The Dark Knight Chronicles
El Caballero Oscuro escribe sobre cine, letras y otras inutilidades varias

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10.01.2012 13:47 / INUTILIDADES VARIAS

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UN RANCHO EN LLAMAS

 

Fue otro hecho trágico, entre los tantos que nos depararon estos primeros días del 2012; que seguramente no será "el año del fin del mundo", pero que ha comenzado muy mal para nuestra sociedad:

"Una joven madre y un bebé de tres meses murieron calcinados esta mañana en un hecho criminal protagonizado presuntamente por un menor de edad, que en forma intencional roció una vivienda precaria con combustible y la prendió fuego mientras la familia dormía.

Este nuevo hecho de violencia pudo haber sido mayor si los otros dos hijos de la señora, de 8 y tres años, no hubieran podido escapar del fuego, aunque igualmente sufrieron quemaduras de consideración en sus cuerpos."

(Fuente: http://www.elpais.com.uy/120107/ultmo-617215/ultimomomento/madre-y-bebe-murieron-calcinados-en-un-nuevo-hecho-de-violencia-en-salto/

Importa, me parece, señalar dos cosas. Una, que hasta el momento no se ha probado la culpabilidad del presunto autor ("un menor") de este acto de barbarie. En tanto ello no se cumpla, sin dejar lugar a ninguna "duda razonable", parece inútil (e igualmente bárbaro - de barbarie, claro) salir a vociferar pidiendo la cabeza de ese "menor".

La segunda cosa a señalar es, precisamente, qué hacemos como sociedad con un individuo, sea de la edad que sea, que es capaz de cometer una salvajada semejante. Quien esto escribe no tiene la respuesta: soy contrario a la pena de muerte por la sencilla razón de que un acto de venganza "legal" o "social" no resuelve absolutamente nada.

Pero por otra parte, se me hace difícil creer ciertos planteos públicos que se refieren a la "recuperación" de una persona que es capaz de hacer una cosa así. Ya no hablamos de alguien que (acción injustificable) disparó un arma de fuego en una acción delictiva para evitar ser capturado: hablamos de alguien que - a sangre fría o en un rapto de demencia homicida - hizo morir de manera atroz a una joven madre y a un bebé.

Si el acto fue cometido con plena conciencia por el individuo, no se me ocurre ningún posible referente, a excepción de un exterminador de Auschwitz, con el que comparar al asesino. Si hablamos de un demente, la única comparación que se me ocurre es con un perro rabioso. Que yo sepa, en ninguno de los dos casos la sociedad se ha planteado nada parecido a una "recuperación" o "rehabilitación". De manera harto desoladora, la alternativa parece ser, en definitiva, entre barbarie y barbarie.

 




23.12.2011 12:28 / INUTILIDADES VARIAS

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LOS URUGUAYOS LE DICEN NO A LA AGRESION IMPERIALISTA: ENTREGAN MEDIO MILLAR DE FIRMAS EN SOLIDARIDAD CON LA REPÚBLICA DE IRÁN (Diario "La Juventud", 20/12/2011)

"¿Los enemigos de mis enemigos son mis amigos?" Así parece creerlo ese puñado de alucinados o irresponsables (no son mutuamente excluyentes) que se dan a sí mismos el nombre de "Asamblea Popular", y que apenas captaron un 1% del voto de "los uruguayos" en las últimas elecciones.

Quienes me conocen saben muy bien lo que pienso del imperialismo (estadounidense, europeo o de donde que sea). Saben lo que pienso acerca de un sistema social basado en el lucro y el consumo. Saben lo que pienso acerca del derecho de autodeterminación de los pueblos y la no intervención de otras naciones y sus ejércitos en donde no los llaman.

Ahora, de ahí a que haya gente en nuestro Uruguay, presuntamente laico y democrático, que manifieste su apoyo a un gobierno (que no a un pueblo) teocrático y autoritario que se rige menos por una constitución que por el Corán, so pretexto de "combatir al imperialismo norteamericano", me parece pura y simplemente una barbaridad, si no una reverenda estupidez.

El pueblo iraní tiene todo el derecho a profesar el credo religioso que más le plazca y soportar la forma de gobierno que le haya tocado, sin que ningún Rambo o Capitán América se inmiscuya en esos asuntos. Hasta ahí, de acuerdo; y hasta ahí deberíamos llegar. No hay necesidad de formar ningún "frente solidario" con un sistema que entre otras lindezas ha ejecutado recientemente a una mujer "por ejercer la hechicería".

