Caireles. (el blog)
Textos, noticias y diario de viaje de una novela de alfredo fonticelli.

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06.12.2009 23:00 / Las lecturas de Caireles

Por Gustavo Esmoris en Semanario "Voces" 26/11/09

La relación entre un padre y una hija separados por las aguas del Río de la Plata actúa como disparador de una novela donde la soledad aparece en primer plano.

Con un narrador fluctuante, repartido entre Julio y Lucía, padre e hija de esta historia, la trama parece detenerse o avanzar con un ritmo variable. "No sé como hablar con mi hija", dice el padre en uno de los capítulos, resumiendo en esa breve confesión el eje central de la novela. Un hijo / hermano muerto en la guerra de las Malvinas, y el recuerdo lejano de una película de Woody Allen, es lo poco que parece unir a los protagonistas de esta historia donde la incomunicación domina a gusto todos los escenarios. Una novela muy recomendable, escrita desde los grandes temas.



23.09.2009 14:40 / Lanzamiento y presentaciones

La Intendencia de San José y Ediciones Trilce tienen el agrado de invitarlo a la presentación de la novela Caireles ganadora de los Fondos Concursables del MEC 2008 en la categoría Letras. La misma se llevará a cabo en el Club San José en el marco de la 4ta. Edición de la Feria de Promoción de la Lectura y el Libro. En la oportunidad hablaran el escritor y periodista Leonardo Cabrera, el poeta Tabaré Gonella y Alfredo Fonticelli autor de la novela.

La cita es: domingo 4 de octubre a las 19 hs en el Club San José

Alfredo Fonticelli, escritor y periodista a publicado: "Migraña", Ed. Yaugurú. (2006), "Vidrios", Ed. Civiles Iletrados. (2003) y "Encrucijada de almas, un tríptico", Ed. Civiles Iletrados. (2000)

La novela "Caireles" recibió los premios Fondos Concursables, categoría Letras, MEC, 2008 y Mención en el Premio Anual de Literatura del MEC en su edición 2007 en la categoría Inéditos.

La novela "Migraña", Ed. Yaugurú. (06), recibió mención en el Premio Anual de Literatura del MEC en la categoría Éditos 2006.

El texto de no ficción "Se partió en Nicaragua" está desarrollado en blogsClarín.com

De 1999 al 2003 trabajó en las experiencias radiales "Sintiendo blues" y "Subterráneo" de Aspen Maldonado y a partir del 2005 en "Sopa de letras" de CX 26 Radio Uruguay.



02.09.2009 16:29 / Las lecturas de Caireles

Naufragios,

por Alicia Torres en BRECHA 28/8/09

Probablemente Santullo posea una cierta homogeneidad de estilo narrativo con Fonticelli: lenguaje muy cuidado, frases cortas, sobrias, pero a la vez colmadas de significados, construcción meticulosa de personajes y situaciones. Pero la perspectiva de ambos es diferente. Caireles comienza haciendo progresar un misterio que no sólo no se resuelve, sino que se expande hacia nuevos enigmas. El primero es por qué Lucía, hija de Julio, se niega a abrir la puerta al padre recién llegado de Buenos Aires. Fronteriza en muchos sentidos, la historia transcurre entre esa ciudad y Montevideo. El dolor y la rabia también. Un mundo subterráneo de pérdidas y renuncias. La introspección de los personajes, la mirada hacia adentro y el predominio de una primera persona angustiada que explora la memoria, introduce eficaces descripciones que en el caso de Lucía pueden ser parcas y estar al servicio del extrañamiento con que emprende su búsqueda personal: "hasta donde tendré que ir para escapar de una vez por todas", y en caso de Julio, paralizado en un pasado culposo que tiene como eje la muerte del hijo en la guerra de Malvinas (otro tema nuevo en nuestra literatura) ocupar el espacio de la casa descuidada y el patio con malvones que devoran las hormigas. Un universo capaz de reintegrar los códigos secretos del hombre que fue alguna vez. El desencuentro entre padre e hija ensaya distintas modalidades de fuga que pueden ser pensadas como desplazamientos simbólicos: "alguien tiene que dejar de fingir que no ocurrió nada". El lector circula en espiral, en busca de un centro que no existe, y se detiene en un final sin final. Otro nivel de la novela, que incluye la vida como material narrativo, afloja la tensión alcanzada al introducir a "un tal Jorge Varlotta" que responde a Lucía interrogantes profesionales sobre la construcción del Palacio Salvo: "una tumba enorme (.) inspirada en la Divina Comedia". Marcas postmodernas de intertextualidad y autoficción (la tumba desconocida "del primer Fonticelli que piso el Rio de La Plata"), y la muerte como gran eje central que cohesiona los infiernos particulares, instalan en Caireles la distancia reflexiva del relato clásico y establecen un lúcido juego de relaciones entre los hechos históricos y la circunstancia personal de los protagonistas.



