15.05.2012 10:43 / Mis artículos
En estos últimos días se han producido varios hechos delictivos particularmente violentos. El penúltimo, el asesinato a sangre fría, sin mediar el menor gesto de resistencia de parte de un trabajador gastronómico en La Pasiva de 8 de octubre y Albo.
El video lo hemos visto decenas de veces. También vimos el disparo de un menor de 14 años contra un guardia de seguridad desarmado en un supermercado.
A ello hay que agregar el aumento notorio del número de asesinatos por "ajustes de cuenta" que es una tipificación clásica de un mundo del delito que genera sus propios mecanismos de ajuste y de venganza y que implica un escalón más abajo en el sub mundo de la delincuencia organizada, incluso micro organizada.
Podemos emprenderla contra los medios, por repetir hasta el cansancio las imágenes y agregarles - en muchos casos - todas las variables del morbo; es una buena coartada. También podemos hacer serias reflexiones sociológicas. Eso, es siempre necesario, pero para la inmensa mayoría de la población suenan lejanas, estériles, irreales. Escuché varias en estas horas.
Otros deciden convocar marchas y protestas. Ya han sucedido en algunos barrios o en las inmediaciones del Ministerio de Interior, ahora se apunta a la Plaza Independencia...
Partamos de los hechos. Es notorio - con manija o no de algunos medios - que la delincuencia se está poniendo cada día más feroz y despiadada. Las cifras son muy claras e indican que en lo que va del año, el asesinato ha sido el delito que más ha crecido.
Es un cambio de calidad que hay que percibir. Y las muertes han crecido incluso entre los policías, 4 en lo que va del año. También es un hecho que no hubo ningún aumento de muertes producidas por acciones policiales. No se verifica ninguna reacción irracional que lleve al gatillo fácil.
Al principio del año este aumento de los asesinatos podía ser considerado un "pico" circunstancial, pero en cuatro meses y medio las cifras muestran que es una tendencia. Obviamente los aparatos especializados del Estado, la policía, deben estar siguiendo esta nueva situación.
Yo voy a mirar el tema desde la política, porque cuando un fenómeno asume estas dimensiones y este impacto en la opinión pública, la política está obligada a opinar y a jugarse. Jugarse es hacer prospectiva, opinar sobre como avizoramos el futuro, hacia donde nos lleva esta tendencia. Nos lleva muy mal.
No hay indicadores racionales que indiquen que esta situación tenderá naturalmente y espontáneamente a disminuir y por lo tanto impactará en la "temperatura social", en las reacciones de la gente, en la atención de los medios y en el cuadro político. Lo más preocupante es que nos embrutecerá a todos un poco y el "pequeño enano fascista" que todos llevamos adentro se soltará bastante de su cadena racional.
Cuando se ve a la esposa y a los 5 hijos del trabajador de 34 años asesinado por un delincuente, a sangre fría, sin que opusiera la menor resistencia, simplemente como una rutina del delito normal y trágica, para poder saltar más cómodamente detrás del mostrador y manotear la caja, todos nos ponemos más feroces, más primitivos y en la superficie o en el fondo pedimos que paguen y que paguen lo más caro posible.
Yo no se si sólo me sucede a mi, pero lo confieso, siento odio, bronca, ganas de vengarme personalmente. Y no creo que sea al único que necesito una alta dosis de reflexión para volver a un mínimo de serenidad.
En los últimos asesinatos, también en el policía ultimado en el Cerro Norte, hay un cambio de calidad, lento, oscuro y terrible. Ya no se puede decir que es el resultado de gente que se arma para defenderse. Es simplemente que hay sectores de la delincuencia donde se han superado ciertas barreras que difícilmente tengan retorno. Aunque decir esto suene muy duro.
La policía a través de su vocero reconoció que la prevención tiene fallas. La verdad es que en general estos criminales son atrapados, en la mayoría de los casos. El problema es que yo creo que eso no es un factor disuasorio, los delincuentes lo tienen previsto, es una forma de ver la vida, la muerte, la libertad muy diferente a la nuestra. Por algunas dosis de droga y un par de championes de última generación, y por vivir al mango, se la juegan y juegan con nuestras vidas.
