Éramos felices pero no teníamos internet, así que tampoco éramos tan felices. Vinieron los de los espejitos, nos conquistaron, nos mataron (o nos contaron que nos mataron), nos dijeron cómo teníamos que hablar y nos inculcaron el ritual dominguero de mirar el Juego de la Oca. Después, unos trajeron vacas y otros pelotas. Renacimos y nada cambió demasiado. Conocimos la gloria más grande, fuimos héroes, y al día siguiente fracasamos ininterrumpidamente a lo largo de 84 años. Hasta que un buen día volvimos a jugar al fútbol en los Juegos Olímpicos. Ah, en el medio, Antonio Banderas ganó un Oscar.
¡Qué alegría! ¡Qué felicidad! ¡Qué emoción! ¡Qué jolgorio! ¡Qué goce colectivo! ¡Qué sueño comunista! No es la mano de Dios, no es la mano de Dios, es que clasificamos a las Olimpíadas después de un lapso de tiempo superior al promedio de vida de un hombre, la p#@$ madre que lo parió. Vamo vamo lo pibe, esa botijada celeste manchada de barro, engendrada en el campito y los botines del 50. Vamo vamo lo pibe que nos dieron esta enorme alegría… Se merecen no solo éstas salutaciones entusiastas sino todos los laureles y mucho, mucho más. Una moto para cada uno. Lo que quieran, cualquier cosa menos jugar el campeonato olímpico. Para eso tenemos a los otros botijas, los de la Sub-20 pasada, que eran bastante mejores que estos, que los queríamos más, que no clasificaron y por eso los vamos a premiar dejándolos ir a Londres.
Si hay algo que aprendimos los uruguayos en este último tiempo es que el camino es la recompensa. Así que no nos vamos a conformar con la euforia del objetivo cumplido sino que vamos a detenernos en la forma mediante la cual esto se consiguió. Jugando el fútbol que le gusta a la gente…de Uruguay. Con la bañadera atrás, el pelotazo, con el hacha, la tiza y la copa que está preciosa. Con todos los periodistas deportivos en contra, haciéndole el juego al Sistema. Con la gente descreída y desinteresada, más pendiente del final de Malparida que de las subidas de Vecino. Sin público en las tribunas, con jugadores anónimos y, lo mejor de todo, sin el Pato Sosa. Digo, Celeste.
Fieles al estilo que desde siempre ha caracterizado la rica historia del balompié nacional, los muchachos fueron unos leones y se sobrepusieron a todos los obstáculos. Y es gracias a ellos que de una vez por todas vamos a poder apreciar a nuestra delegación en el Desfile inaugural de los Juegos Olímpicos. Porque hasta ahora, los atletas celestes eran tan pocos que uno no podía ni untar la tostada tranquilo porque corría el riesgo de perderse el efímero instante en que la transmisión internacional tomaba a nuestros olímpicos. Pero esta vez eso no va a pasar. Al fin los remeros y Milton Wynants tendrán compañía.
Este verdadero hito deportivo (solo comparable con los años dorados de Gustavo Trelles) supuso además la revancha de varias generaciones. Esos que crecimos en un mundo donde el éxito futbolístico era cosa del pasado. Después de tanto padecimiento vamos a poder mirar a los ojos a nuestros abuelos y decirles emocionados: “Gil, ¿a quién le ganaste?”. También podremos ir al cementerio y reírnos en la cara de los ancianos que dejaron este mundo hace pocos días para espetarles con toda la rabia: “¡Si la próstata te hubiese aguantando un poco más…”.
Sin embargo, como dice la princesa Laetitia D’arenberg, no todo lo que brilla es Johnny. Con el éxito deportivo de la Celeste reflotarán los mercaderes oportunistas que intentarán vendernos la gloria que ya nos regalaron los muchachos. Nos van a ofrecer nuestros propios recuerdos gratis con el diario más 150$.
Volverán las marcas a elegir sus representantes humanos entre los jóvenes triunfadores, como…bueno, no sé…¿el Nico Olivera? Y lo mejor de todo, no tardará en aparecer el Álbum Oficial Londres 2012, que más que un entretenimiento pictórico para los niños será una guía fundamental para identificar a los jugadores.
Pero algo incluso mucho peor que las marcas con sus jingles estilo Pájaro Canzani, va a ser la nueva ola de sobreexposición de periodistas deportivos. Ya me veo a Sergio Gorzy desempolvando el bombo con su: “Estamos a siete partidos de ser los campeones del mundo”. O a Alejandro Figueredo “escribiendo” otro “libro” titulado: “Yo estuve ahí, también”. Por no mencionar a Scelza, quien seguro tiene un montón de admiradores entre los lectores de esta columna, comentando que no jugamos a nada, que a qué vamos, a que nos pinten la cara, que de Nasazzi a Polenta fueron todos unos mediocres.
Y algo todavía mucho, mucho peor que las marcas y que los periodistas deportivos serán los tres millones de directores técnicos que vamos a empezar a sugerir qué jugadores deberían sumarse a los Sub-23. Yo ya tengo claro mi voto: Enzo Francescoli. Nunca nadie defendió tanto la casaca celeste como él.
A pesar de todas estas tormentas que se nos vienen, felicitaciones de corazón, gurises. Y gracias. Nos hicieron sentir que estábamos viviendo la Historia.