10.05.2012 06:16 / Notas de Eliza
Cada vez que se destapa un tema candente, ya sea porque lo incluyó la crónica roja, ya sea porque alguien decidió investigar y editar un libro al respecto, ya sea porque se conocen víctimas y hasta victimarios; se alude a que "es problema de todos", a la indiferencia popular, a la falta de responsabilidad de los que no denuncian...
El listado es extenso: prostitución infantil, droga, delincuencia juvenil, violencia, derechos abusados, y varios etcéteras.
Entonces, aparecen artículos de prensa llenos de opiniones y teorías, y espacios televisivos y radiales donde se debate y enumera el génesis de cada situación (generalmente reprochado a un pasado relativamente reciente), para justificar la existencia del montón de miserias con que convivimos.
Y ahí queda la cosa, porque ninguno de los disertantes orales o por escrito aporta la solución al problema y si lo hiciera, no encontraría eco alguno en quienes podrían ponerla en práctica.
Arreglar cualquier asunto que atente contra una parte de la sociedad implicaría medidas que atacarían a la otra parte, y no importa cuál de las partes es mayoría, ni cuál de ellas es la merecedora de atención. Lo que importa son los derechos de todos, metiendo en la misma bolsa los buenos y los malos, y así continúa el eterno absurdo de que todo siga igual... o empeore paulatinamente.
Esa lavada de manos generalizada tiende, sin embargo, a señalar con el dedo a los que no se meten, acusándolos de complicidad y otros adjetivos bastante más subidos. Es un argumento usual, traído de los pelos para inventar un culpable, porque los verdaderos también tienen derechos ¡y vaya que los hacen notar!
Por supuesto que se omite decir por qué cada vez hay más gente que no se mete. Es que el buen ciudadano se cansó de ser destratado y de vivir en carne propia la inversión de roles: Si denuncia un acto delictivo es tratado con menos miramiento que un delincuente de verdad. Si denuncia un abuso de funciones o de poder, es vapuleado por los asesores del denunciado y termina acusado de perjurio. Si denuncia omisión de asistencia u otras irregularidades peores, lo consideran paranoico y no le prestan atención.
Eso es lo que ocurre en la práctica, es la realidad del día a día, y el que no lo cree y aun así se arriesga, será la única vez en su vida que lo haga, porque las consecuencias le quitarán las ganas de reincidir, ya que además de ser ninguneado, su intención de aportar ayuda no prosperó.
Si quienes lo ignoran se imaginaran, por ejemplo, cómo funciona el acceso de un interno a un asilo de ancianos, mal llamados "casas de salud", no podría menos que estremecerse. Aunque hay excepciones, el 90% procede igual. La fuente de ingresos del negocio es el internado, y todo aquél que aporte uno, es tratado y obedecido como un proveedor de ganancias.
No importa si el pobre viejo no quiere o no tiene por qué estar ahí, lo que importa es conservarlo: mientras viva, va a pagar. Si asume y no molesta, sólo padecerá un encierro no deseado y la alimentación necesaria, aunque mediocre, para seguir vivo. Si se rebela, sólo hay que sedarlo y ponerlo a dormir. Lo bueno es que en esos lugares no "fumigan", porque con cada muerto pierden plata.
El número de empresas de este tipo que existen en el país, supera ampliamente a la cantidad de escuelas y liceos... Y ni siquiera sufren la visita de inspector alguno que vigile las condiciones en que se "atiende" a los internados... ¡aunque alguien haga la denuncia pidiéndoles intervención...!
Y los buenos samaritanos que llevaron un anciano ahí para sacárselo de encima (ya sea porque dejaron de ser útiles sirviendo a su descendencia; ya sea para renovar la monta, en caso de cónyuges aburridos), toman cuenta de los ingresos del pobre geronte, giran el pago al "hogar" en que lo abandonaron y se embolsan el resto, que aunque no sea mucho, siempre les viene bien. También hay excepciones, pero son el 10%.
Sólo es uno de los tantos asuntos que nunca se van a solucionar porque además, a nadie le importa que a los viejos los parta un rayo. Una más de las miserias de las que no se habla...
Eliza
06.05.2012 19:21 / Relatos de Eliza
Era grande, fuerte, arrogante. Sumisas, las gallinas abrían paso ante su andar soberbio y ostentoso que imponía la autoridad del gallinero. Sólo mostraba su recelo ante la presencia humana cuando mi madre entraba a buscar huevos, con la cresta erguida y las alas entreabiertas, sin amedrentarse ni retroceder.
