El espacio olía a durazno y almizcle emanados del incienciario de bronce, finísimo adorno que custodiaba una mesita adornada con cajas de colores, una cajilla de cigarros y el llavero.
Ella llegaba de trabajar cansada, encendía su incienso, se quitaba los zapatos de tacón y se dejaba abrazar por el antiguo sillón al costado de la ventana. Luego, soltaba su cabello y se extendía como gata ronroneando. Así pasaba un largo rato, hasta que incorporándose, saltaba apurada a la cocina. Preparaba su alimento nada sofisticado: un poco de ensalada, carne asada que calentaba en el microondas y una fruta. No le molestaba salvo contadas excepciones, esta rutina de años. Encendió el televisión para ver las noticiarios, cuando sonó el teléfono.
El había vuelto.
Hacía meses que El, tras una noche de sudores y gemidos, había desaparecido, sumiendo su cuerpo en un caos gélido, huérfano de humedad. Hoy su voz se le hacía distinta, como de alguien desconocido. De cualquier manera sabía que al verlo, todo volvería a ser como antes.
La ducha estaba deliciosa. El agua anunciaba caricias, roces, esa sensación que la enajenaba y estremecía hasta su última fibra, generando una alquimia liberadora de todas sus tristezas.
Verlo, era estremecer, ansiar, sentir que su corazón aceleraba sus brazos, que se estiraban al abrazo, la boca que húmeda buscaba la de él y todo su cuerpo que se iba plegando como si toda la vida hubiera estado en aquella posición, unida.
No hubo palabras, no era preciso. Los pezones endurecidos provocaban la cercanía de las yemas de los dedos del hombre extrañado, que con familiaridad apretaba lentamente, mientras su cuerpo tieso, se pegaba más a ella. Las lenguas se entrecruzaban danzando sinuosas, en el beso que sorbía el deseo y la necesidad.
Lentamente, él fue quitando la ropa delicada y suave, oliéndola, mientras su boca no dejaba de besar profundamente. Rozándola con su lengua en cada espacio por donde aquellas manos daban desnudez.
El abrazo era comprometido, ella jadeaba sobre la cama azul, mientras sus piernas se iban abriendo como un capullo de rosa en primavera. Así desnuda, El le comenzó a recorrer el cuerpo. Sus manos fotografiaban cada rincón, el que respondía prontamente a la caricia. La miraba intensamente, con los ojos entrecerrados, deseoso, con un antiguo antojo, devorándola.
Una piel traspasaba la otra, cosquilleando, reclamando y otorgando. Todo el cosmos desapareció, bajo el embrujo del aroma y aquel silencioso jadeo.
La sed estaba desbordada, no habían frenos, solo quedaba dejarse llevar en aquella danza irreverentemente deliciosa.
Las uñas de ella, recorrieron una espalda tiesa y firme, bajaron hasta el final, apretando las nalgas que se contrajeron, ante aquella visita. Todo comenzaba juntos, tan juntos, que un corazón parecía alimentar al otro. Calor, sed, sudor, jadeos, y de la lentitud pasar a la enloquecida necesidad de dar y recibir mientras los vientres rozándose, se incrustan en el otro, meciéndose, meciéndose...
Las bocas se estrecharon aun más. Las lenguas iniciaron un embate profundo, déspotas las manos apretaban fuerte, las uñas rojas se clavaron.
El silencio se hizo cómplice de los susurros, la semi penumbra dibujo en la pared el encuentro que tímidamente iluminaba una vela. Los cuerpos se tensaron, la proximidad se hizo honda, acuciante, hurgadora, desesperada... más y más...
Un suave grito escapó de los labios húmedos, la espalda se arqueó, su cuerpo se estremeció más, apretándolo en su interior, exprimiéndolo como sellando el encuentro en sus vísceras.
Creía recordar que El en un momento quiso explicar su ausencia, o quizás era excusarse de algo, no lo recordaba.
Día tras día, encendía el incienso casi a la misma hora, ocupaba a penas un rato el sillón, se quitaba los zapatos de tacón y preparaba su cena mientras veía los noticiarios. El teléfono sonaba y sonaba, mientras en el contestador una voz decía: Amor, tenemos que volver, atiéndeme, quiero regresar.
La noche nos juega una mala pasada, pero esta vez, no dejaría que la volviera a engañar. Mañana, comenzaría una nueva, aun era joven y alguien la amaría de verdad.
"Loba F"