28.08.2009 17:50 / Lanzamiento y presentaciones

Lectura (a dos voces) con Helena Corbellini.

Estoy parado frente a la puerta del edificio en donde vive mi hija, cansado de viajar en ferry toda la noche. Aburrido de los falsos controles aduaneros que sólo te quitan el sueño. El hall del edificio es antiguo y por lo tanto poco luminoso. No sé por qué siempre lo imaginé diferente.

Apoyo las valijas cerca de mis piernas y presiono el botón del portero eléctrico.

El sonido del portero eléctrico atraviesa el departamento. Es un sonido agudo. Es un maldito pulso magnético que recorre las paredes y el piso de mi casa siguiendo una línea invisible. En su camino, desde la puerta de la cocina hasta la cama, atraviesa cada mueble que cruza. Nada parece detenerlo o silenciarlo.

Espero que Lucía atienda mientras enciendo el primer cigarrillo de la mañana. Muy pocos autos pasan por la calle. Se ven conductores solitarios rumbo al trabajo y furgonetas de colegios privados que pasan vacías. En la esquina un pequeño grupo de personas forman una cola desflecada en la parada del ómnibus. El barrio es arbolado. Hay plátanos en las veredas y acacias en los patios de las casas vecinas.

Desperté hace horas sabiendo que esto sucedería. En realidad pasé la noche entera con la televisión encendida hasta que se acabó la programación. Nunca me dormí del todo.

Sé que es mi padre y es por eso que no estoy dispuesta a levantarme. No quiero que pise mi casa. Traté de evitar su visita conversando por teléfono. Quise persuadirlo con el tiempo suficiente para no tener una escena en la puerta del edificio. Estoy cansada de los comentarios que realizan los vecinos sobre mi vida.

La respuesta de mi hija se demora. Insisto. El aparato emite un sonido metálico semejante a un conjunto de voces superpuestas. Creo distinguir su voz, pero nada acciona la chicharra y libera la puerta. Inclino la cabeza a la pared, acerco la oreja al parlante. Por más esfuerzo que hago no distingo algo en especial. ¿Será posible que Lucía no se haya levantado temprano sabiendo que hoy llego?

Algo no funcionó. Fracasé. Es evidente que no pude detenerlo en Buenos Aires. Mi padre no frenó su viaje y está en la vereda de mi casa esperando que le abra la puerta. Mi padre está cerca. Puedo imaginarlo sin mucho esfuerzo. Sin dudas lleva puestos pantalones oscuros y arrugados. Corrijo. Casi puedo verlo ingresando al hall, caminando lento hasta el ascensor. Esperando con un cigarrillo en la mano. ¿Estará cansado? Sé que los micros y el frío lo ponen de mal humor. En eso nos parecemos.

Tengo miedo de encontrarme con él y no poder decirle lo que pienso con mis ojos clavados en donde duele. En el corazón. No sé si podré quebrar mi falta de palabras. El dolor. Nunca he podido hablarle sin que los nervios me traicionen. Hace años, cuando traté de hacerlo por última vez, lloré. Lloré y un ahogo interior se apoderó de mi cuerpo. Ese día las emociones no encontraron palabras auténticas.