Aunque percibía su mirada desafiante al acercarme al tejido de alambre, mantenía mi deseo de ocuparme de aquella tarea diaria. A veces mi madre accedía. Me entregaba la pequeña canasta, vigilando adentro, cerca de la puerta, mientras yo recogía la postura del día.
A mis ocho años, ciertos permisos me hacían sentir importante y un día, creyéndome capaz de hacerlo sola, entré al gallinero sin compañía. A lo que me vio, el gallo corrió hacia mí desde el fondo y se me abalanzó, clavando sus afiladas púas en una de mis piernas.
Mis gritos de dolor y el alboroto de las gallinas alertaron a mi madre, que tomándolo del cogote me lo sacó de encima y lo alejó de un puntapié. Acto seguido y de una oreja, mientras me rezongaba, me llevó adentro para curarme.
Esa noche, al contar el suceso en la casa de enfrente, mi abuelo sentenció que iría en busca del gallo para meterlo en la olla. Le rogué llorando que le perdonara la vida, asumiendo mi culpa por lo ocurrido y prometiendo que nunca más desobedecería la orden de no entrar sola al gallinero. Así fue como se salvó.
Poco tiempo después apareció un perrito deambulante. No digo callejero porque se veía bien alimentado; tal vez tuviera dueños que le ofrecían la libertad de andar rondando por ahí. Pequeño, pasando fácil por entre las rejas del portón del frente, recorría la parte exterior de la casa, husmeaba un poco y volvía a salir. Cuando me encontraba afuera, jugaba conmigo un buen rato antes de continuar su itinerario.
En una de esas vueltas, el perrito descubrió el gallinero. Por la ventana, lo vimos junto al alambrado, como esperando al gallo que se le acercaba lentamente. Me asusté. Pensé que podía lastimarlo y salir ileso, picoteándolo desde adentro. Antes de salir a alejar al perro del peligro, me di cuenta que no era necesario: El gallo se arrimó al alambre, y fue el perro el que metió el hocico, lamiéndole las plumas. Unos minutos después, el perrito peregrino volvió sobre sus pasos y salió de casa.
Más o menos a la misma hora, aquel extraño encuentro se repetía todos los días. Ya el gallo se pegaba al alambrado no bien lo veía venir. Con una actitud insólita, dócil, casi rendida, acomodaba el buche para que el perro lo lamiera, siempre en el mismo lugar. Esa acción breve pero repetida, le fue haciendo perder las plumas, dejando a la vista su piel rojiza, irritada, casi sangrando. Estropeado, deslucido, reducido casi a piltrafa, en nada se parecía al ejemplar altanero y agresivo que había sido poco tiempo atrás.
A esa altura, me preocupó la salud del gallo y así lo comenté. Las opiniones obtenidas fueron un poco morbosas. Su presencia en el gallinero cumplía una función que yo a esa edad ni entendía ni se me explicaba, y aun así no había intención alguna de protegerlo. Desde que me dejó unas cicatrices que conservé por varios años, a nadie le importaba lo que el bicho pudiera padecer.
Entre frases incomprensibles para mí, como "El valentón resultó ser más masoquista que sádico", a otras más claras como "Bien hecho, gallo marica, quién te ha visto y quien te ve", apareció la puesta en práctica eficaz de mi abuelo, que sin mediar palabra alguna cumplió la decisión que un tiempo antes detuviera a mi pedido. Aplicando la necesaria eutanasia provocada por las circunstancias, sin más trámite, se lo comieron en la casa de enfrente.
En sus próximas visitas, el perrito no dio señal alguna de extrañeza ni pesar por la falta del gallo, y se entretuvo jugando conmigo como si lo otro... nunca hubiera pasado.
Eliza
04.05.2012 16:51 / Notas de Eliza
Muchas veces mencioné mi disgusto por la Historia. Fue una asignatura que me resultó antipática ya en la escuela, y mi aversión por ella fue en aumento en la medida en que me adentraba en los siguientes ciclos educativos.
Durante mucho tiempo, le eché la culpa de ese constante repudio a la deficiencia de mi memoria, que me complicó la vida desde siempre, dejándome conservar intacto sólo aquello que hubiera sido capaz de entrar en ella mediante la razón.
Nunca fui capaz de aprender un texto de memoria -ni siquiera un poema- y mi mayor logro en ese sentido ha sido recordar la letra completa de una canción con la invalorable ayuda -inexistente en los otros casos- de la melodía. Sin embargo, para resolver un problema matemático mis habilidades fueron muy diferentes, cuando no pude recordar una fórmula, sólo tuve que repasar mentalmente el teorema del cual había surgido… unos minutos extra de razonamiento y ¡asunto concluido!
