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A tumbos bajamos por la ladera, entre el barro colorado de la Sierra Maestra y los troncos ennegrecidos por el napalm. Las botas resbalaban al desalojar los pedruzcos y nos magullábamos las manos al colgarnos de las ramas secas para atenuar la inercia del descenso. A veces uno de los cinco perdía pie y rodaba unos metros por la pendiente casi vertical, llenándose la cara de barro, hasta quedar detenido por algún tronco. Pero ni siquiera resollábamos, porque Lázaro Soltura nos había pedido silencio. El único ruido era el de los tiros, que venía de abajo, desde la niebla que cubría el valle y se desgarraba en jirones a la luz sucia del alba; la pequeña explosión recortada de las carabinas M-1, el estampido más grave de los Springfield, el bordoneo de un mortero y el trueno del impacto.
Cada tanto Lázaro se detenía, pegado a un árbol y lo imitábamos sin saber bien por qué; aprovechábamos la ocasión para secarnos el sudor, que el frío de la madrugada helaba de inmediato. Cuando entramos en la niebla, impregnada de olor a cordita, la ropa se nos llenó de gotas condensadas, y empezamos a tiritar, inmersos en un mundo de imágenes incompletas y sonidos amortiguados.
Los tiros se oían más cerca, mezclados con apelaciones lejanas, con palabrotas confusas. Alguien gritaba allá abajo: «No, no». Una voz llamaba con intermitencia: «Agustín, Chino». Otra profería, entre las ráfagas de las Thompson: «Cabrones». Después los tiros fueron cesando, hasta casi desaparecer, y sólo quedaban los gritos y, a veces, un silbido que provocaba otros y otros. Nos detuvimos y Lázaro se sentó y se recostó a un tronco, acurrucado. Lo imitamos y el tiempo comenzó a pasar, sin otra referencia que algún disparo esporádico. Después, entre los árboles calcinados, comenzaron a aparecer hombres barbudos y de rostros febriles, que subían lentamente hacia nosotros con sus fusiles en la mano, mirando siempre hacia atrás. Amanecía el 14 de febrero de 1958. Desde el valle donde había peleado todo un día y toda una noche, el Che Guevara venía retirando su columna del combate de Pino del Agua.
Hubo que esperar a que el americano Bigart reparara con esparadrapo los anteojos, rotos en una caída. Los guerrilleros pasaban ante nosotros, sin mirarnos. Hacía veinticuatro horas que no dormían y habían tenido una sola comida, pero el cansancio de sus rostros y sus miradas vacías no se advertían en el modo en que marchaban.
Primero iba una docena de hombres con armas automáticas: la patrulla que encabezaba la columna. Después venían los heridos, transportados en unas angarillas hechas con una manta y una rama de árbol, o caminando dificultosamente, con vendajes improvisados manchados de sangre. Las angarillas eran transportadas a veces por hombres con la cabeza descubierta y uniforme amarillo: eran los prisioneros, los «casquitos» del entonces presidente Fulgencio Batista.
Alguno de ellos también venía en angarillas. Dos mujeres, con el M-1 en banderola, caminaban entre los heridos. Detrás venían más prisioneros, a continuación los servidores de las ametralladoras con sus armas al hombro, un guerrillero con casco americano que hablaba por un walkie-talkie y el resto de los combatientes. Otra patrulla con armas automáticas cerraba la marcha, acompañaba a otras dos angarillas que transportaban cuerpos envueltos totalmente en mantas y trozos de nailon verde; eran los muertos de la tropa del Che.
Bigart se acomodó los lentes, nos enderezamos y nos unimos a la columna. Lázaro saludó sobriamente a algunos, pero nadie nos presentó ni preguntó quiénes éramos. Todos caminaban en silencio, mirando al suelo. En una de las parihuelas venía un joven de mirada límpida. Llevaba las manos cruzadas detrás de la nuca y a veces una mueca de dolor le contraía la cara, en que una barba incipiente estaba sucia de sangre. Era Camilo Cienfuegos y tenía un balazo en el vientre. Yo distribuí cigarrillos entre los más cercanos, pero todo lo que hacíamos, en medio de aquellos hombres que venían del combate, parecía un gesto fútil y extranjero; caminaban ensimismados en una hermandad que nosotros no compartíamos: la de la muerte, y los recién llegados quedábamos fuera. Puse a Camilo un cigarrillo en la boca y se lo encendí; agradeció con una sonrisa mansa, pero su mirada se perdía entre el follaje y los rostros de sus compañeros. Yo no existía, más allá de la mano que había arrimado el encendedor, nada existía quizás, fuera del estruendo y el griterío de Pino del Agua, que habían quedado entre la niebla y al mismo tiempo venían entre los hombres silenciosos.
