Versión para imprimir 13/05/15



EL PALACIO SALVO (I)

 

EL CONCURSO DEL “CHICAGO TRIBUNE”

En los textos de historia de la arquitectura ocupa un lugar destacado la referencia al concurso convocado en 1922 por el “Chicago Tribune” para levantar un rascacielos como nueva sede, siendo apreciado como una instancia clave en el desarrollo de una tipología que en el futuro inmediato -y hasta nuestros días-, jugaría un papel relevante en la construcción de las grandes ciudades (aunque en Montevideo se note poco ...).

Antes de esa fecha, los avances a nivel de tecnología y cálculo estructural habían encontrado en los Estados Unidos un terreno fértil para el desarrollo de la edificación en altura, terreno a su vez abonado por la alta concentración urbana -con el consiguiente aumento del precio de la tierra- y por el auge de las grandes corporaciones que encontraban en el skyscraper una dimensión simbólica alineada con el rol dominante que empezaban a asumir en la sociedad. Los problemas constructivos impuestos por la nueva escala habían tenido hasta entonces una resolución adecuada, con notables ejemplos tanto en Chicago -donde el área central arrasada por el incendio de 1871 se había convertido en fértil campo de experimentación-, como en Nueva York. Pero el control formal de esos nuevos tipos era todavía un tema en debate, no en menor grado que la valoración de su impacto en la trama de la ciudad.

En medio de la efervescencia política y cultural de la primera posguerra, donde tanto “el espíritu nuevo” como las ”refundaciones” neo-románticas estaban a la orden del día, el concurso fue un verdadero cruce de caminos, con notable influencia sobre el trabajo de los arquitectos en los años siguientes, aun cuando el proyecto aprobado -y luego construido- no se apartara mucho del criterio hasta entonces dominante, incluyendo referencias goticistas que en ese tiempo parecían perfectamente adecuadas a una torre que dominara la ciudad. No faltaron tampoco ejemplos de un academicismo desubicado por la nueva escala de problemas, ni formalizaciones típicas de un expresionismo tardío, pero las tendencias renovadores marcaron presencia y definieron de hecho el rumbo a seguir. El arquitecto finlandés Eliel Saarinen obtendría el segundo premio, pero el racionalismo radical de su proyecto sería referente obligado de los futuros emprendimientos de gran talla (1).

ENTRE EL “CHICAGO TRIBUNE” Y EL “SALVO”

Todo esto viene a cuento por el hecho de que en la misma fecha en que se abría en el norte el debate sobre el proyecto del “Chicago Tribune”, los hermanos Salvo convocaban en Montevideo a un concurso de similares características en cuanto a la magnitud del emprendimiento; no la sede de un diario, sino un “Gran Hotel” de presencia dominante en uno de los padrones claves de la ciudad, justamente en la articulación entre la plaza mayor y la avenida principal. Un edificio que se construiría con una altura superior a la inicialmente proyectada, convirtiéndose en una de las torres de hormigón más altas del mundo. Condiciones que nos remiten a un tiempo de confianza y crecimiento que pronto sentiría los coletazos de la crisis del 29 y más tarde, sus propias limitaciones. De allí en adelante tendríamos varios ejemplos de edificios que vieron reducida su dimensión al pasar de los planos a la obra (Rambla Hotel, Palacio Municipal, Palacio de la Luz ) ... o tardaron décadas en construirse (caso del Hospital de Clínicas)..

En la edición de “MUNDO URUGUAYO” del 16 de noviembre de 1922 (2) se da cuenta de los diecisiete proyectos presentados por los arquitectos de mayor relieve que entonces trabajaban en las capitales del Plata (Carré, Veltroni, Christophersen, Palanti, Vázquez Varela, Lerena Acevedo entre otros), y también por los jóvenes Cravotto, Surraco y Muñoz del Campo. Se reproducen las fachadas de cada propuesta, dando especial destaque a “diversos aspectos de la fachada del proyecto triunfante, obra del Arq. M. Palanti de B.A.”.

