Testeos
Columna de Fernando Tetes

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01.05.2010 21:21 / Mis artículos


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El carnaval tiene la rara característica de una ambigüedad artística que muchas veces le juega en contra. Para el público que está por fuera de los actos que el propio carnaval organiza, todo se resume en esa maravilla del teatro callejero barrio por barrio, o por la majestuosidad de los espectáculos del Teatro de Verano. Sin embargo los propios organizadores de la fiesta suelen ningunearlo (estimo que no conscientemente, o al menos no con esa intención) cuando es la hora de conferencias de prensa, anuncios, premiaciones. Generalmente a las buenas intenciones de DAECPU se contraponen conferencias de prensa organizadas bajo estándares que los propios directores de los conjuntos no permitirían en sus espectáculos. No es mala voluntad, pero creo que mientras DAECPU no profesionalice su gestión de marketing, gerenciamiento, etc, siempre va a depender de las buenas ideas de sus directivos, no siempre bien resueltas, y muchas veces teñidas por los intereses de la competencia, que en muchas oportunidades terminan en la mal utilizada viveza criolla, en la pequeña ventaja entre pares. Muestras hay varias. Desde los criterios y las formas de acreditación para el Concurso, pasando por la atención a la prensa, ciertos criterios de admisión en sus espectáculos, hasta la difusión la confección de las etapas, y el marketing del proyecto Carnaval como tal. DEACPU peca de un amateurismo que no sería permitido en los conjuntos de sus directores a la hora de poner en escena a sus espectáculos. Pero la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM) coorganizadora del Carnaval no se queda atrás. Desde hacer la vista gorda cuando a un conjunto se le censura en un tablado erigido en un predio municipal, hasta mal defender sus inversiones, sus criterios de coorganización y difusión. Pruebas hay varias. Las llamadas son un ejemplo de eso. Que las comparsas desfilen en medio de camarógrafos, fotógrafos, aficionados y todo aquel que baje la calle en Isla de Flores es una muestra. No delimitar un espacio para reporteros, bien acondicionado, iluminado y con información, hace que todos se pongan en medio de la calle bajo las luces de la tv que transmite en directo. ¿A quien se le ocurriría pararse delante de una obra de teatro para retratar de al lado a un artista? ¿Quién ve fotógrafos o camarógrafos delante de los artistas en el Sambódromo, por ejemplo? La falta de respeto es mutua. De quienes lo hacen amparados en reglas no claras, y de quienes no ponen las reglas claras para el trabajo. Y de paso me adhiero a las protestas de los puestistas en escena y coreógrafos de las comparsas, enojados porque por tv sólo se ven tetas y culos. El destrato artístico de la trasmisión televisiva al baile, la tradición, el ensayo es increíble. Parece que por Isla de Flores solo desfilan mujeres semivestidas, princesas, Kanela y algún famoso. El resto es carne tratada como tal. No como artistas. (De la falta de respaldo de la IMM al trabajo de TV Ciudad se podría escribir otro libro, no es este, porque no es el de quejas, jejeje). La ceremonia de premiación de las Menciones de Carnaval 2010 fue otro ejemplo de desidia. En un lugar sin alma como el salón dorado, intentando prohibir a los ganadores que dediquen sus premios, refiriéndose a ternas, cuaternas y premios sin siquiera una imagen (teniendo un canal que hizo un programa diario de carnaval, y se supone que en buena relación con quienes tienen los derechos de las imagenes, que es su propio socio en esto de organizar el carnaval) todo fue muy pobre y triste. Fue justamente la anti imagen del carnaval. Imposible referirse a esta entrega de premios, realizada casi dos meses después del final (o sea que con tiempo para pensarla, organizarla, armarla) como un cierre digno del carnaval 2010. En todo caso fue una nueva muestra de que carnaval y organización van por caminos diferentes. Este debería ser un momento de inflexión. Daecpu y la IMM debería caminar más juntas, y no desconfiando uno de otro, mirándose con recelo. En todo caso ambas deberían apartar al carnaval del lucro, potenciarlo como la mayor iniciativa cultural del país (es bueno recordarlo porque muchos desde adentro creen que es solo un negocio), proponerse profesionalizar su entorno, generar espacios de diálogo mutuos y con terceros, y defender la alegría. En medio de este desierto de ideas, la ceremonia de los premios Soliño, solamente con lo justo y necesario, sin nada extraordinario, se destacó positivamente en el cierre de un Carnaval que también cerró un quinquenio en la IMM. Veremos que hay para ofrecer a partir de mayo, pero sobre todo de julio por parte de quienes tomen la bandera sin fines electorales, porque hay caras que no aparecen por los tablados más que en estas épocas.