Cienfuegos, conteniendo los vahídos y empeñándose en llegar con conocimiento al campamento, era el jefe de la columna, porque el Che no se había retirado con estos hombres. Al frente de otro grupo se dirigía por una ruta distinta a intentar un contacto con la columna de Raúl Castro, cuya comunicación por radio se había interrumpido desde el día anterior. Fidel y su propia columna, por su parte, convergirían también en el campamento, desde otras posiciones, pero llegarían mucho después que nosotros. En esa etapa la dispersión era una de las tácticas fundamentales de la guerrilla, porque estábamos caminando por las despobladas «zonas de muerte», batidas permanentemente por la aviación y por las compañías de Casillas Lumpuy y Sosa Blanco.
Nosotros también nos separamos. En una bifurcación M sendero selvático, Lázaro nos señaló la ruta: otra sierra que deberíamos trepar. Los cinco -Lázaro, sus dos guerrilleros, Bigart y yo - abandonamos la columna y comenzamos a subir por las paredes rocosas, a la orilla de una cascada de montaña. Los combatientes siguieron su camino entre la tupida vegetación. Lázaro dijo: «Vamos a llegar a La Mesa antes que el Che».
Tuvimos casi un día, antes que la columna de Pino del Agua apareciera en La Mesa , para apreciar la tarea organizativa de Guevara, el metódico. El Che había distribuido el campamento entre dos picos cubiertos de monte. Las instalaciones estaban desparramadas en tres o cuatro kilómetros cuadrados. En el valle, por donde corría un torrente de aguas heladas y transparentes, existían al abrigo de la vegetación selvática el hospital de sangre, la escuela donde tres maestras alfabetizaban a los guerrilleros y también a algunos prisioneros, la redacción del periódico mimeografiado que editaba Luis Orlando Rodríguez y los bohíos que alojaban a los prisioneros. En una de las cumbres funcionaba la radio clandestina, instalada en esos días después de haber traído desde el llano -a lomo de mula y a espalda de mensajeros, durante meses, pieza a pieza - el transmisor y los demás dispositivos. Eran los lugares más seguros, a salvo de las inspecciones aéreas. Ni siquiera el techo de chapa acanalada del hospital podía verse, cuando uno ascendía unos pocos metros. La avioneta Cessna que venía todas las mañanas a explorar y precedía a los T-33 que portaban tanques de napalm; rozaba las copas de los árboles sin advertir la presencia de las guerrillas.
La otra cumbre era el cuartel general: allí estaba la «casa» de Fidel, casilla de madera verde, de espacio reducido, que contenía sin embargo dos pequeñas camas paralelas separadas por una mesa, libros, equipos y armas. Había que subir otro poco, entre el monte, para llegar a un claro donde se levantaban dos bohíos abandonados por sus dueños, con canteros aún plantados de malvones y un raquítico duraznero. El Che colgaba su hamaca en el interior humoso del bohío mayor, donde siempre el fogón guajiro -un cajón de madera dura, sobre patas y con brasas perennes - calentaba el agua para el mate del argentino.
Ya le habían sacado a Camilo la bala y yacía, pálido y conversador, bebiendo café que le colaba una de las enfermeras. El sol brillaba en el mediodía de la Sierra Maestra y Tranquilino, el cocinero, con su cerdito atado de una piola, al que habían respetado hasta en los peores períodos de escasez del campamento, estaba calentando la malanga que sería el almuerzo, cuando empezaron a llegar los guerrilleros de Pino del Agua.
El Che caminaba al lado de su mulo, pero llevaba a la espalda la mochila y cargaba el fusil con mira telescópica traído en el Granma y cartucheras de las que colgaban dos granadas de mano. Estaba muy delgado y la barba rala apenas le rodeaba su rostro casi infantil. La gorra de visera estaba ornada con una estrella dorada a la que se superponía una media luna. Era el único de la tropa que tenía polainas sobre las botas de montaña, y los bolsillos de la camisa verde olivo le reventaban de papeles, libretas y varios lapiceros. Se ceñía un ancho cinturón militar de lona tejida con hebillas de metal, del que le colgaban una cartuchera y la pistola calibre 45. Los bolsillos laterales del pantalón estaban repletos como alforjas y deformados por el peso de más balas, mudas de calcetines y algunos libros. Venía algo apartado del grupo y cuando llegó al antepatio del bohío se paró a la sombra de un laurel cubierto de flores rosadas. Los guerrilleros iban dejando sus armas y sus mochilas apoyadas contra las paredes. Los prisioneros se agrupaban entre los canteros con inquietud. « ¿Cómo está Camilo?» -preguntó el Che -. « ¿Y Fidel, ha llegado?» La voz era algo ronca y baja, por la fatiga, pero no se sentaba.
