Eliza y Miguel
Desde la Costa de Oro, aquí habrá de todo un poco, ojalá les guste.

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03.01.2010 04:15 / Relatos de Miguel

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Los recuerdos de mi niñez, generalmente, no son agradables. Sin embargo, no todo fue oscuro en aquellos tiempos para mí. Fue de niño que conocí la amistad verdadera, con todo lo hermoso que ella encierra.

Este es mi homenaje a aquel amigo con quien compartí ratos tan lindos, que me dejó como legado invalorable el cariño de Sonia, su hija menor... para que pueda quererla como si también fuera mía.

PAULINO ROLANDO, MI PRIMER AMIGO

A principio de la década del 30' nací en el Departamento de Rivera, a pocas cuadras de la frontera con el Brasil. Cuando empecé a preguntar, me contaron que mi padre había muerto muy joven -a los 32-, cuando yo apenas tenía un año de edad. Me dijeron que había sido jugador de todo aquello en que se apostara dinero, y quilero.

Había estado fuera de la ley -sin duda- en una época complicada en que los hombres se jugaban la vida por la mínima situación. Para salvarse del encierro, había que alcanzar la calle fronteriza, cruzarla y dejar atrás el peligro. Fue en una de esas corridas a caballo, que en un monte del lado brasilero, el apéndice le jugó una mala pasada. Lo encontraron al otro día, pero ya era tarde.

La primera calle que vieron mis ojos se llamaba Amarillo -hoy Ventura Píriz- y era de tierra colorada. En mi cuadra había ocho viviendas -la mayoría ranchos de paja y terrón- edificadas en terrenos municipales, algo así como los asentamientos de hoy.

La casa más bonita del lugar era la que estaba a la vuelta de la esquina, con un predio grande, limpio y ordenado, con muchos naranjos plantados en hilera. Al costado del patio había un hermoso palomar. Era una casa muy diferente a las demás, totalmente construída en madera, con techo de cinc y pintada de rosado. Una cerca de tejido cubierta de enredaderas bordeaba el terreno. Don Pablo Rolando, un italiano fuerte, musculoso y trabajador, era el jefe de la familia. Vivía con su esposa, doña Tiometilde, una señora muy generosa de quien tengo los mejores recuerdos, y sus cuatro hijos, Nerina, Alverico, Paulino y Walter.

Paulino fue el primer amigo con quien compartí -desde mis 3 años- todos los juegos posibles para esa corta edad. Muchas veces nos sentábamos en el medio de la calle. A pesar que estábamos a diez cuadras de la plaza Río Branco -del centro de la ciudad- por aquel entonces no pasaba ningún vehículo a motor, sólo alguna persona a caballo de vez en cuando, por lo que no corríamos peligro alguno.

Entre Paulino y yo había mucha afinidad. Nos buscábamos para estar juntos. Muchas veces compartía conmigo lo que estuviera comiendo, o me llevaba a almorzar a su casa. supongo que toda su familia conocía mi situación.

Cuando me sumerjo en aquellos lejanos años de mi niñez se me presentan cortas escenas muy nítidas pero discontínuas -como pantallazos- sin darme certeza de la edad exacta que tenía. Rescato algunas noches de los largos veranos de intenso calor en Rivera, en que mucha gente solía dormir en los patios abiertos teniendo como techo las estrellas luciendo en todo su esplendor. Esas estrellas que en la ciudad casi no percibimos, son los faros de los lugares como aquél.

Con Paulino nos quedábamos al costado de la calle sentados al borde de un pequeño barranco, soñando y deseando que pasaran rápido los años para ser grandes pronto y poder hacer otras cosas. Tengamos en cuenta que los chicos de 8 o 9 años de aquella época no fuimos como los de ahora. nuestro juguete era la imaginación.

Paulino quería ser albañil para hacer casas, era lo que le gustaba. Yo deseaba hacerme hombre para poder defenderme y para asistir a los tantos bailes que había en la frontera, esos que mirábamos desde afuera, mientras los bichitos de luz nos acompañaban bailando a nuestro alrededor al compás del canto de los grillos.