10.04.2010 01:01 / Mis artículos


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Después de tanto tiempo pidiendo justicia, cafés en el Sorocabana de la Plaza Cagancha esperando la hora, caminatas, actos, recitales, la justicia cambia de carácter.

Debo admitir que me cuesta mucho asimilar la propuesta del presidente Mujica de la excarcelación de los militares violadores de los derechos humanos (de la dictadura cívico militar, siempre es bueno recordar que hubo un componente cívico) mayores de 70 años.

Confirmado que existió lo que existió, que se degradó como ya se sabe a los prisioneros ideológicos por parte de los ya degradados degradadores, la primera lectura de la justicia es el castigo.

Durante años estuve convencido de que la cárcel era el destino. Las rejas. Que no es posible curar las heridas sin que paguen quienes aún están en deuda.

Y también siempre tuve confianza en los militares y policías más jóvenes que en los más viejos.

Es decir, que las nuevas generaciones iban a sentir el mismo desprecio que siento yo por el pasado de sus oficiales.

Que en algún lugar de la conciencia, así como yo no sentía el respeto adecuado por los militares, los nuevos integrantes de las fuerzas, querrían limpiar un pasado que los salpica, porque la generalización es una ola que moja a todos.

No sé que habrán hecho los más jóvenes, si es que alguno de los más nuevos sintió la necesidad de pasar el plumero por la triste historia escrita por algunos torturadores, violadores y secuestradores pagos por el Estado durante más de una década.

Sin embargo estaba claro que quería prisión para aquellos.

Tengo que admitir también algunos otros sentimientos.

En mi familia siempre se manejó que lástima es lo peor que se puede sentir por alguien.

Por eso me dio mucha lástima ver a unos viejos escapándose de la justicia, implorando que algunas dolencias le permitan un pasar menos digno de lo que merecen. Es decir, pidiéndole a la salud y al tiempo que los deteriore lo suficiente como para escapar por penúltima vez.

Verlos correr por los recovecos de los juzgados, por los límites de la frontera para escaparle a las extradiciones, negando lo que antes hicieron con el pecho erguido cuando era muestra de soberbia y autoridad.

En medio de todo esto, aparece José Mujica y lanza la idea de que hay que excarcelarlos.

El mundo da una voltereta en mi cabeza. Se pone patas para arriba y empiezo a pensar y pensar.

¿Cuál es el lado oscuro de estas ganas contenidas durante años de verlos tras las rejas?

¿Cuál es el límite del sadismo de pretender que sus hijos, nietos, familiares, también pasen por una revisación antes de ir a ver a su pariente encerrado, como lo viví en el Penal de Libertad siendo adolescente?

A veces estos temas disparados para la discusión generan revisiones aún incompletas.

Porque también es cierto que aunque uno lo niegue y trate de ocultarlo en una ridícula operación matemática, existe un porcentaje oculto de revancha. Es natural. Es humano. Es ese costado no deseado pero un poco incontenible.

Tal vez, y es una pensamiento al aire, la línea de demostrar voluntad punitiva, pero también un grado de humanidad que estuvo ausente durante la dictadura sea parte del hombre nuevo que se quiso aniquilar.

No es poner otra mejilla ni mostrar los calzoncillos. Es pararse en un lugar desde el que la justicia se trata de parecer a lo justo, que no siempre es lo mismo.

Unos viejos de 70 años presos, ya condenados por todos, ya con sus caras reconocidas, ya con la vergüenza de haber sido, tal vez sea suficiente. Y en todo caso recordar que existen los humanos como tales, con los valores que les faltaron, también sea una buena lección.

