bajo como yo", dependiendo de los vientos y del oleaje socioeconómico mundial, regional, nacional. De ahí, quizás, que los veamos con tanto o más fastidio que nuestras "clases altas", para quienes los pobres son a veces motivo de "obras de caridad" que ayudan a lavar algunas conciencias - -al mejor estilo de las prácticas similares del Medioevo.

En cuanto a la reacción ante el tándem pobreza-delincuencia, nada más ilustrativo que el titular de "La República" del día de la fecha: "Encuesta de Equipos Mori afirma que toda la ciudadanía, incluida la frentista, quiere que se actúe con dureza contra la delincuencia. Porcentajes elocuentes. Según la encuesta estas son algunas de las principales variables: 65 % cree que es necesaria una policía que actúe con mayor dureza, 78 % cree que se deben aplicar penas más duras, 87 % cree que la justicia debe actuar con mayor dureza" (cf. http://www.larepublica.com.uy/).

No puedo evitar pensar en la consternación que esto debe provocar en aquellos que de buena fe creyeron en las palabras del Dr. Tabaré Vázquez: "Seremos severos con el delito, seremos aún más severos con las causas que generan el delito". Si el abofeteante titular del matutino y las cifras que menciona responden efectivamente a la realidad, uno puede creer que de lo que dijo el ex-mandatario no resultó "ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario". Si alguien pensó que con el Plan de Emergencia - indudablemente necesario y solidario - se estaba atacando efectivamente a "las causas del delito", puede ahora con razón sentirse defraudado. Magro consuelo es pensar que "el problema es más grande de lo que creíamos" o que "estas cosas se arreglan de acá a veinte o treinta años". Todo lo cual puede ser cierto, tan cierto como la contundente frase de mi amigo, que vale la pena repetir: "La gente está podrida de los pichis".


II) Purgatorio


"El Tribunal de Apelaciones en lo Penal de 3º Turno clausuró el proceso contra Jorge, José y Dante Peirano Basso, a raiz de la derogación de la norma  artículo 76 de la ley 2.230- bajo la cual resultaron enjuiciados en 2002. La resolución no abarca a Juan Peirano Basso, actualmente en prisión, ya que fue procesado por otro delito -insolvencia societaria fraudulenta. La clausura del proceso significa que los hermanos Peirano -que ya gozan de libertad provisional- quedarán absolutamente libres de cualquier tipo de imputación penal y sus antecedentes serán eliminados." (http://www.larepublica.com.uy/politica/419491-tribunal-clausuro-proceso).

La escueta noticia nos traslada al otro lado del tenebroso "espectro social" y nos lleva al universo de los "delincuentes de guante blanco" o de "cuellos duros" (podrían añadírsele otros calificativos). Triste fama la que acompaña al respetable apellido de origen portugués "Peirano" en Uruguay, que bien podría convertirse con los años en sinónimo de "estafador" o sencillamente "jodedor" ("me peiranearon" o "me estás peiraneando" podrían ser expresiones familiares en las décadas por venir). Al conocer la noticia yo experimenté un ligero sobresalto, pero confieso que eso fue todo. Con el correr de los días, comprobé que el sobresalto en la sociedad había sido igual de ligero. En definitiva, "aquí no ha pasado nada".

Ahora, al repasar algunos hechos que condujeron a la clausura del proceso mencionado, no puedo evitar un estremecimiento, acompañado nuevamente por la desazón y la decepción. Por un lado, la demoledora frase final del párrafo transcripto ("La clausura del proceso significa que los hermanos Peirano -que ya gozan de libertad provisional- quedarán absolutamente libres de cualquier tipo de imputación penal y sus antecedentes serán eliminados") deja pocas esperanzas en que la Justicia, como poder estatal, sea considerada una institución confiable y digna de respeto. Es de imaginar el legítimo alborozo con que determinados sectores de las clases altas acogieron la noticia, dado el respaldo implícito que la resolución brinda a actividades cuando menos dudosas. Los Peirano quedan "libres de imputación penal" y con sus "antecedentes" eliminados: no creo que nadie logre convencer a nadie de que esto es una buena idea.