De la mochila sacó un termo pequeño, yerba y se puso a preparar el mate. Una muchacha trajo una caldera con agua hirviendo y llenó el termo. Nadie se ocupaba mucho del Comandante, y en torno al bohío se formaban grupos, conversaciones y encuentros. Del valle subían más hombres a saludar con alegría a los combatientes. El Che cebó el primer mate y comenzó a tomarlo caminando hacia la casa. Yo estaba de pie en la puerta, colocando un filme en mi Leica y no le perdía un gesto. Volvía a sentirme extranjero e inútil, el aprovechador de una situación, extrañamente sano, bien nutrido y superficial, casi un turista, frente a aquel muchacho que hablaba con mi acento y sabía dónde quedaba el Palacio Salvo y la Torre de los Ingleses, como yo, pero venía de la guerra y había dado a su vida un sentido que me hacía ser testigo avergonzado de un compromiso fuera de mi alcance. ¿Por dónde empezaría a hablarle? « ¿Vos sos el uruguayo? -dijo Guevara -. Tomá un mate.»
Era imposible hacerle un reportaje al Che. Quiero decir, una entrevista con preguntas y respuestas. Después de comer nos sentamos al sol y teníamos toda la tarde por delante, porque a Fidel lo esperaban recién a la noche, pero el Che se resistía a la relativa solemnidad de mis temas.
No había inconveniente en que conversáramos de todo, pero me tomaba el pelo por la libretita de notas, por el lápiz en mano. El cuestionario se invertía y me preguntaba sobre mi Leica, sobre focos y tiempos de exposición. Tenía una Contax y se levantó para traerla. Y después hablamos de fotómetros y le regalé dos rollos de Kodachrome. Intentaba volver a la ideología de la revolución y él estaba sacando fotos con mi cámara y probando si con el teleobjetivo se alcanzaba a ver a las muchachas que lavaban camisas en el arroyo. « ¿A vos te parece que eso importa algo?», dijo cuando le pregunté sobre su formación política, sobre los motivos que había tenido para unirse a la expedición del Granma. «Mirá, empecé a aprender todo de nuevo después del primer combate.» Y seguía averiguándome cosas. ¿Cuándo había salido de Montevideo? ¿Traía yerba? ¿El hijo de puta de Rojas era aún importante en la Argentina ? No me daba cuenta de que mi deformación profesional lo molestaba. Nada de sentirlo héroe guerrillero, nada de sentirme autorizado para la curiosidad sólo por mi condición de periodista. Ahí estaban dos tipos tomando café al sol y hasta ahora los puntos comunes eran sólo una afición a la fotografía y ciertos lugares geográficos.
Lo demás -el pasado, los proyectos, los sueños, el futuro - son cosas que se conversan entre amigos y nadie podía venir a metérsele en sus cosas, sin esa categoría, que nos faltaba. Sus armas defensivas eran el sarcasmo repentino y la sonrisa en silencio, que me examinaban como evaluando mi impertinencia o mi ingenuidad. El Che sabía construir sus reductos y manejar sus puentes levadizos. Pero también era un intuitivo de la cordialidad, y sus brusquedades no dejaban heridas, cuando se entendía que todo era un afán obsesivo de ser verdadero. Siempre, la franqueza era el credo básico del Che, y él, con su sarcasmo porteño, destruía en su interlocutor el amaneramiento, la referencia pedante a doctrinas o ideas, la gravedad uruguaya, que aspiraba a situar sólo en el plano de la historia o de la ideología política una lucha que estaba llevando a cabo con su cuerpo debilitado, con su asma y con su sangre. Más tarde, cuando cerré la libreta, ya desconcertado y todavía sin comprender, dio un paso hacia el terreno donde quería llevarme y bajó un puente levadizo: «Cuando te vayas, ¿te animas a llevarme una carta para la vieja, que está en Buenos Aires?».
