Versión para imprimir 11/05/15



EL CABILDO DE MONTEVIDEO: PATRIMONIO EN DEBATE (parte I)

 

El Cabildo de Montevideo, patrimonio indisociable de nuestra historia y nuestra identidad, es también reconocido como uno de los mejores ejemplos de la presencia en América del neoclasicismo impulsado como política de Estado en tiempos de Carlos III, comparable -y tal vez con ventaja- con los palacios contemporáneos “de la Moneda” en Chile y “de la Minería” en México, obras respectivas de Joaquín Toesca y Manuel Tolsá, formados en la misma escuela. Cuatro generaciones lo han visto como hoy lo vemos, o en realidad, como lo veíamos, porque desde hace varios meses andamios y telas negras nos ocultan la mayor parte de la fachada sobre Sarandí. Pero la razón de ese ocultamiento es estrictamente funcional y está harto justificada. El 30 de octubre de 2011, bajo el título “Tras años de estudios  empezó la obra de recuperación del Cabildo”, un artículo del diario El País exponía esos motivos, subrayando la urgente necesidad de intervención para controlar y revertir las afectaciones detectadas, haciendo constar que a esos efectos "el Ministerio de Obras Públicas aportará mano de obra y dirección de obra, y la Intendencia los materiales y el proyecto de investigación, que tiene el aval del Ministerio de Educación y Cultura". Proyecto desarrollado en la órbita municipal por el arquitecto Daniel de León con un nivel de análisis que ya había tenido justo reconocimiento en oportunidad de su presentación en el “II Congreso Iberoamericano y X Jornadas Técnicas de Restauración y Conservación del Patrimonio” (La Plata, Argentina, setiembre 2011).

¿Todo bien entonces? Eso parecía, vistas las garantías de enfoque profesional de la intervención proyectada, y la intención de que ella fuera “respetuosa del proyecto original de Tomás Toribio”, pero una primera duda surgió al tomar conocimiento de la “imagen final” de la propuesta de De León. Duda que adquirió carácter de polémica pública cuando el semanario BRECHA dedicó el pasado 4 de abril dos páginas al tema (“Intríngulis Patrimonial / Polémica por la restauración de la fachada del Cabildo”) recogiendo un amplio espectro de opiniones, algunas con especial peso institucional, expresando “matices” de diferencia con el proyecto “oficial”. Quedó abierta -allí dice- la posibilidad de una ronda de análisis que permitiera generar una mejor perspectiva sobre las decisiones adoptadas, eventualmente revisables, pero hasta la fecha -dos meses más tarde-, nada nuevo se sabe. Mientras, los trabajos continúan a buen ritmo y puede suponerse que en pocas semanas ya tengamos las respuestas que buscamos. Por vía de los hechos, claro.

Sería una pena que ello ocurriera, porque empedrado el camino elegido con las mejores intenciones y con un apoyo técnico de primerísimo nivel, la propuesta final de intervención no queda alineada con Toribio sino que en rigor, le enmienda la plana de mala manera. Creo que son fuertes las razones de alarma, pero mucho celebraría que al final de este “intríngulis” pudiera decir que esa alarma era infundada. La alarma, no sus fundamentos, que paso a exponer.

 

Un arquitecto académico en las orillas del mundo 

 

En la precaria plaza fuerte de Montevideo corría el año 1804 en apacible calma, ajenos sus habitantes a las peripecias que a poco habrían de afrontar y muy motivados por un “boom de la construcción” que empezaba a cambiar el escenario aldeano con un componente, hoy todavía vivo, de cierta desmesura. Ya estaban avanzados los trabajos de la capilla Maciel y en octubre se inauguraba la Catedral, al tiempo que se demolía el ruinoso edificio de la Casa Capitular y Reales Cárceles -tétricas cárceles-, para edificar en el mismo lugar la obra proyectada por Tomás Toribio, el único arquitecto de formación académica hasta entonces llegado al Plata. Desde el momento en que se decidió su venida a estas tierras, había pasado años duros, pero ahora todo marchaba sobre ruedas. Había terminado su casa -claro que estrechísima y montada sobre una fuente pública-, se le reconocía como Maestro Mayor de las obras de la ciudad, liberándolo de la tutela de los ingenieros militares de quienes hasta ese momento dependía y con los que poco congeniaba, y se le encargaba una obra de gran porte, la mejor oportunidad que había tenido en su vida, que bien aprovecha.