Por otro lado, aquella sentencia de Martín Fierro, que equiparaba a la Ley con un cuchillo, porque al único que no lastima es al que lo tiene por el mango, cobra nuevas fuerzas: una vez más se confirma que el poder del dinero es incluso mayor que el poder de la Ley y que esta definitivamente no es la misma para todos. George Orwell también ironizaba al respecto: "Todos somos iguales ante la Ley, pero algunos son más iguales que otros".

Tampoco sale mejor parado el resto del aparato político que hizo posible este desaguisado. Véanse las declaraciones del diputado Álvaro Lorenzo (http://www.larepublica.com.uy/politica/419489-diputado-alvaro-lorenzo-estamos-por-votar-un-zafarrancho-juridico), de la por entonces senadora Margarita Percovich (http://www.larepublica.com.uy/politica/419957-percovich-aca-no-hubo-inocencias) y del vicepresidente Danilo Astori (http://www.larepublica.com.uy/politica/419590-caso-peirano-astori-no-comparte-el-que-la-ley-tuviera-nombre-y-apellido). Cobardía, Incompetencia, Hipocresía: tales me parecen los pecados capitales que habría que imputar respectivamente a estas personas, si nos atenemos a lo que transmiten estas declaraciones. Que nadie crea que esto es una fulminación, escribo lo anterior (vuelvo a señalarlo) desde la decepción más profunda y el más vivo disgusto. Disgusto aún mayor si, como creo, el resultado de la encuesta anteriormente citada no parece hacer referencia a la casta más alta del mundillo criminal (recordemos que son los "pichis" los que nos tienen "podridos").


III) ¿Paraíso?


Los maestros de la heráldica que diseñaron nuestro escudo nacional incluyeron en él a un caballo y a un buey, símbolos respectivos de la libertad y de la abundancia. Si fuera posible rediseñar el escudo, hoy en día habría que incluir un nuevo cuartel en el que apareciera un nuevo animal simbólico, tal vez una tortuga o un avestruz. Nuestra capacidad colectiva de "esconder la cabeza" ante lo que no deseamos ver ha alcanzado nuevas cotas ante estos recientes e infaustos acontecimientos. Nos hacemos los distraídos, por un lado, ante la magnitud de un problema que parece superar cualquier buena intención o plan de mejora; y por otro, ante una nueva y cínica manifestación de que "contra la guita no hay quien pueda". Difícil creer a esta altura que con ello los problemas desaparecen y que nuestra vida se tornará, mágicamente, un Paraíso.

 



03.08.2010 14:02 / CINE

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I HAVE A DREAM

 

"Una mujer deploró, en el atardecer, que no pudiéramos compartir nuestros sueños: 'Qué lindo soñar que uno recorre un laberinto en Egipto con tal persona y aludir a ese sueño el día después, y que ella lo recuerda, y que se haya fijado en un hecho que nosotros no vimos, y que sirve, tal vez, para explicar una de las cosas del sueño, o para que resulte más raro'. Yo elogié ese deseo tan elegante, y hablamos de la competencia que harían esos sueños de dos actores, o acaso de dos mil, a la realidad. (Sólo más adelante recordé que ya existen los sueños compartidos, que son, precisamente, la realidad)."

Jorge Luis Borges en "Textos Cautivos", 1937.


Christopher Nolan ha demostrado, creo, que se puede hacer "cine de entretenimiento" sin que ello implique inevitablemente "jibarizar" al espectador. Creo que ha demostrado también que puede bordear sin problemas el insondable abismo de la pretenciosidad, en el que han caído de manera irreversible algunos realizadores que no supuieron medir sus fuerzas (Ridley Scott y Ang Lee me vienen a la mente). Ha logrado hacer "su cine" de manera consistente, llevando adelante sus historias con pulso firme y siempre decidido a poner en pantalla imágenes que jamás habíamos visto antes - con el valor agregado de recurrir a la juguetería digital sólo cuando es imprescindible.