Lo que también hace falta es que se sature, literalmente la ciudad de policía. Hace falta notoriamente una mayor presencia policial. Así funciona en los países exitosos en la prevención y disuasión del delito. No hay mucho que inventar, lo único nuevo consiste en elementos técnicos que hoy existen: cámaras, programas de soporte especializado, comunicaciones. Hoy en Montevideo hay menos policía visible en muchas horas del día y sobre todo de la noche que en Asunción del Paraguay.
Quien ahora ponga el acento en que hay que impedir que los ciudadanos se armen, está buscando el reloj bajo un farol muy cómodo, cuando perdimos el brillante adminículo en otras oscuridades. No habrá causa y efecto: el problema ya se instaló y es el resultado de todo un ciclo. Y así como se requieren respuestas integrales de la sociedad, del Estado, de los cuerpos especializados, las causas son también integrales.
No es hoy la pobreza y la miseria la principal causa de esta nueva ferocidad del delito. Las explicaciones son más amplias y complejas. Es el fracaso del ciclo.
El ciclo de una base social donde el delito pescó durante muchos años y reclutó organizadamente o espontáneamente a miles de jóvenes y adolescentes, y también adultos, en algunos casos familias enteras. Las bocas de pasta base son "empresas" muchas veces familiares. La consolidación, sobre todo en el área metropolitana, de zonas geográfico-sociales donde esta sub cultura se implantó con mucha fuerza. La lentitud del Estado en analizar y responder a estas nuevas tendencias es parte del problema.
Un sistema carcelario que es hoy el eslabón más débil y problemático del ciclo. En particular a nivel de los menores, donde sus perforaciones y su estructura funcional y sus locales no están en absoluto a la altura de esta nueva situación. Tenemos un número de presos que nos ha llevado a ocupar el segundo lugar en América Latina: 280 presos por 100.000 habitantes, sólo nos supera Chile que tiene 315 y esto alimenta lo peor del circuito, aportando organización y sobre todo una base cultural e inmoral a los que pasan por las cárceles y vuelven a la circulación. La proporción de reincidentes es altísima y casi siempre por delitos mayores.
El delito va donde hay plata y hoy la plata está en la droga que condiciona todo el ciclo. La ferocidad está asociada la mayoría de las veces al consumo, pero sobre todo a la subcultura del desprecio por la vida típico del mundo de la droga. A cualquier nivel de su cadena y en general más feroz cuando más abajo se está. Los ajustes de cuenta no son sólo estadísticas, cobros, son sobre todo un mensaje. Si por no pagar mis dosis me van a matar, mato. Tengo o puedo matar. Es un cambio en los lenguajes delictivos.
Si no revisamos urgentemente todo el ciclo integral del Estado para el combate por la seguridad, desde las políticas sociales, la educación, la atención a las familias, la vivienda, las formas de socialización, el deporte, pero también la parte menos noble del ciclo: la legislación sobre los delitos, sobre la droga, sobre la delincuencia con menores, sobre la reincidencia y en particular el conjunto de la institucionalidad y del sistema carcelario. Vamos a seguir asistiendo al doble fenómeno del espectáculo de la criminalidad diaria y cada día más feroz y de las reacciones sociales cada día más vengativas y feroces. Y habremos perdido la peor batalla.
Eso si, una batalla que el mundo político va a combatir cada uno con sus discursos. Cuando el que asesina en un supermercado tiene 14 años ¿cuándo comenzará a recoger firmas para bajar la edad de imputabilidad otros dos años?
Ahora, si la izquierda se va a recitar de nuevo el catequismo de las causas sociales del delito y tratar de explicarnos que allí esta todo el problema, será muy noble, muy sensible, y hasta políticamente correcto en ciertos ambientes, pero la realidad nos va a pasar por arriba. Siempre nos queda el recurso de hacer terapias colectivas gigantescas y que cada día la inseguridad nos importe menos. Algunas prédicas me suenan a eso. Hasta que les toqué a ellos, y hoy las posibilidades se multiplican.
08.05.2012 08:44 / Mis artículos

Los palacios tienen una tendencia natural a sentirse sitiados, rodeados y asediados por problemas económicos, sociales, corporativos y especialmente por los adversarios políticos, prestos a saltarles encima, superar los muros y obligarlos al repliegue y sobre todo a desalojarlos.
