Versión para imprimir 19/12/18



ALEJANDRO MICHELENA

 

 

2 METROPOLIS LATINAS

( de la serie: textos de cámara) CIUDAD COMO UN ARCANO                                                Escrito en el Eladia Elizabeth, una noche  de niebla rumbo a Colonia, con las luces de la capital porteña alejándose en el horizonte

Te dejo Buenos Aires

agónica de nieblas.

En tus calles pobladas

la cerrazón avanza,

la pálida garúa

persiste interminable. 

El Palacio Barolo

con su faro impreciso

–¿qué tachero poeta

en plena madrugada

se detendrá a mirarlo?

–,y en el Café Tortoni

fantasmales tertulias

mantienen un eterno

coloquio sin palabras. 

Bajo tierra,en las sombras

el añejo subte que va a Primera Junta

se desliza vital y trepidante,

y sale

y entra gente

por esas escaleras que se asoman

al revés de la trama de lo urbano

(como en aquel poema

de Baldomero,o en el del viejo Ezra

referido a otro metro

el de Paris).

Húmeda Buenos Aires,

de incesantes sonidos

de conflictos sin tregua

de basura creciente.

Soledades te pueblan,

tus fachadas esconden

tragedias, alegrías,

blasfemias, santidades,

anonimatos entre la multitud

(irremediables). 

En medio de tu caos

de tu hostil apariencia,

albergas sin embargo

remansos de belleza:

el Pasaje Bollini

su empedrado de sueños

(los malevos que fueron,l

os de Borges que siguen);

el perfecto erotismo de esa fuente

allá en la costanera

nacida de las manos prodigiosas

de Lola Mora;

la elegante cortada Rivarola

un rincón de Paris

(también porteño);

el Parque Lezama melancólico

con fantasmas de Sábato;

cafés intemporales

nimbados de armonía

estéticos y cálidos,

solemnes confiterías

elegantes

decadentes

que laten en la dimensión

de lo eterno.

Vigías imperturbables

de la trama más secreta

de esa multiplicidad que llamamos

Buenos Aires. 

Ciudad lunar

oscura

misteriosa

insondable.

Seguir tu laberinto

iniciarse en tu aleph,incluye también

—inevitablemente—

atreverse al descenso a los infiernos.      

 EVOCACION DE MEXICO 

Recordando el D.F. desde la lejanía 

Babel inabarcable

poblado laberinto

de sospechosa apariencia urbana. 

Ciudad proteica.

Siempre nueva y sin embargo vieja.

Para muchos eterna.

Crisol de interminables mestizajes. 

Junto al aire clásico

del Palacio de Mineríala

Casa de los Azulejos

colonial e hispánica,

templo donde los gringos saborean lo típico

atendidos por lindas camareras

vestidas de lupitas.

Y más allá otro Palacio

—el de las Bellas Artes—

donde oficia

la trinidad mural de Orozco,

Siqueiros y Rivera. 

Calles del Centro Histórico

donde napas de renovado esmog

visten de grislos recién restaurados edificios.

Viejos cafés que supieron frecuentar

aquellos exiliados españoles

(y tiempo después

Salvador Novo,y apenas ayer

Carlos Monsiváis). 

Casas de dulces y chocolates únicos,

y locales que ofrecen artesanías en serie

para consuelo de apurados turistas. 

Y ese punto omega que es el Zócalo:

desde siempre

el espacio ritual de los encuentros.

Ya en la legendaria Tenochtitlán

y en el claroscuro de la Colonia

y cuando el vendaval

de la Revolución,

o en las actuales

protestas cotidianas. 

En su lugar de siempre, la Catedral

alzada piedra sobre piedra

encima de las ruinas de los dioses antiguos.

Al costado vestigios

del Templo Mayor

último hallazgo

del esplendor azteca

cual agujero negro de la historia. 

El metro  se desliza silencioso

 -el transporte más limpio

en esta gigantesca desmesura

-reptando por inmensos subterráneos.

Emerge por etapas

deslizándose en medio de extensas autopistas,

como la viva imagen de la antigua serpiente. 

Más allá del Paseo de la Reforma,de la columna

del dorado Ángel de la Independencia,

se vislumbra en la altura

—en Chapultepec—

el castillo con los fantasmas de aquellos niños héroes,

y los de Carlota y  Maximiliano.

Por detrás

—debajo de los pliegues de la historia

la eternidad del mito:

la magia de ese cerro

y del dios de los grillos

(los mundos extraños y sutiles

que están y que no están cerca de éste).

Por debajo el bosque,

cargado de paseantes cuya tez nos recuerda

aquellos príncipes que lo disfrutaron mucho

antes de Cortés y la Malinche. 

Y Coyoacán con aires pueblerinos,

con el alma de Frida

y casas solariegas,

y librerías

y cafés

que extienden sus tertulias cada noche.

Y Santa María de la Ribera

con viejas residencias

y patios de vecindad,

y olor a tacos y quesadillas

freídos en las esquinas

en los atardeceres. 

Inmenso Distrito Federal

con sus taxis verdes ecológicos

y sus camiones cargados hasta el tope

de pasajeros que viajan escuchando

corridos y rancheras.

Rumbos bien diferenciados

donde se multiplican las calles Hidalgo

y las Morelos

y las Juárez,en series que no parecen tener fin. 

Sacramentales desayunos  en mesas

en la calle o en las cafeterías

en bares de centros comerciales

en millares de casas,

tanto en la exclusividad de El Pedregal

como en las colonias populosas.

Desayunos donde nunca faltan

los frijoles y el buen café de olla

y los huevos rancheros,

y las tortillas de maíz

ese pan de los buenos mexicanos. 

Piedras de templos precolombinos

sostienen los palacios virreinales,

y en los bajos de cierto edificio afrancesado

—con buhardilla—

cantan su lamento los mariachis

y se bebe tequila

en típica cantina con puertas de vaivén. 

Esto es México D.F.ciudad del sincretismo incesante.

La Villa de Guadalupe esconde apenas

la reminiscencia ancestral de Tonantzin.

Mexicas de cien generaciones

se cruzan aquí

con nietos de franceses que hace un siglo y poco

sucumbieron al encanto inexplicablede

“la región más transparente del aire”,

y con hijos de españoles y alemanes

llegados  hace algunas décadas. 

Laboratorio cósmico al borde

del colapso.Conserva sin embargo

el orgullo por sus plazas y verdes

alamedas.Imantada de historia que está viva

pero arrasando

 —sin contemplaciones—

con la frágil memoria de sus perfiles de hace medio siglo. 

Ciudad cargada de violencia

de injusticias

de quietismo y de culpas,

pero que sigue abierta a vientos de pureza

y añora del pasado

momentos de armonía. 

México es mucho más que una ciudad:

un corazón sin tiempo.

Ella fue primero

antes que todo pudiera acontecer:

cuando el águila se paró sobre el nopal

junto al lago

mostrando la serpiente en su pico.

Intento de recreación de dos ciudades, cercanas a la experiencia del poeta y al mismo tiempo inexploradas. Rigurosamente inéditos.

ESPACIO MIXTURA AGRADECE A ALEJANDRO MICHELENA POR SU APORTE.      

 





Este artículo pertenece al blog:

ESPACIO MIXTURA
Espacio dedicado a la cultura. Escritores, artistas, dramaturgos, surrealistas.

Más información:
http://blogs.montevideo.com.uy/hnnoticiaj1..aspx?4595,3808,3808,3808,,0,0