The Dark Knight Chronicles
El Caballero Oscuro escribe sobre cine, letras y otras inutilidades varias

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22.06.2009 16:42 / CINE

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I'm Batman

El 23 de junio de 1989 se estrenó "Batman", el largometraje de Tim Burton que lanzó a las pantallas del mundo la figura del Caballero Oscuro. Veinte años más tarde vale la pena - quizá - recordar los orígenes de la película, los numerosos cambios que se produjeron durante el desarrollo del proyecto y las discusiones que provocó la visión del personaje que nos mostró el film.

Hasta 1986, Batman no era el Caballero Oscuro, o al menos nunca lo fue para mi. Contra lo que muchos clamaron y luego muchos repitieron, personalmente nunca hallé grandes diferencias entre las historietas de Batman que leía en mis años juveniles (década de 1970) y la serie de televisión de 1966. Desde luego, el éxito de la serie influyó en el cómic, como no podía ser de otra forma; pero las historietas de los años 50' - época de censuras y recortes - no estaban tan alejadas de lo que luego nos mostraría la TV. La "ingenuidad" del dibujo y la banalidad de muchos guiones eran constantes y evidentes. Hubo quien afirmó que el "verdadero" Batman de Bob Kane era el que había aparecido en 1939 y había persistido en su forma más pura durante un año, más o menos. Y efectivamente, aquel Batman - que yo conocí a través de reediciones muy posteriores -  tenía un cierto corte siniestro, más por el entorno y por las amenazas que enfrentaba (zombies, vampiros, hombres lobo) que por lo que era el personaje en sí. Luego, con el agregado de Robin - un cambio fundamental, aunque no fue el único factor - la cosa cambió. Las historias fueron adoptando un aire más liviano y colorido, y hasta un asesino a sangre fría como el Joker se convirtió en un payaso incompetente. Nadie en su sano juicio habría apostado en aquel momento por Batman como el prototipo del "héroe conflictuado", monologante y esquizofrénico que años más tarde se adueñaría de las pantallas.

El asunto fue que hacia los años '80, el mundo comenzó a percibir que algunas cosas que antes parecían tan claras y coloridas no lo eran tanto. Nuevas tecnologías (la informática, la televisión por cable) iban entrando en la vida cotidiana, y una avalancha de información de toda índole cayó sobre nosotros. Probablemente muchos estadounidenses se dieron cuenta de que el "sueño americano" - que ya había mostrado sus fisuras en la década anterior - era en realidad una tapadera que encubría ciertas realidades incómodas, sin ir más lejos, las dictaduras militares de América del Sur, en aquel momento apadrinadas directamente por el buen Tío Ronald. Crisis tras crisis, los "americanos" descubrían que los USA tal vez no eran tan magníficos como muchos creían. Hacia fines de los 70' "Superman" volaba en las pantallas portando orgullosamente la "star-spangled banner", hacia fines de los '80 esa imagen victoriosa no parecía demasiado ajustada al sentimiento de fracaso y decepción que se iba extendiendo paulatinamente en la conciencia de muchos - no por otros motivos estalló el "punk-rock" algunos años antes en la Gran Bretaña de Mrs. Tatcher.

En 1986, Frank Miller dio a conocer "The Dark Knight Returns", la historieta que dio un vuelco total al personaje de Batman. Con su trazo grosero y desprolijo, y su mezcla de colores violentos y oscuridad impenetrable, "...Returns" marcó la pauta a seguir para las futuras versiones de los "héroes de historieta". Y de paso, se dijo, "devolvió" a Batman a sus orígenes como "el vengador de la noche" que había concebido Bob Kane. Es posible, pero no me consta. Tengo la impresión de que Miller recreó a conciencia al personaje y lo moldeó según sus propios conceptos estéticos y "morales", muchas veces en las antípodas de lo que seguramente pensaba Kane. Por ejemplo, casi nunca en las historietas anteriores de Batman - o en ninguna otra que yo recuerde - el "entorno social" y los "medios de difusión" alcanzaron el protagonismo que les adjudicó Frank Miller en su trabajo, dando así a la historia un tono "realista" e inquietante jamás alcanzado hasta el momento.