La movida de la llamada "Asamblea Popular", aunque de importancia nula en sí misma, demuestra una peligrosa ingenuidad en ciertas personas, seguramente bienintencionadas pero lamentablemente equivocadas. Apoyar explícitamente a la República Islámica de Irán (y nótese que se ha omitido en el titular la referencia religiosa) no es a mi entender el mejor camino para "combatir el imperialismo" y muchísimo menos para "avanzar hacia el socialismo". Es simplemente apoyar a un sistema autoritario, refractario a cualquier pensamiento crítico que contradiga las enseñanzas de su religión y que de ser consecuente con sus principios, no dudaría en barrer a los "infieles" (incluyendo a los de la "Asamblea Popular") de la faz de la Tierra. No ganaremos nada si cambiamos un sistema capitalista salvaje por un sistema teocrático no menos salvaje. Los integrantes de la "Asamblea Popular" del Uruguay, tal vez demasiado enceguecidos por su odio visceral a los EE. UU., no parecen darse cuenta de esto.

 




02.12.2011 13:13 / INUTILIDADES VARIAS

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"LO HICIERON USTEDES"

 

Tres hechos violentos, cada uno con distinto grado de notoriedad pública, se han producido en los últimos días. Paranoia, negligencia, miedo, pura y simple estupidez: son algunos de los términos que nos vienen a la mente ante lo ocurrido. También  locura, en el sentido médico de la palabra. Una enfermedad colectiva que se viene instalando de manera lenta e insidiosa en nuestra otrora  - presuntamente - pacífica sociedad. Y que de continuar progresando terminará deteriorando de manera irreversible nuestra forma de convivencia mutua.

Tal vez lo más inusual de estos hechos sea la condición de las víctimas y de los victimarios. En el caso más reciente, un hombre disparó un arma contra su propio padre, de manera deliberada, desde la ventana de su casa. No sabemos qué violencias encierra la historia de este padre y este hijo, violencias que culminaron precisamente en un acto de violencia definitiva, irreversible. Es de suponer que el individuo actuó en un arrebato de furia, nublada por completo su razón, por motivos que él conocerá. Sin ser esto una justificación de la atrocidad cometida, estoy convencido de que saber finalmente que el parricida cometió el crimen con total serenidad, como una venganza calculada y plenamente consciente de lo que estaba haciendo, sería mil veces más siniestro.

El segundo hecho - en orden cronológico inverso - fue la muerte de un bebito de unos ocho meses, ocurrida durante un incendio accidental en la vivienda en que se hallaba el pequeño. Lo que podía ser una terrible fatalidad como tantas otras similares que han sucedido, se transformó en un acto paradigmático de negligencia, de estupidez, de irresponsabilidad, al enterarnos de que la pareja que tenía a su cargo al bebé (la madre biológica y su concubino) lo habían dejado solo en la casa y "se habían ido a bailar". Ambos volvieron a su casa a altas horas de la madrugada, cuando ya el incendio y la vida del niño se habían extinguido. Se dijo que estos irresponsables no habían dudado en dejar al niño "porque de noche siempre se quedaba dormido". Nuestro estupor ante semejante muestra de "inocencia", que es una absoluta "inconsciencia", sólo se ve superado por la triste idea de la vida futura que el pequeño muerto pudo haber tenido al "cuidado" de semejantes "padres".

El acontecimiento que acaparó casi absolutamente la atención pública en los últimos días fue indudablemente la muerte absurda de una joven a manos de su propio padre, que hizo fuego contra ella al confundirla con un delincuente. Los detalles de este caso han sido harto voceados por todos los medios, de manera tal que no vale la pena revisarlos aquí. Pero la derivación inesperada del asunto fue la marcha realizada - en realidad, convocada varios días antes del asesinato - por los vecinos de la zona de Carrasco, en demanda de "mayor seguridad". La interpelación directa al gobierno de turno (en la persona del Ministro del Interior, cuyo nombre fue expresamente mencionado), y a la oposición "para que presione al gobierno" fueron algunos de los reclamos efectuados en la proclama que se leyó en esa oportunidad.