Se podrá discutir la "novedad" de la idea central de "Inception" - la exploración del mundo onírico visto como una especie de mundo paralelo, que es también el nuevo "campo de batalla" donde las megacorporaciones practican sus jueguitos de guerra más o menos encubierta - y convengamos en que Philip K. Dick, Brian Aldiss y hasta William Gibson se movieron con soltura en ese terreno tan resbaladizo como fascinante. El cine, sobre todo por razones técnicas, se había quedado rezagado en ofrecer la visualización del asunto: hubo que esperar hasta "Matrix" para ver escenas de corte onírico que se parecieran en algo a lo que solemos experimentar y olvidar en nuestros períodos de sueño (prescindo aquí, no por falta de memoria, de toda aproximación que el cine "culto" ha realizado al respecto, desde Buñuel y/o Fellini hasta Hitchcock y/o Tarkovski).

Se podrá discutir también si "Inception" responde a las mejores virtudes que señalaramos en Nolan. Seguramente el realizador no aceptó en ningún momento prescindir de ninguna de las piezas de su puzzle, por lo cual la historia - hay que decirlo - parece de a ratos confusa... como en un sueño. Hay algunos diálogos que resultan un poco pesados, pero al mismo tiempo parecen inevitables, ya que no hay otra forma de que el espectador se entere de algunas cosas si no es "hablando" de ellas. 

Quizás de manera un tanto extraña, donde Nolan parece sentirse menos cómodo es en el tramo - o el sueño - propiamente "de acción": una secuencia en un paisaje nevado donde los protagonistas buscan tomar por asalto una fortaleza directamente salida de un film de la serie de James Bond (de hecho, toda la historia está planteada como una suerte de "Misión Imposible" llevada a cabo al nivel, o a varios niveles, del universo mental; ese universo donde nuestros más recónditos secretos, anhelos o pesadillas quizás ya no estén tan a salvo en un futuro próximo). Nolan parece desenvolverse de manera más convincente en ámbitos cerrados, en ciudades agobiantes, en hoteles nocturnos, en vagones de tren, en aviones. Lugares todos donde el "escape" de lo que nos rodea o de nuestro propio yo se nos hace mucho más difícil, lugares que suelen invitar al mejor espectáculo - después del cine - que podemos tener a nuestra disposición: nuestro propio y particular "teatro mental".

Del elenco se puede decir que se desempeña de manera eficaz, competente, con sus personajes puestos al servicio de la historia, y no viceversa. A Leonardo Di Caprio parece gustarle interpretar a esos individuos conflictivos, perturbados y desaliñados, como el que encarnó en la reciente "Shutter Island" de Scorsese; quizás como forma de alejarse de su imágen de "galancito carilindo". La actriz francesa Marion Cotillard cumple su rol con dignidad, aunque seguramente en este film tuvo menos oportunidad de exhibir su histrionismo que al protagonizar la película basada en la vida de la cantante Edith Piaf. Diría que las palmas se las lleva Ken Watanabe, con su personaje de megaempresario inescrupuloso diseñado quizás sobre el molde de un Toshiro Mifune de nuestros días - sin entrar en comparaciones, por favor.

