
“BASURA es todo material considerado como desecho y que se necesita eliminar”.
La definición clásica de basura omite un detalle importante, que es el siguiente: La Basura es un producto propiamente humano.
Ningún otro proceso de la naturaleza, ya sea entre los elementos del reino mineral, vegetal o animal, genera basura. Deshechos, tal vez, siempre y cuando lo analizados desde un punto de vista parcial y coyuntural, porque en realidad, todos los procesos donde un sistema desecha algo, otro sistema lo incorpora en su cadena de actos funcionales. La naturaleza, en toda su expresión de armado y desarmado de los recursos vitales, todo lo aprovecha, reciclándolo, re-insertándolo, volviéndolo nutriente o componente. Pero deshechos que “deben ser eliminados”, porque no sirven para ninguna otra cosa, sólo los producen los seres humanos. Y cuando se habla de deshechos “que deben ser eliminados”, comúnmente nos referimos a deshechos peligrosos, como deshechos tóxicos, deshechos readioactivos, deshechos infectocontagiosos, etc., sin embargo, también constituyen un peligro muy serio la cantidad de aquellos que en una clasificación a priori pasarían por “inocuos”.
Entonces, no sólo la calidad del deshecho que genera la especie humana es peligrosa, sino también la cantidad. Y quizá esto último aún más peligroso que lo primero.
Ahora bien, no siempre fue así.
UN POCO DE HISTORIA:
Es importante precisar que, cuando los seres humanos se desarrollaron como especie, eran tan frugales y poco desechadores como el resto de los mamíferos o demás integrantes del reino animal. En el principio de los tiempos, eran cazadores y recolectores y no dejaban nada tirado tras de sí, pues todo era utilizable. La carne, la piel, los huesos y hasta la ceniza eran aprovechados y servían de un modo u otro para alcanzar mejores niveles de supervivencia. Esta impronta persistió por miles de años.
Luego, en un proceso que duró nadie sabe cuanto, los seres humanos se volvieron agricultores y esto implicó un cambio muy importante en su forma de vida. Un cambio radical y profundo que afectó su relación con el medio ambiente y con los demás componentes de la especie. Por primera vez, el hombre no dependía del azar, el deambulaje y las costumbres migratorias de las manadas de rumiantes para alimentarse. Como consecuencia, resultó que para sembrar, cuidar y cosechar los productos de esta nueva tecnología, había que permanecer mucho tiempo en un mismo lugar. De hecho, si las circunstancias eran las adecuadas, se trataba de quedarse para siempre en el mismo sitio. Como resultado de esta nueva forma de obtener alimento, mucho más eficiente que lo hasta entonces conocido, el sedentarismo se vuelve crónico y da paso a dos nuevos patrones de conducta; el trabajo y la producción.
El hombre, como especie, comienza su camino de emancipación de las leyes de supervivencia que aprisionan a todas las demás.
En este marco de cosas, y propiciado por la relativa certidumbre de que se dispondría de alimento para el futuro, en mayor o menor medida, la condición gregaria del hombre se fue intensificando, dando pie al inicio del fenómeno cultural. No pasó mucho tiempo para que el éxito agrícola permitiera a la especie crecer en número, y generar nuevos tipos de agrupamientos, como aldeas, pueblos y ciudades, dejando la manada (tribus nómadas) atrás para siempre. Estos nuevos espacios de convivencia, devenidos del excedente de mano de obra rural, generan la primera gran oleada de bienes y servicios en la historia humana, pero también plantean por primera vez el gran tema de las aglomeraciones humanas. ¿Qué hacemos con los deshechos?. Esto se volvió rápidamente un asunto serio, empezando por la cuestión de los despojos dejados por las necesidades más perentorias. En este punto cabe recordar que inventos tan prácticos y eficientes como el excusado y las instalaciones sanitarias en general tienen menos de 160 años entre nosotros. Este reto en particular lo resolvió cada civilización según sus divinidades les dejaron entender. De los deshechos de otro tipo se disponía también según el ambiente y necesidades de cada colectividad. Tanto es así que a partir de cómo se deshacían de sus basuras en la antigüedad, se ha desarrollado toda una rama de la arqueología.
Ahora bien, cabe anotar que durante milenios la basura como tal era más bien escasa. Y aunque el sedentarismo había cambiado las circunstancias de producción, los recursos eran mínimos, ya que su explotación seguía siendo artesanal y extremadamente cara, y los desastres, tanto naturales como humanos, imprevisiblemente presentes. Nada era desperdiciado o desechado fácilmente, ya que resultaba difícil hacerse de cualquier cosa, ya fuera de uso cotidiano o de aparente lujo. Todavía en el siglo XVII, o sea 1600 años de calendario cristiano, lo que correspondería a unos 7 u 8 mil años de la historia humana, el filósofo y economista Thomas Hobbes ( 1588-1679 ) aseguraba que la vida humana seguía siendo “solitaria, pobre, sucia, brutal y corta”.
Pero por ahí del S.XVIII se produce la segunda mayor transformación en la civilización humana; la Revolución Industrial.