¿Qué podemos pensar de todas estas tragedias casi simultáneas? En lo que refiere a la acción del gobierno, concretamente a la acción represora del delito, es indudable que la situación parece desbordar actualmente las posibilidades de las autoridades. Intensificación del patrullaje, detención preventiva de elementos sospechosos ("razzias"), incorporación de efectivos militares a la policía; son medidas que quizás sería conveniente adoptar (y que han sido llevadas y traídas con una frecuencia desconcertante, sin que se llegara nunca a acordar una solución). Por otra parte, no hay que olvidar que algunas voces se alzaron contra los "megaoperativos de saturación" llevados adelante por el Ministerio del Interior, considerándolos una medida "discriminatoria" contra determinadas zonas de Montevideo, cuestionando incluso la campaña que supuestamente iba dirigida contra esa misma discriminación (el famoso "Yo los defiendo" de la Policía). Es inevitable recordar aquello de "palos porque bogas y porque no bogas, palos". La proclama de la marcha de Carrasco - leída con bronca y con dolor comprensibles y compartibles - parecía reclamar al gobierno medidas aún de mayor fuerza. Es posible, pero ¿qué nos queda, aparte de realizar ejecuciones masivas en las zonas marginales y en las cárceles?

Entiéndase, por favor, que esto no es una defensa del gobierno ni una "disculpa" del delito. Por mi parte, y por lo que pudiera valer, yo exigiría para los delincuentes irredimibles la pena más disuasoria que conozco, la abominación absoluta de cualquier recluso: trabajo forzado. Sería más saludable que el hacinamiento ocioso de centenares de personas. Sería, quizás, una forma de doblegar el espíritu "altanero" de muchos delincuentes, sería quizás una forma de hacerlos repensar sus acciones, sería incluso una forma de "cansarlos" para evitar motines y disturbios varios. Pero en realidad, no es esta la cuestión de fondo que motiva la redacción de estas líneas.

Estos tres hechos recientes de violencia, cada uno con sus características particulares, son - porque no pueden ser otra cosa - tres instantáneas horrendas de una manera de vivir que va en contra de los más elementales derechos de los seres humanos; empezando, qué duda cabe, por el derecho a la vida. Es algo que uno está hastiado de repetir, porque parece tan evidente que cuesta creer que aún no hayamos tomado conciencia de ello: un sistema social basado en la competencia insana, en el afán de lucro, en la adquisición y acumulación de bienes, que sólo permite la realización plena de aquellos que cuentan con dinero para acceder a las posiciones "de privilegio", no puede generar otra cosa más que encumbramiento de unos pocos y exclusión de muchos. La exclusión, el saberse "afuera" de una sociedad que los rechaza y los desprecia, lleva a muchos, a cada vez más "muchos", a devolver ese rechazo y ese desprecio bajo la forma del crimen. La violencia creciente del crimen lleva al temor y a la paranoia de los que se sienten "en peligro". Y entre los excluidos campea todo lo que conlleva la pobreza: ignorancia, irresponabilidad, negligencia, violencia... En esa espiral diabólica se insertan estos lamentables sucesos que cobraron esas vidas.

Y que no se piense que se trata aquí de repartir culpas y/o absoluciones, pero hay que decir que la "marcha de Carrasco", más allá de la tragedia que actuó finalmente como disparador, parece en un sentido una enorme paradoja. Puede que no suene muy "políticamente correcto" expresarlo de esta forma, pero creo que hay un hecho indiscutible: los nombres de las calles "Arocena y Schroeder" (lugar de concentración de la marcha y de lectura de la proclama) no evocan lo mismo para los montevideanos que, por ejemplo, los nombres de las calles "San Martín y Chimborazo" o "Aparicio Saravia y Tímbúes" o "Camino Oncativo". 

"Carrasco", concretamente "Carrasco al Sur", pegado a nuestra maravillosa costa, evoca en el imaginario ciudadano todas esas postales de riqueza, poder y placer que tantas veces aparecen en las pantallas de nuestros televisores (televisores que abundan también en los rancheríos). "Carrasco", acertadamente o no, se asocia con aquellas personas que de manera consecuente han bregado por mantener un sistema de privilegios para algunos y miseria para otros, con los resultados que ya conocemos.