El cine, entretanto, aguardaba. El éxito del "Superman" de Richard Donner y Christopher Reeves en 1978 había asegurado la "rentabilidad" de las "películas de superhéroes" en formato de superproducción. La realización de "Batman" en la pantalla grande conoció innumerables idas y venidas, sobre todo porque nadie estaba muy seguro de qué hacer con él ni de cómo encarar una historia de Batman - la alternativa "Batman en serio / Batman en joda" estuvo largo tiempo en el tapete, al punto tal de que en algún momento se llegó a pensar en Bill Murray y Eddie Murphy (!!) para protagonizar al dúo, dinámico o no.

Casi de la nada surgieron algunos nombres no demasiado conocidos que finalmente se hicieron cargo del timón. Cuando la Warner  resolvió asignar la dirección del film a Tim Burton, seguramente nadie esperaba demasiado de un realizador que apenas contaba unos treinta años y sólo había dirigido un par de comedias de discreto éxito. Pero Burton, como Bruce Wayne, ocultaba una personalidad bastante más sombría y decidió proyectar esa faceta en su visión del personaje. Suyas fueron algunas decisiones radicales e inesperadas, como el hacer de Gotham City una mezcla delirante de Nueva York en los '40, el Londres de Sherlock Holmes y (cuándo no) la "Metrópolis" de Fritz Lang. Asimismo, Burton trajo el concepto del disfraz de Batman como algo más próximo a una armadura hi-tech antes que a una vestimenta de ballet reforzada. "Desde un principio decidimos que sería un traje negro", declaró el director en los extras de la edición en DVD. "No queríamos que fuera gris o azul... Y desde luego, el "leotardo" (las mallas ajustadas que usaba Adam West en la TV) era totalmente ridículo. No íbamos a mostrar a un tipo que andaba por ahí con los calzoncillos por afuera".

Esto último sin duda resultó un golpe de suerte para Michael Keaton, cuya designación para el papel protagónico causó un revuelo sin precedentes. El rechazo fue unánime: nadie quería ni creía como Batman a aquel "comediante" en quien sólo Burton parecía confiar. (Maliciosamente, durante muchos años, incluso hubo críticos y "kríticos" que se refirieron a Keaton como el "Batman enano", cuando en realidad el actor tiene una respetable estatura de 1,75 mt.) A pesar de que el aspecto físico de Keaton daba lugar a ciertas dudas, la elección no se trataba de un mero capricho de Burton y finalmente el actor estuvo a la altura del desafío - su interpretación se asemeja, a mi entender, a la que hiciera Tyrone Power en "La Marca del Zorro".

También hubo algunas dudas respecto a Jack Nicholson, la carta fuerte de la película. Extrañamente, aunque la solvencia y convicción del actor son indiscutibles, el Joker (el personaje) resultó devorado por Jack Nicholson (el intérprete). Me atrevo a decir incluso que en las escenas previas a la "transformación", Nicholson, como el pistolero a sueldo Jack Napier, "mete más miedo" que el Joker. Pero de cualquier modo, como señalaba el productor Peter Guber, la presencia de un grande como Nicholson y la seriedad con la que éste encaró su extravagante papel, aportaron "respeto" a la realización y elevó las expectativas en torno al film.

Poco más hay que agregar acerca del cast: la hermosa Kim Bassinger cumplió sin mayores dificultades con un papel esencialmente decorativo (nos quedará la duda eterna de si Sean Young lo hubiera hecho mejor o no); mientras que Billy Dee Williams y Pat Hingle (Harvey Dent y el Comisionado Gordon, nada menos) fueron poco menos que ignorados por el guión de manera impiadosa. Y en efecto, es válido en cierta medida el reproche que se le hace a "Batman" en cuanto a que el argumento es bastante deshilachado (hubo quien se refirió a la película como "pretenciosa, aparatosa y sin libretista".) El responsable, Sam Hamm, intentó evadir luego algunas culpas, declarando que algunos resbalones puntuales - el joven Napier/Joker asesinando a los padres de Bruce Wayne, por ejemplo - no salieron de su máquina de escribir. Justo es decir que el trabajo de Hamm repuntó luego en buena medida en "Batman Returns".

