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Reflexiones y opiniones de un uruguayo que vive en Bélgica.

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01.05.2012 07:29 / Pensamiento T.

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Cuando hoy 1ero de mayo se multiplican los mensajes y proclamas, no debemos olvidar que mañana seguirá siendo uno de los 364 días del año que no son de los trabajadores.

Si tomáramos esa ecuación como metáfora numérica, un día en 365 es apenas el 0,3 por ciento. El concepto clásico de plusvalía se ha quedado corto en la fase delirante del capitalismo actual.

No solo el sistema y las elites que lo sostienen y aprovechan, se apropian de la mayor parte del valor generado por el trabajo de la gran mayoría, sino que nos roban la mayor parte del tiempo, ya sea en términos estrictamente cronológicos, como formateando y teleguiando el resto del supuesto « tiempo libre », para anular la crítica, el cuestionamiento y la posibilidad del pensamiento y acción transformadora.

El capitalismo depreda la temporalidad que podríamos dedicar a la polis (en el sentido de la fundadora democracia directa ateniense), a la socialidad real y no virtual, a la vida familiar, a la formación, la recreación y el disfrute cultural de buena calidad ; nos enajena el tiempo para el ocio, en su estricta acepción.

En el estado actual de evolución de las tecnologías es perfectamente posible organizar la producción de bienes y servicios, con un ritmo de trabajo de 4 horas diarias los días laborables, es decir 20 horas semanales. Lo cual no quita que en determinadas funciones, o en ciertas épocas del año las jornadas sean más extensas, pero garantizando la devolución correspondiente, como tiempo libre.

Igualmente la dedicación temporal al trabajo puede quedar librado a cada uno, por encima del tiempo básico obligatorio. Pero hay que abatir el mito de la productividad, fomentado y aprovechado por el capitalismo para acentuar la sobrexplotación y el sometimiento de los trabajadores.

La producción puede seguir mejorando, basada en mejores y más adecuadas tecnologías y en modos organizativos idóneos, humanizantes y creativos. Pero no hay que seguir tolerando que el sacrificio y privaciones del 99% de los seres humanos, sean expropiados para la acumulación de poder, bienes y tiempo por el restante 1%, que por otra parte, no tiene ni por lejos la capacidad psico-física o sociocultural, para disfrutarlos sanamente (un ejemplo reciente de un deplorable monarca, muestra el grado de descomposición de las elites tradicionales).

Habrá que cambiar lo que haya que cambiar y romper lo que haya que romper, para exigir el derecho a trabajar 4 horas diarias con  un salario digno (por ejm. 1500 euros en Europa o su equivalente en Uruguay). Esto es posible si se realiza a escala mundial y erradicando la desocupación estructural.

Sin dejar de cantar « La internacional » pero agregandole todas las músicas posibles, de todos los géneros y todos los pueblos.

Salud para el 99 % que de diversas maneras y en múltiples ocupaciones, trabajamos y  transformamos al mundo, comenzando por nosotros mismos !!

 

 




24.04.2012 14:38 / Pensamiento T.

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IMAGINEN




17.04.2012 14:54 / Mis artículos

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1.

Tuve toda la intención de  devolverselo. En el último mensaje verbal que dejé grabado en el contestador de su teléfono celular, se lo dije bien claro ; si bien me interesaba recobrar uno, de los dos libros que le había enviado, le expresé que si aún le motivaba leerlo, podía quedarselo.

Mi deseo era simplemente devolverle su libro « Rayuela » de Julio Cortázar y no realizar intercambio alguno.

Dicho ejemplar era bastante más viejo que los libros que yo le « presté » (ambos solo tenían una lectura desde su adquisición nuevos); sus páginas ya estaban amarillentas y como la edición era económica, la obra del tiempo era bien notoria. Aunque era precisamente esa temporalidad impregnada en su materia, que le otorgaba su valor.

Mientras realicé su lectura (relectura respecto al contenido de la novela cortazariana), el lomo del libro se quebró y luego varias páginas comenzaron a despegarse.

Sin embargo pude finalizar de leerlo todo, sin que se perdiera ninguna de ellas y al acercarse el momento de encontrarnos con su dueña, consideré que aunque ya le había comentado del deterioro, no sería elegante devolverselo descoyuntado y con unas cuantas hojas despegadas.

Me propuse repararlo en la medida de mis posibilidades y asi lo hice. Con un pegamento o cola, una cinta adhesiva de una gran anchura, que compré expresamente , unos trozos de cartulina blanca, tijeras y una trincheta bien afilada acometí la tarea.

Considerando mi amateurismo en ese metier, el resultado me dejó conforme. Aunque eso mismo fué lo que mejoró la labor ; no se trataba de ecuadernarlo según un procedimiento técnico, sino de repararlo con ciertos medios materiales y una buena dósis de afecto.