Esto, repito una vez más, no es una justificación de la delincuencia. No podemos ni siquiera decir que comprendemos lo que sienten los familiares de la joven asesinada accidentalmente por su padre: la dimensión de su dolor va más allá de lo que podemos concebir. Pero hay que decirlo: la muerte de la joven de Carrasco - como la muerte del bebé, como la muerte del padre a manos de su hijo - no son hechos aislados. Forman parte de un cuadro absurdo y horrible, ante el cual a algunos de los que aplaudieron durante la marcha en Carrasco seguramente correspondería decirles lo que dicen que Picasso le respondió a los asombrados oficiales nazis que vieron por primera vez el "Guernica": "¿Ud. hizo esto?" preguntaron. "No", replicó el artista, "lo hicieron ustedes".




22.06.2011 12:14 / INUTILIDADES VARIAS

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COMO PECES EN EL AGUA

 

Hace ya un buen tiempo que la expresión "sociedad de consumo" está ausente del debate público. Seguramente porque hace rato que estamos inmersos en ella, y de igual modo que el pez no percibe el agua que lo rodea como otra cosa que su ámbito natural de existencia, ya no concebimos otra forma de organización social.

Recuerdo haber leído en cierta oportunidad la cínica proclama de que "la guerra entre los ricos y los pobres ya la ganaron los ricos hace tiempo". Ciertamente, el mayor triunfo de "los ricos" ha sido extender el consenso de que la única forma de sociedad posible es la que ellos mismos han creado. Si no me engaño, el nervio motor de ese consenso es el mito de que "cualquiera puede acceder a la riqueza", ya que "las oportunidades son las mismas para todos". Se supone que este enunciado se llevó por primera vez a la práctica, de manera estruendosa, hacia fines del siglo XVIII, en la costa este de América del Norte y en el reino de Francia, con algunos años de diferencia. Poco más de doscientos años después, con el paradigma "liberal" ya extendido en buena parte del mundo, tenemos la penosa impresión - ante la apabullante inequidad que sigue predominando en el planeta - de que en el mejor de los casos somos víctimas de nuestra propia ineptitud para construir una sociedad más justa. En el peor de los casos, hay que pensar que hace más de dos siglos venimos siendo estafados de manera continua y sistemática por todos los que durante décadas nos han prometido, de una forma u otra, el Paraíso en la Tierra.

La morfina mediática que generosamente nos suministran los círculos de poder nos ha convencido de que la vida debe ser una fiesta continua. No la fiesta como merecido descanso, o como celebración puntual de alguna meta obtenida en común, sino la fiesta, si se me permite el horrible oximoron, como "estado del alma". Casi no hay dudas de que la misma idea de "fiesta" lleva implícita la prioridad de la satisfacción física individual y la proscripción del pensamiento. En cualquier "fiesta" generalmente comemos y bebemos (con mayor o menor exceso), bailamos y reímos y ahuyentamos de nosotros los pensamientos.

La "fiesta", naturalmente, es exclusiva para los "invitados": el resto del mundo queda puertas afuera del salón, aunque se supone que la invitación se extiende a todo aquel que haga méritos suficientes como para alcanzarla. No parece haber ultraje mayor que el sentirse o saberse excluido de la lista de invitados. No parece haber idea que aterrorice más a "promotores" y "participantes" por igual, que la de que en algún momento la "fiesta" pueda terminarse. O peor aún, que "deba" terminarse.

La "libertad para consumir", propia de una fiesta, aparentemente llevaría implícita la noción de "libertad para elegir", piedra fundamental de los sistemas democráticos. Cuestionar lo primero es por lo tanto, poner en tela de juicio la legitimidad y el valor de la democracia. Tal ha sido el canto de sirena que el capitalismo ha venido entonando desde que se hizo con el poder en el mundo, asumiendo el camuflaje político de una "democracia para todos". No es seguramente una coincidencia que el desarrollo de la "globalización" en América del Sur se inicie con la restauración de los regímenes democráticos en la década de 1980. Luego de años y años de penosas dictaduras militares, la democracia pasó a ser el tótem intocable, el último tabú político del continente. "Con la democracia se come, se cura y se educa", proclamó en la Argentina el Dr. Raúl Alfonsín, primer presidente electo democráticamente en ese país luego de la última dictadura militar; y no hay por qué dudar de la sinceridad o de la exactitud de esta frase. Pero el hecho es que, más que para comer, curar y/o educar, la democracia fue utilizada como el trampolín perfecto para "el derecho a consumir". Ése y el derecho a "la propiedad" parecen contar mucho más para ciertas mentalidades que el derecho a la alimentación, el derecho a la salud o el derecho a la educación. Lo increíble, lo lamentable, es que esa manera de pensar se haya extendido, como por lenta y continua infiltración,a todas las capas sociales.