En realidad el concurso se había declarado desierto, pero el proyecto definitivo fue encargado a Palanti (asistido por el ingeniero Gori Salvo, más el aporte, según es fama, de ingenieros alemanes residentes entonces en el país). Incidió seguramente en esa decisión el hecho de que don Angel -el mayor de los Salvo- conocía la obra que el arquitecto italiano estaba terminando en la avenida de Mayo por encargo de Luigi Barolo, un rico industrial pionero de la industria textil. Es probable que los Salvo, también ellos pioneros de la misma rama y asociados entonces con Campomar en el emprendimiento textil más importante de la época (“Salvo, Campomar y Cia.” -luego “Campomar y Soulas”-, en Juan Lacaze), vieran prefiguradas en el “Barolo” sus intenciones de conciliar una inversión rentable con una obra monumental que dejara su sello en la ciudad. Una ciudad que los había acogido en sus humildes orígenes y muchas de cuyas calles recorrieron puerta a puerta, antes de poder establecerse con su primera tienda en el Paso del Molino.

DISPAREN CONTRA LA TORRE

El concurso generó mucho revuelo, pero escasas reflexiones serias sobre la incidencia de la edificación en altura en el futuro desarrollo de la ciudad. Es significativo en ese sentido el hecho de que la revista de la Sociedad de Arquitectos diera amplia y precisa cobertura al concurso del “Chicago Tribune”, pero no hiciera ninguna referencia al “Salvo”... A su vez, la cuestión de la altura estaba de hecho saldada porque la Ley Nº 3170 de junio de 1907 ya había quebrado definitivamente el ordenamiento heredado de la Colonia al decretar alturas mínimas obligatorias (pero no máximas) para las plazas y avenidas principales.

En ese contexto y en función del enfoque coincidente de técnico y comitente, el edificio nació no como fruto de una exploración tipológica -útil para orientar futuras intervenciones- sino como “monumento” en sentido estricto, y como tal, irrepetible. Un edificio cargado a su vez de un empaque formal de pretendida “modernidad”, pretensión difícilmente conciliable con sus referencias historicistas y sus claves esotéricas. Pero ese era un camino que entonces no parecía cerrado y que no sólo Palanti intentó transitar, aunque se agotara sin otra trascendencia en esa experiencia personal... que a su vez el tiempo habría de convertir en ícono de la ciudad, sin evitar por ello las críticas más descalificantes de cuanto intelectual se preciara de tal.

Entre las primeras y mas notorias se cuenta la de Le Corbusier, quien en 1929 propuso plantar una enorme enredadera para ocultarlo (3), o buscar la mejor posición -en la plaza Independencia o en la fortaleza del Cerro, según las versiones- para demolerlo a cañonazos (4)... Y a esa diatriba siguieron otras: “el postre más grande del mundo”; “Frankestein de cemento y mampostería” o “Godzilla rococó”; ”curiosa y bizarra torta de cemento”, o más recientemente, “el rascacielos de los años 20 más feo que se haya visto... cuya torre se asemeja a un cohete espacial a punto de despegar desde Baikonur ”, según el inglés William Boyd, visitando estas tierras a fines del 2004 (citado por Marcello Figueredo).

En la Facultad de Arquitectura las críticas pudieron ser más prudentes, pero en el fondo, no menos vitriólicas. Allí el extraño injerto tuvo siempre escasos defensores -si es que tuvo alguno-; pero no por ello dejó de ser asumido por el común de la gente como referente obligado de la identidad ciudadana... y llegó con el tiempo a convertirse en formal “Monumento Histórico”.

MARIO PALANTI, ARQUITECTO

De todo lo dicho parece deducirse que Mario Palanti era un caprichoso irredimible, sin más mérito que el de haber cultivado un vínculo exitoso con las grandes fortunas de la época, a través de las cuales pudo concretar sus delirios monumentales. Pero la historia es más compleja. Formado en la famosa Academia de Brera, en 1909 completaba sus estudios de arquitectura en el Politécnico de Milán, al tiempo que sus dibujos obtenían Medalla de Oro en la exposición de Bruselas (cuando el joven Torres García decoraba allí el pabellón de Uruguay).

Tuvo como maestros al muy notable y prolífico Camilo Boito, padre del “restauro scientífico” -y también autor de “Senso”, libro sobre el cual Visconti haría su famosa “Livia”-, y a Gaetano Moretti, uno de los mayores arquitectos italianos de su tiempo, comprometido más tarde en la etapa final de nuestro Palacio Legislativo, quien lo distingue muy especialmente y lo invita a viajar a Buenos Aires para realizar el pabellón italiano de la exposición del Centenario.