Por otra parte, un acierto del film fue la banda sonora compuesta por Danny Elfman, otro tanto para un individuo que estaba absolutamente por fuera, no ya del mundillo del cine sino de la música "orquestal" (era un ex-integrante de la banda new-wave "Oingo Boingo"). Su incorporación a la película se debió a su amistad con Tim Burton y su "Tema de Batman" quedó finalmente como una obra maestra de la música para el cine.

A veinte años de su estreno, el balance del "Batman" de Tim Burton resulta inesperado. Muy pocos "héroes de historieta" trasladados posteriormente a la pantalla escaparían del "aura dark" inaugurada por esta película. La puesta en escena dio un nuevo significado a las palabras "Ciudad Gótica", y no es casual que una película como "Dark City" (el título lo dice todo) se inspirara, al igual que muchas otras, en el diseño de Burton y Anton Furst. Por no mencionar a Christopher Nolan, que con su re-invención de la serie siguió en algunos aspectos la senda trazada veinte años atrás - por ejemplo, conservando y ampliando la idea de Burton del "bat-suit" y adaptando el ambiente "gótico" a la temible zona de "Los Estrechos" ("The Narrows"); además de mantener la línea de diálogo que figura en el título de este artículo y que se haría tan célebre como el "I'll be back" de Schwarzennegger.

A veinte años de su estreno finalmente "Batman"/Burton/Miller ha ganado la partida. El Caballero Oscuro llegó, o regresó, para quedarse.



17.06.2009 11:11 / CINE

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De izquierda a derecha: Chekhov, Kirk, Scotty, Dr. McCoy, Sulu... Quiero decir: ¿Chekhov, Kirk, Scotty, Dr. McCoy, Sulu?

"Llegar a donde nadie ha llegado antes... aunque sea a las patadas"

Lo iba a dejar pasar. No tenía demasiadas ganas de comentarla, realmente. Pero bueno, si J.J. Abrams & co. no pudieron con el "genio", se podrá perdonar que yo también - dentro de mis modestas posibilidades - sucumba a la tentación... Ante la avalancha de comentarios elogiosos que ha suscitado esta nueva y largamente esperada entrega de la "franquicia" (con perdón de la palabra) de "Star Trek", yo me encuentro una vez más navegando a velocidad WARP contra la corriente. No niego la posibilidad de que el problema esté realmente en los ojos del espectador - para el caso, quien esto escribe. Tal vez mis expectativas fueran demasiado elevadas, o tal vez el hecho de haber disfrutado sin culpa de las recientes "Wolverine" o "Terminator: Salvation" haya adormecido mis aprensiones ante lo que Hollywood puede hacer o deshacer cuando se lo propone.

Para empezar: esto no es "Star Trek Begins", como se nos indujo a creer erróneamente. El "mecanismo" de la historia es uno de los "secretos" del argumento, así que no cometeremos la estupidez de revelarlo aquí. Ese "mecanismo" permite quizás comprender el porqué de algunas decisiones del guión; que esas decisiones convenzan finalmente, o que su realización haya sido llevada a cabo con la destreza que cabría esperar, es otro asunto.

En el balance final, empero, yo no pude menos que concluir que la historia es mediocre y que las actuaciones lo son aún más. Personalmente, no pude "conectarme" con los personajes ni interesarme demasiado en su peripecia. Estamos de acuerdo en que ante una película de estas características no corresponde exigir la carga dramática o emocional de "Macbeth". Pero qué quieren que les diga: sustituir la pobreza de la historia (y la ineptitud general para transmitirla) con un derroche de "explosiones" y con movimientos de cámara "entreverados" más que vertiginosos, me parece un recurso demasiado burdo. No hay un desarrollo ni un "crescendo" argumental en esta "Star Trek", a diferencia de lo que  - con variables niveles de calidad - solía haber en las entregas anteriores. Todo parece estar siempre al borde del colapso y las vueltas del argumento se suceden porque sí o porque a nadie se le ocurrió una mejor idea. El "conflicto" es tan esquemático como el de "Star Wars" en 1977, lo malo es que faltan algunos pocos ingredientes - desde un Darth Vader hasta un John Williams - para que el resultado tenga algún atractivo.