Esta es una historia de ficción pero cualquier parecido con la realidad, no es pura casualidad. Se refiere a unos sitiadores débiles y dispersos que son ayudados desde dentro de la ciudadela del poder. No confundir con la puerta de la Ciudadela...esta es otra.
Los feroces enemigos cumplen rigurosamente el ritual, ante cada tropiezo o debilidad asaltan los muros al grito de ¡interpelación!, ¡interpelación! En otras ocasiones, de menor categoría, desfilan ante los micrófonos y las cámaras para embestir contra el gobierno. Pero se desgastan, son previsibles, abren pequeñas brechas en los altos muros del poder. Y por eso ahora sueñan con tejer una nueva bandera un poco más amplia: rosada. Si sus muertos ilustres los vieran...
Los enemigos impersonales, como las crisis y las hambrunas mundiales son mantenidas a raya por una combinación de dos factores: por estas latitudes soplan vientos relativamente favorables y los defensores de la muralla que custodian en el flanco del avituallamiento del palacio y de la comarca, la economía, conocen su oficio, saben hacia donde quieren ir. Y sobre todo: van.
Los acometedores sociales, en especial sindicales, cada tanto sienten el llamado de los muros y la emprenden a pedradas y gritos reclamando algo. Siempre encuentran un motivo, pero en realidad no logran que sus banderas se eleven por encima de la media. De vez en cuando una escaramuza difícil y dura, un choque fugaz, pero en definitiva nada grave.
Los plañideros lamentos de otros actores sociales, muy emprendedores ellos, se han ido atemperando, primero porque tienen pocos motivos para ulular a la luna y segundo porque no encuentran ecos especiales. Además los muros no se caen por los lamentos y cuando algunos transportadores se fueron de mambo les duró muy poco y obtuvieron escasos resultados. Y fue hace años.
Los heraldos y vocingleros comunican sus malas, buenas o medianas nuevas todos los días a toda hora. No han cambiado mucho desde los lejanos tiempos en que muchos de ellos formaban parte del estrecho círculo del poder. Cada tanto levantan la voz, se concentran, muestran los dientes, pero nada especial. Ya estamos todos acostumbrados. Además, sirven para que de vez en cuando les echemos la culpa. Se lo merecen.
Hay sin embargo peligros exteriores, desde orillas cercanas y cada día menos amistosas. Al otro lado del río y a pesar de las interminables muestras de amistad e incluso de admiración de algunos que los envidian sanamente, ellos siguen implacables, feroces, Morenos. Tenemos el consuelo que con otros son mucho peores, pero con nosotros se ensañan en el dragado, en los meneos de todo tipo. Paciencia, mucha paciencia, pero menos envidia.
En este clima templado y soleado con algunos nubarrones, el palacio debería sentirse tranquilo y hasta un poco adormecido por el calorcito. Pero no, el poder vive y se siente asediado. ¿Por quién? Por los suyos, por los propios, por los supuestos amigos.
Es desde adentro que se cometen con más frecuencia y virulencia grandes ceremonias propiciatorias de la derrota y del desastre.
La tropa tricolor que llevó en ancas a sus líderes hasta el palacio, anda desorientada, desanimada, despechada y sobre todo alejada. Las encuestas de opinión pública le dan bien al gobierno, pero la sensación térmica da pa'l diablo. Las banderas lucen ajadas y sin ganas. Y sin tropas, sin decenas de miles de soldados, los jefes y algunos dispersos oficiales no garantizan nada. Mejor dicho son la antesala del desalojo. Y en este caso nos referimos a los ciudadanos...
Algunos custodios del palacio, de sus salones y carteras siguen despistados, no encontraron todavía las ventanas para mirar hacia fuera y siguen confundiendo los espejos con la realidad. Y tienen gestos lentos, pesados desde sus enormes escritorios. No gestionan. Y entre las primeras cosas, que los nuevos ocupantes del palacio aprendieron hace algunos años, es que cambiar es mucho más exigente y duro que flotar y preservar. Sobre todo en materia de gestión.
