Descubro que desde hace algún tiempo me vienen preocupando algunas actitudes mías, ya que alguna de estas llegan ha provocarme vómitos de resignación, y a su vez noto que cada vez tengo menos tolerancia hacia la gente que no escucha a los demás; esos vivientes que jamás aceptan un no por respuesta e intentan convencerme de que yo tengo que hacer todo lo que ellos me proponen porque me conviene, o sea aprender a nadar, calzar zapatillas, comer sushi, ver películas Cult, morir de calor tomando sol cual lagarto en las rocas, ponerme bermudas, hacerme una lipo, ver serpientes y sapos por Discovery Channel, aburrirme soberanamente con una película iraní, irme al medio del campo a hacer vida silvestre o seguir el campeonato de básquet de la NBA anotando todos los resultados en una libreta.
Pero sí, confieso que llegué al punto de preocuparme, y mucho, porque me di cuenta que en ciertos momentos no recuerdo los nombres propios; no encuentro nunca donde dejé algunas cosas; o cuando estoy hablando, de pronto me paro y no sigo, porque no recuerdo a veces lo que voy a decir o cómo continuar.
En fin, por consecuencia, yo creía que había comenzado a tener un enemigo oculto en mi cerebro y que su nombre empezaba con “A” mayúscula.
Sin embargo, hoy, leyendo un artículo al respecto, me quedé mucho más tranquilo, y por ello me decidí a transcribir la parte más interesante:
…“Si uno tiene conciencia de los problemas de memoria es que no los tiene”.
Existe un término médico denominado “Anosognosia”, con el que se demuestra el no darse cuenta de lo que nos ocurre con la memoria en ciertos momentos.
Por tal motivo, se afirma científicamente que la mitad de los mayores de 50 años presenta alguna falla, pero ello es más de la edad que de la enfermedad.
En todo caso, andar quejándose sobre fallas de la memoria es un hecho muy frecuente en personas de los 50 años de edad para arriba. Eso se traduce en no poder recordar el nombre propio de un individuo, de entrar a una habitación sin saber qué se iba a buscar, olvidar el título de una película, dónde se dejaron los anteojos o las llaves, que pretendíamos hacer en la cama con nuestra pareja, etc., etc., etc.
Pero tranquilos, pues en estas edades, más de la mitad de los adultos presenta esta dificultad, -fuera de la otra, claro-, lo cual indica que más que una enfermedad es una característica de los años que se tiene.
Claro que estoy siente de que no soy el único, pues muchas personas al igual que yo, se preocupan -y a veces en exceso- por causa de estos olvidos.
De aquí una afirmación importante: “Quien es consciente de padecer de estos olvidos, es quien no tiene problemas serios de memoria”. Ya quienes padecen una enfermedad de la memoria “con el inevitable fantasma del Alzheimer”, no tienen registro de lo qué efectivamente se pasa con su cabeza.
Fue así que descubrí que quien presenta Anosognosia, responde por una palabra médica que indica, precisamente, el no darse cuenta de lo que le ocurre.
Fue B. Dubois, profesor de neurología de CHU Pitié-Salpêtrière, quien acuñó una paradójica pero didáctica explicación válida para la mayoría de los casos de personas preocupadas por sus olvidos: “Cuanto más se quejan los sujetos de su memoria, menos probabilidades tienen de sufrir una enfermedad de la memoria”.
Por consiguiente, este artículo está dedicado a los olvidadizos que recuerdo, y si estos se olvidan de copiárselo a alguien, quédense tranquilos porque no es Alzheimer..., son AÑOS.
En realidad, noto que lo mio es más bien es un problema geográfico, ya que me alegra haber descubierto a tiempo que mi inconveniente no es alemán, y sí italiano... Un tal de: FRANCO DETERIORO… ¿No es magnífico?