Pero ya se estaba acercando para mi la hora de volver a partir. Nunca llegamos a compartir la lectura de ciertas oraciones o párrafos como algún día habíamos imaginado. No quería quedarme con el libro, era mucho más parte de su historia vital que de la mía y fué a ella que se le ocurrió prestarmelo ( a varios miles de kilómetros de distancia).

A medida que pasaron un dia, dos días, tres días, sin respuesta a mi propuesta, fue quedando a la vista que no tenía interés en recobrarlo, o por lo menos, que no iba a hacer nada en ese sentido.

No podía mandarselo por correo en Montevideo, ni llevarselo a su casa, porque nunca estuve allí y para colmo, me había olvidado de anotar su dirección en alguna libretita antes de viajar hacia Uruguay (los actos fallidos existen, no es broma).

Tampoco era cuestión de volver a trasladarlo a Bélgica, a donde el libro  ya había viajado, enviado por ella en una encomienda, en mejores tiempos comunicativos. Francamente esta posibilidad me parecía bastante surrealista en el mejor de los casos y ridícula en otros momentos.

Fué entonces que se me ocurrió una « solución » que pintaba más satisfactoria. Desde hacía bastante que conocía las iniciativas de liberar libros en lugares públicos : bancos de una plaza, un transporte público, una estación de buses o trenes, etc. Incluso una vez ya lo había hecho yo mismo en la Gare Central de Bruselas (fué con un libro que se me había hecho imposible terminar de leer, pero la intención es lo que cuenta).

Así fué que una de mis últimas tardes montevideanas, con un tenue pero cálido sol de mayo, arribé a la novel plaza Liber Seregni , la recorrí sin prisa, hasta encontrar un banco que me resultó cómodo, en una zona propicia.

Sabía que ella habitaba en las inmediaciones de esa plaza, incluso eso si, me acordaba del nombre de la calle.

La idea fué dejarlo allí, en esa plaza cercana a su domicilio, para que alguien lo encuentre. La probabilidad que fuera ella misma quien lo hallara debía ser bajísima, pero sin duda existía y eso le agregaba otra dimensión poética al asunto.

Entonces sin seguir meditandolo saqué el libro « Rayuela » de mi mochila celeste, lo coloqué a mi lado y luego de unos instantes me levanté del banco y comencé a caminar, sin volver la vista hacía atrás, hasta llegar a dejar la plaza (y el libro) fuera del alcance de mi percepción.

2.

Ese hubiera sido un bonito y hasta romántico final, pero la realidad suele ser más prosaica o « conservadora » en este caso. La liberación del libro en la plaza no se consumó. Luego de considerarlo seriamente, llegué a la conclusión que quien o quienes lo encontraran no lo valorarían en un justo término. Quizás intentaran canjearlo o venderlo en una librería de usados por unas pocas monedas.

En una situación muy favorable, lo podría encontrar un o una adolescente y llevarselo para leerlo en su casa, pero también estaba el riesgo, bien posible, que alguien sin afinidad por la lectura lo viera añoso y sin interés alguno, destrozandolo o quemandolo, sin compasión.

No fué tanto por ella, aunque aún tenía escrito su nombre con lápiz quien sabe desde hacía cuantos años, que decidí guardarlo.

Fué por respeto al mismo libro, que aunque nunca lo consideré mio,  intimé con él unas cuantas tardes al leerlo, al subrayarlo o hacer alguna anotación al márgen sobre sus páginas. También al repararlo, con la expectativa de devolverlo a su dueña en un estado un poco diferente al que lo recibí, pero decoroso.

La expectativa ya hace largo tiempo que se perdió, la acción poética no sucedió nunca, pero el libro está aún en Montevideo, seguramente casi como lo dejé entre otros objetos significativos, poco antes de partir.

 

·       *   Nota para la propietaria original :  - Si lo querés recuperar te lo devuelvo, ya ni me acuerdo de los libros que te mandé (esto último no es cierto, pero me parece que refuerza mi intención « devolvedora »).

 

·      **   Aunque nunca llegué a conocerla mucho, me da la impresión que va a continuar en la misma, es decir no va a hacer nada para recobrarlo. En este caso, tal vez escribir esto tengo algún efecto de marketing y pueda intentar comercializar el libro, sin ninguna culpa, en algún portal de compra – venta de internet, tipo Mercado libre o e-Bay. Esto no solo sería bastante contradictorio, sino que anularía totalmente los restos de poesía que aún se desprenden de la idea de la liberación de Rayuela en la plaza. Por más que me esfuerce, no creo que pueda llegar a un extremo tan decadente.

 

 

 

 

 


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Sobre mí
Leonel Elola Verocay. Vivo en Bélgica desde el 2004. BXLMVD habita una adyacencia psicogeográfica entre Bélgica y Uruguay; esa es su ventaja y a la vez su handicap.

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