No estoy haciendo aquí una apología del "pobrismo", ese neologismo despectivo que algunos han utilizado puntalmente para referirse a ciertos aspectos de la gestión del actual gobierno del Uruguay. La trampa que hay que evitar - o de la que hay que salir - es la de confundir, como señaló agudamente Eduardo Galeano, "calidad de vida con cantidad de cosas". Basar nuestra forma de vivir en el "derecho al consumo" más o menos desenfrenado - de acuerdo a las posibilidades de cada uno, con amplia y evidente ventaja para la minoría con más dinero - y además con la convicción de que en ese consumo encuentra su máxima justificación el sistema democrático, no puede resultar nunca en nada bueno. A los hechos de violencia cotidianos, de triste y pública notoriedad, me remito.

 




26.05.2011 16:26 / INUTILIDADES VARIAS

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¿Y LA CABEZA DÓNDE ESTÁ?

 

"Quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los 40 lo siga siendo, no tiene cabeza"
Winston Churchill

 

 

Consecuencia de vivir en un país donde aún quedan muchísimas cuentas por saldar con el pasado, reciente o no. Efecto colateral de la empecinada discusión parlamentaria sobre la tristemente célebre Ley de Caducidad de la Pretención Punitiva del Estado, ley aborrecible, indefendible, impresentable y ratificada por el pueblo uruguayo si no en dos al menos en un plebiscito. El hecho es que el tema de la relación entre los uruguayos "de a pie" y la dictadura cívico-militar de 1973-1984 ha cobrado en estos días una notoriedad que hacía ya algún tiempo no se le concedía. Vaya como ejemplo la convocatoria que aparece anunciada con gran despliegue en la fachada de la Facultad de Humanidades: "Memoria de niños y jóvenes en dictadura: ¿Cuál es tu historia?" (ver http://elpolvorin.over-blog.es/article-uruguay-memoria-de-ni-os-y-jovenes-en-dictadura-cual-es-tu-historia-61313816.html)

Voy a aceptar en este espacio la invitación realizada por la Facultad, sin remitir a ella el resultado. Quien suscribe, por meras razones de cronología, pasó buena parte de su niñez - como tantos otros - en los años en que el régimen dictatorial ejercía su poder en el país. Lamento declarar que mi "historia" de esos años carece absolutamente de cualquier elemento que pueda suscitar algún tipo de emoción en quien se moleste en leerla. Quizás por eso mismo - a la luz de tantas historias dramáticas que han surgido luego de que las botas se retiraron de nuestro espinazo - puede parecer asombrosa.

Yo deploro haber carecido de la perspicacia necesaria para darme cuenta, a los seis años de edad, que la democracia en Uruguay había sido arrasada. Seguramente mis mayores, mis padres y abuelos, supieron mucho más que yo de tan terrible asunto. Deploro también admitir que mi hogar en aquellos no fue, que yo recuerde, un modelo de "militancia". Más allá de votar a la izquierda en 1971 (mi abuelo era un comunista de la vieja guardia, admirador de Stalin para más datos), mis padres no tuvieron participación activa en la política; y fuera de algún episodio de postergación en su carrera laboral - me alegro de poder decir que tampoco fueron jamás chupamedias de los milicos - no sufrieron en carne propia la atroz persecución que desató el régimen. Voy a tomarme el atrevimiento de expresar mi alivio y mi alegría por ello, y por ellos. Probablemente habrá quien piense que mis padres fueron unos meros cobardes, que no se la jugaron por la Patria, que hicieron la plancha... Puede ser. (Quien así piense, tiene toda la libertad para expresarlo en este espacio, si así lo desea. Yo sé quiénes son, quiénes fueron, qué hicieron y qué no. No necesitan que yo los justifique) (1)