Insisto. Apoyo el índice en el botón un rato largo. ¿Tendré que sacarla de la cama a fuerza de timbre? Pasan los minutos, no escucho a mi hija. ¿Y si el problema es el portero eléctrico del departamento de Lucía? El edificio no parece tener un encargado a quien recurrir. La única forma de comprobar qué sucede es llamando a un vecino.

El timbre no deja de lastimar mi humor. Los dedos de mi padre logran penetrar al departamento sin permiso. Sin autorización. Debo resistir sin atender sus llamados aunque en cada sonido un fragmento de su carácter llegue a mis oídos. ¿Habrá alguna forma de ayudarlo a que se dé por vencido y se vaya? No lo sé, pero no me creo capaz de ir a la cocina, levantar el tubo y pedírselo. Siento los brazos y las piernas desconectadas del cerebro.

¿Tendré que dejarlo entrar o lo hará un vecino por equivocación? En este consorcio siempre hay una vieja, media sorda, contenta por atender al primer llamado con tal de recibir un nieto. Pobres mujeres, ¿no tienen miedo de que suban y les roben? Acá todos son viejos, gentiles o chusmas. Sobre todo la viuda del tercer piso que me la tiene jurada por mis quejas al consorcio por su perro.

Pruebo con el botón del tercero «B». Una mujer de voz gruesa responde sin que yo pueda entender sus palabras. La puerta se abre. Le atravieso un pie entre el marco y la hoja para evitar que se cierre mientras levanto las valijas. Junto mis cosas y entro al hall apoyando mis pies sobre un negro granito muy lustrado. Camino hasta el ascensor. Pulso el botón de quinto piso y espero. Una cinta negra se desliza avisando la llegada de la cabina. La cabina es de madera y hierro trabajado. Lleva decoraciones con motivos florales realizados en bronce. Las puertas son de correr. Manuales. El ascensor llega vacío ¿Vivirá alguien en este lugar aparte de la sorda del tercero «B»? No he visto pasar a un solo ser humano en muchos minutos.

A metros de mi hija podría jurar que percibo su presencia. La extraño. En la puerta del quinto «C» busco el timbre. No lo encuentro. Me apuro, la ansiedad le gana a los modales. Golpeo. Golpeo con los nudillos sobre la madera de la puerta. Los golpes suenan huecos en el interior del departamento. Nadie responde.

¿Golpean en mi puerta? Son golpes producidos por manos duras como las de papá. Las conozco. Son golpes decididos, secos y firmes.

Silencio.

¿Habrá salido por unos minutos o se olvidó de que vendría? Quiero pasar, darle un beso y tomar un vaso de agua. Insisto con los golpes a la puerta ¿Por qué demora tanto en atender?

Otros tres golpes. Si no se detiene el edificio entero se va a despertar. Qué papelón. No puedo seguir pensando en cómo evitarlo. Debo hacer algo y rápido. Logro pararme y caminar hasta la puerta en puntas de pie. Recuesto la espalda en la pared del pasillo. Quiero escucharlo sin darle señales de vida. No puedo ceder y recibirlo. Preciso soportar, al menos, unos minutos más en silencio. Me repito: Lucía no aflojes, en algún momento se dará por vencido y se irá por donde llegó.

Más golpes sobre la madera de la puerta. Mi padre no se rinde tan rápido. Estoy equivocada. Me niego a creerlo, pero estoy equivocada. Como si fuera poco ahora lo escucho pronunciar mi nombre en voz alta. Alguien le contesta. Lo interroga. No logro entender la respuesta, ni el resto de la conversación. ¿Qué estará pasando? ¿Será que un vecino lo está obligando a retirarse? Buenísimo. Por fin alguien me ayuda en este edificio.