Conocer el por qué de las cosas me hace sentir bien, y -con esos antecedentes- consideré una buena forma de autodisculparme cuando "supe" ¡ubicar a Luis XIV en la Corte de Rusia o al Gral. Lavalleja en la batalla de Masoller…!
La inminente sospecha de que había utilizado a mi memoria como chivo expiatorio, surgió durante el Bachillerato, donde se le metió bisturí a fondo a la Historia Precolombina… ¡esa me gustó, y mucho! ¿Cómo? ¿Acaso no era Historia? Sí, pero era "otra historia", y recién ahí lo comprendí.
No precisaba memoria para razonar lo que estaba estudiando, era un ameno cuento de civilizaciones pasadas que me permitió conocer cómo aquellos seres -sin la tecnología sofisticada que llegó tanto después- pudieron desarrollarse de forma organizada y sabia, adaptando sus actividades al terreno en que habitaran y creando maravillas todavía inexplicables, como el diseño de canales por donde el agua emprende un recorrido ascendente desde un valle hasta una cima, desafiando la indiscutible ley de gravedad. Esa clase de conocimientos históricos ¡son enriquecedores!
Entonces comprendí que no es la Historia en general lo que me disgusta, sino el comportamiento humano que la asignatura muestra cuando se hace imprescindible la memoria para aprenderlo…cuando el razonamiento es incapaz de encontrarle explicación.
¿Cómo encontrar un motivo razonable para la campaña conquistadora de la antigua Roma, la Guerra Santa o la Conquista del Oeste? Hay motivos, sí, y están bien claros: el delirio de poder y la imposición de la voluntad por medio de la fuerza. El "Vini, vidi, vinci" se practicaba mucho antes de la existencia de la conocida frase, y no es nada más ni nada menos que la mejor descripción del proceder humano.
Y no sé si las minorías que actúan diferente son excepciones… o solamente sus condiciones distintas de vida no les dan acceso a ninguna clase de poder y por eso no muestran la faceta distintiva de la especie.
Nunca podré saber si yo, con poder en mis manos, seguiría siendo como soy… o me convertiría también en uno de los tantos monstruos históricos que engrosan los libros de texto y perduran en el bronce de los escultores, para que algún estudiante del futuro con baches de memoria llegue también a la conclusión -al pasar los años- que es a mí a quien repudia y no a la asignatura encargada de enterarlo de lo que pude haber hecho.
Eliza
01.05.2012 17:33 / Versos...
El abuelo gringo que vino en un barco
de velas de fuego con mástiles blancos
–brújula embrujada mendrugos y endriagos–.
El abuelo gringo dijo por lo bajo:
Primero de Mayo
Recorrió la América numerando andamios.
Coloreó arrabales y fue, palmo a palmo,
corazones, tierras ganado. Ganando
mujer, casa y huerto para su descanso.
Primero de Mayo
Y encendió la pipa en medio del patio.
Hojas otoñales siguieron sus pasos.
Por la calle sola se alejó cantando,
con un libro viejo cerrando las manos.
Primero de Mayo
¿Los hombres temieron al fuego del canto?
¿Daban miedo entonces las voces en alto?
Hubo atardeceres de sangre y espanto.
Muros de ignominia y enlutado asfalto.
Primero de Mayo
La plaza cercada de sables y cascos.
El rencor roncaba su sordo fracaso.
El grito en el puño y el puño en lo alto.
Un clarín de muerte deshojó el espacio.
Primero de Mayo
Rosas renovadas en ocasos bravos.
Noches de la imprenta sudores lunados.
Rojos fueron siempre la aurora y el parto.
El nieto ya lee el viejo libraco.
Primero de mayo
Se abrieron las calles a punta de canto.
Las heroicas madres los hijos en brazos.
Vendaval de gritos, del grito sangrado.
Gargantas de acero: ¡Libertad hermanos!
Primero de Mayo
Banderas al viento tus fechas flamearon
por calles y plazas y sierras y campos
y montes y surcos y ríos y llanos.
¡Espigas y estrellas colmaron los labios!
Primero de Mayo
Ya nadie podría la fiesta quitarnos
¿Quién puede a los yunques? ¿Quién puede al arado?
¡Que claro es el día, qué día más claro!
Está amaneciendo
¡Primero de Mayo!
Enrique Amorim
ENRIQUE AMORIM (Salto, 25 de julio de 1900 - Buenos Aires, 28 de julio de 1960) fue un escritor uruguayo, con importante aporte a la literatura argentina, al haber alternado su residencia entre Salto y Montevideo.