No hay que equivocarse: Nolan no propone una película "filosófica" o "psicológica", sino un "thriller" vagamente futurista con algunas imágenes impactantes - por lejos, la "ciudad-que-se-dobla-sobre-sí-misma" es la más inolvidable del lote. Las posibles (y seguramente involuntarias) implicaciones sociopolíticas o psicológicas del film correrán por cuenta del espectador y de la "lectura" que haga de lo que le muestran en la pantalla. "Inception" no es el mejor filme de Christopher Nolan que yo haya presenciado (lo escribo con cierta amargura), probablemente tampoco sea el más original y/o creativo dentro del género, que ya cuenta con piezas como "El Piso 13", "Avalon" o "eXistenZ", a las que "Inception" de alguna manera nos remite. Justo será decir que la película no pretende ser nada de esto, que a pesar de algunos baches no desbarranca en ningún momento y que  sus falencias se ven compensadas por la dignidad con que Nolan enfrentó el reto de encarar una historia al filo de lo imposible. En estos días, no es poco.

 



24.05.2010 13:05 / CINE

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BORIN' HOOD

Violar la Historia y hacerle bellos bastardos, como decía Alexandre Dumas, es una cosa. Violar la leyenda y producir un film fallido, como ha hecho Ridley Scott con el arquero de Sherwood, es evidentemente más grave; sobre todo proviniendo de alguien como el autor de "Alien" y "Blade Runner". Se me ocurre que al hacer esas dos películas, Scott heredó un destino similar al de la vapuleada selección uruguaya de fútbol, siempre "obligada" por los hinchas a salir "campiona de América y del Mundo". Del mismo modo, una nueva película de Ridley Scott despierta en la tribu cinéfila unas expectativas que lamentablemente el aclamado director viene defraudando con alarmante frecuencia.

Esta nueva versión de "Robin Hood" comete en principio el pecado imperdonable de cualquier película "de entretenimiento", es decir, aburre. Aburre por lo entreverado de la trama - entrevero no equivale a ingenio o a creatividad - por la chatura de los personajes - Russell Crowe y Cate Blanchet claramente actúan en piloto automático - por la pomposidad de ciertas "proclamas" o "discursos" - algo similar ocurría en buena parte de "Gladiador" - porque en definitiva,lo que Scott quiere hacer en las "escenas de acción", cabalgatas y batallas, ya lo hizo Peter Jackson con mejor fortuna en "El Señor de los Anillos". 

Por más que esta película sea una especie de "RH Begins", es de suponer que el espectador tiene interés en presenciar algunas "hazañas" del héroe. No parece ser este el caso de Scott, más interesado en mostrar intrigas y tejemanejes políticos y en proporcionar a su personaje un "background" traumático que actuará como "catalizador" de sus futuras acciones. La "historia-del-origen-de-la-leyenda" se retuerce inútilmente, con el agregado nefasto de pretender convertir a la figura del bandolero en el "pater patriae" de una todavía problemática Inglaterra del siglo XII. Sabrán Scott y sus guionistas la necesidad que había de dar esa vuelta de tuerca inútil que despoja a Robin Hood de su identidad de Robert de Locksley, o "Loxley", según la presunta "ortografía sajona" que maneja el film. Sabrán ellos a qué apuntaban al introducir en la historia un conflicto nacional con Francia; conflicto histórico, por cierto, pero que nada tiene que hacer en un relato de esta índole, a menos que haya sido el pretexto para realizar la secuencia final del film, la única con que la narración recobra cierto brío.

Ya es superfluo hablar de "valores de producción" en este tipo de películas, son algo que se supone "tiene que estar" para que el espectador reciba una convincente "recreación de época". Scott debería haber aprendido hace tiempo que la excelencia visual no es suficiente y que la pretenciosidad con que ha venido encarando sus historias es absolutamente dañina. En definitiva, si quieren ver una version fílmica actual de la leyenda de Robin Hood, no gasten su dinero en pagar la entrada para ver esta película: simplemente vean la serie que transmite canal 5 sobre el personaje. Tiene todo lo que le falta a este film - humor, ingenio, acción, buenas actuaciones - con el agregado de una producción de excelente nivel. Dudo que Scott no conozca la serie, dudo que no se haya propuesto adrede hacer "algo diferente". Lo logró, sin duda, pero en este caso el logro dista de ser meritorio, lo cual no deja de ser una lástima.