También recuerdo un 6 de enero en que le pedí a los Reyes una pelota. Las alpargatas que dejé con la carta eran de Paulino. me las había prestado para eso porque yo siempre andaba "en patas". Esa vez no me entristeció tanto que los Reyes no me hubieran dejado nada, se me antojó que fue porque puse un calzado que no era mío. Poco después llegó Paulino, a él le habían traído una pelota y venía a compartirla jugando conmigo. Una vez más me demostraba su cariñosa amistad, trayéndome sus alegrías para amortiguar mis carencias.

Con 9 años me trajeron para Montevideo y dejé de ver a ese amigo tan querido, pero jamás lo olvidé. Iba pasando los años y me prometía a mí mismo ir pronto a darle un abrazo, pero el ansiado momento no llegaba. Vamos creciendo, y el tiempo pasa más rápido de lo que suponemos. Corriendo tras de sueños irrealizables, buscando la felicidad a puro instinto. la vida se nos va escapando.

Tarde nos damos cuenta que no es al final de ningún camino que seremos felices, sino que habremos de serlo durante el recorrido. Cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo de nuestra vida contiene un poco de esa felicidad que equivocadamente esperamos alcanzar. porque la llevamos dentro.

Cincuenta y siete años después y con 66 de edad, tomé la decisión de viajar al Departamento de Rivera. Mi objetivo prioritario fue encontrar a ese hermano espiritual del que no había sabido nada más.

En mi mente estaba intacta la cuadra de la calle Amarillo, pero con la imagen de los años 30' en mis ojos de niño. Aquella calle que recordaba tan ancha, no lo era más de lo normal.. y ya no era de tierra sino de balasto. Los ranchos habían desaparecido, las edificaciones habían proliferado y estaban casi pegadas entre sí. A pesar del cambio, sentí una profunda emoción por encontrarme en el lugar donde dí mis primeros pasos.

Busqué entre en vecindario alguna persona de mi edad o mayor, para preguntarle si aun vivía Paulino Rolando en la zona. Como es común en esos lugares, la amable señora levantó su mano derecha y señalando con el índice me dijo: "sigue viviendo allí, donde nació, aunque ahora la casa es más chica". Le agradecí efusivamente, conteniendo los deseos de abrazarla porque para ella, yo era un extraño.

Me acerqué a la casa, que estaba muy distinta. Toqué a la puerta y salió una señora joven. La saludé y pregunté si estaba Paulino. Ella asintió preguntando mi nombre, pero le dije que hacía más de cincuenta años que no lo veía y que me gustaría darle una sorpresa. Era una de sus hijas, y muy sonriente entró a buscarlo. Enseguida se presentó ante mí un hombre alto y fuerte, con el rostro marcado por el paso de los años. Me miró con el mismo gesto tranquilo y bonachón que yo conservaba en mi memoria.

-¿Qué tal, Paulino, cómo estás? -la pregunta me salió como si nos hubiéramos visto la semana anterior-. Sé que no te va a ser fácil saber quién soy, pero te voy ayudar. Hace aproximadamente cincuenta y siete años -cuando teníamos 8 ó 9- fuimos muy amigos y pasábamos juntos todo el tiempo que podíamos. Yo vivía en un rancho que había aquí a la vuelta.

Su exclamación no se hizo esperar:

-¡¡¡Hugo!!! -dijo con voz fuerte-. ¡Nunca te hubiera reconocido.!

Claro, yo también tengo la marca de los años en el rostro. Nos dimos un largo y apretado abrazo, como tratando de achicar la ausencia.

Nos sentamos a conversar de aquellos lejanos tiempos, de los vecinos, revivimos anécdotas de nuestras travesuras que fueron surgiendo mientras nuestra memoria navegaba hacia el pasado. Nos sacamos una foto, intercambiamos nuestros teléfonos y no despedimos felices por el reencuentro y de haber revivido parte de nuestra niñez.

La vida en esta ocasión me había sido pródiga concediéndome algo tan deseado: volver a ver a Paulino. En diversas ocasiones nos hablamos por teléfono, lo que nos alegraba mucho a los dos.

En agosto del 2000, recibí un llamado de Sonia Rolando, una de las hijas de Paulino. Vivía en Montevideo y sabía de mi existencia desde siempre, porque desde chica lo había escuchado hablarle a sus hijos sobre Hugo, su amigo de la infancia, que se había venido para Montevideo y nunca lo habia vuelto a ver. Paulino le había dado mi número de teléfono. Al oír su nombre sentí una gran alegría. aunque fue muy efímera: me estaba comunicando la muerte de su padre.