Sus progenitores eran ganaderos adinerados, su padre de ascendencia portuguesa, y su madre, vasca. Amorim viajó mucho por Europa y Latinoamérica y se asentó en Salto, su ciudad natal, en una casa diseñada por él mismo.
Su obra ahonda en la vida rural con sentido intensamente humano, en contraposición frecuente con la vida ciudadana. Durante la década del 20', escribió para la revista izquierdista Los Pensadores y publicó con la imprenta Claridad, ambas argentinas, asociadas con el grupo izquierdista Boedo. En 1947, Amorim se unió al Partido Comunista de Uruguay.
NOVELAS
Eva Burgos (1960)
Feria de farsantes (1952)
El asesino desvelado (1946)
La luna se hizo con agua (1944)
El caballo y su sombra (1941)
La edad despareja (1938)
El paisano Aguilar (1934)
La carreta (1929)
LIBROS DE CUENTOS
Después del temporal (1953)
La plaza de las carretas (1937)
Del 1 al 6 (1932)
La trampa del pajonal (1928)
Tráfico (1927)
Horizontes y bocacalles (1926)
Amorim (1923)
POEMARIOS
Sonetos de amor en verano (1958)
Quiero (1954)
Primero de Mayo (1949)
Dos poemas (1940)
Poemas uruguayos (1935)
Visitas al cielo (1929)
Veinte años (1920)
OBRAS TEATRALES
Don Juan 38 (1958)
La segunda sangre (1950)
GUIONES CINEMATOGRÁFICOS
Yo quiero vivir contigo (1960)
Cuando la primavera se equivoca (1944)
Casi un sueño (1943)
Capitán Veneno (1943)
Incertidumbre (1942)
Vacaciones en el otro mundo (1942)
Su primer baile (1942)
Canción de cuna (1941)
Yo quiero morir contigo (1941)
Cita en la frontera (1940)
El viejo doctor (1939)
Kilómetro 111 (1938)
30.04.2012 03:19 / Noticias uruguayas comentadas
La política de desalojo masivo que viene llevando a cabo la Intendencia de Montevideo supera cualquier imaginación.
Empezaron con las calles, convirtiendo en peatonales todas las que se les ocurrió y desalojando el tránsito para obligar a caminar al que no esté paseando. Después, con el invento del carril "sólo buses", eliminaron la posibilidad de estacionar para todo el mundo. Ahora los ómnibus circulan por ahí, y además por todo el ancho de las calles, como mejor les convenga. Y los autos... estacionados bien lejos, para delicia de los cacos.
El desalojo de artesanos y vendedores ambulantes fue de terror. Y tampoco tortas fritas ni empanadas ni pasteles... no sé cómo siguen permitiendo la preparación y venta callejera de garrapiñada.
¿Y el desalojo del Aedes Aegyptis? Eso se pasa de mala leche... ¡fumigan Montevideo y así corren a los mosquitos a toda el área metropolitana... ¡que se jodan con el Dengue Canelones y San José!
Sin embargo, hay desalojos que no les interesan, como el de los "ocupas" de edificios abandonados. Ésos no son laburantes, y tal vez por eso los protegen. Y hay otros que no pueden desalojar, aunque quieran, como la gente en situación de calle. ¡Y cómo van a poder, si cada día son más! Y ni que hablar de desalojar las ratas doble pechuga que pululan en patota en los basurales, periféricos y urbanos. Ésas deben tener gremio fuerte y algún Comisionado que les protege los derechos ratunos, porque nadie las toca.
Estos casos se muestran por televisión, opacando la imagen de una Comuna que quiere embellecer la capital para venderle espejitos a los turistas, porque al uruguayo residente ya no le vende más nada. Estos desalojos fallidos, justamente por evidenciar tan a las claras las hipócritas intenciones de tapar el sol con el dedo, supongo que los tienen muy molestos, de alguna forma lo tenían que demostrar... ¡¡¡y se la agarraron con las palomas!!!
Las declararon plaga nacional, y no las van a exterminar, no... ¡las van a desalojar expertos en cetrería con sus aves de rapiña!
¿Les gustaba alimentar palomas en las plazas? Pues ya no podrá ser. Ni un gorrión va a quedar. Ahora verán halcones y otros antipáticos pajarracos haciendo de las suyas... porque no es conversando que ahuyentan a los más chicos.
El asunto es muy sencillo: las palomas y pájaros urbanos le presentan a la Comuna una competencia desleal al andar por ahí defecando al vuelo. ¡Qué osadía, usurparle el legítimo y exclusivo derecho de cagar al contribuyente!
Eliza
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