¿Es acaso injusto pedir que esta "Star Trek" de 2009 sea otra cosa que lo que es? Ptolmes señalaba que la serie original de TV tampoco se distinguía por la calidad de sus actores, yo diría que tal vez lo que resultaba aceptable en 1966 probablemente debería haber evolucionado hacia algo mejor cuarenta y tres años después (con un argumento similar, Abrams y los suyos bien podían haber olvidado la jugetería digital, que por cierto, en general está utilizada con buen criterio. ¿Habríamos aceptado hoy una maqueta del "Enterprise" como la de la serie de TV deslizándose por la pantalla grande? Creo que no.)

A un guión deshilachado, con ciertas situaciones de dudosa gracia y personajes que no terminan de interesar, hay que añadir un elenco "juvenil" e inexperiente que opta por la histeria, las carreras y los dientes apretados, o bien, por la pura y simple tontería. Zachary Quinto (Spock) hace lo posible por mantener el equilibrio, más por las exigencias de su personaje que por su capacidad interpretativa,lo cual ha llevado sin duda a que se le otorgaran ciertos desmedidos elogios. Chris Pine es sencillamente insoportable, y si se puede admitir que mediante la "astucia" y el "ingenio" se gane finalmente los galones de capitán del "Enterprise", difícilmente aceptaremos que pueda ganarse además el respeto - no digamos ya el aprecio - de su tripulación. Por ahí leí alguna queja dirigida contra Karl Urban en su desempeño como el Dr. McCoy, lo que a mi juicio resulta injustificado en el contexto general. La joven y atractiva Zoe Zaldana dota a su personaje de Uhura de cierta sensibilidad y algo de picardía que estaba ausente del original, y se convierte en un inesperado "interés romántico", en una vuelta de tuerca que pudo haber sido, quizás, mejor resuelta. Bastante desperdiciado está el personaje de Sulu (John Cho) a pesar de una "secuencia de acción" que lo tiene como protagonista; mientras que Chekhov (Anton Yelchin) es presentado como una especie de "nerd" que a cinco siglos de la disolución de la URSS todavía tiene dificultades para pronunciar correctamente  algunas consonantes en inglés - ni el mismo Walter Koenig llegó a tanto. A Simon Pegg le correspondió encarnar a un Scotty en el que se decidió acentuar el aspecto cómico, con el único resultado de dejarnos con una ceja arqueada.

De los "veteranos", Ben Cross y Winona Ryder pasan sin mayor relieve por la historia, Bruce Greenwood compone su ya habitual personaje de "hombre-a-cargo-del mando" y Eric Bana sigue siendo para mí uno de los más fascinantes enigmas en la historia de los "castings" hollywoodenses (esto es, sigo sin entender qué cualidades tiene el tipo como actor.)

Los affiches promocionales de "Star Trek" anuncian que se trata de un film "Del director de 'Misión Imposible 3'". Soy incapaz de decidir si esta credencial tiene alguna validez. Aparentemente, Mr. J. J. Abrams tiene además cierta fama como director y productor de un par de series televisivas "de culto" ("Lost" y "Alias"). Otros sabrán apreciar mejor que yo el valor real de esto, invocando sin duda el carácter "rupturista" de las realizaciones firmadas por Abrams. Por mi parte, yo solamente puedo decir que, innovadora o no, "rupturista" o no, esta "Star Trek" me decepcionó lamentablemente. Una pena.



15.06.2009 11:28 / VIDEO CLIPS

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Abbott & Costello: "Quién está en primera..."