Algunos palaciegos o aspirantes no quieren ni hablar de gestión, le huyen como al agua bendita, ellos quieren estructuras, sólidas, firmes, disciplinadas, negociadas por candidaturas.
En algunos salones se vive con demasiada frecuencia la sensación de que se cierran los portones de los problemas con pesados candados, cuando el animalito ya se escapó y está dando serios problemas en su retozar por las calles, cárceles, hogares, pueblos, lugares públicos y otros. Casualmente siempre se filtran los mismos al ruedo y descorazona, desalienta, crea sensación de conspiración perpetua entre los propios habitantes del palacio.
Después están los peores azotes, los que compiten con la plaga, los que castigan como una gota de plomo derretido, los propaladores, los filtradores: los Fuentes. Hablan desde adentro del palacio y, tienen oídos atentos y cómplices en los diversos medios a los que les susurran todos los días un bolazo, media verdad, o un cambio soñado y los invitan a una opereta bailable. Un día van a cansar tanto a todo el resto del palacio que un nuevo sindicato hará huelga palaciega o peor aún, sus filosas lenguas se van a entrelazar y no podrán despegarse nunca más. Van por el camino de la Cámpora, pero a nivel todavía más enano. Eso sí, la culpa no es del enano, sino del que lo rasca.
Y cuando todas las intrigas no alcanzan, cuando hay un momento de aparente calma siempre hay un hábil declarante que lanza cuesta abajo del palacio una enorme piedra al grito de "¡Vaaaa! Y sálvese quien pueda. Piedras enormes sobre los más variados temas, candidaturas, bolazos, oficiales y tropas fieles o menos fieles, constituciones y leyes, fantasmas y otras nimiedades.
Debe ser difícil habitar ese palacio y sobre todo navegar tantas tormentas que comienzan y se producen en las propias tiendas, de los que acampan en el espacio propio y deberían ser fieles y serenos defensores de la ciudadela.
Muchas veces la tarea más difícil de los que apoyamos al gobierno es defenderlo de si mismo.
30.04.2012 14:55 / Mis artículos

Este domingo leí El País. Lo confieso. Lo hago regularmente. Es una obligación política y profesional. Ese día es por lejos el diario con mayor tiraje y venta del Uruguay. No sirve leerlo en Internet, hay que verlo, palparlo, hojear sus encartes. Es una experiencia.
Primera plana de este domingo: “Cuarto mes que cierra con un muerto por día en las calles”. “Armas. Requisas se multiplican por cinco en últimos dos años: 20 por día”. “Presos y guardias: cómo es la convivencia en el infierno penitenciario” “Tildan de provocador y caradura a Dovena”. “Codicen solo nombra gente del FA y sin credenciales”, “Peñarol ganó y está en carrera”, “Uruguay cada vez más aislado en el MERCOSUR”, “Argentinos temerosos por futuro de sus fondos”. Y algunos más…
Si cualquier visitante o un uruguayo desprevenido leyera esa primera plana o se adentrara en algunas de las páginas de información y de opinión de El País, saldría disparado hacia cualquier destino, con sus inversiones, su residencia, su familia y su mascota. Despavorido.
Repasemos las páginas de opinión: “Lo que destapó la crisis carcelaria”, “El peligro está aquí”, “Tiempos de inseguridad social”, “El Mercado de las Pulgas”, “Autoridad en crisis”. Hay una sola excepción, Carlos Maggi - nadie podrá tildarlo de oficialista- reflexiona, hace pensar, en este caso nada menos que con la formación del Instituto de evaluación educativa bajo el título “Evaluación, santo remedio”.
Ah, me olvidaba… una enorme página: “ASSE teme colapso de los hospitales en invierno”.
No es una excepción, es todos los domingos. El País aprovecha que es su día estelar para disparar todas sus baterías políticas de grueso calibre contra el gobierno y todo lo que tenga algo que ver con él. Dispara con alza cero. Es el apocalipsis semanal.
Pero negocios, son negocios, así que además distribuye junto a su edición diversos encartes, esos folletos comerciales cada día más gordos y coloridos. En esta oportunidad en proximidad del día de la Madre, son cuatro. Una es una revista de casi 100 páginas con ofertas, en su inmensa mayoría de electrodomésticos y ropa de “Géant”, el segundo es uno bastante tradicional, de Tienda Inglesa, el tercero es de Multi Ahorro Hogar y el cuarto de Nelson Sobrero. Impresionan, es el canto al “nuevo uruguayo” consumidor.