Un vecino se acerca por el corredor. Nos saludamos. Estrecho su mano y aprovecho para preguntarle si conoce a la mujer que vive en este apartamento. Oculto que es mi hija. Me avergüenza desconocer sus horarios de trabajo. Podría decirle que no vivo en Montevideo y que por eso no estoy al tanto. Pero miento. No quiero sermones. Le cuento, tratando de sensibilizarlo, que vengo desde Buenos Aires a dejarle un sobre muy importante a la persona que vive junto a su puerta. El señor, que al parecer tiene mi edad, me invita a pasar a su apartamento. Propone, con sabiduría, que use su teléfono para dejar un mensaje. Me invita un café.

¿Se irá sin que tenga que dejarlo pasar a casa? Podría espiar por la mirilla, pero corro el riesgo de ser descubierta. Debo serenarme o me delataré. Si uso la cabeza no tengo por qué estar preocupada. Lo lógico es que le digan que no suelo estar a estas horas y él se vaya. Estoy descalza, tengo frío en los pies. Mi padre me avergüenza.

Las rueditas negras de una maleta se deslizan sobre el piso del corredor. También los pies, lentos, de mi padre y su acompañante. Nos separa una fina pared. Sus cuerpos pasan rozándome la espalda, hundiendo el piso de madera sobre el que caminan. Puedo respirar en paz. Mis miedos se van con ellos. Me siento en el suelo, acerco las piernas al pecho y cruzo los brazos sobre ellas. Me abrazo. Tengo la piel desnuda y las rodillas congeladas.

El señor, don Julio, sostiene que su vecina podría estar durmiendo. Me aclara que su vecina, mi hija, tiene horarios caóticos. Como si fuera poco agrega que es argentina y vive distinto al resto de los inquilinos o propietarios del edificio. Debo frenarlo. No quiero que me cuente detalles de la vida de Lucía. Quiero verla. Tomo el teléfono prestado, disco su número y espero.

Suena el teléfono. Miro la hora: 7:10. Me freno, no puedo atender. ¿Acaso escuché el ascensor en movimiento? Y si fuera papá llamando desde un celular. Debo de estar segura de que se ha ido. Puedo escuchar sin contestar. ¿Y si quiere dejarme un mensaje antes de partir? Soy una idiota, cómo no grabé un saludo disuasivo. Algo tipo: «Estoy de vacaciones, deje su mensaje que cuando regrese lo llamaré». La grabadora se activa. Silencio.

Ella no atiende

Nadie pronuncia una palabra. Se corta. Esa no es una buena señal. Si fue él, insistirá. Pasan los minutos.

Pasan los minutos. Llega el café. No quiero hablar con nadie. Se nota. Don Julio se ofrece a entregar el sobre en persona. Don Julio es muy solidario. Debo mentirle por segunda vez para evitar su generosa propuesta sin levantar sospechas. Nos despedimos. Regreso al camino que lleva al ascensor. No puedo irme sin volver a insistir.

El llamado no se repite. Son las 7:30. El sonido de unos pasos vencidos recorre por segunda vez el pasillo. El andar es más suave. Tiene que ser papá retrocediendo hacia el ascensor persuadido de mi ausencia. Quien sea detiene sus pasos frente a la entrada de casa. No golpea, no pronuncia mi nombre. Estamos a centímetros. Puedo olerlo.

Golpeo en la puerta de Lucía. Espero. Miro el reloj. Son las siete y media de la mañana. No puedo seguir parado en el pasillo. Es en vano. Debo aceptar que ella no está. Abro la valija de mano, retiro el sobre que traje para ella y lo deslizo por debajo de su puerta. Lo hago sin pensarlo demasiado. Cuando Lucía regrese lo verá al entrar y sabrá que estoy cerca.

Un sobre de papel amarillo ingresa por debajo de la puerta. Tiene escrito mi nombre y lo firma papá.

