Genocidio de paraguas fue lo que ocurrió hoy en esta ciudad.
Y una que no se explica como existe gente que con ráfagas huracanadas por los cuatro costados pretende mantener el paraguas abierto y en condiciones. Menos aún se explica los motivos que hacen que tanto ser humano crea que el paraguas puede protegerlo del agua cuando esta lo ataca por todos los flancos. Pobres paraguas, pobres.
Anoche soñé con nosotros. No, con vos y yo no. Con el y conmigo
El estaba magnífico acostado en su sommier: los ojos verdes abiertos y desafiantes, su boca en ese rictus serio que me hace sentir una niña desobediente, vistiendo solo ese boxer negro, ese que se compró en aquel viaje, ese que me gusta tanto.
Me hablaba pero no lo escuchaba porque yo, acostada en un catre al lado de su cama, arrollada, desgreñada, solo prestaba atención a mis pensamientos: porqué no me toca, porqué no me invita a su cama, porqué no me dice amor, porqué no me llama linda. Porqués y más porqués sonaban como truenos en mi cráneo.
Me dio la espalda diciendo algo que no escuché. Se levantó sin mirarme. Mis ojos lo siguieron por todo ese cuarto bañado en un siniestro resplandor rojizo. Volvió a hablarme y ahora si lo oí. Me habló de ellas, de las otras. De quienes ocupan su vida cuando yo no estoy, o sea la mayoría del tiempo. De sus sueños, sus propuestas, sus virtudes. De lo buen tipo que es al decirles que sigan buscando esos sueños y haciendo esas propuestas en otros campos, porque a el ya no hay virtudes que lo hagan desistir de estar solo. Me temo que las palabras que me perdí hablaban de lo mismo.
La voz en mi interior que clamaba por su atención, misteriosamente, cada vez sonaba menos. Me senté en el catre, el parado del otro lado del sommier. Me miró y se tocó ahí sobre el boxer. Le respondieron mis ojos sorprendidos. Dijo que sabía porque siempre vuelvo a el. Cree que es por eso: por su pija, por sus besos, por sus caricias, por las guarradas justas en los momentos precisos. Estupefacta pienso que no puede creer que las lágrimas que empaparon sus sábanas se debieran a un polvo que me negó. Y si puede, entonces me pregunto qué estoy haciendo ahí con el.
Fue en el momento de esa triste revelación de lo revelado que yo me paré, me arreglé el pelo, la ropa, salí del papel de bicho bolita, y me acerqué a el para darle un beso tan profundo como solo los de despedida pueden ser. Y luego de eso, salí por la única puerta del cuarto bañado en resplandor rojizo. Un cuarto que del otro lado de la puerta ya cerrada, tenía forma de corazón.
No se Segismundo, vos decime... Porque este episodio onírico se contradice un poco mucho con estas ganas locas que tengo ahora de verlo y matarnos y lamernos y abrazarnos hasta la mañana lluviosa mientras me enreda los dedos en el pelo diciéndome linda con voz ronca.
Me gusta ir saltando charcos.
Me gusta enojarme con los automovilistas que pasan levantando olas que me salpican hasta los rulos.
Me gusta ver las gotas caer sobre mi paraguas transparente.
Me gustan las sonrisas cómplices de otros portadores de paraguas.
Me gusta oler tierra mojada.
Me gusta sentir como repiquetea en el techo de zinc del estacionamiento, ahí contra mi ventana.
Me gusta oler mar, ahí en mi trabajo tan cerquita de la rambla.
Me gusta sentarme en el sillón frente al ventanal, con un café y un libro que jamás leo de tanto que me gusta mirar la lluvia.