Con la Revolución Industrial vino la gran explosión de bienes y servicios. La humanidad, en términos de productos para el uso y facilitación de la vida (enceres, vestimenta, medicinas, herramientas y armas) comenzó un camino rápido y descontrolado hacia el enriquecimiento. Consecuentemente, vino la gran explosión de la basura, por un lado, porque los procesos industriales generan escoria y desechos en una escala muchísimo mayor que los artesanales, y por otro, debido a que siendo los productos más accesibles y baratos, la tentación de echarlos a la basura cuando se dañan o dejan de funcionar correctamente, se volvió mayor.
De hecho, para llover sobre mojado, hace aproximadamente medio siglo irrumpió la cultura de lo “desechable”, como algo cómodo, práctico y útil. Ahora, la civilización no genera desechos como consecuencia del uso de sus bienes materiales, sino que ya los construye desechables desde el vamos, convencidos, de la mano de la economía, que esto es más SANO para la vida que estar muchos años usando el mismo instrumento y por lo tanto, “deteniendo el progreso”.
El resultado es notable: cada ser humano genera cada vez más basura, aún en las sociedades más pobres o menos industrializadas. Un ciudadano promedio, en una ciudad promedio de principios del siglo XXI, generará 3,500,000 kilos de heces a lo largo de su vida promedio. Sin embargo, generará 8,500.000 kilos de desechos sólo en envases descartables.
En un país con 500 millones de pobres como la India, cada habitante generará entre 200 y 600 gramos de basura al día. Las estimaciones para México (la mitad de cuya población también es pobre) se aproxima al medio kilo diario. Ültimos datos nos indican que en el DF, se generan 140:000.000 (ciento cuarenta millones) de kilos de basura diaria. En Estados Unidos, gran responsable de la polución mundial, cada habitante genera casi dos kilos diarios de basura, lo que equivale a 60 toneladas en toda la vida de cada individuo.
Tal y como están las cosas, la basura es resultado de nuestra riqueza y bienestar, así como de nuestra forma inmediatista e irresponsable de consolidar nuestra existencia. Tal y como están las cosas, la basura nos está rodeando, nos invade imparablemente, y lenta pero seguramente, logrará arruinar nuestros recursos naturales, dejándonos al borde de la extinción.
Quizás antes que una llamarada solar, o que un meteorito o un cataclismo climático, y aún quizás antes que un loco desbordado aprete el botón equivocado, o que un virus artificial mal manipulado nos arrase, llegue hasta nosotros el mayor de los perjuicios a través de la mala disposición que hacemos de nuestra buenaventuranza...
P.D. - Material difundido en el programa "HURGADORES" (www.deportesfm.com), obtenido con la colaboración de Norma Sarachega y José Monza. Muchas Gracias.

Una tarde otoñal mi amigo ECTOR daba un paseo camino a la plaza del barrio, junto a su hijo de 6 añitos.
Estaban aprovechando las últimas temperaturas cálidas del año, tratando de absorber el máximo sol posible para los meses venideros.
Al pasar frente al portón de determinada casa, un perrote arremete contra los barrotes de la reja circundante y comienza a ladrarles afanosamente.
Tras un muy breve sobresalto, el niño lo encara y se pone a ladrarle también - guau! guau! guau! -
Mi amigo Ector mira absorto la escena, sin saber muy bien cómo reaccionar.
Después de algunos segundos, el niño deja de ladrar al perro y se alejan de allí para seguir con su paseo y para alejarse del espacio que aquel guardián entendía que tenía que proteger. Cuando habían caminado unos metros y el perro se había llamado a silencio, el niño mira a Ector y dice - Papá, no sé si me habrá entendido claramente, porque no domino muy bien el idioma de los perros, pero yo quise decirle: "tranquilo ché, somos amigos". ¿Tú crees que me habrá entendido? -
Mi amigo Ector reflexionó un momento antes de contestarle y le dijo - mmm, no lo sé hijo, lo que sucede, creo yo, es que entre ellos no se dicen tantas cosas como nos decimos nosotros, no necesitan tantas palabras ni tantas explicaciones. Ellos solo ladran para manifestar tres o cuatro emociones básicas. Se dicen si están contentos, o si están asustados. Si tienen hambre o si están enojados o doloridos o si tienen ganas de jugar. Creo que nada más, pues creo que no necesitan otra cosa para relacionarse entre ellos -
El niño medita un momento, y a continuación expresa en voz alta lo siguiente -Tienes razón, es siempre la misma palabra “guau” pero con una emoción diferente. Entonces, lo que ellos escuchan en reallidad es la EMOCION ¿verdad? -
Ector se pone a reflexionar sobre las palabras de su hijito de 6 años, mientras avanzan tomados de la mano, caminando sobre los mantos macizados de rojo, pardo y naranja de las hojas de plátano que cubren la vereda. Unos pasitos más adelante, el niño vuelve a hablar, diciendo - Entonces papá, si nosotros necesitamos tantas palabras y tenemos tantos idiomas…¿es porque nos hemos olvidado de escuchar las emociones? -
En ese momento pisaban el césped de la plaza y Ector que suelta el balón que llevaba bajo el brazo y le dice a su hijo - Bueno, cachorro, yo atajo y tú pateas, ¿de acuerdo? -
-Sí, dale - dice el niño con un brillo de grito de gol en sus ojos…
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Esta tarde de paseo y charla entre padre e hijo sucedió hace casi una década atrás. Sin embargo, al día de hoy, mi amigo Ector aún sigue buscando una respuesta…