Bud Abbott y Lou Costello. Hay - cuándo no - quien los ha tildado de "mediocres cómicos", de acusarlos de tener una gracia "más radiofónica - por verbal, supongo - que cinematográfica". Hay quien puede pensar que muchas de sus películas no han resistido el paso del tiempo - sobre todo aquellas que incluyen números musicales propios de la época, como las Andrew Sisters. Puede ser. Lo único que sé con certeza es que Bud y Lou me han proporcionado inolvidables momentos de diversión en los más variados contextos; parodiando de paso el cine policial ("Quíen mató a quién"), el terror "clasico" de la Universal("A & C Contra Frankenstein"), la aventura a lo "Beau Geste" ("...en la Legión Extranjera") el melodrama con toques góticos ("Ni vivos ni muertos") y tantos otros subgéneros de los que se ha nutrido el cine, bueno y malo.

Bud siempre era "el astuto", el "ventajero", el "avispado", el "listo", pero aún en su faceta de "villano" era imposible odiar al actor de facciones angulosas y cabello engominado - en el fondo, todos sabíamos que todo el asunto era una joda. Lou era casi siempre el "inocente", el "ingenuo", la "víctima", que muchas veces pagaba finalmente los platos rotos de Bud y casi nunca se quedaba con "la chica", que lo abandonaba para irse con el "galán" de turno. Lo que redimía a Lou de ser una mera figura patética y lastimera era su increíble repertorio de muecas y expresiones, que no temía alcanzar extremos a veces "histéricos", aunque nunca resultaban molestos. ¿Cómo resistirse a la mirada desorbitada de Costello - muchas veces dirigida a la cámara, y por ende al espectador - cuando caía en la cuenta de que detrás de él se hallaba la Momia, el Monstruo de Frankenstein, el jefe indio o el asesino a sangre fría? ¿Cómo olvidar sus incoherentes tartamudeos cuando intentaba explicarle al tozudo e incrédulo Abbott que acababa de encontrar un "cadaver" en el mismísimo ropero? Hasta sus humoradas de golpe y porrazo - que comenzaban con la "cara de suficiencia" de Costello y terminaban invariablemente con el actor despatarrado por los suelos - disparaban la carcajada, aún cuando ya resultaran previsibles.

Probablemente el más célebre diálogo o "rutina" del dúo - e indudablemente uno de los "sketches" más perdurables del cine - sea este "Who's on first" que traslada una de las recetas más tradicionales del humor (el equívoco sentido de ciertas palabras) al ambiente "beisbolístico" tan caro a los estadounidenses y tan incomprensible muchas veces para nosotros. Por mi parte, he visto mil veces este "sketch" y sé que podré volver a verlo otras tantas y seguiré desternillándome de risa con los inolvidables Bud & Lou; cosa que muy pocos cómicos posteriores - ni hablar de presuntos "humoristas" del presente - han logrado.

Gracias, Abbott. Gracias, Costello.



02.06.2009 13:46 / VIDEO CLIPS

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... Karen

Decía el recordado locutor Ruben Castillo que sin importar cuán convulsionada y llena de conflictos fuera nuestra época, siempre debía haber "un lugar para la rosa". Para todo lo que es bello, de una manera tan simple y perfecta.

Nuestro recién estrenado siglo XXI no parece guardar demasiado ese lugar que Castillo reclamaba. Además de todas las catástrofes - las naturales y las desencadenadas por el hombre, con las que nos venimos autoflagelando desde hace demasiado tiempo - existe un deliberado culto y difusión masiva de "lo feo". El "feísmo" ya no es una de las formas de ruptura y transgresión que ciertos artistas llegaron a plantear en determinado momento. No, "lo feo" está ya incorporado bajo múltiples formas a nuestra vida cotidiana, de tal manera que "la rosa" parece haber renunciado definitivamente a ocupar su lugar entre nosotros. Y dado que nuestra capacidad para sumergirnos en lo feo no parece conocer límites, ni parece atenuarse con los años - antes bien, todo lo contrario - hemos llegado a creer y a predicar que la belleza es, necesariamente, tonta, banal, anticuada, cursi...

"Eppur..."