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El 27 de junio de 1804, ya aprobado el proyecto presentado por Toribio a requerimiento del Gobernador y del Cabildo, éste habilita el inicio de la obras contando “en caja” con 13.372 pesos y confiando en que los recursos previstos permitieran cubrir el costo total, estimado con envidiable precisión en 83.491 pesos con 6 reales.  Se confiaba además en  lograr una reducción de ese monto, mediando un estricto control de obra… y el trabajo de los presos. En ese contexto de proyectos ambiciosos y  recursos  escasos, no es de extrañar que la propuesta original de Toribio -de la que no ha llegado hasta nosotros ningún recaudo gráfico, pero sí un minucioso presupuesto- se cuidara de introducir soluciones ambiciosas que pudieran alarmar a los cabildantes, ateniéndose con prudencia al modo de construcción tradicional en nuestras obras civiles o religiosas, esto es, fábrica de ladrillo y revoque de cal y arena. Luego, el Cabildo luciría igual que la Matriz.

 

Como bien lo expone Pérez Montero, es casi seguro que no había en la ciudad ningún constructor que pudiera asumir un trabajo de esa escala a precio fijo, por lo que la previsión de que pudiera concretarse en régimen de “obra por administración” bajo control de Toribio, se convertiría en opción sin alternativa, cosa que aumentó la capacidad de decisión del arquitecto y que éste aprovechó para privilegiar el uso de piedra granítica, aunque el costo aumentara (como de hecho aumentó, pasando los 100.000 pesos ya en 1812). Curiosa paradoja, resuelta en su favor contra todo pronóstico razonable.

No estaba ese material noble, garantía de larga presencia, en el presupuesto ni en el proyecto original de la obra, pero sí en el imaginario de Toribio, que por algo había tenido el cuidado de llegar a Montevideo acompañado por dos maestros canteros. Mediando la buena sintonía entre arquitecto y cabildantes, la piedra proveniente de una cantera próxima a la ubicación actual del Templo Inglés pasaría a jugar un papel principal en la composición de las fachadas, y apenas cinco meses después del arranque de los trabajos se formalizaba el contrato con Fulgencio Abril por “la saca, conducción y labra de cantería” a utilizar en la obra.

 

Un riguroso ejercicio de composición se impone y toma forma

 

Los cabildantes, que ejercían sus funciones durante un año y tenían que aprovechar bien ese tiempo, podían ceder a veces a la tentación de embarcarse en  emprendimientos especulativos en provecho propio (caso de las “recobas” también proyectadas por Toribio para la Plaza Mayor, cuya construcción frustró el recurso interpuesto por ochenta vecinos ante la autoridad virreinal), pero lonormal es que alentaran proyectos bien fundados y “avancistas”, aunque también habitualmente, con financiación problemática. El Cabildo no fue excepción, pero los problemas previsibles se fueron agravando en un contexto político que terminaría, apenas 10 años más tarde, con el poder español en el Río de la Plata. Claro que la alarma no fue inmediata y a inicios de 1805 el horizonte aparecía despejado, sin ingleses a la vista. Ya en febrero se iniciaba el montaje de las primeras piedras talladas por Fulgencio Abril y dos meses más tarde se empezaba a armar la cabriada que permitiría ir elevando esas piezas a medida que la obra fuera avanzando. Un sabio equilibrio de fajas horizontales y verticales generaba la trama-base de ordenamiento de la fachada principal, cuya simetría quedaba afirmada por un sutil avance de los tramos extremos y daba pie al recurso monumental del tramo central, aquí en línea con los mejores ejemplos de sus maestros. Nunca por estas tierras se había visto cosa igual.

 

Definida esa poderosa estructura, el tratamiento de los entrepaños abría opciones con antecedentes de prestigio en la península. Pero aquí no todas eran viables. El ladrillo, irregular en calidad y dimensión, provisto en principio por cuatro hornos y en algún momento por diez, era perfectamente adecuado para utilizar en la elevación de muros, pero nunca como material de terminación. No existiendo en plaza materiales cerámicos de calidad adecuada, ni costumbre de utilizarlos “a la vista”, no quedaba otra alternativa que el revoque para el tratamiento de los paños entre fajas de piedra. Y esa fue la decisión que entonces se adoptó, tomando las previsiones que la experiencia imponía para asegurar que la distancia entre el plano exterior de la piedra granítica y el del rústico de ladrillo -y puntualmente de piedra, como ahora ha quedado en evidencia- fuera la adecuada para recibir la capa final de revoque. Y para recibirla, como esa misma experiencia impone, cuando los trabajos de mampostería estuvieran terminados.

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acerca de patrimonios varios
algunas reflexiones sobre nuestros "lugares de la memoria"

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