Todos sabemos que estamos expuestos a recibir ese tipo de noticias pero es imposible evitar la conmoción de todo nuestro ser. Por un instante me quedé en silencio. Cuando pude recuperarme, quise escuchar nuevamente lo que me habia dicho, con la esperanza de que mis oídos hubieran entendido mal. Pero no, inexorablemente, mi amigo Paulino se había marchado de este mundo. aunque no de mi recuerdo.

Esa primera conversación con Sonia fue breve, nuestros estados emocionales no nos permitieron más. Dejé el tubo sobre el soporte del teléfono, miré la foto de Paulino junto a mí, en la puerta de su casa de Rivera, y me dije -totalmente convencido- que Paulino vive y que está en su casa esperando que yo lo vaya a visitar.

Después -periódicamente- Sonia me ha llamado para saludarme, y otras veces lo hice yo. Fuimos formando una cariñosa amistad cimentada en el enorme afecto que ambos sentimos por la misma persona.

Cuando en diciembre del 2001 hicimos el lanzamiento de nuestro segundo libro, la invitamos a que nos acompañara y lo hizo muy feliz, quería verme, conocer en persona al amigo de ese padre adorado por ella. Asistió con sus dos hijos y fue muy emocionante para mí, poder darle el beso y el abrazo que en ese momento simbolizaba la figura de Paulino acompañándome.

Para tí, Sonia Rolando, la hija de mi primer y tan querido amigo.

Miguel



03.01.2010 04:14 / Notas de Eliza

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Esporádicamente -nomás al abrir los ojos- nos damos cuenta que estamos ante "uno de esos días" en que los problemas corrientes y surtidos que nos aquejan a todos van a afectarnos de tal modo, que seremos incapaces de asumirlos como hacemos a diario y será imposible llevar a cabo hasta la más simple rutina.

Cuando me siento así, sin ganas ni de levantarme, pongo en práctica una serie de trucos que suelen ayudarme a cambiar las cosas:

1 - Comienzo por una buena ducha. No importa que la hora más indicada sea al atardecer, después que las labores de la casa y el jardín me han puesto de tierra hasta los codos. Esta ducha matinal es terapéutica, me hará creer que no tengo un día entero por delante.

2 - Acto seguido me visto y me maquillo como para salir. ¡Total...!, el bajón que trato de aniquilar (que todavía ni se entera que lo estoy enfrentando), me ofrece algo agradable: un día de descanso, porque. como no aparecen las ganas de hacer nada. . .

3 - Me preparo el mate y me dispongo a disfrutar alguna de esas cosas que me gustan y a las que normalmente dedico poco tiempo: leer un buen libro, ver una película de video, charlar con mi marido bajo los árboles.

4 - Ya a esta altura, el asunto no está siendo fácil de resolver y empiezo a molestarme conmigo misma. "¿Así que hoy no te sirve nada? -me digo- Pues no estoy dispuesta a perder el resto del día. Es momento de poner en práctica el truco 5.!"

5 - Me sirvo un whisky (antes del mediodía y sin más "base" que unos mates, no son necesarios dos). Ahora sí, ahuyentados los hados malignos, con buen humor y con ganas, ¡a desafiar el día, que se hace tarde! Ni siquiera me importa tener que cambiarme de ropa ¡ni hacer la locura de bañarme otra vez cuando termine!

El asunto es que "esos días" en que el sentido del humor se me escapa, ¡me las arreglo para traerlo de los pelos! ¿A quién le gusta perder el sentido del humor...? Lo cierto es que a mí no.

No diré que mis recursos sean infalibles, pero tengo un As bajo la manga para cuando me fallan, que vendría a ser el truco 6, como ultimátum: ¡Una buena sarta de improperios frente al espejo y a voz en cuello!, y cuantas más palabrotas le incorpore, ¡mejor! Sinceramente, ¡termino riéndome de mí misma!

Eliza



03.01.2010 04:13 / Cuentos de Miguel

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Eloísa tenía 38 años. Vivía en pareja, feliz y en calma. Con buen equilibrio en todas sus decisiones, estaba convencida de lo que quería en esta vida y le daba el justo valor a cada una de las cosas que se le presentaban.