A Palanti, entonces con 24 años, se le abría un amplio crédito, en correspondencia con la calidad de su formación y con una inventiva que en los años siguientes habría de dar sus primeros frutos, tanto a nivel de proyectos “ideales” como de obras concretas. En unos y otros daría muestra de un empeño por romper los vínculos con la arquitectura académica, tratando de asumir la modernidad sin perder por ello una utópica referencia al “genio latino” y a la cultura medieval; un empeño vano -el tiempo lo confirmaría- que iría cultivando siempre al borde de la desmesura, y que alcanzaría su expresión más cabal en las dos “torres” que llegó a construir en ambas orillas del Plata: el “Barolo” y el “Salvo”. Dos obras que han trascendido sus circunstancias y han ido ganando una muy notable carga emblemática.

NOTAS.

(1) Tanto lo sería que el propio Raymond Hook, coautor del proyecto ganador del concurso, se iría acercando paulatinamente a los códigos racionalistas, con obras que merecieron su inclusión en la exposición "El estilo internacional", organizada en 1932 por Henry Russell Hitchcock y Puilip Johnson en el MOMA . Curiosamente Hook y Saarinen, representados en esa exposición, ya habían coincidido cuatro años antes, al ser convocados para integrar el Jurado de la primera etapa del concurso internacional del monumento a Colón que se proyectaba construir en Santo Domingo (construcción que cumplida la segunda ronda, recién llegó a concretarse en 1992) . Uno actuaría en representación de América del Norte y el otro de Europa. El tercer miembro del Jurado del año 29 fue nuestro compatriota, el arquitecto Horacio Acosta y Lara -primer presidente de la Sociedad de Arquitectos y primer Decano de la Facultad-, que también participaría en el fallo final, donde Frank Lloyd Right ocupó el lugar de Hook.. ¡ Las cosas que olvidamos !...

(2) Susana Antola y Cecilia Ponte: “El edificio de renta como tipo arquitectónico generador de ciudad” (pag. 43)

(3) Muy pocos años después, el propio Le Corbusier sería el destinatario de igual propuesta: al levantar un muro curvo de piedra como cierre exterior de la biblioteca del Pabellón Suizo de la Ciudad Universitaria de París, los "grandes maestros" del lugar le ofrecieron las semillas de una planta trepadora "que, en menos de seis meses, recubrirá este horroroso muro". No consta que Palanti estuviera entre los oferentes...

(4) En el extenso y detallado artículo que Gervasio y Alvaro Guillot Muñoz escribieran en el Nª 27 de la revista literaria LA CRUZ DEL SUR (“LE CORBUSIER EN MONTEVIDEO” / enero-febrero de 1930), no se recogen esas versiones, pero sí algunas frases con igual carga explosiva: “Si no viniera de ver el insoportable bodrio que se llama Palacio Barolo, fealdad máxima de la avenida de Mayo y de Buenos Aires, me hubiera sorprendido más aún todo lo que exhibe de abyecto este increíble mamarracho que ustedes tienen que aguantar como una irremediable calamidad pública”. Alguien citó en ese momento a Jean Aubry, a quien el Palacio Salvo aparecía como la cópula monstruosa de lo americano y lo italiano (la pastelería italiana). A Le Corbusier le pareció una definición perfecta, y -según lo cuenta Guillot- agregó: “al ver la salchichería que sirve de decoración a la fachada de este innoble edificio, las molduras carnavalescas que trepan hasta la torre y las roscas adiposas que se cuelgan de la planta baja y del primer piso, encuentro que el Palacio Salvo es algo bufo; c´ést rigolo” . Pocos días más tarde, al volver a Montevideo desde Buenos Aires a bordo del “Giulio Cesare”, suaviza su juicio: “realmente, esta capital es tan simpática y me encuentro tan bien bañado en su luz, que hasta me reconcilio con el impresionante bodrio del Salvo. Desde aquí (el puente del transatlántico) no distingo la salchichería que lo adorna, o mejor dicho, que lo aplasta, de manera que el coloso no me lastima la vista”. Luego, en “El espíritu sudamericano”, retomará lo de “c´est rigolo”, hablando de “…este rascacielos inimaginablemente divertido de Montevideo”.

SIGUE EN PARTE II

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