Si no es para ellos (tal vez están demasiado viejos para entenderlo, ya que no son aquellos valerosos salvadores), acaso que sirva para los que vienen atrás.

No sé, pensamientos al aire. Lo bueno de la realidad es la relatividad y la maravilla es poder analizarla para intentar cambiarla.

 



10.04.2010 01:00 / Mis artículos


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Después de tanto tiempo pidiendo justicia, cafés en el Sorocabana de la Plaza Cagancha esperando la hora, caminatas, actos, recitales, la justicia cambia de carácter.

Debo admitir que me cuesta mucho asimilar la propuesta del presidente Mujica de la excarcelación de los militares violadores de los derechos humanos (de la dictadura cívico militar, siempre es bueno recordar que hubo un componente cívico) mayores de 70 años.

Confirmado que existió lo que existió, que se degradó como ya se sabe a los prisioneros ideológicos por parte de los ya degradados degradadores, la primera lectura de la justicia es el castigo.

Durante años estuve convencido de que la cárcel era el destino. Las rejas. Que no es posible curar las heridas sin que paguen quienes aún están en deuda.

Y también siempre tuve confianza en los militares y policías más jóvenes que en los más viejos.

Es decir, que las nuevas generaciones iban a sentir el mismo desprecio que siento yo por el pasado de sus oficiales.

Que en algún lugar de la conciencia, así como yo no sentía el respeto adecuado por los militares, los nuevos integrantes de las fuerzas, querrían limpiar un pasado que los salpica, porque la generalización es una ola que moja a todos.

No sé que habrán hecho los más jóvenes, si es que alguno de los más nuevos sintió la necesidad de pasar el plumero por la triste historia escrita por algunos torturadores, violadores y secuestradores pagos por el Estado durante más de una década.

Sin embargo estaba claro que quería prisión para aquellos.

Tengo que admitir también algunos otros sentimientos.

En mi familia siempre se manejó que lástima es lo peor que se puede sentir por alguien.

Por eso me dio mucha lástima ver a unos viejos escapándose de la justicia, implorando que algunas dolencias le permitan un pasar menos digno de lo que merecen. Es decir, pidiéndole a la salud y al tiempo que los deteriore lo suficiente como para escapar por penúltima vez.

Verlos correr por los recovecos de los juzgados, por los límites de la frontera para escaparle a las extradiciones, negando lo que antes hicieron con el pecho erguido cuando era muestra de soberbia y autoridad.

En medio de todo esto, aparece José Mujica y lanza la idea de que hay que excarcelarlos.

El mundo da una voltereta en mi cabeza. Se pone patas para arriba y empiezo a pensar y pensar.

¿Cuál es el lado oscuro de estas ganas contenidas durante años de verlos tras las rejas?

¿Cuál es el límite del sadismo de pretender que sus hijos, nietos, familiares, también pasen por una revisación antes de ir a ver a su pariente encerrado, como lo viví en el Penal de Libertad siendo adolescente?

A veces estos temas disparados para la discusión generan revisiones aún incompletas.

Porque también es cierto que aunque uno lo niegue y trate de ocultarlo en una ridícula operación matemática, existe un porcentaje oculto de revancha. Es natural. Es humano. Es ese costado no deseado pero un poco incontenible.

Tal vez, y es una pensamiento al aire, la línea de demostrar voluntad punitiva, pero también un grado de humanidad que estuvo ausente durante la dictadura sea parte del hombre nuevo que se quiso aniquilar.

No es poner otra mejilla ni mostrar los calzoncillos. Es pararse en un lugar desde el que la justicia se trata de parecer a lo justo, que no siempre es lo mismo.

Unos viejos de 70 años presos, ya condenados por todos, ya con sus caras reconocidas, ya con la vergüenza de haber sido, tal vez sea suficiente. Y en todo caso recordar que existen los humanos como tales, con los valores que les faltaron, también sea una buena lección.

Si no es para ellos (tal vez están demasiado viejos para entenderlo, ya que no son aquellos valerosos salvadores), acaso que sirva para los que vienen atrás.

No sé, pensamientos al aire. Lo bueno de la realidad es la relatividad y la maravilla es poder analizarla para intentar cambiarla.

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