Tenía un trabajo estable y seguro, un matrimonio en total armonía con un marido que era -como se dice usualmente- "un buen hombre", y muchos amigos que la estimaban.

Luchaba por mejorar, sin la desesperación de dejar por el camino cosas ya conquistadas. Estaba en paz con ella y con su vida.

Entre sus compañeros de tareas había uno, que le estaba quitando esa serenidad tan habitual que era su orgullo. Para él -ignorante de la situación- ella era una buena compañera y con esos ojos la miraba.

Cuando Eloísa tomó conciencia de lo que le estaba pasando, no encontró una buena razón para la falta de ese equilibrio que tanto alimentaba su ego y su personalidad.

Al principio creyó poder superar ese injustificado nerviosismo ante la presencia de Manuel. Pero en el transcurrir de los meses, tuvo que aceptar lo que hasta entonces rechazaba de plano: se estaba enamorando. ¡Terrible!, aunque por lo menos... él continuaba a muchísima distancia del asunto.

Eloísa creyó que luchando contra ese sentimiento lo iba a vencer. Se mentalizó para que "eso" que había invadido su intimidad y lo más profundo de su ser, fuera desalojado en el momento que se lo propusiera. Grave error. Inexorablemente -desde el momento en que comenzó su lucha por expulsarlo- el "virus" ya la había invadido y se le aferraba con más fuerza.

Mantuvo la infructuosa lucha casi tres años. Ya no era la misma. Esa "cosa" la iba cambiando muy lentamente, pero a paso seguro. Su esfuerzo por destrabar la situación no había hecho más que acelerar ese amor -porque a esa altura tuvo que llamarlo por su nombre- reconociendo que su estado era muy grave.

Sólo pensarlo la estremecía de miedo. Ella, que jamás había sentido temor a nada, ni siguiera a envejecer. Indudablemente, su coraje se había escapado, dejando espacio para un amor. de esos que llegan derribándolo todo. ¿Qué hacer con tanto amor en la total soledad si sólo ella y su alma conocían el secreto?

A pesar de querer y respetar a su buen compañero, los viernes se habían convertido en sus días más tristes. Estaría en su casa separada del trabajo, lejos de Manuel. Trataba de justificar ese estado de ánimo con disculpas no muy coherentes para alguien que la conocía bien.

Ya carente de sentido común, se había quedado al garete como un velero en el océano embravecido, totalmente sin control. ¿Cuánto podría soportar? ¿Hacia dónde las aguas y el viento llevarían su embarcación? ¿Se partiría contra algún acantilado, o sería mansamente arrojada a la playa? Imposible encontrar una respuesta. Únicamente el destino la tenía. Ese destino que no habla, no anuncia, solamente ejecuta en el momento más imprevisible.

El amanecer de cada lunes Eloísa volvía a la vida, y todo su ser resplandecía. Era consciente de su infidelidad espiritual y eso la consumía tanto como no poder gritar su amor. Pero ya no estaba en condiciones de continuar una lucha inútil, había bajado los brazos. Con su pesada carga a cuestas e invadida de temores, salió hacia el trabajo, desorientada.

Se había enamorado sola, sin que nadie le diera participación. Manuel no tenía ni la más leve sospecha de lo que había despertado en ella. ¿Qué podría pensar si se lo confesaba? ¿Perdería para él su valor como mujer echando por tierra la amistad que los unía? ¿Reconocería el valor de ese amor auténtico, nacido insólitamente, capaz de darles inmensa felicidad. o de hacerlos mil pedazos? ¿O pensaría -tal vez- que no era más que una atracción física carente de sentimiento alguno?

¿Y en qué posición quedaría su marido si ella se decidía a hablar? ¿Cómo podría explicarle una situación tan fuera de lo común? Y aunque entendiera, ¿qué derecho tenía ella de lastimarlo así?

Era temprano, tomó un taxi y se dirigió a la rambla. Se sentaría un rato frente al mar para tratar de despejar la mente, tranquilizarse y encontrar -tal vez- una respuesta inteligente. Sentada sobre el muro miró hacia el horizonte, suplicando ante aquel azul inmenso y calmo, ayuda para encontrar la clave para su dilema.