En lo que a mi concierne, en esos años, la dictadura quedó puertas afuera. De mi niñez en esa época no hay nada para decir. Asistí al colegio y después al liceo, con túnica y uniforme, respectivamente. Por cierto, jamás me produjo ninguna contracción muscular o crisis de nervios el hecho de "ir de uniforme" al liceo. Creo que a la gran mayoría de mis compañeros tampoco les produjo secuelas graves, ni siquiera a los que por desprolijidad natural solían llevar el uniforme de cualquier manera - tampoco vi a nadie estaqueado o colgado de los pulgares por tan tremendo delito. En cuanto al famoso tema del "pelo largo", del cual las estudiantes femeninas estaban por naturaleza exentas, no recuerdo que ello nos generara a los muchachos problema alguno. Y no, nadie nos obligó nunca a llevar el pelo corto "a lo milico", ni nuestros padres ni nuestros docentes, y de hecho, no recuerdo a ninguno de mis compañeros luciendo tal muestra de "hair style".

De la calidad de la educación en la dictadura no había mucho que pudiéramos decir. En primer lugar porque no tuvimos jamás voz ni voto en el tema, en segundo lugar porque "era lo que había, valor". Cierto, en las clases de Historia Nacional no llegábamos jamás a superar el año 1830. Más tarde, quienes tuvimos el displacer de enfrentarnos a los impenetrables textos de  Historia Universal de Susana Mazzara y Matilde Arocena nos encontramos con notas al pie de página que aseveraban cosas como que "la teoría marxista de la lucha de clases contradice uno de los principios fundamentales de la civilización occidental, de raíz cristiana, basado en el amor y la colaboración fraterna". Ya para la época en que mis ojos tropezaron con esta lindeza inolvidable, tenía bastante discernimiento y cierta información de lo que ocurría en el mundo. como para comulgar con esta y otras ruedas de molino semejantes.

Tal vez la nuestra fue una adolescencia "pasatista", como expresaron en su momento algunas voces admonitorias (lamentando seguramente que no fuéramos algo equiparable a la guerrilla sandinista). Recién hacia 1980, con el terremoto plebiscitario o ya en 1983, cuando las famosas "internas", nos fuimos dando cuenta de que algo estaba pasando. Personalmente, era un fenómeno que no podía ignorar, pero en mis pensamientos ocupaban un lugar secundario. Por un lado, empezaba a descubrir la música como medio de expresión (y también en eso cometí el pecado casi mortal en aquella época de mantenerme ajeno al "canto popular"). También por aquel entoces los aspectos más desdichados de la sexualidad incipiente y las primeras y tristes degustaciones del "desengaño amoroso" y el "rechazo", significaron más para mí que la derrota de Jorge Pacheco Areco o la liberación de los presos políticos. Paradójicamente, la "caída de la dictadura" y el "retorno a la democracia" coincidió con una de las etapas más ingratas de mi vida personal, que no es del caso exponer aquí. Lamento no haber podido participar de estos sucesos admirables con el 100% de felicidad correspondiente que todos parecían respirar en 1984. (Desde luego, no soy tan necio como para establecer una relación causa-efecto entre la recuperación de la democracia y las desdichadas experiencias familiares que me tocó vivir en aquel momento).

Mi redención llegó cuando hacia 1985 empecé a "militar" activamente en el comité de base del FA que correspondía a nuestro barrio. Allí me apliqué con conciencia a realizar lo que creía sería mi contribución personal a la tan ansiada "revolución" que tanto necesitábamos. El idilio duró más o menos hasta 1989, cuando el batacazo que supuso el triunfo del "voto amarillo" (la ratificación de la Ley de Impunidad) dio por tierra con buena parte de nuestras ilusiones. Muchos se sobrepusieron y continuaron la lucha. Otros muchos, entre los que me cuento, pasamos a ejercer un papel menos "activo", sin dejar de apoyar a través del voto las propuestas políticas en las que creíamos o creemos. No sé si llamarlo decepción, quizás simplemente terminamos encontrando nuestras cabezas.

(1) Dicho sea de paso, mi familia no perteneció jamás a la "oligarquía" ni a las "clases acomodadas". Tampoco fueron "proletarios" explotados en fábricas, o "pobres" o "indigentes". Mis padres eran lo que fueron muchos habitantes de Montevideo en esa y en otras épocas: trabajadores empleados en empresas públicas y/o privadas, que ganaban su sueldo y de él vivían. Mis abuelos eran jubilados.


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