Yo estoy convencido de que la rosa habitaba en la voz de Karen Carpenter. Más allá del hecho cierto de que las canciones del dúo no se distinguían precisamente por la "profundidad temática" o por su "mensaje", cosa que siempre sirvió de trampolín a sus detractores. Increíblemente - o no tanto, por aquello de que "nadie es profeta..." - los Carpenters son considerados en los USA como el epítome del grupo "terraja", algo así como la versión norteamericana de los Pimpinela. Por no hablar del "fundamentalismo rockero" que parece limitar el disfrute de la música exclusivamente a aquello que supere los 180 db.

Más allá de todas estas posturas ideológicas que en definitiva poco o nada tienen que ver con la música, la voz de Karen Carpenter sigue siendo irrepetible. Se manejaba con soltura en los registros medios y graves, mientras que sus tonos más altos mostraban una delicadeza especial. A ello habría que sumarle su dicción perfecta y la emotividad de su interpretación: Karen no entregó jamás una canción fría, por más trivial que pudiera ser su contenido. Y también (y no es algo menor) estaba su imagen, hermosa y frágil, seductora y al mismo tiempo entrañablemente querible.

Este "Superstar" - que no tiene nada que ver con la ópera-rock de inspiración mesiánica - es en mi opinión LA canción de los Carpenters; y esta interpretación realizada en vivo para la BBC en 1971 muestra a Karen junto a su hermano Richard (al piano) en la cúspide de sus poderes. Por cierto, vean que al comienzo del video, Karen cede su puesto en la batería al músico correspondiente. Nunca fue, en modo alguno, una virtuosa del instrumento (y siendo absoluta y meramente justos, la batería es un instrumento en el que muy pocas mujeres, si es que alguna, ha logrado destacar) pero defendió su puesto con gallardía en numerosas grabaciones y su actuación detrás de los parches era un atractivo adicional en los shows en vivo.

Karen Carpenter sucumbió, absurdamente, ante la "anorexia", varios años antes de que la palabra y la enfermedad quedaran indefectiblemente ligadas al mundillo de las "modelos" o de las actrices. Casi una forma de autoinmolación, de lento suicidio. Inexplicable, como lo son casi siempre las tragedias personales.

Inexplicable, como la rosa que habitaba en su voz.



01.06.2009 15:58 / Mis artículos

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En la edición del 27/05/2009, el diario "La República" da a conocer este artículo firmado por Joaquín Roy, catedrático 'Jean Monnet' y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. Me pareció interesante compartir los conceptos vertidos en el artículo, que va más allá del problema inmediato y divulgado de la "seguridad ciudadana", e indaga ciertas causas más profundas, menos visibles, de la actual situación mundial - que no por extendida resulta menos angustiosa.

Los dos últimos párrafos - creo -  dan para pensar / decir / ¿hacer?  / mucho...
 
(Ver
http://www.larepublica.com.uy/mundo/366181-el-ubicuo-fantasma-de-la-inseguridad)

No hace mucho tiempo, la gente en el planeta vivia sin la congoja de la ausencia de seguridad. Se asumia que el estado normal era la inseguridad. La sufrian tanto los débiles como los poderosos, los ricos y los pobres, los colonizados y los imperialistas ocupantes. Se vivia, comparativamente, con mas normalidad, resignacion, fatalismo. El mundo era, por asi decirlo, de derechas, conservador a la fuerza. Solamente una minoria de osados visionarios, idealistas y desafiantes ante el reto del cambio, se atrevian a correr el riesgo, frecuentemente con un alto precio (represion, encarcelamiento, ejecucion, exilio, segun su suerte).

Ahora, y muy especialmente desde el final de la Guerra Fría y sucesivamente del 11 de Setiembre, el panorama es diferente: todo el mundo vive en tensión, temeroso al acostarse, ponerse al volante del automóvil, abrir la puerta de casa, tomar un examen, transitar por una calle o subirse a un avión. El mundo es hoy más inseguro (o así lo perciben los ciudadanos). Esta sensación, curiosamente, contrasta con los datos objetivos: la inmensa mayoría del planeta vive hoy mejor que sus antepasados.

