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17.03.2010 00:55

...no soy cuento.

Que te quede claro chiquito.

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15.03.2010 21:53

Sábado de noche. Ya estás bañada, peinada con ese brushing con movimiento que tan bien te queda, artísticamente maquillada pero sin perder la frescura. Llegó el momento de vestirse. Primero las medias, esas autosostén con silicona para que se ajusten al muslo ya que no querés que se marque nada. La derecha, la izquierda...ehhh, ¿qué es eso?.. ¡¿es lo qué pensás que es?! ¡¿Una corrida?! ¡Una corrida! ¡Dos corridas! Te querés morir, son las medias más caras de tu vida y se te rompen antes de poder usarlas. Pero bueno, como mujer prevenida que sos, tenés las Germe de cajita en algún cajón de la cómoda, así que a no desesperar. Milagrosamente aparecen al toque, te las pones manipulándolas cual alas de hada, y tras unos largos minutos estás un poco menos desnuda. Ahora es el turno del vestido, ese sueño de tafeta y gasa. Colores casi imposibles de encontrar, modelo que solo la casi muerte por inanición te permite lucir como es debido... Modista que olvidó ponerle el ganchito final ahí donde termina el cierre. Pero gracias a dior, mamá anda por ahí y con la destreza propia de todas las nacidas antes de los '80, arregla el problemita en dos puntadas rápidas e invisibles. Ya, ya casi: solo faltan los zapatos, los stilettos de vertiginoso taco que te hacen sentir una modelo de alta costura. Como si la vida supiera de tu escasa tolerancia al estrés en situaciones límite, como el casamiento de una gran amiga, los zapatos no presentan contratiempo alguno. Así que tras un toque de perfume, ponerte los aros y las pulseras, sales rauda hacia esa boda a la que ya llegas tarde.

Un taxista simpático y demasiado interesado en saber porqué vas sola, como si no estuvieras demasiado perturbada por la idea de compartir la mesa con todas tus amigas de la infancia, sus respectivos novios/maridos/chongos y sus miradas inquisidoras y compasivas. El arribo bajo un cielo amenazador que deja caer las primeras gotas de lo que luego será una tormenta digna de guión de Emmerich. Como 130% de humedad, y tu pelo erizándose cual maraña de serpientes en la cabeza de Medusa. Tus pasos rápidos subiendo las escaleras de la Iglesia. La mirada oscura de ese otro rezagado que llega solo, de impecable traje negro que le sienta como a modelo de Armani. Ese rulo cayéndole sobre la frente, su mano derecha apartándolo. Su mano derecha sin anillos de ningún tipo. Sus blanquísimos y perfectos dientes tras deliciosos labios. Labios que pronuncian algo que no logras descifrar... ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cui qué? ...

Y sin saber como terminás en un revuelo de tafeta y gasa, sobre el tío abuelo del novio; ambos sobre el monumental (y ahora destrozado) arreglo de calas y alelíes de la entrada de la Iglesia, con un taco roto, una vergüenza antológica y la caballerosa mano del rezagado extendida hacia vos mientras sus labios, sonriendo divertidos, dicen claramente: "Dale, morocha, vamos que te ayudo".

 

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15.03.2010 12:08

Malditas llagas en la garganta, malditos sus creadores que por obra y gracia
del amoxidal 500 fueron barridos de la faz de mi organismo en 24 horas (sí, me
cruzo con todo tipo de espécimen jodido, menos las bacterias). Gracias a
ellos tengo 5 días de licencia médica y la imposibilidad de asistir a la cita
con este catalán grotesco, brillante, poeta, incorrecto... Pero ya tendremos
otra oportunidad Albert, y la boluda con cara extática de la primera fila, voy
a ser yo.
Demientras, nos conformamos con el iutub. Gocemos, gente, gocemos.
Bailemos esta esperpéntica y dramática comedia, no consintamos que nada nos
agüe la fiesta: ni nuestras miserias ni las ajenas. Por lo menos un rato.