Las poleas del ascensor se accionan. El motor arranca con un tirón que sacude toda la mampostería. ¿Se aleja? Es él, ¿verdad? Quiero estar segura de mi victoria, pero no puedo asomarme al balcón sin ser descubierta desde la vereda. Preciso dejar pasar varios minutos antes de moverme. Rompo el sobre. Hay fotos y una carta escrita en hojas arrancadas de un cuaderno de tipo escolar.

¿Qué se propone papá? La carta está fechada ayer. La letra es la misma de toda la vida y, quién sabe por qué, siempre usa tinta Parker azul. Esa es su firma. ¡Qué hombre testarudo! ¿Sabría cuando la escribió que la rompería sin leerla ni bien tocara mis manos? ¡Qué manera más extraña de ignorarme!

Las fotos, con los bordes amarillos por la humedad, están unidas con una cinta roja de seda. Son fáciles de reconocer, pertenecen al viejo álbum familiar que mamá armó durante años con laica meticulosidad. Del grupo se destaca un retrato de nuestras últimas vacaciones. Es un día nublado. Estamos los cuatro: Fabián y yo. Papá y mamá. Los grandes están separados, cada uno en los extremos del grupo. Mirando a sus hijos. Custodiando nuestra inocencia. Las mujeres llevamos puestos suéteres color marrón. El mío es más oscuro. Mamá luce un pantalón de tela y yo una pollera escocesa y medias verdes de tres cuarto. Los hombres cubren su pecho con buzos deportivos. Ambos llevan puestos sus vaqueros. Parecen menos formales. Creo que ese día pensaban ir al Estadio y nosotras al cine. Fabián tiene apoyado su brazo izquierdo sobre mis hombros. En la foto además hay columnas, arcos de medio punto y un quiosco cerrado. Posamos bajo la sombra del Palacio Salvo.

Preciso encontrar un hotel barato. No sé cuánto puede durar la espera.



05.08.2009 17:50 / Lanzamiento y presentaciones

Bolichesenagosto - 2009

... Para esta noche.

En recuerdo a Juan Carlos Onetti.

La Dirección Nacional de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura, en coordinación con el Proyecto "Cafés y Bares de Montevideo" (MINTURD -IMM -JUNTA MVD.- CAMBADU) presentan por tercera vez consecutiva Boliches en Agosto, ciclo de tertulias, lecturas y música en el bar, matriz indiscutible de las

letras, la política y la filosofía de nuestro país

Este evento tiene por objetivo la puesta en valor del "boliche" como espacio de tertulias e intercambio de ideas, que durante años albergaron generaciones intelectuales, políticos, filósofos y artistas.

En el año 2008 extendimos el homenaje al interior del país, con la coordinación de Centros MEC y el programa "De todas partes vienen" y el apoyo de las Intendencias Departamentales. Este año son once los departamentos del Interior que se suman al homenaje con muchísimo entusiasmo.

Esta edición de Boliches en Agosto está dedicada especialmente a la figura de Juan Carlos Onetti, en el marco de los 100 años de su nacimiento, por lo cual, en un bar por noche la tertulia estará dedicada a este escritor.

VIERNES 28

MONTEVIDEO MICONS - Miguelete Esq. Constitución

Música: Jorge Alastra

Lecturas: Jorge Alfonso - Tabaré Rivero

Conduce: Jorge Daniel Díaz

BAR REY - Daniel Muñoz 2152 Esq. Requena

Música: Walter Bordoni

Lecturas: Laura Alonso - Alfredo Fonticelli - Rosana Malaneschi

Conduce: Mirtha Villa

BRASILERO - Ituzaingó 1447

Música: Pollo Píriz y Berta Pereira

Lecturas: Omar Prego - Mario Delgado Aparaín

Conduce: María Inés Obaldía

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La novela "Caireles" recibió los premios: Fondos Concursables, categoría Letras, MEC, 2008 y Premio Anual de Literatura del MEC en su edición 2007 en la categoría Inéditos. (Mención)

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