 



21.04.2010 13:32 / INUTILIDADES VARIAS

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INCONCILIABLES

 

Va a llevar mucho tiempo, mucho más que los treinta y siete años que actualmente nos separan de aquel fatídico 27 de junio de 1973. Fue el mismo presidente Mujica quien en cierta oportunidad afirmó, no sin amargura, que "el asunto se va a resolver después que estemos todos muertos". Entiendo que es lo más probable: seguramente ya no quedan víctimas ni victimarios de la dictadura de 1933 que tuvo al denostado Gabriel Terra como actor principal, y por ello es que ya no hay exigencias, reclamos, o actos conmemorativos referidos a aquella época. Quizás dentro de treinta o cuarenta años más, si es que estamos aquí, la dictadura de 1973-1984 no será más que una página o un mero párrafo de oscuridad en los textos de historia. Quizás. Pero a mi juicio, existe aún un problema más profundo, de mayor alcance que el doloroso episodio dictatorial que nos tocó vivir. En dos palabras: la mayor parte de los uruguayos aborrece a los "milicos". Y eso sí va ser difícil, muy difícil de cambiar.

Tengo entendido que ese aborrecimiento visceral y extendido se remonta a casi cien años antes del golpe de estado del '73. Me refiero, por supuesto, al período "militarista" de Latorre y de Santos. Lo curioso del asunto - y lo que muy poca gente aparentemente sabe, y si lo sabe no lo menciona - es que en aquella oportunidad no hubo "golpe de estado". Todo lo contrario: lo que hubo fue una manifestación pública - no sé de cuántos integrantes, no sé si de carácter "popular", si es que semejante categoría tenía a fines del siglo XIX el sentido que le damos hoy. Una manifestación pública que se dirigió en masa al domicilio del coronel Latorre, en la calle Convención, domicilio que décadas más tarde fue borrado no sólo del mapa sino de la ciudad misma. Allí, según se cuenta, los esperaba el militar, en la puerta de su casa, probablemente mate en mano. Allí, por aclamación, se le pidió al "hombre fuerte" del Ejército que se hiciera cargo del gobierno de una nación (es un decir) que se caía a pedazos ante una crisis económica y financiera de tal magnitud que los sucesos de 2002 parecen irrisorios por comparación. Es irónico que la posterior dictadura del coronel Latorre sea quizás la única que los uruguayos podamos vanagloriarnos con justicia de haber derrotado por acción o por omisión del pueblo: "Dejo mi puesto convencido de que los orientales son ingobernables", son las palabras que se le atribuyen a Latorre al momento de abandonar el timón.

Como sea, el estamento militar cobró fuerza en esa época y aparentemente dejó su huella en el sentir "popular". Es de suponer que - luego de la dictadura de Terra (un civil) que fue derrocado por Baldomir (un militar) quien dio los pasos necesarios para restablecer el régimen democrático -  en la primera mitad del siglo XX, en ese Uruguay idílico que tan increíble nos parece hoy día, los militares pasaran a segundo plano en la "conciencia popular". Es decir, estaban ahí, pero no jodían a nadie, limitando su accionar público a los desfiles de rigor en las "fechas patrias". Todo esto se vino abajo a fines de los '60 y principios de los '70. Inútil es hoy buscar una causa única o primera para lo que ocurrió entonces, inútil es culpabilizar a los "dos demonios" que aún en la actualidad siguen cruzando acusaciones, de manera velada o expresa. Desde luego, es igualmente inútil intentar justificar todos los episodios de violencia que se vivieron en aquellos años: torturas, asesinatos,violaciones, secuestros de niños (del otro lado, por su parte, no se cansarán de recordar la muerte del peón Pascacio Báez o los sucesos del 14 de abril de 1972).