-¡Vamos, rápido, apúrense! -llamó el Jefe al grupo de empleados-, ¿estamos todos?

-¿Adónde van? -preguntó Manuel que recién entraba-, ¿qué pasa?

-Es Eloísa -dijo el Jefe- parece que estaba en la rambla esta mañana y resbaló, se cayó al mar. Vení con nosotros, Manuel, dejamos cerrado hasta las 5:30, ¡vamos al velorio!

Miguel



03.01.2010 03:46 / Notas de Miguel

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La juventud no es una época de la vida

sino un estado del alma y de la mente,

un temple de la voluntad,

una cualidad de la imaginación,

un vigor de las emociones

y un frescor de las fuentes profundas de la existencia.

La juventud en todo momento significa

el predominio del valor y de la decisión sobre la timidez,

el impulso por la aventura y la alegría de vivir.

No es, por lo tanto, cuestión de mejillas sonrosadas

ni de labios rojos o rodillas flexibles.

Nadie se pone viejo por haber vivido cierto número de años,

la gente envejece cuando abandona sus ideales.

Los años arrugan la piel

pero la falta de entusiasmo arruga el alma.

Las preocupaciones, las dudas,

la desconfianza en sí mismo,

el miedo, la desesperación...

son cual años muy largos que inclinan la cabeza

y deprimen el espíritu.

Téngase setenta o veinte años,

hay en el alma de cada ser humano el amor por el misterio,

la dulce admiración por las estrellas,

el indomable desafío a los acontecimientos

y el infalible entusiasmo juvenil por el goce de la vida.

Se es tan joven como su fe,

tan viejo como sus dudas,

tan joven como la confianza que en sí mismo,

tan viejo como sus temores,

tan joven como sus esperanzas

y tan viejo como su escepticismo.

Mientras el corazón y el espíritu

sigan recibiendo mensajes de belleza,

de alegría, de valor y de grandeza,

se seguirá siendo joven.

Pero cuando esos resortes estén gastados,

la cabeza cubierta con las nieves del pesimismo

y el corazón endurecido por el hielo de la indiferencia,

se estará verdaderamente viejo.

Esperemos entonces que el destino

tenga piedad de nuestra alma.

Miguel



02.01.2010 15:32 / Cuentos de Miguel

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Lalo recuerda... tenía 6 años cuando vivía en una casa de madera rosada en una calle que se llamaba Amarillo. A cinco cuadras de esa casa, la calle moría en la frontera con el Brasil.

Tenía una abuela; que la mayor parte del día estaba enojada. Tenía obligaciones; juntaba huesos para vender y traía la comida de un cuartel que estaba a veinte cuadras. Tenía un perro: Dique, todo negro y peludo, que lo hacía sentir muy feliz cuando podía estar junto a él. Tenía amigos: el cielo, azul o plomizo; de día la luz del sol; de noche la luna y las estrellas; y la lluvia; siempre. Les hablaba, y eso hacía que su niñez no fuera tan triste. Tenía sueños: de niño, imposibles de alcanzar, quimeras. Tenía tristezas: que no sabía explicar. Tenía deseos: de llorar... pero no tenía lágrimas.

Un día Dique, su mejor amigo, su hermano tan querido, se fue para siempre de este mundo. Lalo le preguntó a ese cielo tan azul... ¿Por qué...?, y él nada contestó. Le preguntó a la luna y a las estrellas, y también hicieron silencio. Al viento, al sol, pero tampoco dijeron nada. Sólo en la lluvia encontró respuesta, ella lo consolaba con su golpetear sobre las chapas del techo.

Un día, casi sin darse cuenta, se despertó adolescente. Ya estaba en condiciones de presentar lucha a todo lo arduo y espinoso que tiene este mundo terrenal. Su niñez había pasado, dejándole cicatrices -en el alma, más que en el cuerpo- imposibles de borrar.

Lalo miró hacia atrás y vio, muy lejos, su marchita niñez recostada en el tiempo. Entonces pensó: ¿Tuve niñez alguna vez? Y si la tuve, ¿dónde está?, ¿quién me la robó...?

Y otra vez, sólo fue la lluvia quien le dio respuesta, con su fraterno golpetear sobre las chapas del techo...

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