El origen de esta contradicción es que si en el pasado las amenazas estaban plenamente identificadas, hoy son más difíciles de detectar y por lo tanto de enfrentar. Frecuentemente, lo que son síntomas superficiales y efímeros esconden el mal perenne y endémico. En algunos casos notorios, una vez que se certifica la existencia de una amenaza concreta, los remedios a aplicarse son elusivos, erráticos e ineficientes. En diferentes continentes y en distintas épocas esta experiencia ha sido variada.

En Europa, el reto desde el Imperio Romano estuvo constituido por la necesidad de controlar un territorio y unas riquezas naturales para alimentar a la población que luchara por reyes y emperadores, que garantizarían la "seguridad" precaria pero palpable. Paradójicamente, cuando el pueblo ya no luchaba por el monarca divinizado, sino por la recién descubierta "nación", ésta se convirtió en la amenaza interna.

Capturado por las ideologías, el nacionalismo produjo la casi destrucción de la civilización europea en la larga Guerra Mundial-de 1914 a 1945-. Con Europa partida en dos, bajo la atenta mirada de Moscú, al oeste del Telón de Acero se extendieron tenazmente dos mantas de seguridad: la Unión Europea y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

El final de la Guerra Fría y el surgimiento del terrorismo de origen islamista han hecho regresar la sensación de inseguridad. El nacionalismo ha sido resucitado por la amenaza de la inmigración incontrolada.

Al otro lado del Atlántico, las primeras décadas de vida de Estados Unidos estuvieron aquejadas de la inseguridad del regreso del control británico, subsistente en Canadá y en el Caribe. Luego la amenaza interna se presentó por el peligro de la secesión, erradicada contundentemente por el Presidente Abraham Lincoln. Pero la victoria del norte dejó incólume la discriminación racial en su dimensión social y económica. La incómoda variedad de las oleadas de recién llegados se trató de suavizar con el mito del crisol de razas. Cuando Estados Unidos amplió su destino manifiesto para reclamar la hegemonía mundial, la amenaza quedó identificada con la Unión Soviética.

Derribado el mito de la competencia de Moscú, Estados Unidos se ve ahora amenazado por la inmigración imparable, la extensión de la discriminación (no solamente por raza, sino por nivel social), el consumo de drogas, y recientemente por el nuevo terrorismo internacional. El mesianismo que impele la aventura de Iraq, como en su día lo hizo el idealismo en Vietnam, ha dividido la conciencia de los norteamericanos en sentirse lejanamente aquejados por otra guerra exterior. La amenaza interior, sin embargo, es ahora la grave crisis económica, no por ser nueva y universal, sino porque impacta en la médula del capitalismo y del mercado, incuestionados cimientos de la esencia nacional.

En América Latina, perennemente contaminada de los vaivenes de Europa y Estados Unidos, la amenaza inicial, una vez roto el vínculo colonial con España (Brasil aparte), estuvo constituida por la carencia de un Estado-nación de opción, no de base étnica, en el modelo norteamericano. El Estado que debía responder a las expectativas (educación, vivienda, salud) de los criollos originales y las oleadas inmigratorias quedó reducido a su papel represor. Curiosamente, los ejércitos (salvo los casos contados de enfrentamientos por reivindicaciones fronterizas) no se dedicaron como los europeos a aniquilarse mutuamente. Ante las convulsiones e intentos revolucionarios, las fuerzas armadas fueron el eje del autoritarismo. La amenaza (o la excusa) fue la expansión marxista que, salvo el caso de Cuba, nunca se sublimó.

La verdadera amenaza latinoamericana, sin embargo, es la consecuencia del fracaso no solamente del Estado, sino de la nación. La sensación de no poder pertenecer (social, económica, y precariamente políticamente) a esa elusiva nación convierte en negativo el plebiscito diario con el que los latinoamericanos se van a casa, según la metáfora de Ernest Renan. Hacen cuentas y comparan: no vale la pena. La exclusión social y la pobreza se magnifican en la desigualdad, en medio de una corrupción omnipresente y la criminalidad que provocan el ansia de emigración. Y de nada sirve culpar a los enemigos externos.

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