En el cuerpo del diario hay avisos para todos los gustos, destinos, colores, tamaños y posibilidades. Qué empresas tan desprevenidas y derrochonas, gastarse toda esa plata en un país en ruinas y a la deriva.
Si se mira más atentamente otras secciones y páginas del diario aparece la terrible sombra del oficialismo, del oficialismo que no pueden ocultar. Las noticias del campo, de los salarios, de la producción, no las pueden olvidar, están allí, testarudas. Claro, son simples casualidades que según el diario nada tienen que ver con la política de este gobierno.
En el Uruguay de El País los salarios, el consumo, la capacidad de compra, la producción de carne, de lana, de cereales, el crecimiento de las inversiones son todas casualidades, regalos del clima o de los mercados internacionales. Es su oficialismo obligado y pecaminoso, si pudieran hasta eso ocultarían.
Ahora, si sus hermanos o sus primos estuvieran en el gobierno y tuvieran la mitad, un cuarto de los resultados que tiene este gobierno en materia de políticas económicas y sociales, los encartes serían directamente para cantar sus alabanzas. Lástima que nunca consiguieron nada parecido. Porque con la izquierda se vive mejor. En serio.
Ellos mejoran sus equipos, sus plantas industriales, su impresión y en algunos días de la semana hasta mejoran y pluralizan su información, pero los domingos les salen las garras, los domingos son todos de luna llena y aúllan.
Son los mismos que afirman que las clases sociales no existen, las ideologías son un invento de los nostálgicos de la “Guerra fría” y que hay que modernizarse, actualizarse. Sobre todo si se trata de la izquierda.
Leyendo El País del domingo uno comprueba que hay una clase uruguaya que nunca muere, que permanece fiel a su bandera y sus consignas, son los hidalgos del poder tradicional. Ellos sienten que algunos entrometidos ocupan un lugar en la sociedad y en el Estado que es de ellos por designio divino o terrenal. No importa por qué, pero es de ellos y hay que recuperarlo.
¿Cómo pueden permitir que la izquierda, esos rotosos irredentos que se proponen nada menos que democratizar la riqueza, la renta, las oportunidades, el Estado, estén sentados en esos lugares sagrados que les pertenecen?
No soportan que su relación con el poder no sea con el parentesco de siempre, ocupándolo, defendiéndolo y sobre todo ejerciéndolo para asegurarse la eternidad y ese lugar que creen haber conquistado en la historia.
Sus páginas de economía o del campo o sus encartes oferentes son un pequeño recreo en la gran cruzada para reconquistar el poder.
Durante décadas enarbolaron el estandarte de su supuesta paternidad sobre la democracia y cuando les vino bien la arrastraron por el lodo. Luego su bandera fue el “mercado” y sus leyes obligadas y obligatorias que solo ellos sabían manejar y domeñar y un día, se les encabritó el mercado, los bancos ajenos y bandidos se le vaciaron y se les cayó otra estantería. No les importa.
La economía y sobre todo la política se les puso en contra y todas las tragedias que vaticinaron si llegaba la izquierda al poder no solo no se cumplieron, sino que funcionó todo exactamente al revés y la realidad los golpeó en el rostro de sus pretensiones de volver a pronunciar los mismos apellidos de siempre al frente de los puestos que ocuparon durante 170 años. Y en eso están.
La izquierda tiene mayoría parlamentaria propia y a pesar de ello o precisamente por ello, los convoca al diálogo a acordar políticas nacionales sin exclusiones. Lo que ellos nunca hicieron.
Si alguien quiere bucear hasta el fondo en esas aguas de ferocidad de la derecha, de tenacidad en la batalla por reconquistar el poder, en lugar de leer los suplementos de aviso, le bastara con hojear el diario El País. Eso sí, los domingos.
Allí encontrará pocos matices, pocas diferencias y si encuentra alguna mínima atención por algo de izquierda, sospeche mi amigo, sospeche.
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