Versión para imprimir 06/07/10



volteretas

 

Después de tanto tiempo pidiendo justicia, cafés en el Sorocabana de la Plaza Cagancha esperando la hora, caminatas, actos, recitales, la justicia cambia de carácter.

Debo admitir que me cuesta mucho asimilar la propuesta del presidente Mujica de la excarcelación de los militares violadores de los derechos humanos (de la dictadura cívico militar, siempre es bueno recordar que hubo un componente cívico) mayores de 70 años.

Confirmado que existió lo que existió, que se degradó como ya se sabe a los prisioneros ideológicos por parte de los ya degradados degradadores, la primera lectura de la justicia es el castigo.

Durante años estuve convencido de que la cárcel era el destino. Las rejas. Que no es posible curar las heridas sin que paguen quienes aún están en deuda.

Y también siempre tuve confianza en los militares y policías más jóvenes que en los más viejos.

Es decir, que las nuevas generaciones iban a sentir el mismo desprecio que siento yo por el pasado de sus oficiales.

Que en algún lugar de la conciencia, así como yo no sentía el respeto adecuado por los militares, los nuevos integrantes de las fuerzas, querrían limpiar un pasado que los salpica, porque la generalización es una ola que moja a todos.

No sé que habrán hecho los más jóvenes, si es que alguno de los más nuevos sintió la necesidad de pasar el plumero por la triste historia escrita por algunos torturadores, violadores y secuestradores pagos por el Estado durante más de una década.

Sin embargo estaba claro que quería prisión para aquellos.

Tengo que admitir también algunos otros sentimientos.

En mi familia siempre se manejó que lástima es lo peor que se puede sentir por alguien.

Por eso me dio mucha lástima ver a unos viejos escapándose de la justicia, implorando que algunas dolencias le permitan un pasar menos digno de lo que merecen. Es decir, pidiéndole a la salud y al tiempo que los deteriore lo suficiente como para escapar por penúltima vez.

Verlos correr por los recovecos de los juzgados, por los límites de la frontera para escaparle a las extradiciones, negando lo que antes hicieron con el pecho erguido cuando era muestra de soberbia y autoridad.

En medio de todo esto, aparece José Mujica y lanza la idea de que hay que excarcelarlos.

El mundo da una voltereta en mi cabeza. Se pone patas para arriba y empiezo a pensar y pensar.

¿Cuál es el lado oscuro de estas ganas contenidas durante años de verlos tras las rejas?

¿Cuál es el límite del sadismo de pretender que sus hijos, nietos, familiares, también pasen por una revisación antes de ir a ver a su pariente encerrado, como lo viví en el Penal de Libertad siendo adolescente?

A veces estos temas disparados para la discusión generan revisiones aún incompletas.

Porque también es cierto que aunque uno lo niegue y trate de ocultarlo en una ridícula operación matemática, existe un porcentaje oculto de revancha. Es natural. Es humano. Es ese costado no deseado pero un poco incontenible.

Tal vez, y es una pensamiento al aire, la línea de demostrar voluntad punitiva, pero también un grado de humanidad que estuvo ausente durante la dictadura sea parte del hombre nuevo que se quiso aniquilar.

No es poner otra mejilla ni mostrar los calzoncillos. Es pararse en un lugar desde el que la justicia se trata de parecer a lo justo, que no siempre es lo mismo.

Unos viejos de 70 años presos, ya condenados por todos, ya con sus caras reconocidas, ya con la vergüenza de haber sido, tal vez sea suficiente. Y en todo caso recordar que existen los humanos como tales, con los valores que les faltaron, también sea una buena lección.

Si no es para ellos (tal vez están demasiado viejos para entenderlo, ya que no son aquellos valerosos salvadores), acaso que sirva para los que vienen atrás.

No sé, pensamientos al aire. Lo bueno de la realidad es la relatividad y la maravilla es poder analizarla para intentar cambiarla.

 





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Testeos
Columna de Fernando Tetes

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