Esa noche, mientras rodeábamos el fogón tomando café y la guajira Juana/Chana fingía con otros una sesión de espiritismo y el bohío se llenaba de carcajadas vino un mensajero a decir que Fidel estaba llegando. Caminé detrás del Che y de sus tenientes por una interminable vereda de la montaña, en medio de la oscuridad y del perfume de la vegetación. El Che llevaba una linterna que iluminaba el camino con un círculo, amarillento. Al rato vimos otra luz: era la linterna de Fidel, que alumbraba la marcha de su grupo. Los dos se encontraron (era la primera vez que yo podía ver a Castro personalmente, pero la oscuridad no me dejó) y se apartaron, solos. Alcancé a oír la voz preocupada de Fidel: « ¿Qué ha pasado con Raúl?».
A la mañana siguiente, el Che nos llevó a Bigart y a mí a recorrer sus posesiones. Nos mostraba la fábrica de zapatos y se reía masticando el habano: «Cuando hay mucha urgencia, repartimos un par de botas entre dos. Tradúceselo al americano para que vea cómo nos arreglamos contra el ahijado de ellos».
Al abrigo de unas grandes pencas, cerca del agua, había dos hombres , afanándose sobre una mesa cubierta de hojas color marrón y paños mojados. Era la última hazaña organizativa de Guevara: una fábrica de habanos. Nos dieron un atado. Eran toscos y mal armados, pero tan sabrosos como los Partagás de la capital. El Che picó unas hojas y cargó la pipa de Bigart: «decile que si le gusta, hay todo el que quiera». Con su calma a prueba de todo, el americano chupó la pipa y saboreó el humo varias veces, después dio la tabaquera para que se la llenaran. En el hospital, Cienfuegos estaba escuchando una radio transistorizada y el Che le puso su gorra en la cabeza: «¿Qué tú crees, un Comandante sin uniforme?». Y se reía con ternura, hasta que Camilo empezó a reírse también y a olvidarse de su balazo.
Subimos y bajamos las laderas del campamento, y se iban añadiendo al grupo adolescentes con camisas rotosas y zapatos por donde se les escapaban los dedos. Algunos tenían una incongruente camisa nueva. Otros, una gorra, o un cinturón, o un par de pantalones de uniforme.
Eran los reclutas, que estaban esperando su equipo, guajiros, estudiantes de La Habana , empleados de comercio de Manzanillo o de Contramaestre. Habían subido a la Sierra para solicitar la oportunidad de combatir. Todavía no había armas para ellos y se demoraban en el campamento. Algunos detenían a Guevara, diciéndole indistintamente Che o Comandante: « ¿Vendrá aquello? » (Aquello era el fusil). El Che los miraba serio y les hablaba con brusquedad, pero tras el tono impaciente estaba el orgullo del jefe por su tropa, y ellos lo sabían: « ¿No te dije que hay que esperar? Si tienes tanto apuro vete a los combates y consigues el Garand de un casquito». Los muchachos sonreían y seguían al Che con ojos admirativos. Todo el campamento rodeaba su paso con una especie de cariño seguro, que no necesitaba demostraciones. No había órdenes, ni venias, ni protocolo militar, la guerrilla de La Mesa trasuntaba una disciplina más íntima, derivada de la confianza de los hombres en sus jefes. Fidel, el Che y los demás vivían en los mismos sitios, comían lo mismo, y a la hora de la pelea disparaban desde la misma línea que ellos. Guevara no tenía que abandonar su brusquedad porteña ni su ironía para demostrar que los quería, y ellos le pagaban con la misma reticencia viril, de una adhesión más honda que la mera obediencia.
Cuando lo mataron, los diarios se llenaron de las fotografías terribles, el cadáver vejado, la frente todavía infantil y pura, los ojos abiertos que continuaban mirando de frente. Y de ese cuerpo yaciente, martirizado y expuesto a la befa de sus asesinos, se desprendía aún la serenidad imponente de la verdad. Era la verdad de la existencia entera de Guevara, pero era también una verdad mayor, a la que el Che afilió su vida y su muerte, la verdad de una lucha -pensé entonces - que va dejando estos cadáveres por el camino sólo para hacerlos vivir de otro modo. De alguna manera, ellos continúan anunciando que un mundo está acabándose y que otro debe nacer. Muertos o vivos, los hombres como el Che Guevara vienen acabando con el mundo.
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