Parece razonable afirmar, como lo entienden muchos, que si los tupamaros cometieron "actos delictivos", ya los han pagado sobradamente con los años de prisión que cumplieron en condiciones inhumanas. Creo, sin embargo, que este argumento sólo puede convencer a las partes interesadas. Para un sector no desdeñable de la población, los tupamaros, incluyendo a nuestro actual presidente, no son otra cosa que "asesinos" o "terroristas", y llevarán ese estigma a la tumba. A la inversa, para otro sector no desdeñable de signo opuesto, los miltares no son otra cosa que "asesinos"o "golpistas". Pero además, son "milicos", es decir, el epítome de la prepotencia, de la arrogancia, de la violencia indiscriminada ejercida contra la población civil a la menor oportunidad que se presente.

A causa del accionar conjunto de las FF.AA. y de la Policía en los años '70 y '80, el aborrecimiento se hizo extensivo a estos últimos. No creo necesaria una encuesta de opinión para confirmar la sospecha de que buena parte de la población considera a la Policía como una institución incompetente, ineficaz y corrupta. Alcanza con ver, por ejemplo, el comportamiento del público que asiste a un espectáculo deportivo cuando aparecen en escena los funconarios policiales: aún sin llegar a la trifulca generalizada, es perceptible el fastidio y la hostilidad de unos hacia otros. Es probable que a los policías el aborrecimiento se les haga aún más palpable que a sus "colegas" del Ejército, quienes generalmente tienen menos contacto con la población civil. Y no dudo de que los integrantes de la Policía y del Ejército saben que son excecrados por buena parte de la población, y que ese conocimiento potencia su accionar: son parte de una casta odiada pero poderosa, por lo cual no es extraño, en definitiva, que el ejercicio de la represión - siguiendo con el ejemplo anterior, en el caso de un "desborde" en un partido de fútbol - sea conducido con una violencia inusitada, que antes parecía reservada exclusivamente a las manifestaciones obreras o estudiantiles.

¿Dónde nos deja todo este amasijo de situaciones entrecruzadas, ese sentimiento de desprecio mutuo que conlleva esporádicos estallidos de violencia? Hace pocos días, el presidente Mujica levantó una polvareda de opiniones en contra de su idea - que no llegó a ser "proyecto" - de otorgar el beneficio de la "prisión domiciliaria" (espero entender algún día el carácter punitivo de esa medida, si es que lo tiene) para los reclusos de más de 70 años de edad, lo cual beneficiaría a los dinosaurios de la dictadura que fueron remitidos a la cárcel en los últimos años. Creo que no cabía esperar otra reacción, más allá de entender, ya que no compartir, el trasfondo humanitario y la indiscutible grandeza del planteo realizado por el Presidente de la República.

Entiendo que un saludable primer paso sería que las FF.AA. se dirigieran  a la ciudadanía, a través de sus representantes de mayor rango, y expresaran su contricción por los sucesos de la época dictatorial, así como su voluntad expresa de "nunca más" incurrir en aventuras semejantes, comprometiendo en ello el honor colectivo de la institución. Creo que tal acción contribuiría a iniciar una distensión imprescindible, antes de que la población civil empiece a mirar con otros ojos a sus compatriotas uniformados y armados.

Desdichadamente, parece una ilusión vana esperar que algo así llegue a ocurrir, sobre todo luego de las recientes declaraciones de un jerarca militar en las que se refería a un presunto "estado de guerra interna" vigente en la actualidad. Llama la atención la poca difusión que tuvo el hecho y las escasas repercusiones que ha generado hasta el momento en el sistema político, distraído quizás por el fragor de la próxima "contienda electoral" o por el reciente fallo de la Corte de La Haya. En definitiva, parece que no habrá conciliación posible entre civiles y militares hasta que estos últimos decidan que vale menos su "orgullo" y su "fuerza" que el respeto de los ciudadanos. Eso, o hasta que la muerte nos separe.

 

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